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LA VOZ DE UN HOMBRE DE ESTADO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Las minorías inteligentes gobernarán siempre el mundo,
en una u otra forma. “
Antonio Canovas.

El Canovas político y el Canovas historiador confluyen ambos en su genialidad como estadista. “En Canovas –dice José María Jover-, el político y el historiador se funden en una categoría egregia que precisa de las mejores calidades de ambos oficios: el hombre de Estado”. El punto de convergencia entre ambos Canovas es precisamente la Restauración, momento en que culmina su obra de historiador y de político.

Antonio Canovas del Castillo nace en Málaga el 8 de febrero de 1828. Tras realizar los primeros cursos de bachillerato, muere el padre en 1843, lo que incita a la madre a enviar al joven Antonio a Madrid, bajo la protección de su primo Serafín Estébanez Calderón (El Solitario). En Madrid, Canovas termina el bachillerato y se licencia en Derecho el año 1851. Al mismo tiempo, trabaja para ganarse la vida como oficinista y empieza a destacarse como escritor. En 1852 aparece su novela La Campana de Huesca, donde el tema de la misma delata ya su vocación de historiador. Escribió obras fundamentales entre las que es imprescindible contar las tres siguientes: Historia de la Decadencia de España, Bosquejo histórico de la Casa de Austria en España y Estudios del reinado de Felipe IV. A ellas hay que añadir otras como: Problemas contemporáneos, La dominación de los españoles en Italia, Roma y España a mediados del siglo XVI, De la mejor manera de escribir la Historia... Esta actividad de historiador fue ampliamente reconocida –incluso de manera oficial- al ingresar en la Real Academia de la Historia en 1860.

La actividad política de Canovas corre paralela con dicha inquietud de historiador y no son ajenos la una a la otra. El hombre preocupado por la decadencia española intentará buscar sus causas en la historia para después ponerles remedio con la política. En este sentido, no podemos olvidar que Canovas fue un intelectual de primera línea, hondamente preocupado por las cuestiones teóricas de su tiempo. Ortega y Gasset había reconocido en el estadista malagueño “un enorme talento, tal vez el más grande de su siglo en España para cuestiones ideológicas, si hubiera podido dedicar a ella su vida”. De cualquier manera, hay en él una tendencia armónica a buscar la solución a los problemas políticos del país en actitudes conciliadoras. Así se manifiesta desde los primeros momentos de su vida política, cuando llevado de la amistad de Joaquín Francisco Pacheco –jefe de los puritanos-, inicia una conducta de prudente distanciamiento entre progresistas y moderados. Es cierto que Canovas redactó el Manifiesto de Manzanares, que dio entrada en 1854 al “bienio progresista”, pero no es menos cierto que en seguida se alejó de las consecuencias políticas del mismo, limitándose a desempeñar un puesto de diputado por Málaga en las Cortes Constituyentes de 1854-1856. En esta línea de conciliación hay que situar sus iniciativas para consolidar la “Unión Liberal”, bajo cuya inspiración mantendrá una estrecha colaboración con O’Donnelll, durante el llamado “Parlamento largo”.

Aunque Canovas ocupó cargos políticos de importancia –director general de Administración Local, subsecretario de Gobernación, ministro de Gobernación, ministro de Ultramar, ministro de Hacienda- siempre supo mantener una actitud de prudente equidistancia entre autoritarios y revolucionarios, lo que le permite no comprometerse decisivamente en ninguna de las situaciones que anteceden a la Restauración. Por otro lado, a partir de 1866 esas distancias se acentúan, incluso durante el periodo revolucionario atacará las soluciones políticas dadas por éstos –Amadeo I de Saboya y I República-, obteniendo la confianza de los monárquicos para encauzar y organizar la restauración a partir de 1873. En estos años realiza una amplia gestión personal del hombre público –escribe en la Prensa, diserta en el Ateneo, mantiene infinidad de contactos-, que culminarán en el golpe de Sagunto y la redacción del Manifiesto de Sandhurst, sucesos ambos que darán entrada en 1875 al reinado de Alfonso XII, y con él, el largo período de la que se ha llamado Restauración canovista, hasta la muerte del insigne malagueño en 1897, asesinado por el anarquista Miguel Angiolillo, cuando veraneaba en el balneario de Santa Águeda (Guipúzcoa), el 8 de agosto.

En cuanto inspirador político de la Restauración, Canovas favorece la promulgación en 1876 de una Constitución, basada en la tolerancia religiosa y en el respeto liberal hacia los discrepantes.

La muerte prematura de Alfonso XII en 1885, produjo una situación de preocupante expectativa, salvada con habilidad mediante el llamado pacto de El Pardo, por el cual todas las fuerzas políticas se avinieron a aceptar la regencia de Maria Cristina, llamada la reina-madre.

A partir de 1892 un cambio de atmósfera se percibe claramente. Los cimientos del sistema “canovista” se conmueven seriamente, y el asesinato de Canovas a manos de un anarquista italiano no es una simple anécdota biográfica. El sistema oligárquico-caciquil como sistema “canovista” de dominación va a estimular, no sólo la división clasista entre un campesinado empobrecido y mediatizado y los latifundistas y propietarios poseedores de la tierra, con su secuela de servidores –caciques de toda laya y condición-, sino una profunda contradicción geográfico-social entre el campo y la ciudad, donde ésta explota a aquél, de acuerdo con las líneas marcadas por el liberalismo agrario español, deudor aún en esta época de la estructura arcaica proveniente de la desamortización. Conflictos sociales y conflictos regionales se superponen en una dinámica de enfrentamientos, donde las diferencias regionales actúan como factor multiplicador. Y es que, como dijo el político malagueño: “Son españoles los que no pueden ser otra cosa”.



 








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