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LA VOZ DEL SABER


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Los juglares eran difundidores de cantos noticieros
sobre sucesos actuales y referidores de historias antiguas
acreditadas; eran, como portadores de mensajes versificados
o prosísticos, un poderoso órgano de propaganda política;
en fin, eran editores y periodistas ambulantes, agentes
de toda clase de publicidad.”
Ramón Menéndez Pidal.

 

 

 

La obra de Menéndez Pidal como investigador en el campo de la filología y de la literatura castellana es una de las más fecundas y valiosas en la España de hoy. Desde muy joven se consagró al estudio del Poema del Cid. Recorrió a lomo de mula el itinerario seguido por Rodrigo Díaz de Vivar a través de la sierra de Burgos, Soria y Medinaceli, e hizo un trabajo completísimo -el mejor que se conoce- sobre el viejo cantar. Los más eminentes filólogos extranjeros han reconocido que esta obra hace época en la historia de la literatura medieval. Este libro recibió el premio de la Academia Española en 1895. Un año más tarde sale a la luz un estudio sobre “La leyenda de los infantes de Lara”, que fue premiado por la Academia de la Historia.

Ramón Menéndez Pidal nació en La Coruña, el 13 de marzo de 1869. Durante su infancia reside en Asturias. Estudia Filosofía en la Universidad de Madrid. Fue uno de los discípulos más aventajados de Menéndez y Pelayo y en 1899 obtuvo por oposiciones la cátedra de Filología románica. Se casó con María Goyri, que fue su compañera de estudios en la Universidad y luego su colaboradora en la paciente y fatigosa tarea de acarrear materiales, ordenarlos y seleccionarlos para tan ingente construcción. El discurso que leyó en el acto de ingreso en la Real Academia Española versó sobre El condenado por desconfiado, de Tirso de Molina, y es, como todos los suyos, un trabajo magistral. En 1904 hizo su primer viaje a América para estudiar en Quito y Lima la cuestión que entonces se debatía sobre fronteras entre el Ecuador y Perú. Pidal fue como técnico enviado expresamente por el monarca español, para leer los documentos antiguos.

Desde su fundación, en 1907, Menéndez Pidal fue vocal de la Junta para Ampliación de Estudios, y presidente de la misma a la muerte de don Santiago Ramón y Cajal. Dentro de la mencionada Junta fundó y dirigió el Centro de Estudios Históricos, donde formó a un gran número de discípulos. En 1909 viaja a los Estados Unidos y dio varias conferencias en diferentes universidades bajo el epígrafe “El romancero español”. Don Ramón consagró su vida entera a sus trabajos de investigación literaria. Las infinitas horas de lecturas sobre códices y pergaminos antiguos le ocasionó el desprendimiento de la retina. Tendido pacientemente en su lecho, hacía que su hija Gimena le leyese los viejos romances que, con el título de Flor nueva de romances viejos, fueron publicados en esos meses de forzoso retiro. Están dedicado a su hija, que le había permitido “sacar del olvido este Romancerillo, que estaba hacía muchos años arrumbado”. Ramón Menéndez Pidal murió en Madrid el 14 de noviembre de 1968.

Ramón Menéndez Pidal que empezó realizando una inmensa labor de introducción y sedimentación de los métodos de la filología románica en nuestro país, al aplicar dichos métodos a la lengua española y, sobre todo, a la literatura medieval nos ha dejado una serie de obras incomparables: Gramática histórica de la lengua castellana, Poesías juglarescas y juglares y Orígenes del español. La preocupación filológica le lleva inevitablemente a los estudios históricos o histórico-literarios, y así surgen obras de tanta trascendencia como La España del Cid, uno de los libros más sugestivos y más bellos que se han escrito sobre nuestra Edad Media, La epopeya castellana, El romancero español, hasta culminar en los prólogos de la Historia de España, publicada bajo su dirección, y en la Historia de las literaturas hispánicas.

Desde su cátedra universitaria, desde la Revista de Filología Española (fundada y dirigida por él en 1914) y desde su puesto de director de la Real Academia Española, Menéndez Pidal ha realizado una inmensa labor de aliento, de orientación y de fecundación de ideas y discípulos.

La consideración de la literatura en su realidad histórico-social efectiva llevó a Menéndez Pidal a lo que quizás sea lo más valioso y fecundo de su obra: la atención a la poesía juglaresca y a las actividades de los juglares, y, con ello una nueva visión de la Edad Media. Se ve que la literatura románica medieval ha sido, ante todo y sobre todo “juglaría”, y que lo demás ha sido relativamente secundario.

Menéndez Pidal, el más alto investigador filológico en la primera mitad del siglo XX, representa el esfuerzo más genial, auténtico y desinteresado que se ha dado en España en los últimos siglos.

 

 


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