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LA VOZ DE LA INVENCIÓN NOVELÍSTICA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Una vivienda pobre y aldeana,
cerca del bosque, y que del mar, amigo
de mi risa infantil, no esté lejana.
En su quietud a solas, sin testigo.”
Ramón Pérez de Ayala.


Ramón Pérez de Ayala conoce muy bien el idioma castellano: lo maneja con flexibilidad, soltura y elegancia. Pocas palabras bastarán para definir su obra literaria: es uno de los primeros novelistas contemporáneos. Reúne en sus obras las cualidades de las dos generaciones a la que sirve de nexo: la del 98 y la que viene inmediatamente después. Tal vez por eso y porque representa el tránsito entre dos edades –siglo XIX y siglo XX- que aparecen sin posible conexión y enlace, le toca a Pérez de Ayala realizar, en el orden puramente intelectual, una parte del ambicioso programa que los hombres del 98 habían lanzado al viento con signo de rebeldía, de protesta.

Cuando el siglo XX comienza, la literatura española quiere huir de las formas ampulosas que dominaba y predominaba en los días de la Restauración. Fiel a su tiempo Pérez de Ayala, de inquietud renovadora, quiso combinar con el apego a lo local y regional, el sentido español, y éste con lo universal. Su formación intelectual, las experiencias y azares de la vida hicieron de él uno de los escritores de su tiempo más europeo.

La prosa de las principales figuras de la generación novecentista, también conocida como generación de 1914, es el resultado de una selección que se hizo por un camino distinto del que se esperaba: el del estilo trabajado, brillante, más o menos esteticista, pero barroco. Esta generación fue predominantemente universitaria y poseyó una decidida voluntad política. Muchos de sus miembros –Ortega y Gasset, Pérez de Ayala, Gregorio Marañon, Américo Castro, Manuel Azaña, Luis Araquistaín, Salvador de Madariaga- actuaron en el terreno político, y de ella surgirían eminentes personalidades de la Segunda República. Se trata también de una generación de corte abiertamente europeísta y proclive a las tendencias formales e ideológicas que presidían la vida intelectual de los grandes focos culturales del extranjero.

Ramón Pérez de Ayala nace en Oviedo el 9 de agosto de 1881. Estudió con los jesuitas en Gijón y Carrión de los Condes. A los diez años compone en el colegio sus primeros poemas; a los doce escribe en latín como en su lengua materna. Era, como lo fue en su día Ortega en el colegio de los jesuitas de Málaga, el discípulo predilecto.

En 1896, ingresa Pérez de Ayala en la Universidad de Oviedo, donde estudia Derecho y donde tuvo como profesor a Leopoldo Alas, “Clarín”. Terminó la licenciatura en la Universidad de Madrid. Colaboró ya por entonces en El Imparcial, El Gráfico, etc. Amplió estudios en Londres y estudió estética en Alemania e Italia. Durante la primera guerra mundial fue corresponsal de La Prensa de Buenos Aires. Con Ortega y Gasset fundó la Liga de educación política española. En 1928 fue elegido miembro numerario dela Real Academia Española. Firmó, junto con Ortega y Marañón y otros el “Manifiesto de los intelectuales al servicio de la República”. Fue embajador de la República en Londres. Vivió exiliado, después de la guerra en Argentina, volviendo a Madrid en 1954. En 1960, recibió el premio March de Literatura. Ramón Pérez de Ayala muere en Madrid el 5 de agosto de 1962.

Su primera obra fue un libro de poemas, La paz del sendero (1904), de carácter modernista. Su segundo libro de versos fue El sendero innumerable (1916), publicando después El sendero andante (1921). Cultivó además de la poesía, el ensayo, la crítica, el periodismo y, especialmente, la novela. Entre sus ensayos se cuentan Hernán, encadenado (1917), Las máscaras (1917-1919), que recoge sus críticas teatrales, Política y toros (1918), el volumen de memorias Amistades y recuerdos (1961) y Fábulas y ciudades (1961).

El propio Pérez de Ayala clasificó sus novelas en tres grupos: el primero, de carácter autobiográfico y matiz lírico, aunque realista y descriptivo de la andadura vital iniciada con su educación entre los jesuitas y acabada en la vida madrileña. A este ciclo pertenecen: Tinieblas en las cumbres (1907), A.M.D.G. (1910), La pata de la raposa (1912) y Troteras y danzaderas (1913). A. M. D. G. es una crítica feroz de la educación de los jesuitas, a la que el autor culpa de su pérdida de fe, así como de su excesivo interés por las cuestiones sexuales.

El segundo ciclo de la narrativa de Pérez de Ayala está constituido por tres novelas cortas agrupadas bajo el acertado subtítulo de “Novelas poemáticas de la vida española”: Prometeo, Luz de domingo y La caída de los Limones (las tres publicadas en 1916). Tres narraciones en las que el autor se sumerge de lleno en ese espíritu doloridamente denunciador de los males de España que informaba a los hombres del 98, pero con un grado tal de ponderación expresiva y de equilibrio en sus diversas partes, que hacen inevitable el calificativo de clásicas que les han aplicado algunos críticos que ven en ellas la más lograda cumbre de la narrativa del autor.

El último periodo narrativo de Pérez de Ayala se caracteriza por una libertad creadora que, en un proceso de intelectualización coincidente con la novela europea de su tiempo, le permite abordar temas de carácter universal, no específicamente españoles. La primera novela de este ciclo es Belarmino y Apolonio (1921), su obra más lograda. De obra pedagógica se ha calificado a dos novelas, Luna de miel y Los trabajos de Urbano y Simona (aparecidas en 1923). Tigre Juan y El curandero de su honra, las últimas novelas de Pérez de Ayala, aparecidas en 1926, constituyen un solo conjunto novelesco.

“El novelista -dice Ayala- no puede pintar, únicamente puede describir, enumerar”. De este modo, la novela, al crear un mundo irreal, nos enseña a ver la realidad. Lo fantástico se mezcla a lo real. El mundo de lo que no es se introduce en el mundo de lo que es. Tal es su misión artística. Pocos escritores han cumplido esa misión de una manera tan perfecta como Ramón Pérez de Ayala. Y como dijo el poeta: “Veremos en sus flores el rocío / y Asturias estará como una rosa / recién nacida. Yo diré: -Dios mío / que no nos haya nunca tanto bien. / Y al yo leerte, me dirás : Amén”.

 







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