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LA VOZ DEL PINTOR DE MADRID


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Símbolo de ternura y de amistad,
ellos, señora, al dirigirse a ti,
de un corazón sensible a tu bondad
la gratitud sensible expresarán por mí.”
Mesonero Romanos.


Es indudable que en la primera mitad del siglo XIX lo más interesante de la prosa española hay que buscarla en los escritores costumbristas. Tres prosistas románticos comienzan a escribir cuadro de costumbres casi al mismo tiempo: Estébanez Calderón, Mesonero Romanos y Larra.

Ramón de Mesonero Romanos, El Curioso Parlante, nace en Madrid el 19 de julio de 1803, de familia acomodada, y fuera de algunas escapadas al extranjero su vida transcurre sin grandes inquietudes en la Corte, donde muere el 30 de abril de 1882. Vivió por lo tanto, un periodo interesantísimo de la historia española, aunque no intervino en la política activa de su tiempo, limitándose a estudiar la vida y la historia madrileña. Elegido concejal en 1846, presentó el mismo año al Ayuntamiento su Proyecto de mejoras generales de Madrid. Fue cronista local y académico de la Real Española de la Lengua. El mismo nos narró parte de su vida en Memorias de un setentón, libro curioso por los datos que aporta para el conocimiento de hechos y personajes de la época, tanto de la historia política como de la literaria.

Mesonero Romanos comenzó a escribir muy joven notas costumbristas. A los diecisiete años compuso unas páginas, muy influido por Victor Joseph Etienne Jouy, con el título de Mis ratos perdidos o ligero bosquejo de Madrid, al mismo tiempo que se dedicaba al estudio de la historia local. Su Guia madrileña, publicada en 1831, obtuvo un gran éxito y las ediciones se sucedieron rápidamente.

Sus primeros cuadros costumbristas, reunidos después con el título de Panorama matritense, aparecieron en el periódico Cartas españolas, de Carnerero. Comenzó esta primera serie de escenas con El retrato, en julio de 1831, y terminó su colaboración en 1833. Desde esa fecha a 1835 viajó por Europa y a su vuelta fundó el Semanario Pintoresco, una de las revistas románticas más interesantes. Allí publicó la segunda serie de artículos costumbristas, las Escenas matritenses, en cuyo prólogo Juan Eugenio de Hartzenbusch escribe: “Pintar, pues, las costumbres españolas de nuestra época, llevando el objeto de corregirlas”. Mesonero Romanos colaboró después en Los españoles pintados por sí mismos, con unos artículos de gran viveza y colorido, al mismo tiempo que leía comedias clásicas y editaba en la célebre Biblioteca de Autores Españoles obras de los contemporáneos de Lope de Vega.

En las dos series de artículos hay notables diferencias. En la primera serie, Panorama matritense, los ensayos ofrecen mayor brevedad que en la segunda, pero en cambio el estilo es más dulzón y “cauteloso” según frase de Hartzenbusch y las escenas pecan de superficiales, en algunos casos.
La segunda serie se redacta en época muy distinta a la anterior. En los dos años que Mesonero Romanos pasó en Francia e Inglaterra, ocurren notables cambios en la vida española. En algunos artículos de la segunda serie se ve ya un deseo de comparar lo viejo con lo nuevo, como en El sombrerito y la mantilla. Otras veces señala con cierta profundidad diversos vicios e hipocresías como El duelo se despide en la iglesia o en Una noche en vela. Otros son artículos de punzante ironía contra las nuevas corrientes literarias, como el célebre El romanticismo y los románticos.

“ Es uno de nuestros pocos prosistas modernos –escribía Larra-; culto, decoroso, elegante, florido a veces, y casi siempre fluido en su estilo, castizo y puro en su lenguaje y muy a menudo picante y jovial”.

No obstante, no deja de ser una burla que el patriarca del costumbrismo –Mesonero Romanos- fuera uno de los mayores compradores de bienes nacionales y que no vacilara en derruir históricos conventos comprados por él para edificar inmuebles. Entre 1835 a 1855 –época de su apogeo como escritor costumbrista- participó activamente en las reformas urbanísticas efectuadas precisamente a raíz de la desamortización de Mendizábal (1834) y de la acumulación de capitales provocada por la Primera Guerra Carlista. Mientras en la letra escrita Mesonero siente añoranza por el pasado idílico, las viejas posadas y caminos, y ataca al vil metal que corroe las costumbres y convierte en prosaicos los rasgos psicológicos nacionales –hidalguía hombría de bien, espíritu individualista, dignidad en el hambre-, en la realidad, él mismo contribuye a las reformas urbanísticas que aniquilaban el pasado. El Madrid que glorifica por medio de la literatura, lo destruye en la vida cotidiana.

A este respecto, no dejan de ser curiosas las palabras que figuran al frente de las Escenas Matritenses que nos pueden servir para pintar las características literarias y, tal vez, las morales del Curioso Parlante: “Mi pluma... seguirá, como siempre, el impulso de mi carácter, la libertad de mi pensamiento, que consiste en escribir para todos en estilo llano, sin afectación ni desaliño, criticar sin encono; aplaudir sin envidia, y aspirar en fin, no a la gloria de grande ingenio, sino a la reputación de verídico observador”.

 









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