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LA VOZ DEL PRIMER ROMÁNTICO FRANCÉS


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Ni un beso... ni siquiera una sonrisa
he de pedirte yo.
Con la dicha de un beso de tus labios
no ha soñado jamás mi corazón.”
Alphonse de Lamartine.


En la segunda década del siglo XIX existía en Francia, un vago movimiento romántico en prosa en el ambiente, con influencias nórdicas, inglesas, escocesas, alemanas, principalmente; sólo faltaba que se manifestara con fuerza en la poesía, y esto ocurrió en 1820, con la publicación de un modesto volumen de composiciones sueltas que con gran dificultad pudo encontrar un editor, porque aquellos versos no se parecían a los que el público compraba: las Meditaciones poéticas de Lamartine. Pronto se consideró en Francia que aquel libro creaba la poesía lírica subjetiva del siglo XIX y que constituía un acontecimiento como la aparición del Genio del Cristianismo de Chateaubriand fue para la prosa francesa. El lenguaje era armonioso, honda la emoción y sincera la inspiración. Algunas de sus composiciones, como la titulada “El lago”, quedaron consagradas como clásicas, y durante años enteros fueron el encanto de innumerables lectores. Entonces pudo decirse que la nueva escuela, el romanticismo, tenía ya en Francia su poeta.

Se definió, particularmente en las Armonías, que contienen muchas de sus composiciones más hermosas, como el poeta del amor, de la Naturaleza y de Dios. Alguna vez pulsó también con elocuencia la cuerda de la poesía política. El genio en él era más grande que curioso; jamás ha habido poeta más realmente inspirado, ni alma que hablase en la misma medida que él en un lenguaje sencillo y sublime. Sus ideas son elevadas, directo y patético su acento, grandes y nobles sus imágenes. No es un artista del verso; su facilidad es a veces desaliñada hasta la incorrección; pero sus periodos tienen vigorosa amplitud, y sus estrofas una melodía suave y melodiosa.

Alphonse Marie Louise Prat de Lamartine nace en Mâcon el 21 de octubre de 1790 y muere en París el 28 de febrero de 1869. Su padre, un oficial del ejército francés perteneciente a la pequeña nobleza, fue detenido en la época del Terror y una vez puesto en libertad se refugió con su familia en Milly, modesta propiedad cerca de Mâcon, donde Lamartine pasó su infancia. El poeta cursó estudios en Lyon y Belley, y posteriormente realizó diversos viajes por Italia (1811-1813). En 1817, a los pocos años de haber vuelto a Francia, tuvo que enfrentar y superar el duro golpe ocasionado por la prematura muerte de su enamorada Julie Charles. En 1820 contrajo matrimonio con la inglesa Marianne Birch. Su defensa de la restauración borbónica en 1814 le permitió entrar en la carrera diplomática. Acepta el cargo de secretario de embajada en Nápoles, y un año más tarde ocupa un puesto similar en Florencia. En 1829 ingresa en la Academia francesa y en 1832 realiza un viaje a Oriente, en que se inspiró su Viaje por Oriente: recuerdos, impresiones, pensamientos y paisajes (1935). A su regreso a Francia Lamartine, gran figura de sociedad, hombre importante por su popularidad se vio arrastrado hacia la política y, lo mismo que Víctor Hugo, creyó en la misión social del poeta. Fue elegido diputado por Bergues (1833-1837) y luego por su ciudad natal (1837-1848), convirtiéndose en uno de los principales oradores políticos de su época, actividades que, por otra parte, logró simultanear con su quehacer literario. Después de la revolución de 1848, formó parte del gobierno provisional con el cargo de ministro de Asuntos Exteriores, pero el fracaso de su candidatura a la presidencia de la República y el golpe de estado perpetrado por Luis Napoleón (Napoleón III), dieron paso a su retiro definitivo de la política. Durante su periodo como político defendió con gran elocuencia temas como la abolición de la esclavitud y de la pena de muerte, la instrucción para el pueblo, el derecho al trabajo, la libertad de prensa, etc. Perdida su fortuna cuando más falta le hacía, en sus últimos años, y retirado a la vida privada entre la indiferencia e ingratitud públicas, un cultivador forzado de toda clase de géneros: la novela, la biografía, las confidencias, la crítica y la historia literaria, el teatro, el periodismo, las obras de vulgarización más variadas con las cuales, y el producto de algunas suscripciones nacionales, pudo esperar que llegara una pensión tardía que una ley votada en 1867 le otorgaba. Dos años después moría pobre el que había nacido y vivido en la opulencia, demostrada más que nunca cuando su principesco viaje a Oriente.

A su primera obra Meditaciones poéticas siguieron las Nuevas meditaciones poéticas (1823), de mayor aliento, de forma más amplia y rica, El último canto de la peregrinación de Harold (1825); pero el libro en que la inspiración del poeta llegó a la cumbre fue el que tituló Armonías poéticas y religiosas (1830), con razón comparado a un ancho río de corriente tranquila y poderosa. Jocelyn (1836), poema que sigue después, y ofrece nuevas y grandes cualidades de expresión de los sentimientos familiares y de las cosas sencillas, parece otras Armonías en las que el relato que contienen sirve como de lazo de unión entre ellas. Y hasta aquí llega lo mejor de la producción poética de Lamartine. Él mismo se calificó de verdadero improvisador de verso, y en esas improvisaciones, cuando acertó fue genial, cuando se equivocó quedó muy por debajo de sí mismo. Tal le ocurrió con La caída de un ángel (1838), que publicó a continuación, recibida unánimemente con severidad extrema por los críticos. Como historiador escribió Historia de los girondinos (1847), en la que puso el ejemplo de hombres virtuosos que habían podido llevar a cabo una revolución pacífica y, como narrador, merecen ser mencionados Rafael (1849) y Confidencias (1849-1851), ambos de carácter autobiográfico, y la novela Genoveva, historia de una criada (1851). Con bastante exactitud se ha dicho que Víctor Hugo es la oda y Lamartine la elegía. Y como nos dejó dicho la primera voz del romanticismo francés: “La guerra no es más que un asesinato en masa, y el asesinato no es progreso”.

 




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