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LA VOZ DEL SEÑOR DE LAS PROSAS


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Oliendo a ciprés pasó...
Se hundió oliendo a penas suaves.
Y el Mar dijo al Campo:¿Sabes?
¡Ha muerto Gabriel Miró!”.
Miguel Hernández.


Si hay un punto de coincidencia en todos los críticos cuando se refieren a Gabriel Miró es el de considerarlo como un supremo artífice de la sensación, la máxima figura de nuestras letras en el difícil arte de transmutar lo sensorial en materia de arte. Nadie como él ha sabido compaginar la novela con la poesía, la prosa con el lirismo. Jorge Guillén llega a parangonarlo con Prouts en su analogía entre la sensación y el recuerdo.

Nació Gabriel Miró Ferrer en Alicante el 28 de julio de 1879. La edad escolar la pasa en su ciudad natal, primero, y después en el colegio que la Compañía de Jesús, tenía en Orihuela.

En 1893 el padre de Gabriel, ingeniero de caminos, canales y puertos, pasa a Ciudad Real y allí vive Miró unos meses. En 1894 retorna a Alicante. Se gradúa de bachiller en el Instituto de Alicante; y en la Universidad de Valencia inicia los estudios de Derecho, terminándolos en la Universidad de Granada. Pero sus preferencias no están en la carrera de Leyes, sino en la literatura. Su nombre, uno de los primeros de la literatura contemporánea, suele estar unido al movimiento del novecentismo.

De 1901 es su primera novela La mujer de Ojeda. En ese mismo año contrae matrimonio con Clemencia Maignon, hija del cónsul de Francia en Alicante. Un año después escribe Hilván de escenas, y en 1903 aparece Del vivir, libro en que ya se dan en gran relieve las acusadas características de la obra mironiana. Aquí aparece por primera vez el personaje llamado Sigüenza, “doble” literario del autor.

En 1906 Miró consigue un cargo administrativo en el Hospital Civil San Juan de Dios de Alicante. Tres años más tarde, es nombrado cronista provincial de Alicante. De esta época destacan Nómada (1908), narración breve, premiada en el concurso de “El Cuento Semanal”, y Las cerezas del cementerio (1910), que es la historia de una pasión entre un joven y una mujer madura en el marco del sensual paisaje alicantino. En 1911, Miró pasa a Barcelona e inicia sus colaboraciones en Diario de Barcelona y La Vanguardia. Allí entra al servicio de una casa editorial que preparaba la publicación de una enciclopedia sagrada. La documentación manejada por Miró es aprovechada para preparar una de sus mejores obras: Figuras de la Pasión del Señor (1916). Obra fundamental, de un arte refinado y una maravillosa sensación de vida. Ningún libro de espiritualidad religiosa del siglo XX nos ha dado una fusión tan bella del elemento poético con el ideológico cristiano.

Nuevo traslado esta vez a Madrid, donde consigue un empleo en el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes. A lo largo de estos años aparecen las grandes obras mironianas: Libro de Sigüenza (1917), El humo dormido (1919), Nuestro padre San Daniel (1921), Niño y grande (1922), El obispo leproso (1926) y Años y leguas (1928). El 27 de mayo de 1930, a los cincuenta años de edad, fallece en Madrid a consecuencia de una operación de apendicitis. “Gabriel Miró era un hombre bueno –nos dijo Rafael Alberti-, lleno de santidad como Antonio Machado”.

Miró no es un novelista en la acepción vulgar de la palabra. Para Miró novelar es “sugerir”. La técnica mironiana de decir por insinuación merma interés a la novela por el carácter de intermitencia que imprime a la acción y por el aislamiento aparente en que coloca a unos seres cuyas vidas están ligadas entre sí por un mismo conflicto.

Miró es un enamorado del paisaje, muchas de sus obras son un culto al paisaje levantino, hacia esas aldeas “torradas de sol”. Miró crea una región literaria, Levante, como Azorín creara antes otra. Castilla. “Tanto en Levante como en Andalucía –le dijo Miró a Alberti- todo es preciso, transparente. La luz perfila hasta las cosas más lejanas. Hasta lo laborioso allí se vuelve nítido, brillante...”

Gabriel Miró pone en el estilo un extraordinario énfasis. Es el estilista más refinado de la generación novecentista y uno de los más grandes de todos los tiempos. Tiene el poder mágico de la palabra exacta. Nada hay improvisado ni casual en su prosa.

Miró nos dejó en una docena de libros la prosa más tersa y trabajada que se haya compuesto en lengua castellana. Y como exclamó el poeta: “¡Viento! ¡Ciego de las rosas! / Anda horizonte adelante, / y dile a todo Levante / que ha muerto el Señor de las prosas”.


 









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