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  Guías culturales

LA VOZ DE UNA PROPAGANDISTA DE LA FE


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Dígalo amor, a quien diere
el alma por escucharle
que fuerza será dejarle
vida y alma, si le oyere.”
Luisa de Carvajal.

 

El temperamento de Luisa de Carvajal es una prueba magnífica de la energía, de la voluntad y valor de carácter español de la época. Con frecuencia, este impulso, seguido hasta sus límites más extremos, era la válvula de escape de la pasión. Si bien, “en poesía religiosa, y en su siglo nadie, la sobrepasa en castellano”. Devorada por un amor insaciable, y por la sed de sufrir por su amor, todas sus composiciones traslucen ese estado de pasión aguda, tan difícilmente sostenido por la generación de los poetas. “Ninfas del paraíso soberanas, / sabed que estoy enferma y muy herida / de unos abrasadísimos amores”, canta Luisa de Carvajal en un arrebatado soneto, para describir los “Coloquios del alma con Dios”, recurriendo a una de las más hermosas imitaciones del “Cantar de los cantares” que haya producido literatura alguna.

Luisa de Carvajal y Mendoza nació en Jaraicejo, provincia de Cáceres, el 2 de enero de 1566. Fueron sus padres Francisco de Carvajal y Vargas y María de Mendoza y Pacheco. Al quedar huérfana a los seis años quedó al amparo de su tía María Chacón, madre del arzobispo de Toledo Bernardo de Sandoval. Como su tía era aya del príncipe don Diego y camarera de las infantas, vivieron en las casas de la princesa doña Juana, junto a las Descalzas Reales. Después se trasladó a Monteagudo con las hijas del Marqués de Almazán, tío suyo, y más tarde a la villa de Almazán. Luisa de Carvajal a la hora de definir su camino no se determina, ni a casarse para vivir conforme a su rango, ni a entregarse por siempre a la quietud de una reclusión perpetua en un monasterio. Hizo voto de castidad, y renunció a cuantos bienes dispensa la fortuna, hasta que a los veintidós años, al conocer los martirios sufridos en Inglaterra por el jesuita P. Edmundo Campiano, prometió solemnemente a Dios “buscar todas aquellas ocasiones de martirio que no fueran repugnantes a la ley de Dios” y, siempre que de ello hallase oportunidad, “hacer rostro a todo género de muerte, tormentos y rigurosidad, sin volver las espaldas en ningún modo, ni rehusarlo por ninguna vía”.

Después de donar cuanto poseía para la fundación de un noviciado de misioneros en Lovaina, partió resueltamente para Inglaterra el 27 de enero de 1605, en busca de una suerte igual a la del P. Campiano. No llegó a sufrir tormentos físicos, pero sí dos veces prisión, a pesar de la protección de los embajadores de España, e incesantes persecuciones de los protestantes, que la tenían por un “papista disfrazado”. Era la época álgida de las luchas religiosas. Los católicos se veían en Inglaterra perseguidos como los herejes en España. Luisa de Carvajal, anhelante del martirio que había de aproximarla a su Dios, prodigaba las manifestaciones de sus creencias, sin atender a las cariñosas reconvenciones de los embajadores de España, Pedro Zúñiga primero, del Conde de Gondomar después,: “¡Quien la tuviera, Rey mío, / en sus sienes apretada!”, exclamará, al pensar en la corona de espina.

Predicando religión por donde pasaba, destruyendo en plena calle las pinturas e inscripciones que ofendían su fe, y confortando con su asistencia a los católicos procesados, expiró, aniquilada por las pruebas y fatigas que se había impuesto, a los nueve años de su llegada a Inglaterra el 2 de enero de 1614, rodeada de una especie de comunidad libre, que había logrado fundar con unas cuantas mujeres piadosas. Sus restos fueron trasladado al convento de la Encarnación de Madrid.

Su obra se reduce a un Epistolario bastante extenso, dirigido a ilustres personalidades de la época, unos Escritos autobiográficos y a una colección de poemas. Su obra es eminentemente religiosa y su misticismo sigue la corriente de San Juan de la Cruz , Santa Teresa y Fray Luis de León.

Luisa de Carvajal es la más ilustre de las escritoras religiosas de su época, y no pocos la consideran como uno de nuestros mejores poetas del siglo XVII. A uno de sus más famosos sonetos pertenece este terceto: “Fragua, que en vivo, fuego me convierte, / de los soplos de amor tan avivada, / que aviva mi dolor hasta la muerte”.

 


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