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LA VOZ DEL PANADERO DE TOLEDO Y ESCULTOR DE ESPAÑA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Vengo a decirte: A caminar, hermano.
Que muy pronto en la palma de tu mano
con nueva luz se amasará Toledo.”
Rafael Alberti.

“Era un hombre muy grande, un hombre muy grande, nuestro Alberto –nos dijo Picasso-. Todos le llamábamos Alberto y ya casi nadie se acordaba de su apellido. Alberto, a veces era suficiente, porque sólo había un Alberto”.

Pero Alberto sigue siendo en este país en el que nació un ser desconocido y, sin embargo, Alberto ha sido quizá en la escultura lo que Picasso en la pintura.

Alberto Sánchez nace en Toledo el 8 de abril de 1895. Comienza a trabajar como porquero a la edad de siete años. Cuando tenía doce años se trasladó a Madrid, donde ya se encontraba su familia. Allí ejerció los oficios de aprendiz de zapatero, escayolista y, por fin, desde los veinte años, pasó a ser panadero, como su padre. Sólo pudo asistir a la escuela de párvulos cuatro meses. Tenía ya quince años cuando un amigo empezó a enseñarle por las noches a leer, a escribir y algo de cuentas. En adelante, hasta el fin de sus días fue Alberto incansable lector.

Su afición al arte le llevó a frecuentar los museos madrileños, y sobre todo el Museo del Prado. Hizo el servicio militar en Melilla. Allí talló en piedra caliza dos cabezas; una de moro y otra de mora. En 1925 participa en la Exposición de Artistas Ibéricos, la crítica le trató con unánime encomio. Poco después, la Diputación Provincial de Toledo concede a Alberto una pensión que le permite consagrarse por entero al arte. Hace amistad con Miguel Hernández, con Lorca, con Neruda, con Maruja Mallo, conoce a Unamuno, Alberti... Funda con Benjamín Palencia la Escuela de Vallecas. “Con el deliberado propósito de poner en pie el nuevo arte nacional –nos dice Alberto-, que compitiera en el de París”. El arte de Alberto es profundamente popular. Nunca dejó de ser un campesino, ni nunca dejó tampoco de ser español.

Alberto se casó con Clara Sancha. Poco después estalla la guerra civil. Su casa y casi toda su obra escultórica es destruida. Desde Valencia, el Gobierno le envía a Moscú encomendándole las clases de dibujo en las escuelas donde recibían instrucción los niños españoles evacuados a la URSS. El 12 de octubre de 1962 falleció Alberto en Moscú, con la nostalgia de no haber vuelto nunca a casa.

La obra de Alberto es impresionante. Desde ese pájaro que bebe a su grandiosa escultura para el pabellón español de la Exposición Internacional de Paría de 1937, titulada El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella. Desde el Monumento a los pájaros a sus Mujeres castellanas a sus Toros Ibéricos o su Perdíz del Cáucaso. Desde sus telones del Puente del diablo de Tolstoi a La gitanilla de Cervantes o Bodas de sangre de Lorca, o sus decorados del Quijote que permiten a Kozintser realizar aquella maravillosa película de España desde Moscú. De Alberto se han dicho las cosas más hermosas, las más poéticas, las más entusiastas. “Es el único escultor del rayo –escribía Miguel Hernández-, el único que graba el color de la madrugada, el único que ha hecho un monumento a los pájaros y una estatua al bramido...”.

Alberto deja una obra desperdigada, en parte perdida, pero con unos cimientos muy profundos para el arte, con una endiablada personalidad, con un sentido de anticipación, con una auténtica revolución sobre la forma. Se alargó con una pasión mística y revolucionaria hasta proporcionar una estrella al pueblo español sin importarle por ello estrellarse. Se estrelló con su pueblo, ya que ambos tenían la misma estrella.

Pablo Neruda decía que “nunca Alberto se hizo ilusiones sobre los que podían entenderlo, ni dónde ni cuándo. Todo el tiempo para admirarlo es justo: entonces y mañana”. Y Alberto nos dejó dicho: “Yo deseaba que todos los hombres de la tierra disfrutaran esta emoción que me causaba el campo abierto. Por eso siempre he considerado este arte un arte revolucionario, que busca la vida”.









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