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  Guías culturales

LA VOZ DEL MAS AMERICANO DE LOS ESPAÑOLES


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“El chocolate –parece cuento-
no lo inventaron en un convento.

Unos lo achacan a los Aztecas,
disputan otros si Chucumecas.”
Ramón del Valle-Inclán.

 

 

“Una lengua suprema –ha escrito de Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez-, hecha hombre, un hombre hecho con su lengua habla, fabla. Era el primer fablistán de España, e intentó, en su obra de madurez sobre todo, una jerga total española... “ Y es el Valle-Inclán maduro, ácido, amargo, demoledor, el que hoy nos interesa y nos conmueve: el carácter implacable de los esperpentos, el Quevedo moderno del Ruedo Ibérico, el estilista deshumanizador, acre, sombrío, de Tirano Banderas.

La máscara espectacular y truculenta de don Ramón del Valle-Inclán, el gran personaje de barbas de chivo, sigue hoy todavía recubriendo y ahogando al hombre de carne y hueso cuyo verdadero nombre era Ramón del Valle y Peña. Con razón Manuel Azaña, que lo conoció bien, lo describió como un “hombre dulce e infantil, huidizo y modesto... que vive secretamente aherrojado por el personaje fabuloso de Valle-Inclán”. Gómez de la Serna lo definía como “la mejor máscara a pie que paseaba, todo el año, la calle de Alcalá”. Para Ramón J. Sender que ha criticado a diversas personalidades de la generación de Valle, este último era el más sencillo, cortés y afable de todos sus compañeros de generación.

El Valle-Inclán íntimo podía ser tierno o brusco, dulce o malhumorado, según las circunstancias. Fue, con toda probabilidad, un “falso tímido”, un tímido a medias, resuelto a proteger su intimidad mediante un elaborado andamiaje externo que lo impelía a veces a excesos de audacia, a desplantes agresivos. Fue también, sin duda, un artista plenamente consciente de su valor y probablemente amargado al comprobar que el aplauso que la sociedad le otorgaba no coincidía con el que él creía merecer. Baroja era más leído, Unamuno más escuchado, Azorín conseguía más fácilmente la aprobación de los poderes públicos. Por los años en que D’Annunzio llegaba a la cumbre de su popularidad y se convertía en “monumento nacional”, Valle-Inclán vivía todavía en un cuchitril y tenía que pedir anticipos a sus editores para no morirse de hambre. Las leyendas tejidas en torno a su vida encubren casi siempre una realidad difícil, dolorosa. Así ocurre desde el principio, desde, por ejemplo, su famoso primer viaje a México. En un breve texto “autobiográfico” publicado en 1903 en Alma Española afirma haber sido allí “converso en un monasterio de cartujos y soldado en tierras de la Nueva España”; más adelante se concede un ascenso: había llegado a ser nada menos que Coronel general de los ejércitos de Tierra Caliente. Piadosas mentiras que ocultaban unos años de estrecheces, por no decir de miseria. Sabemos que Valle-Inclán hubo de trabajar como reportero de segunda clase, escribiendo crónicas noticiosas y reimprimiendo cuentos ya publicados en España en un diario de la capital, no llamó la atención, no consiguió abrirse paso, y su visita a México (1892-1893) debió dejarle un sabor amargo que su posterior mitificación no llegaría a borrar del todo: un resentimiento que habrá de aflorar, no en la Sonata de Estío, impregnada todavía de efluvios poéticos, de sensualismo tropical, sino precisamente en Tirano Banderas. Como si Valle-Inclán hubiese escindido su experiencia mexicana en dos mitades: una parte susceptible de idealización, y otra, digna de sátira y caricatura, que habría de dormir largos años en la memoria del escritor en espera de la transformación artística que, al hacer posibles los esperpentos, le permitiría aprovechar los materiales negativos acumulados en el recuerdo. De la experiencia mexicana –del aspecto negativo de esta experiencia- salen también ciertos personajes del esperpento La hija del capitán, de La cabeza del Bautista, de El ruedo ibérico. Poco a poco, Valle-Inclán profundiza, aquilata, subraya: lo que empezó por ser un doloroso fracaso se convierte en fuente de creación. El solía decir que el motivo principal que lo impulsó a viajar a México era, simplemente, “porque se escribe con x”. Y Valle acabaría, a la larga, por resolver –artísticamente- la incógnita que aquella x implicaba.

Valle siempre se interesó por las tierras de América. Era justo que a su vez los países del continente se interesaran por Valle. De tierras americanas han salido algunos de los más valiosos libros sobre Valle. La cosecha continúa; es justo que así sea, justo el homenaje al más americano de los españoles. Y como dijo, “este gran don Ramón de las barbas de chivo” : Melancolía de aquellos llanos / de Apán. Jinetes Áureos jaranos. / Melancolía del indio . Pena / de los que arrastran una cadena”.



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