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LA VOZ DEL VERDADERO PADRE DEL TEATRO FRANCÉS


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“El tiempo es un gran maestro
que arregla muchas cosas.”
Pierre Corneille.


 

Nacido durante el reinado de Enrique IV, vio transcurrir entero el de Luis XIII, y vivió todavía durante cuarenta años del de Luis XIV. Empezó a llamar la atención del público (y del cardenal Richelieu, que protegía las letras y especialmente el teatro), a los veintitrés años, escribiendo varias comedias, más o menos aplaudidas entonces; pero olvidadas hoy. Su triunfo definitivo se lo debe a la imitación de la primera parte de una obra teatral española: Las mocedades del Cid, de Guillén de Castro.

Es sumamente curioso que la escena española proporcione a Corneille varios de sus mejores éxitos (como también los autores de la antigüedad clásica); pero, a pesar de todo, el origen se olvida más o menos, y la obra francesa subsiste, rodeada de comentarios de admiración superiores a los que nosotros dedicamos a los que inventaron el asunto y la manera de llevarlo al teatro, El Cid, que es de 1636, está ya casi todo en Guillén de Castro; pero la habilidad de Corneille en la presentación, en el manejo del diálogo, en la entonada versificación, acierta a crear algo que aunque, en el fondo, sea aquello mismo, es distinto, sin embargo, y le permite dejar a los suyos maravillados con lo que es el sentimiento del honor a la española, cosa que indigna a Richelieu y a sus amigos; pero entusiasma al público.

No hay poeta francés a quien sus compatriotas admiren, veneren y respeten más que a Pedro Corneille por su ingenio superior y por lo irreprochable de su laboriosa y digna vida. Además, no sólo se le considera como el creador de la tragedia y la comedia francesas, sino hasta de la ópera, con la obra Andrómada. A pesar de su constante labor, Corneille murió pobre y triste ante los grandes éxitos de Racine, a quien le había preparado el camino, y que realmente, completó no poco de lo que a aquel le faltaba. El primero era por naturaleza más orador; el segundo; más poeta refinado, más preciso y armonioso. No hay quien le iguale en sus escenas hermosas: en éstas es el gran Corneille, y nadie ha escrito mejor que él entonces. Él ha dado el modelo de la poesía clásica: sus versos tienen una elocuencia sobria y un vigor viril que llega no pocas veces a lo sublime; muchos de ellos se han hecho proverbiales por su sorprendente relieve, y saben, llegado el caso, comunicar una voz melodiosa al éxtasis o a la ternura.

Pierre Corneille nace en Ruán el 6 de junio de 1606 y muere en París el 1 de octubre de 1684. Perteneciente a una familia de magistrados, estudia con los jesuitas y obtiene el título de abogado, aunque no llega a ejercer. Se apasiona por los estoicos latinos (Séneca y Lucano). En 1647 fue elegido miembro de la Academia Francesa.

Sus primeras obras fueron comedias, pero la gloria la alcanzaría con la tragedia. La representación de El Cid (1636) marcó un hito en la historia de la tragedia. En la obra planteó el conflicto moral entre el “deber” de Rodrigo (vengar el honor de su padre) y su “voluntad” de contraer matrimonio con Jimena, hija del que había afrentado a su padre. Este conflicto, que es una constante en la obra de Corneille, lo resuelve siempre anteponiendo el héroe su deber a su deseo. Entre sus producciones pueden mencionarse las tragedias Medea (1635), Horacio (1639), Cinna (1639), Rodoguna (1644), Nicomedes (1650), Poliuto (1640), y las comedias El mentiroso (1642), adaptación de La verdad sospechosa de Ruiz Alarcón, La continuación de “El mentiroso” (1645), inspirada, en parte, en Amar sin saber a quién, de Lope de Vega, y Andrómada (1650).

Los héroes de Corneille, siempre varones, se caracterizan ante todo por su grandeza de ánimo. La firmeza con que antepone la voluntad a la pasión o al deseo proporcionaría una gran fuerza al conflicto dramático. El lenguaje grandilocuente de Corneille, que ha quedado como modelo de estilo sentencioso, alcanza momentos de notable brillantez. Y como dijo el padre del teatro francés: “Cada instante de la vida es un paso hacia la muerte”.

 

 

 


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