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  Guías culturales

LA VOZ DEL PETRARQUISMO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“¡Ay dulce libertad cómo has mostrado
partiéndote de mí, cuál haya sido
mi estado antes del golpe recibido
que sin aliento casi me ha dejado!”
Francesco Petrarca.

Petrarca en esa especie de testamento literario que nos dejó con su tratadito De ignorantia sobre su propia ignorancia y la de otros muchos, nos revela el secreto misterioso del petrarquismo; la profunda virtud de su estremecedora permanencia de amor. La filosofía del petrarquismo es esa que se decía en el Renacimiento filosofía moral y que se ha denominado posteriormente frontera de la poesía. En alguna parte de ese tratadito nos dice Petrarca que en esa reflexión –no reflejo- que hace el hombre al volver sobre sí (“tal que en sí mismo, al fin de la eternidad lo vuelve”), nace la poesía. A esto mismo, le llamaba su contemporáneo secular, nuestro infante don Juan Manuel se sentir (lo peor que le puede suceder al hombre –decía- es no se sentir). Se ha dicho que Petrarca es el primer hombre moderno y el primer poeta moderno, por esa conciencia, por esta peculiar modalidad de su naturaleza reflexiva de buscar en su propio ser, de hacer, con su poesía, de amor, como había hecho San Agustín del hombre, cuestión de sí mismo, y al interrogarse íntimamente de ese modo, encuentra la poesía.

Francisco Petrarca nació en Arezzo, el 20 de julio de 1304. Su padre fue un instruido notario florentino, compañero de partido y amigo de Dante que será expulsado de Florencia, tras confiscarle sus bienes. Petrarco se traslada con su familia a Ancisa, y después a Provenza. Allí conoce a Guido Sette que será su entrañable amigo hasta la muerte. Petrarca durante cuatro años estudia leyes en la universidad de Montpellier. En 1318, muere su madre y Francesco escribe una elegía en latín, que serán sus primeros versos latinos, para exaltar las virtudes de esta “elegida” mujer. Con Sette continúa Petrarca los estudios de leyes en la universidad de Bolonia. Petrarca llegará a ser un gran conocedor del derecho civil. Al morir el padre, regresa a Aviñón, sede entonces de la sede papal, donde se entrega a los versos de amor en lengua vulgar. Allí vio en una iglesia, el 6 de abril, día del Viernes Santo, de 1327, según él indica en un soneto, a la hermosa Laura de Noves, de diecinueve años, casada desde hacia dos con Hugo de Sade. Verla y enamorarse de ella fue lo mismo, y ya tuvo el poeta musa inspiradora de sus versos durante toda su vida, según la costumbre trovadoresca, y ella, poeta que la inmortalizara. A partir de aquel Viernes Santo Laura estará siempre presente en su memoria en ese recuerdo de su belleza y de su actitud que le conmueve y nos conmueve en los distintos pasajes de Canzionere, los Triumphi, el Secretum, etc. Poco tiempo después, ante dificultades económicas, Petrarca entra en religión, dedicando su tiempo sobre todo al estudio. Fue coronado poeta por la universidad de París y el Senado de Roma. Aunque influyera efectivamente su copiosa obra latina en la literatura contemporánea y posterior (pretendiendo resucitar el clasicismo, intentó una epopeya virgiliana África, poema inacabado en memoria de Escipión el Africano), debe su jerarquía a sus poesías italianas: 300 sonetos, 29 canciones, 9 sixtinas, 7 baladas y 4 madrigales reunidos en un Cancionero que rapidisimamente se difundió, en ellas ofrece una concepción del amor que influirá en los poetas posteriores. De este Cancionero cuyo título exacto es Rerum vulgarium fragmenta, son cualidades características la sinceridad de la confesión, la profundidad del análisis psicológico y la belleza de la forma, cuidada hasta el virtuosismo. Está dividido en dos partes: la primera, anterior a la muerte de Laura, y la segunda, posterior a su pérdida. En 1369, Francesco da Carrara le regala un pequeño terreno en Arquá, a pocos kilómetros de Padua, en un bello rincón donde Petrarca hace construir su nueva casa. Francesco Petrarca muere en la noche del 18 de julio de 1374 y será sepultado en la iglesia parroquial de Arquá, en la tumba de mármol encargada por su yerno. Padua y sus herederos serán, pues, los depositarios de su biblioteca, de sus escritos, de las copias y ejemplares acumulados durante tantos años de amor a los libros. Y desde Padua sus obras irán difundiéndose, de manera inmediata, hacia los distintos puntos de Italia, y hacia las diferentes partes de Europa que heredarán y reanudarán el estimulo renacentista de sus páginas.

El petrarquismo de Petrarca es una voz melodiosa como la de la muerte, porque como la de la muerte se trasciende de música inaudita, de invisible luz. Al encanto de lo sensible no ha renunciado nunca ningún poeta. Porque sin la magia musical de las palabras, como sin trascendencia mística, no puede haber poesía. Una idealización absoluta será siempre imposible en poesía. Tan imposible como un hedonismo exclusivo. Pero entre ambos se nos centra y equilibra el verdadero poeta.

“El petrarquismo fue un delirio, una epidemia en todas las literaturas vulgares”, nos dijo Menéndez Pelayo. Delirio, epidemia, que duró en su apogeo de mayor virulencia más de dos siglos. ¿Epidemia poética, generadora de una fiebre amorosa y literaria delirante? ¿Pero el petrarquismo de los petrarquistas era el petrarquismo de Petrarca? Este desatado idealismo lírico-erótico, epidémico y delirante, cuyo febril contagio se extendía por Europa, de norte a sur, tomando forma con los siglos, contaminado de neoplatonismos reminiscentes, ¿qué guardaba efectivamente, del poeta admirable del que se reclama su fiebre, su delirio erótico y tan retóricamente subversivo?

Mucho más que el microbio, el virus filtrable de una enfermedad líricoamorosa, epidémica y febrilmente delirante, nos parece que lo que la poesía petrarquista de Petrarca trajo al mundo fue el descubrimiento o invención de otro: quiero decir, su hallazgo; la invención, descubrimiento, hallazgo del mundo específicamente literario de la poesía. Y del mismo modo que el mundo nuevo que descubría Colón no tenía de nuevo sino sólo su descubrimiento, y de viejo, lo que tenía de mundo, pues lo que Colón descubría era la totalidad, nueva o vieja, de un mismo mundo, el descubrimiento de ese mundo específicamente literario de la poesía, que hizo Petrarca, descubría la totalidad (antigua y nueva) de la poesía misma.

Humanismo, modernidad, son los dos términos en que se nos sitúa habitualmente el petrarquismo. Precisarlos, puntualizarlos, me parece cosa más fácil desde la íntima lectura –relectura- de Petrarca que fuera de ella. Y es que, como dijo el gran poeta italiano: “Aquí termine mi amoroso canto: / seca la fuente está de mi alegría, / mi lira yace convertida en llanto”.

 


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