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  Guías culturales

LA VOZ DE UN INMORTAL DE VERDAD


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Una cualidad de la justicia es hacerla pronto
y sin dilaciones; hacerla esperar es injusticia.”
La Bruyère.

En el siglo de Luis XIV hay en Francia dos moralistas, que cuando menos de nombre conocen todos: La Rochefoucauld y La Bruyère, este último debe su fama a ser el autor de Les Caracteres, obra en la que se plasmó la sociedad de su tiempo. La Bruyère puso todo su talento en este libro único. No es un pensador original ni profundo pero sabe criticar los abusos con ironía y a veces con discreta aspereza. Es, sobre todo, un gran observador de fisonomías, de actitudes, de pensamientos; estudia exclusivamente al hombre social, en la corte y en la ciudad, pero lo estudia en sus menores detalles. Es, asimismo, un acabado artista.

Jean de La Bruyère nació en París el 16 de agosto de 1645 y falleció en Versalles el 10 de mayo de 1696. Se licenció en Derecho en la Universidad de Orleans, a los veinte años de edad, teniendo que regresar a París debido a la difícil situación económica por la que atravesaba su familia. En 1684 fue nombrado preceptor de Luis de Borbón, nieto del Gran Condé. En 1686, a la muerte de Condé se dio por finalizada la educación del duque de Borbón. En 1693 fue nombrado miembro de la Academia Francesa. La Bruyère fue partidario de los anciens o tradicionalistas que se oponían a las posturas defendidas por los modernes.

Su experiencia dentro de la corte le permitieron acopiar una valiosa documentación sobre las costumbres sociales de su época que luego se convertirían en el eje fundamental de sus escritos literarios, y, en especial, de su exitosa obra Los caracteres, que en un principio llamó Los caracteres de Teofrasto, traducidos del griego con los caracteres o las costumbres de este siglo (1688). Como bien indica su título, el libro incluye la traducción al francés de un texto de Teofrasto, al que La Bruyère añadió un original apéndice o comentario formado por numerosas máximas y retratos satíricos de personajes –reales e imaginarios- que reflejaron con viveza el entorno social, político y moral de su tiempo. La traducción carece hoy de valor; el comentario causó escándalo, creándole al autor, primero, muchos admiradores y muchos enemigos llevándole, después, no sin reñida lucha, a ocupar un sillón en la Academia Francesa, y, al fin, haciendo de él un inmortal de verdad, un clásico. Sus Diálogos sobre el quietismo fueron publicados póstumamente en 1699.

En cada una de las ocho reediciones de Los caracteres que se sucedieron rápidamente hasta 1696, de La Bruyère añadía nuevos fragmentos que acabaron por triplicar el texto primitivo. De los dieciséis capítulos, el primero (De las obras del espíritu) contiene sus ideas literarias; otros son sentimentales (Del corazón) o políticos (Del soberano o de la República), morales (Del hombre) o filosóficos (De los incrédulos). En cada uno de ellos, los retratos se mezclan a las reflexiones y a las máximas, en un desorden que constituye uno de los encantos de Los caracteres. Hay quien halla en este libro algo como una especie de compendio de todas las riquezas, habilidades y refinamientos artísticos del idioma, incluyendo en ellos los que ocultan, bajo risueña apariencia, la más mala intención u hondas y severas lecciones que la humanidad necesita siempre. Por aquella su intención satírica y cruel, tuvo que defenderse el autor contra el público, empeñado en poseer la clave de quiénes eran los personajes conocidos a quienes aludía en los cuadros por él pintados. “Preciso es que estos –decía La Bruyére-, reflejen muy bien al hombre en general, cuando de tantos particulares se halla en ellos el parecido. Yo no he hecho más que tomar rasgos característicos de diferentes modelos y combinarlos en un conjunto verosímil”. Y es que, como dijo el moralista francés: “Cuanto más se acerca uno a los grandes hombres, más cuenta se da de que son hombres”.

 


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