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  Guías culturales

LA VOZ DE JUANA DE AMÉRICA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Tómame ahora que aun es temprano
y que llevo dalias nuevas en la mano
Tómame ahora, que aun es sombría
esta taciturna cabellera mía.”
Juana de Ibarbourou.

La aparición en las letras de la América española a principios del siglo XX de las poetisas Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou y Dulce María Loynaz, constituye uno de los hechos más notables de toda la historia de la cultura hispánica.

Desde Las lenguas de diamante (1919) hasta Perdida (1950), los poemarios de Juana de Ibarbourou resumen la crónica del tiempo, de la infancia, juventud y vejez. La sensualidad matiza esas épocas, o mejor, esas épocas van matizando la caducidad al modo de estaciones; la infancia de Lenguas de diamante será mañana de primavera; la juventud de Raíz salvaje (1920), un mediodía de verano; La rosa de los vientos (1930), un atardecer otoñal y el último libro, Perdida, la noche de invierno que asola a la poetisa con su melancolía. Si bien, lo que domina en la poesía de Juana de Ibarbourou es la primavera: el júbilo, la explosión pagana de la vida.

Su nombre de pila es Juana Fernández Morales. Hija de padre gallego y de madre uruguaya, de origen andaluz. Nació en Melo, capital del departamento uruguayo de Cerro Largo, el 8 de marzo de 1895. De talento precocísimo, ya que a los años escribía y publicaba versos. A los diecinueve años contrajo matrimonio con el capitán Lucas Ibarbouru, de origen vasco. En 1917 le nace un hijo, “su mejor poema”, “el poema vivo”. Un año más tarde se instala en Montevideo. El periódico La Razón de Montevideo publica sus versos, editados luego, con el título de Las lenguas de diamante, le abren las puertas de la fama de par en par. Llamada por Alfonso Reyes “Juana de América” y proclamada “Mujer de las Américas”. Se describe así misma “libre, sana, alegre, juvenil y morena”. Es nombrada miembro de número de la Academia de Letras del Uruguay y, desde 1950, es presidenta de la Sociedad de Escritores. En 1957 recibe el Gran Premio de Literatura de su país. Juana de Ibarbourou muere en Montevideo el 15 de julio de 1979.

En Las lenguas de diamante hay versos que expresan un júbilo dionisiaco; los hay que delatan la satisfacción plena de vivir, un hedonismo integral, y los hay también que constituyen una ofrenda de goces. “Castísima desnudez espiritual”, llamó a esta poesía Unamuno. Es Juana de Ibarbourou en este su primer libro, el más personal y definitivo, la mujer satisfecha de sí misma, que se encuentra perfecta, tanto en lo corporal como en lo psíquico.

Esta alegría jocunda, este goce de los sentidos se transmite a sus dos libros siguientes: El cántaro fresco (1920), colección de prosas poemáticas y Raíz salvaje. Luego, más adelante, Juana de Ibarbourou cae en la tentación de renovarse, de emprender nuevos caminos poéticos. A este anhelo responde La rosa de los vientos, con un lenguaje espontáneo y menos sentido. Todavía en 1950 había de publicar Perdida. Ella, la poetisa que tan bien encajada se sentía en el mundo, se encuentra al cabo de pocos años desplazada y, como reza el título del libro, perdida.

Tiene asimismo la poetisa uruguaya algunos trabajos en prosa: Los loores de Nuestra Señora (1934), Estampas de la Biblia (1934), Chico-Carlo (1944) , Los sueños de Natacha (1945), etc., casi todos ellos cuentos y lecturas para niños. Es la prosa de Juana de Ibarbourou una prosa rica, brillante y armoniosa, una prosa plenamente modernista.

Su formidable lírica de fino espíritu y bella sensibilidad pura y humana, tiene acento cristalino, de timbre matinal, todo frescor y alegría. Y como decía “Juana de América”: “Mi piel está impregnada / de esa fragancia viva. / Besarás mil mujeres; más ninguna / te dará esta impresión de arroyo y selva / que yo te doy”.




 

 


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