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  Guías culturales

LA VOZ POÉTICA DE LA MÚSICA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Hay poesías que tienen música propia.”
José Bergamín.

El lied fue el reino por excelencia de Schubert, porque era un género de música íntimo, que convenía a su temperamento esencialmente lírico. Schubert adoraba a los poetas y la poesía; el mismo no era otra cosa que un poeta que se expresaba con notas. Con justicia lo definió Listz “como el músico más poeta que jamás ha existido”.

Franz Peter Schubert nació en Liechtenthal (Austria), el 31 de enero de 1797 en el modestísimo hogar de un pobre maestro de escuela. Duodécimo hijo de los catorce que tuvo su padre con su primera mujer (cinco más con la segunda). A pesar de ello, Franz recibió una discreta educación musical. Su padre le inició en la música, para la cual demostró excepcionales aptitudes. Estudia canto, órgano y violín. Cantor y pensionista del colegio municipal se familiariza con las obras de Haydn y Mozart. A los trece años, Schubert ya había compuesto diversas obras. Estudia varios años con Salieri y se entusiasma con la música de Glück. Compone su primera ópera: El pabellón del diablo (1813). Se enamora de Teresa Grob, pero no puede casarse con ella por falta de medios económicos. Su vida está jalonada por las frustraciones. No consigue que le den una vacante de director musical en Leibach, a pesar de la recomendación de Salieri. Goethe trata con desdén los lieder que Schubert compone con sus textos.

Ejerce como maestro en Wöhring para sobrevivir a su penuria económica. Marcha a Zseliz, en Hungría (1818), contratado como profesor privado de música de las hijas del conde Joham Esterházy. Karoline, la joven condesita, despertó en Schubert una intensa pasión, que, por respeto y timidez, mantuvo en secreto, sumiéndole en constante melancolía. Esto le hizo regresar de nuevo a Viena. Intenta la conquista de Viena frecuentando la alta sociedad y estrena la ópera Los Gemelos sin éxito. Otra ópera, Alfonso y Estrella (1822) es rechazada en Viena y Berlín y no se llega a estrenar en vida del autor. A partir de 1827 se agudizan la soledad y la angustia interior de Schubert, obsesionado con la muerte. Compone la Sinfonía en do mayor (1828), que es rechazada por la Sociedad de Amigos de la Música, hasta que, descubierta por Schumann y dirigida por Mendelssohn, se interpreta once años después de su muerte. Consigue su primer éxito dirigiendo un concierto con obras suyas en el primer aniversario de la muerte de Beethoven, pero unos meses después contrae un tifus abdominal que termina con su escasa salud, muy minada ya por la incurable enfermedad venérea contraída en Hungría años antes. En las postreras horas de su terrible agonía, cuando su cuerpo joven luchaba desesperadamente con la muerte, dijo con apagada voz: “¡No, no; Beethoven no está aquí!” La imagen de aquel genio que desde la niñez había admirado no le abandonaba. Franz Peter Schubert murió el 19 de noviembre de 1828, en casa de su hermano Ferdinand, en los alrededores de Viena. En 1888, sus restos, exhumados del cementerio Whöring, fueron trasladados a la necrópolis Central de Viena, donde descansan al lado de su idolatrado Beethoven.

Sus obras eran explotadas por los editores con espléndido rendimiento, del cual el músico, percibía una parte ínfima, si bien es cierto que sus necesidades eran muy modestas: un lecho para dormir, papel, pluma y tinta y una botella de vino. Lo demás no tenía importancia. Apenas terminaba una canción creaba otra. Y como la música le enloquecía, cada semana una o dos docenas de lieder se hallaban a disposición de su editor o de sus amigos.

El legado de Franz Peter Schubert asombra por lo cuantioso y se impone por su incalculable valor. “Schubert -dijo acertadamente Riemann- es el verdadero creador de la canción moderna. Su importancia en la historia de la música iguala a la de Goethe como poeta lírico en la historia de la literatura”. Cultivó con igual maestría todos los géneros musicales y creó en incesante renovación, formas, sobresaliendo en las parciales, como son los acompañamientos pianísticos del lied cuya exaltación personifica como nadie. Maestro por excelencia del género, Schubert hará del lied medio universal de expresión: contemplativo, sentimental, descriptivo- realista, trágico, heroico, popular... y litúrgico.

Además del intenso culto a la creación íntima, la perdurabilidad del arte schubertiano se apoya en la permanencia dentro del repertorio orquestal de Rosamunda y de las tres sinfonías: Trágica, Incompleta y Sinfonía en do mayor. Asimismo en frecuentes audiciones de obras de cámara y de piezas pianísticas, completándose con la popularidad alcanzada por el Ave María, La Serenata (obra póstuma) y la Marcha militar.

La música y la poesía eran sus alas y con ellas lograba evadirse de las penas y miserias de la vida, que para él no fue ciertamente fácil, y alcanzar el reino de los sueños, donde todas sus fantasías se convertían en maravillosas realidades. Y como dijo Robert Schumann : “El tiempo, que tan innumerables bellezas ha creado, no volverá a producir un Schubert”.



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