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  Guías culturales

LA VOZ DE LA MONJA DE CARRIÓN


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Entra con sol soledad,
que aunque el sensible la daña,
otro sol mejor la baña
que es Sol de la eternidad.”
Sor Luisa de la Ascensión


Comparar las Poesías espirituales de Sor Luisa de la Ascensión con la de Santa Teresa de Jesús, nos parece juicio harto hiperbólico, no obstante haber incurrido en él más de un crítico; ahora bien: ¿cómo no recordar a la doctora de Ávila, ante villancicos de tan jugosa savia popular como éste? “Cordero de tal grandeza / Está sin lana en el yelo. / Yo pienso en un terciopelo / Envolver tanta pobreza...”

Sor Luisa de la Ascensión, en el mundo María Luisa Ruiz de Colmenares de Solís, también conocida como La monja de Carrión, nació en Madrid el 16 de mayo de 1565 y fue bautizada en la parroquia de San Andrés. Fueron sus padres Juan Ruiz de Colmenares y Jerónima de Solís. A los diecisiete años de edad fue llevada a Carrión de los Condes y a los dieciocho años ingresó en el convento de Santa Clara. Sor Luisa de la Ascensión fundó una hermandad de defensores de la Purísima Concepción a la que estaban inscritos no menos de ochenta mil personas, prelados, nobles y pueblo llano.

La figura de La monja de Carrión es muy controvertida. Unos como Menéndez Pelayo consideran que “era más bien ilusa y engañada que engañadora”; otros, en cambio, la celebran con entusiasmo por su vida ejemplar y sus poemas místicos, y, otros, por último, aunque teniéndola por impostora e intrigante, le reconocen admirables dotes poéticas.

Sor Luisa de la Ascensión desempeñó, en la corte de Felipe III, un papel a ratos análogo al de Sor María de Agreda junto a Felipe IV, y a ratos al de Sor Patrocinio junto a Isabel II. Con ésta, tiene incluso la analogía de la bilocación, y así pudo asistir en Alemania a un combate entre católicos y luteranos, al mismo tiempo que su presencia permanecía visible en tierras de Castilla. Muchos eran los personajes que recurrían a sus luces, Felipe III le consultaba problemas de estado y hasta el Papa Gregorio XV se encomendaba en sus oraciones. El padre Aspe escribió en dos volúmenes la vida de Sor Luisa, y fue esta biografía la que desencadenó que el Santo Oficio la procesara en 1634, no obstante contar ésta al propio monarca entre los más devotos de sus fieles, siendo trasladada al convento de las agustinas de Valladolid, donde muere en el año 1648. El proceso del Santo Oficio concluyó más tarde con sentencia absolutoria. El padre Manuel Fraile Miguélez publica en 1890 la obra Un proceso inquisitorial de alumbrados en Valladolid o vindicación o semblanza de La monja de Carrión, en la que se le defiende como persona y como mística.

Que Sor Luisa exageró sus místicos extravíos, lo demuestra aquel aserto suyo de habérsele aparecido Cristo “cuando estaba en el vientre de su madre”, para prometerle la virginidad, explicarle el misterio de la Trinidad, y anunciarle que sería religiosa Clarisa. Junto a este hecho tan pasmoso, el de las visitas del diablo, cuando novicia, para arrrancarle las uñas de los pies o empujarla por las escaleras, es cosa baladí. Mas ello no le hace para que sus composiciones poéticas aunque a veces excesivamente conceptuosas, acusen con frecuencia una bellísima inspiración, sobre todo, el famoso Romance de la soledad del alma. Estos versos (que hubieran de quedar inéditos hasta que los sacó del olvido el Padre Miguélez) aparecen asimismo alambicados en demasía; pero la misma profundidad de sus conceptos les da un puesto primordial en la poesía mística, y la belleza de sus imágenes basta, para elevar a La monja de Carrión a un nivel que debiera ser el suyo en nuestra literatura. El “amor unitivo” dio harto que retorcer a los inquisidores: “Donde el amor unitivo / al espíritu inflamado / lo suba de grado en grado / al grado superlativo. / A donde enferme sanando, / y así sanando este enferma: / Donde vele y donde duerma / Y esté dormida velando”.

 

 

 


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