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LA VOZ DE UNA NUEVA ÉPOCA ARTÍSTICA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Cualquier cosa que el hombre gane
debe pagarla cara, aunque no sea más
que con el miedo de perderla.”
Friedrich Hebbel.

Friedrich Hebbel es una rara, áspera y curiosa personalidad de dramaturgo y de poeta que, con valer extraordinariamente, nos ofrece uno de tantos casos de olvido y de injusta postergación en la historia literaria. Ni en su patria ni en el extranjero fue todo lo conocido que merecía, e historias hay de la literatura alemana en que su nombre ni siquiera se menciona o no obtiene más que la pobre merced de una nota más o menos caritativa. Y, sin embargo, la crítica ha ido descubriendo ahora que su talento y su labor fueron no mediocres, como parecía suponerse, sino geniales, gigantescos: que abrió nuevas rutas, que fue un insospechado precursor nada menos que de hombres como Nietzsche, y que el único que vio en él claro fue Heine que le dijo: “Ahora ya estoy vengado de todos mis enemigos: escribía dramas y sois una ballena en medio de arenques... He presagiado el fin de una época artística, y vos comenzáis otra nueva. Pero seréis duramente castigado; Lessing estaba solo, vos lo estaréis más todavía”. Esos dramas a que se refería eran los titulados Genoveva y Judit, que hoy se califican de obras maestras, de tragedias geniales. Su trilogía de los Nibelungos fue la que en 1862 le hizo triunfar en Alemania definitivamente. Hebbel es, además, un fino poeta, desnudo de postizos adornos. La obra de Hebbel está imbuida de un hondo pesimismo.

Christian Friedrich Hebbel nació en Wesselburen, Holstein, el 18 de marzo de 1813 y falleció en Viena el 13 de diciembre de 1863. De familia humilde, los primeros años de su juventud fueron de gran dureza. La escritora Amalia Schoppe le apoyó para que pudiera ingresar en la universidad de Hamburgo. Seguidamente estudió leyes en Heidelberg y Munich, pero hubo de regresar, acosado por la necesidad, a Hamburgo, donde se enamoró de la costurera Elise Lensing, con quien tuvo dos hijos. En 1842 el rey de Dinamarca le concedió una pensión que le permitió permanecer durante dos años en París y Roma. Más tarde se estableció en Viena, donde se casó con la actriz Christine Enghaus. Durante dieciocho años fue director del teatro dramático de Viena.

Sus tragedias Judit (1840), Genoveva (1843), María Magdalena (1844) -tragedia burguesa y realista que gira en torno al pecado de una muchacha soltera, obra vigorosa y veraz-, Herodes y Mariana (1850), Agnes Bernauer (1855) y Giges y su anillo (1856), así como la trilogía de los Nibelungos (1861-1862), basada en la saga homónina, le dieron una gran fama. De sus obras poéticas destaca el poema La madre y el niño. Póstumamente apareció su Diario (1885-1886), comenzado en 1835. Y como dijo el poeta y dramaturgo alemán: “Un prisionero es un predicador de libertad”.








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