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LA VOZ DEL MAESTRO DE LAS MÁXIMAS


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Tres clases hay de ignorancia: no saber
lo que debiera saberse, saber mal lo que se sabe
y saber lo que no debiera saberse.”
La Rochefoucauld.

En el siglo de Luis XIV hay en Francia dos moralistas, que cuando menos de nombre conocen todos: La Bruyère y La Rochefoucauld, este último debe su fama a ser el autor de Máximas, libro de espíritu acre, penetrante, obra en que se expone con dureza grandes verdades, mezcladas con rasgos de un escepticismo muy discutible y malsano. Pone constantemente al lector en guardia contra sí mismo y le hace dudar de si sus actos son virtudes o vicios disfrazados. Tendrá más o menos razón, algunas veces, en lo que dice, paro hay que estar, al leerle, en disposición de discutir con él y poder juzgarle con independencia. Así, su lectura enseña a ser prudente, desconfiado, cauto, lo que es siempre útil; y, sobre todo, lo dice tan bien que es uno de los buenos maestros en el manejo dela lengua francesa, por su precisión, elegancia y fuerza. No escribió más que dos libros: éste de Máximas y otro titulado Memorias, reflejo ambos de su especial carácter y de su época de constantes intrigas y disturbios.

François VI, duque de La Rochefoucauld, nació en París el 15 de septiembre de 1813 y falleció en la capital francesa el 17 de marzo de 1680. Ostentó el título de príncipe de Marillac hasta la muerte de su padre. Estudió hasta los dieciséis años, edad con la que se alistó a la Armada. Durante un año estuvo casado con Andrée de Vivonne. Participó en la campaña de Italia e, igualmente, en las intrigas contra el cardenal Richelieu , sufriendo el destierro y hasta el encarcelamiento en la Bastilla (1637). Intervino activamente en las guerras de La Fronda a favor de Condé, y tras su derrota decidió retirarse de la política (1652). Asistía con asiduidad a los principales salones literarios de la época y mantuvo relaciones íntimas con damas de la nobleza, tales como, la duquesa de Longueville, la duquesa de Chevreuse, y, especialmente, Marie-Magdeleine, condesa de La Fayette, que regentó uno de los principales salones de la época, frecuentado, entre otros, por Jean de La Fontaine, la marquesa de Sévigné y el duque de Rochefoucauld.

En 1662 publicó sus Memorias que se centraron fundamentalmente en los incidentes de La Fronda. No obstante, su celebridad literaria se debe casi exclusivamente a sus Reflexiones o sentencias y máximas morales, que fueron publicadas originalmente en 1664 y, tras sufrir diversas refundiciones, en 1678 fueron editadas de forma definitiva. Con un lenguaje excepcionalmente transparente y un estilo elegante salpicado de fina ironía, el libro recoge unas 500 máximas centradas en la observación de los comportamientos humanos. La Rochefoucauld está considerado uno de los maestros de este género. La moral pesimista del autor, que bajo la virtud y la abnegación descubre solamente el egoísmo y el amor propio, se expresa con una limpidez de trazo y con perfección perfectamente clásica. La Rochefoucauld es el iniciador en la literatura europea de esas colecciones de máximas o pensamientos que se esfuerzan en dar todo su relieve a las ideas sobre el hombre o la sociedad mediante una concisión brillante, ingeniosa antítesis, un sesgo espiritual y un tono epigramático. Y como dijo el moralista francés: “Si no tenemos paz dentro de nosotros, de nada sirve buscarla fuera”.

 


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