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LA VOZ DEL HOMBRE NUEVO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Para lograr lo que ahora tienes
mucho camino quedo atrás,
mucho destino equivocado,
noches y días de dudar.”
Mariano Roldán.

En 1960 obtuvo Mariano Roldán el premio Adonais por su libro Hombre nuevo. Tenía veintiocho años y se abría una nueva etapa en su poesía: “Ayer ... / Todo era duda. / Vivir no se llamaba / tener, sino tristeza...” -declara en sus versos-. El “ayer” de su poesía se refiere a Registro del mundo y dos sonetos (1953), Uno que pasaba (1957) y Memorial en tres tiempos (1955). Excluyo Poemas para un amor (1959) y La realidad (1959) porque el primero recoge las composiciones en las que el poeta despierta ilusionado al amor de quien será su compañera, y un viento de vida y esperanza cruza los versos; el segundo responde al cambio de actitud de Mariano Roldán, desde una poesía intimista a otra de contemplación de los seres, y las cosas de su entorno. El ayer corresponde, por tanto, a sus años primeros; hay en ellos melancolía y desvalimiento, ecos de la primera etapa de Antonio Machado y del intimismo de Bécquer; cultiva el metro tradicional y son la consideración del tiempo y de la muerte los temas que predominan en Uno que pasaba; Memorial en tres tiempos agrupa tres poemas; en el primero se describe desde el recuerdo nostálgico, los primeros pasos del hombre con el descubrimiento de la tristeza, el dolor, el amor; en el segundo considera su oficio de poeta: un gozo de “ir colocando / junto al hombre / la espiga; junto al amor / la muerte; junto al barro / la inmarcesible altura del poema”. El tercero revela una característica del escritor: la mirada amorosa con que contempla la realidad. Hombre nuevo representa el libro de la reconciliación del poeta consigo mismo y con las cosas; predomina la alegría y la esperanza, aunque a veces no sea más que la lucha y el esfuerzo por conseguirlas, como se advierte en el poema “Cuánto me cuesta”.

El poeta cordobés contemporáneo del realismo poético inserta todo su arte depurado y sobrio en sus vibraciones cotidianas y diarias. El realismo de Roldán es de fondo, de tema, de urgentes raíces. No de simple procedimiento.

Mariano Roldán nace en Rute, provincia de Córdoba, el 23 de mayo de 1932. Es licenciado en Derecho y periodista. Además del premio Adonais cuenta con el Luis de Góngora en 1959 y el Premio Internacional Ciudad de Melilla (1980). Ha fundado y dirigido Alfoz y ha colaborado en otras muchas revistas literarias como Revista del Mediodía, Caleta, Empireuma... Ha publicado más de treinta libros. En 1997 publicó Antología de urgencia de Juan Rejano, cuando este magnífico poeta en el exilio era en nuestro país un gran desconocido. Ha traducido a Catulo y Lucano, a la poetisa Antonia Pozxi, y El cementerio marino, de Paul Valery. En honor de este poeta, perteneciente al grupo poético de los años 50, se celebra cada año en Rute desde 1990 el Premio Nacional de Poesía Mariano Roldán.

En Roldán existe una constante que aparte de definirlo, nos revela su seguridad de poeta: la fidelidad a sí mismo en toda su obra. Hay poetas del realismo que dieron marcha atrás cuando apuraron todas las ventajas oportunistas. Mariano Roldán ha seguido a cuerpo limpio. Desde La realidad o Uno que pasaba hasta su obra de poeta maduro -Ley del canto (1970)-, mantuvo la misma actitud ante el mundo y la misma técnica expresiva. De sus últimos libros destacamos: Elegías convencionales (1974), Inútil crimen (1977), Alerta, amantes (1978), Asamblea de máscaras (1980), Nuevas máscaras y utopías (1988), La nunca huyente rosa (1996) y Súbita luz del verbo (2003).

Por otra parte, Mariano Roldán, poeta introspectivo al fin, se encuentra a sí mismo contemplando a los demás hombres. Su propio misterio está en el secreto de los otros. Falta únicamente saber descifrar su clave: ese juego de contradicciones de gozar ante un paisaje y aparecer como que se ha sufrido; ese hecho de cantar el desengaño como una clara afirmación vital.

La sobriedad que caracteriza a este poeta andaluz, el acento con que recoge el palpitar del mundo le colocan en aquella línea de la poesía andaluza cultivada por los escritores de esta vieja cultura, cuyas tonalidades éticas son el resultado de una experiencia contrastada desde un resignado fatalismo. Y como dijo nuestro poeta: “De cuanto amé, me queda / ceniza leve y mucho / querer poder amar / más cosas cada día”.


 

 


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