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LA VOZ DEL POETA NUEVO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Miro contemplo los trabajos duros
del triste labrador, su suerte esquiva,
su miseria, sus lástimas; y aprendo
entre los infelices a ser hombre.”
Juan Meléndez Valdés.

 

Meléndez es sin duda, la personalidad poética más relevante de todo el XVIII español, tanto por la calidad e inspiración de sus versos como por la variedad de sus registros temáticos y estilísticos. Representa la madurez de la Ilustración poética y ejemplifica perfectamente con su variada obra esa confluencia de corrientes que es nota distintiva de nuestra lírica setecentista. En ella confluyen y conocen sus calidades más altas el gusto rococó, con sus ondas anacreónticas y su lírica amorosa, la poesía de factura neoclásica y la veta prerromántica de sus composiciones filosóficas y religiosas. No en vano fue considerado por algunos contemporáneos como la encarnación del poeta nuevo, acorde con el espíritu de los tiempos. Es el más notable precursor del movimiento romántico español. Para Azorín, fervoroso entusiasta del poeta extremeño, todo el romanticismo se halla ya en Meléndez: su subjetivismo, “la melodía, el énfasis solemne, el desequilibrio entre la idea y la expresión, el gusto por los aspectos hórridos y terroríficos, la ternura, el llanto, la desesperanza infinita”.

Juan Meléndez Valdés nace en Ribera del Fresno, provincia de Badajoz, el 11 de marzo de 1754. Estudia humanidades en Madrid, y, más tarde, la carrera de leyes en la Universidad de Salamanca. Allí conoce a Cadalso que influyó notablemente en su concepción de la poesía, al igual que Jovellanos, al que conoció por medio de otro poeta de la escuela salmantina.

Antes de acabar la carrera, recibe la vacante de una cátedra de humanidades como sustituto, y tres años más tarde, en 1781, se convierte en titular de una de gramática. Sus años de catedrático son probablemente los más felices.

En 1780 gana un importante premio de la Real Academia de la Lengua con su égloga Batilo, de cuyo título tomará su seudónimo. En 1783, vuelve a ganar un premio, éste de la Academia de San Fernando, con la comedia Las bodas de Camacho. En ese mismo año se casa en secreto con Andrea de Coca, que era bastante mayor que el poeta.

Tras esos años salmantinos, ejerció la carrera judicial en Zaragoza y Valladolid, llegando a ser Fiscal de Distrito en la capital de España. Amigo y protegido de Jovellanos, a la caída de éste sufrió destierro en Medina del Campo y más tarde en Zamora (1800). En Zamora recibe la rehabilitación parcial y la libertad de elegir residencia, lo que le lleva de nuevo a Salamanca.

En 1808, y a raíz del motín de Aranjuez, sus protectores son rehabilitados y vuelve a Madrid. Las tropas napoleónicas invaden el país. Su afrancesamiento le llevó a colaborar más tarde con el rey José I, con el que fue ministro de Instrucción Pública, de ahí su obligada emigración tras la Guerra de la Independencia, y su muerte en el exilio. Juan Menéndez Valdés muere en Montpellier el 24 de mayo de 1817. Desde 1900, sus restos reposan en el Panteón de Hombres Ilustres del cementerio de San Justo, junto a Goya y Moratín, ambos muertos también en Francia.

Meléndez cultivó la poesía lírica y pastoril, las composiciones de tipo moral, social y filosófico y en su última etapa acusó una marcada influencia de los poetas ingleses, particularmente de Young y de Pope. El poeta extremeño brilla en las descripciones, encuentra siempre la imagen precisa y compone con armonía y ligereza, aunque a veces incurra en el rebuscamiento y la afectación. La primera edición de sus poesías apareció en 1785; a ésta siguió otra, muy aumentada (compuesta por tres volúmenes), en 1797. Hay finalmente otras póstuma de 1820, hecha por Quintana sobre las notas de Meléndez. Más tarde se dieron a conocer otras composiciones no incluidas en la edición de Quintana, y en 1894 Fouché-Delbosc dio a conocer Los besos de amor, colección de poemas amorosas algo obscenos. El sentimentalismo propio de la época, unido a la vena moralizadora, aparece en El cariño paternal, El niño dormido, etc.; en su última época se atisba un cierto romanticismo en los tres romances fronterizos (uno de ellos perdido hoy) que forman Doña Elvira. En las letrillas sobresalen A más lindos ojos, El lunarcito, etc. Teócrito le inspira los idilios Los inocentes, La ausencia, A la amistad, etc. La mayor parte de su obra está constituida por odas, algunas donde lo bucólico-sensual se combina con notas sentimentales, otras de carácter moral (Siendo la vida tan breve y tan incierta etc.) o filosófico (A la muerte de Cadalso, De la verdadera paz, etc.)

En sus Epístolas (Epístola a Godoy, Semanario de agricultura, Al sol, A un lucero, etc.) se exponen la mayoría de sus ideas progresistas. En sus Discursos Forenses, lo más importante conservado de su obra en prosa, Meléndez insiste en temas ya tratados en sus epístolas u otras composiciones de tipo social, destacando el de apertura de la recién creada Audiencia de Extremadura por los conceptos que se vierten sobre el estado de la justicia española, verdadera obsesión de Meléndez, y su posición netamente ilustrada de reforma de la misma.

Meléndez Valdés, hombre de su tiempo, encierra como todos los grandes escritores, aspectos que son siempre modernos, que tienen plena actualidad, como puede observarse en estos versos: “Todos tus hijos somos / el tártaro, el lapón el indio rudo / el tostado africano; / es un hombre, es tu imagen y es mi hermano”.

 


 


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