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LA VOZ SABIA DE UN POETA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Sin ti mis días se tornaron negros
y contigo mis noches eran blancas.”
Emilio García Gómez. Quasidas andaluzas.


Emilio García Gómez es una de las grandes figuras intelectuales del siglo XX. Arabista, catedrático, historiador y articulista. Reunía a la vez su condición de sabio y su condición de poeta, algo que no se da con demasiada facilidad. Fue sobre todo un gran humanista por debajo de su arabismo y en torno a él. Sus maestros fueron Miguel Asín Palacios, Julián Ribera y Gómez Moreno.

Emilio García Gómez nace en Madrid el 4 de junio de 1905. Cursa estudios de Filosofía y Letras, especializándose en árabe. Posteriormente se doctora en la Universidad de Granada y pronto se convierte en una reconocida autoridad en su disciplina. En 1932 funda con la ayuda de Fernando de los Ríos la Escuela de Estudios Árabes de Granada y también la correspondiente de Madrid y ligado a ella y a sus enseñanzas universitarias sacó la prestigiosa revista Al-Andalus. En la ciudad de Alhambra cuenta con la amistad de Falla y Lorca. Los poemas del Diván del Tamarit, de Federico García Lorca, están planteados a la manera de los poemas arábigos-andaluces que García Gómez pone en circulación en 1930. Emilio García Gómez contrae matrimonio con María Luisa Fuertes Grasa, que fue directora de la Biblioteca del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Junto a su erudita labor como arabista, García Gómez ocupó diversos cargos diplomáticos. Fue embajador de España en Bagdad, Beirut y Ankara entre 1958 y 1969. Académico de la Lengua y de la Historia., de la que fue director de 1988 hasta su muerte. Único miembro español de la Academia de Marruecos. Fue investido doctor honoris causa por varias universidades europeas y árabes. Entre su muchísimas distinciones figuraban el premio Fastenrath (1930), Premio Mariano de Cavia (1983), el Internacional Bagdad (1985), el Nacional de la Historia (1989) y el Príncipe de Asturias de Comunicaciones y Humanidades (1992). Hijo Predilecto de Andalucía (1988), Hijo adoptivo de Córdoba y Medalla de Oro de la Ciudad de Granada. Toda su vida se confesó monárquico. El Rey poco meses antes de su muerte le concedió el título de conde de los Ahxares.

El más insigne arabista de nuestras letras y miembro ilustre de la generación del 27 murió en Madrid el 31 de mayo de 1995. El académico recibió sepultura en Granada, al ser ese su expreso deseo.

Para la Alambra ha sido una persona fundamental, fue el que volvió a leer y traducir las poesías epigrafiadas en los muros de palacio de Ibn Zamrak, el poeta de la Alhambra. Su verdadera vocación de poeta quedó plasmada en uno de sus primeros libros, Poemas arábigoandaluces, en el que captó la belleza de la poesía árabe de forma verdaderamente sorprendente. “Cuando en 1930 apareció la primera edición de este libro –escribía García Gómez-, logró de la crítica y del público una acogida para mí inesperada. Sorprendió, sin duda, esta nueva cala en el alma de nuestra divina Andalucía. Por aquel entonces; además muy próxima la conmemoración del III Centenario de don Luis de Góngora, por primera vez entendido, después de su época, por un grupo de eruditos y de artistas”. En su libro La silla del moro nos demuestra que es también un gran prosista.

En su labor de traductor, fue el primer español que vertió al castellano El collar de la paloma –al que pertenece la conocida y bella estrofa: “Nuestros lechos sirvieron para nuestro vino, y / para cubrirnos, la tiniebla rasgó sábanas de su piel. / De corazón a corazón se acercaba el amor; de labio a labio / volaba el beso.”-, un tratado sobre el amor del formidable polígrafo cordobés Ibn Hazm, que unas veces nos recuerda a Sthendal y otras a Proust y que Emilio García Gómez tradujo y publicó tan limpiamente como las Memorias de Abd Allah, subtituladas por él El siglo XI en primera persona. Abd Allah, es un triste rey que reinó en el siglo XI en Granada y murió pobre, exiliado y nostálgico en el Norte de Africa.

Emilio García Gómez amó muchísimo a Granada. “Cuando me llaman granadino –decía el arabista- no los contradigo sino que los dejo hacer”. Este granadino con “el alma de nardo del árabe español” trasminaba Andalucía.







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