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LA VOZ DEL POETA HEINEANO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

«Delante de su cruz tuve mi planta...
Y soñé que en su rótulo leía:
“¡Nunca duerme entre flores quien las canta!”
¡Pobre césped marchito! ¡Quién diría
que el cantor de las flores en tu seno
durmiera tan sin flores algún día!»
Eulogio Florentino Sanz.



La poesía de la época de Eulogio Florentino Sanz, salvo la de figuras como Bécquer y Rosalía de Castro, ha sido menospreciada por parte de la crítica, sin embargo, la labor de estos predecesores del modernismo y de la lírica contemporánea tiene su importancia, aunque no podamos igualarla con la del parnasianismo y el simbolismo, que rellenan este periodo al otro lado de los Pirineos. Los postrománticos destruyen lo que de cartón y falsedad había en la lírica grandilocuente de sus padres, e inician una poesía cotidiana, ahincada en la realidad inmediata; reelaborando el lenguaje, simplificándolo con vistas a unos inicios de la poesía; inicios que acabarían en otro engolamiento, el modernista, aunque sea de signo distinto.

Eulogio Florentino Sanz Sánchez nació en Arévalo, Ávila, el 11 de marzo de 1822 y falleció en Madrid el 29 de abril de 1881. Huérfano de niño, quedó bajo la tutela de un pariente duro y sin escrúpulos en el manejo de la hacienda, por lo que prácticamente se crió solo y anduvo con pocos recursos. Estudió leyes en las universidades de Salamanca y Valladolid, y de esta última ciudad se trasladó en 1842 a Madrid, entregándose a la vida bohemia. Más de una noche durmió al aire libre en los bancos del Prado. De esta situación lo sacó en 1845 la protección de Andrés Borrego que le colocó de redactor en El Español. Frecuentó las tertulias del Parnasillo y del Café del Recreo. Con Julián Romea, como primer actor, estrenó en 1848 en el teatro del Príncipe, su drama Don Francisco de Quevedo, que le dio renombre. Sanz prosiguió su labor periodística en diversos diarios y revistas: La Patria, La Víbora, La Sátira, El Mundo Nuevo, Semanario Pintoresco, La Ilustración Española, El Nuevo Mundo, Las Novedades, La Iberia, El Observador y El Museo Universal. En 1854 se estrena su segundo y último drama Achaques de la vejez y se le nombró encargado de negocios de la Legación en Berlín, permaneciendo dos años en la capital alemana, lo que le permitió familiarizarse con la lírica germánica, particularmente con la de Goethe y la de Heine. De este último hizo excelentes traducciones que influyeron en la poesía de Gustavo Adolfo Bécquer y de Rosalía de Castro. En 1855 fue nombrado comendador de la Orden de Carlos III. En 1856 publicó su célebre Epístola a Pedro.

En 1856 aparecía la primera traducción española de la Nueva primavera de Heine debida a Agustín R Bonnat, y cosa de un año después la que en verso hizo Eulogio Florentino Sanz escogiendo entre más de una de las obras del poeta alemán. El primer contacto de Bécquer y de Rosalía de Castro con Heine tiene lugar en 1857, año que Sanz traduce 15 poemas del Intermezzo heineano, publicados en El Museo Universal bajo el título de Poesías alemanas traducidas de Enrique Heine.

En 1858, Sanz fue elegido diputado liberal por Alcázar de San Juan. Al año siguiente rechazó el cargo de embajador en Brasil. En 1863 cesó como diputado. Sanz contrajo matrimonio en Cádiz el 9 de mayo de 1873 con Consuelo Sierra y Cidrón. El orgullo morboso, la mordacidad y la tendencia al desaliento hicieron que Sanz se abandonara estérilmente en los últimos años de su vida, desaprovechando su ingenio y su extraordinarias facultades. “En los últimos años de su vida –nos cuenta Juan Valera- vivió en gran soledad y abandono”. Murió en Madrid en el olvido y en la extrema pobreza, hasta el punto de depender de la caridad de sus amigos. Y como dijo el poeta castellano: “Bien habrá visto a la menguada luna / que en el santo jardín, rico de flores, / sólo yace tu césped sin ninguna”.







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