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LA VOZ DEL MISTERIO DE LA PERSONALIDAD


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“¿Hombre de letras?,no, que no soy tabla
ni humanista, ni literato;
hombre de humanidad.”
Miguel de Unamuno.

 

Fue Unamuno un pensador, un poeta, un ensayista, un dramaturgo, un periodista, un polemista o, como él mismo decía un “agonista”, todo lo cual contribuye que nuestro “autor” no se agote fácilmente. Pero un autor no resulta inagotable por la diversidad de los géneros que cultivó o la variedad de asuntos y temas de que se ocupó, ni porque haya dicho, o se ha esforzado por decir, una sola cosa realmente sustanciosa, la que, por cierto, no será ya entonces una “cosa” porque no podrá jamás identificarse completamente con un “asunto” , un tema, o siquiera una idea.

Si esa “cosa” inagotable no es, pues, ni un “asunto” ni un tema, ni una idea, ni siquiera una intuición, ¿de qué se trata? Digámoslo sin ambages: de una personalidad. Pero entonces, ¿para qué hablar especialmente de Unamuno? Por mal que le pesase, no tenía o ejercía , el monopolio de la personalidad. Si de personalidad se trata, podría hablarse de cualquier persona humana y descubrir que es también inagotable; tras haber dicho de ella muchas y muchas “cosas” , siempre quedaría alguna otra “cosa” que decir. Como escribió Sartre, echando mano de una expresión unamuniana, cualquier persona humana es “todo un hombre”. Por ser simplemente una persona humana y, en consecuencia, “todo un hombre”, Unamuno no difería de cualquier otra persona humana: Unamuno era Unamuno y era cada uno de nosotros.

Ahora bien, hay en toda persona humana lo que Unamuno había llamado, antes de que lo hiciera Gabriel Marcel , “un misterio” más bien que un problema: el misterio que consiste en ser como todos los demás –por tanto, “todo un hombre”-. Cada persona humana es a un tiempo ella misma y todas las demás. Se trata, pues, de un gran misterio.

Nuestro Unamuno es inagotable por ser una personalidad . Pero ¿de qué se trata propiamente? ¿De un hombre? ¿De su filosofía? Digamos más bien que de ambos juntamente. Quienquiera conozca a Unamuno sabe que su filosofía de la personalidad es a la vez la filosofía de la personalidad.

Unamuno sintió el misterio de la personalidad ante todo como algo que existe “contra” . Mucho se ha hablado de la obstinada actitud negativa de Unamuno; de u incesante e incansable “contra esto o aquello” . Es ¿por qué no?, una actitud irritante. ¿Qué quiere este hombre que habla y escribe sin parar; que nos dispara palabras como si fueran pedradas; que no está nunca de acuerdo con nada ni con nadie, incluyendo él mismo?

El “negativismo” de Unamuno era su modo personal de manifestar que no se puede hacer gran cosa con las ideas –y por tanto, con las doctrinas en cuanto sistema de ideas-, y que había que ir “a otra cosa”.

Unamuno sintió el misterio de la personalidad ante todo como “algo negativo” . Ni las ideas ni las creencias alcanzaron a colmar en él lo que Hegel había llamado “el abismo de la negatividad” . Habrá que ver ahora si no hay, o no hay también, en el misterio de la personalidad “algo negativo”.

Unamuno estaba en “contra” en el sentido de no estar de acuerdo con nada. Pero “estar en contra” quiere decir asimismo “apoyarse en” ; así ocurre con un contraluz, con un contrapunto, con un contrafuerte. En alguna medida no se puede estar contra algo sin apoyarse en él. Y eso es justamente lo que se hace –o lo que también hace- la personalidad. Si la personalidad fuera capaz de existir por sí misma se bastaría. La personalidad sería “lo que es”. Como todo “lo demás”, sería “una cosa”. Pero Unamuno tendía a ver la personalidad por lo pronto como una especie de hueco y, por tanto, como “lo que no es”. En consecuencia, la personalidad “se hace” y “deviene” . Pero ¿cómo se hace? Pues bien: “contra las cosas” y en la medida en que se apoya en ellas con el fin de disputarles el terreno, es decir, la existencia,. He aquí uno de los aspectos del “misterio de la personalidad”, no hay personalidad sino en tanto que hay cosas contra las cuales y en las cuales la personalidad se constituye. Y como decía Unamuno: “¡No logro encontrarme yo / este yo, pobre de mí! / ¡dentro oigo sino no! / ¡fuera es donde suena: sí!”



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