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LA VOZ DEL GRAN POETA DE LA ESCUELA SEVILLANA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

"Al mar no vuelvas, mísera barquilla;
acógete, por fin escarmentada,
al ocio dulce de la quieta orilla."
Manuel María de Arjona.


La Academia Salmantina no se forma hasta la llegada de Cadalso (1771) y aunque aceptan los moldes neoclásicos, todos sus poetas, Forner, Ramón Caseda, Iglesias, Meléndez Valdés, etc., retroceden hasta el primer Siglo de Oro buscando en Garcilaso y Fray Luis la savia para aquella poesía horaciana, anacreóntica que pretendían Así su neoclasicismo se convierte en un neorrenacentismo tematizado hacia la filosofía, el humanitarismo y las preocupaciones sociales y patrióticas. Esta vuelta hacia formas renacentistas se produce también en Sevilla, aunque algo más tarde. La Academia de Letras Humanas de Sevilla se encarga de encauzar a los nuevos poetas. La filiación de esta escuela se enraíza en el pasado sevillano; si Salamanca levanta la bandera de Fray Luis y Garcilaso, los sevillanos alzan la de Herrera y Rioja, pautando su estética sobre la nobleza de la lengua. En la Escuela Sevillana destacan los poetas Félix José Reinoso, Alberto Lista, José Marchena, Blanco White y, especialmente, Manuel María Arjona.

Entre los mejores poemas de Arjona se halla La diosa del bosque, oda de sutil elegancia, que figura entre “Las cien mejores poesías líricas de la lengua castellana”, escogidas por Menéndez Pelayo, entre lo mejor de la literatura antigua y moderna.

Manuel María de Arjona de Cubas nace en Osuna, provincia de Sevilla, el 12 de junio de 1771. Estudia Filosofía y Derecho civil y canónico de Osuna y Sevilla. Funda algunas academias literarias la llamada de Silé, en su ciudad natal, y en Sevilla la famosa Academia de Letras Humanas, con Lista, Blanco, Reinoso, Marchena y otros. Consagrado a la carrera eclesiástica, en 1797 era doctoral de la Real Capilla de San Fernando y en 1801 obtuvo por oposición la plaza de canónigo penitenciario de Córdoba.

En 1808 el poeta sevillano se encontraba en Madrid, donde le sorprendió la invasión napoleónica; intentó ponerse a salvo y marchó a Córdoba, pero ya en tierras andaluzas, las tropas de Dupont se apoderaron de él y terminó por contemporizar con los invasores, lo que le ocasionó algunas represalias entre 1812 y 1814, año este último en que terminada la guerra, fue encarcelado, y tuvo que justificar su actitud fluctuante por medio de la publicación de un manifiesto.

Ya rehabilitado, regresó a Madrid a finales de 1818, pero el ministro de Gracia y Justicia le desterró a Córdoba y luego a Sevilla, ciudad en la que se hallaba al jurarse la Constitución de 1820. Poco después, regresó a Madrid, donde muere el 25 de julio de 1820.

Arjona tuvo una profunda formación humanística y cultivó la poesía didáctica y filosófica, así como la bucólica al modo de Meléndez Valdés. “De ameno y expresivo trato –decía Lasso de la Vega-; pródigo con el infortunio, dio prueba de su piedad no común, en las calamidades públicas que presenció en diversas ocasiones”. Prevalece en su poesía los motivos paganos, aunque no le faltan composiciones religiosas. Son notabilísimas sus composiciones A la Inmaculada Concepción, Al pueblo hebreo, A Cicerón y A la muerte de San Fernando. Una obra poética importante de Arjona es el poema Las ruinas de Roma. Lista decía que las composiciones de Arjona eran comparables a las mejores de la poesía griega.

Alguna vez, el gran poeta de la segunda Escuela Sevillana se aproxima a las odas del modo de Herrera, como en su poema A la decadencia de la gloria de Sevilla, y a las de Quintana, por ejemplo, en España restaurada en Cádiz.

Predomina en la obra poética de Manuel María Arjona la falta de emoción humana, un tono intelectual y cierta grandilocuencia, pero no está carente de un cuidado rigor formal en cuanto al aspecto expresivo. Inventó algunas estructuras estróficas, como la de su poema La diosa del bosque, que es el mejor que nos ha legado y en el que podemos hallar algún leve indicio de carácter romántico: “¡Oh, imagen perfectísima del orden / que liga en lazos fáciles el mundo, / sólo en los brazos de la paz fecundo, / sólo amable en la paz!”.








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