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LA VOZ LÍRICA DE LA NOVELA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“La mejor novela queda siempre inconclusa, porque el autor
no puede dictar desde la tumba los últimos capítulos.”
Benjamín Jarnés.

 


 

Con Benjamín Jarnés nos encontramos ante uno de los más vigorosos e importantes novelistas anteriores a la guerra, lamentablemente olvidado hoy y cuya recuperación íntegra se hace absolutamente necesaria y urgente. La vida humana en todos sus niveles según todos sus perfiles, es el objeto básico de la novela de Jarnés. Es decir, en ella se encarna, en la pura creación ficticia, el principio fundamental del vitalismo que, simultáneamente, alimentaba su doctrina estética y su crítica.

Ahora bien, y ello ha sido anticipado parcialmente en la caracterización de sus biografías, el lirismo es el elemento conformador de su narrativa. Pertenecen las novelas de Jarnés a la especie de la novela lírica que tuvo su auge en Europa en la segunda y tercera décadas del pasado siglo. En su obra sobre el tema, Ralph Freedman la define escuetamente: “Es un género híbrido que utiliza la novela para aproximarse a la función de un poema”.

“Evidentemente, estos romances de hoy -escribía Jarnés- en Hora de España- no son populares, auténticamente populares. Son juglarescos (...). De lo que no disfrutan estos romances es de la gracia, de la alegría del anonimato ¿No vienen a nosotros excesivamente firmados y rubricados? El romance popular legítimo ¡gana tanto siendo anónimo!” Y si la verdadera voz del pueblo, son los romances que responden a una verdadera necesidad de cantar, las verdaderas novelas, las novelas de Jarnés, son novelas que responden a una verdadera necesidad de contar. “Canto y cuento es la poesía”, decía Machado.

Benjamín Jarnés Millán nace en Codo, provincia de Zaragoza, el 7 de octubre de 1888 y muere en Madrid el 11 de agosto de 1949. Fue seminarista, por imperativos económicos, su falta de vocación le hizo abandonar el seminario, pero de los estudios sacerdotales quedaron en él conocimiento del latín, su inclinación hacia los clásicos eróticos –Ovidio, Catulo y Tibulo- y cierto gusto por el formalismo retórico. Concluyó la carrera de maestro nacional -que no ejerció-, perteneciendo al Cuerpo Auxiliar Administrativo del Ejército, llegando al grado de capitán. Se casó en Gregoria Bergua en 1916. Un años más tarde es destinado a Jaca, donde empieza sus colaboraciones en La Crónica de Aragón, El Pirineo Aragonés, El Pilar y La Unión. En 1920 se instala en Madrid donde fue crítico de la Revista de Occidente. El escritor aragonés colaboró en el primer número de la revista malagueña Litoral, dirigida por Emilio Prados y Manuel Altolaguirre. Tras la guerra civil se exilió primero en Francia y luego en México. La experiencia americana resbaló sobre él, quizá por haberse visto obligado por las circunstancias a una actividad más industrial que crítica y artística. Con la salud maltrecha regresó a España en 1948, poco antes de morir.

Hombre de amplísimas lecturas, de muy inquieta mentalidad, de ingenio y pluma delicados y sutiles. Jarnés cultivó con prestigio la novela, la biografía, el ensayo, la crítica literaria y el periodismo. Su culto y vivaz estilo le da personalidad y distinción entre los escritores mejor dotados de la generación del 27. A la agudeza gracianesca de oriundez, se une en Jarnés la gracia expresiva, o “la risueña voluntad y el sobrenadador optimismo de este juglaresco Benjamín Jarnés”, que dijera Juan Ramón Jiménez.

Entre la veintena larga de sus obras, recordemos El profesor inútil, con la que aparece en el campo de las letras en 1926, y libros de tan jugosa novedad y expresión como Vida de San Alejo (1928), El convidado de papel (1929), Paula y Paulita (1929), Locura y muerte de nadie (1929), Sor Patrocinio, la monja de las llegas (1929), La teoría del zumbel (1930), Viviana y Merlín (1930), Escenas junto a la muerte (1931), Zumalacárregui, el caudillo romántico (1932), Lo rojo y lo azul (1932), Fauna contemporánea (1933), El libro de Esther (1935), Castelar hombre de Sinaí (1936), y Doble agonía de Bécquer (1936). Durante el exilio escribió la novela La novia del viento (1940), Manuel Acuña, poeta de su siglo (1942); Manuel Azaña (1942) y Españoles en América (1943). Después de su vuelta a España publicó Eufrosina o la gracia (1948). En 1980 se publicó Línea de fuego, escrita en 1938, profunda reflexión sobre la guerra civil española.

De Jarnés puede decirse sin hipérbole que “llegó, vio y venció”. En su novela El profesor inútil ya se manifiestan vigorosamente las dos facultades del novelista: la constructiva y la estilística. Jarnés posee un estilo mágico para el retrato. La magia, prodigio y hechicería, cede sus más raros valores al estilo en la prosa de Jarnés, al estilo en la arquitectura de la prosa... Luego entre los elementos ya literarios, vocabularios, medios de expresión propios en la pluma descriptiva, la magia de Jarnés son colores finos, matices tenues, deliciosas veladuras, una elegancia que nos atrae con rigor en nada opuesto a la gracia lírica de la materia.

En todas las artes y, tal vez, más que en ninguna, en el arte de narrar, lo que importa, sobre todo, es la “expresión”. La expresión exacta de la vida, del sentimiento vivo que nace con sello peculiar en el cerebro de su creador. La expresión en la prosa de Benjamín Jarnés es excelente.

Probablemente no se ha escrito acerca de Bécquer juicio tan claro como el de Jarnés. Tan medido y entusiasta. Benjamín Jarnés tiene el secreto encanto del arte. Y como decía Bécquer “Tiene el arte no sabemos qué secreto cuanto que todo lo que toca lo embellece”.


 

 


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