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LA VOZ MELANCÓLICA DEL POETA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Anda, mi zagal, anda;
tráeme de Miranda flores
y un ramillo de amor de amores.”
José Iglesias de la Casa.

Este hombre triste, de humor muy desigual, poeta perteneciente a la escuela salmantina que adoptó el pseudónimo de Arcadio, debió su popularidad a sus poesías festivas y burlescas a las que pertenecen en especial sus Letrillas satíricas y su abundante colección de Epigramas. En aquellas es bien visible la huella de Góngora y Quevedo; muchos de los temas de Iglesias son un reflejo literario de dichos maestros, pero hay también muchos que la sagacidad humorística del poeta toma del mundo circundante, hasta el punto de que el conjunto de estas composiciones puede mostrarnos un divertido panorama de la sociedad de su tiempo. En los Epigramas se acentúa su desenfado, sarcástico a veces y con alguna frecuencia desgarrado.

José Iglesias de la Casa nació en Salamanca el 31 de octubre 1748. Hijo de familia aristocrática venida a menos. En la Universidad de su ciudad natal estudió Humanidades y Teología. Desde edad muy temprana se dedicó a la poesía, a la música y a la pintura, y es muy probable que hasta sus treinta y cinco años en que se ordenó de sacerdote, viviera de su trabajo como artífice de platero, profesión que fue la de su padre. Después de su ordenación ejerció como párroco en varias pequeñas aldeas salmantinas, hasta su muerte prematura, ocurrida en Carbajosa de la Sagrada (Salamanca) el 26 de agosto de 1791. Sus Poesías fueron publicadas después de su muerte, en 1795. Algunas de sus líricas satíricas eran ofensivas contra las autoridades y la edición de 1798 fue incluida por la Inquisición en el Index Expurgatorius.

Tradicionalmente viene caracterizándose a Iglesias como poeta festivo y epigramático, pero no son éstas las únicas facetas de su compleja personalidad, aunque sean las más notadas y las que más popularidad le dieron en su tiempo. Los modernos comentaristas tienden, por el contrario, a anteponer a su obra festiva sus composiciones pastoriles, que le sitúan muy típicamente dentro del estilo eglógico de la época. En este género deben destacarse las treinta y cinco letrillas que se agrupan bajo el título de La esposa aldeana, breves composiciones de gran sensibilidad y ternura, con gotas de ínfima malicia como en una letrilla, que dice así: “El mi pastorcillo / bien yo sé que suele / por mí preguntaros, / si estoy de él ausente...”

Notables son también sus romance bucólicos y un grupo de dieciséis anacreónticas. En todas estas composiciones Iglesias se muestra poeta graciosamente delicado, que maneja con gran primor la amable y traviesa levedad peculiar de este género poético. Interesantes son sus treinta romances reunidos en La lira de Medellín, en donde trata el tema de los maridos consentidos. En tono elegíaco escribió Llanto de Zaragoza (1779), donde habla del incendio del Coliseo de Zaragoza.

Distinto tono tienen ya sus Idilios en los que puede ya advertirse el influjo de Gessner y también de Young; el gracioso juego artificioso de la bucólica neoclásica adquiere un tono de más sincero sentimentalismo, que se refleja en las tonalidades del paisaje -nocturnos, inviernos helados, tierras estériles- y en la voz melancólica del poeta, que oscila entre la resignada nostalgia y la amarga desesperación. Es frecuente señalar en estas composiciones de Iglesias los rasgos de la llamada lírica prerromántica, comunes a toda la poesía europea del momento, aunque no pueden desconocerse en estos Idilios acentos de íntima sinceridad personal. en el poeta salmantino había una veta de tristeza provocada por su delicada salud y la seguridad de una muerte temprana, y también por íntimas insatisfacciones vitales.

Hay en Iglesias un lírico de calidades muy estimables e incluso sobresalientes sobre todo cuando maneja la cuerda epigramática y más aún, quizá, en sus composiciones pastoriles de ritmos cortos. Y como dijo el poeta salmantino: “En vano a la puerta llama / quien no llama al corazón...”

 

 


 


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