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LA VOZ DE LA SOLEDAD DEL HOMBRE


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Camino lleva de aurora
la soledad de mi pecho.”
Juan Panero.


La muerte injusta de un poeta conmueve a la creación entera. Miguel Hernández nos dijo: “Muere un poeta y la creación se siente / herida y moribunda en las entrañas”. La muerte se llevó a Juan Panero antes de tiempo, y su palabra, y no sólo sus poemas, nos ha quedado en borrador.

Juan Panero es poeta de una sola cuerda, la de la soledad del hombre ahondada por el amor. Pero a esa cuerda pertenece también su meditación de la muerte como vida eterna en compañía de su amada. Juan Panero, por lo tanto, no es poeta de este mundo, sino de otro mundo mejor que sólo podemos alcanzar después de la muerte. Y a la amada perecedera de este mundo tiene que convertirla con su palabra en amada imperecedera del otro.

Para encontrar en la lírica europea un planteamiento idealista del amor semejante al de Juan Panero, tendríamos tal vez que remontarnos hasta Novalis. Porque en Novalis se trata todavía del planteamiento platónico-petrarquista, pero con importantes correcciones románticas, no sólo de orden sentimental o intelectual, sino existencial más amplio. Panero llega a coincidir con Novalis en lo que podríamos llamar su vivencia mística de la amada.

Juan Panero nació en Astorga , provincia de León, en 1908. Sus años juveniles y sus estudios transcurrieron en San Sebastián, León y Vigo. En Madrid, donde vive con su hermano Leopoldo, publica sus primeros versos y aparece su único libro, Cantos del ofrecimiento (1936), murió en un accidente al siguiente año. En Cantos del ofrecimiento hay cinco sonetos y cinco poemas extensos. “Los Cantos del ofrecimiento –nos dejó dicho Gerardo Diego- se hallan siempre al alcance de mi mano y nos los puedo releer sin la más honda emoción. Tan pura, ingenua, transparente, sosegada, hermosa poesía es la que de ellos se exhala”. Después de su muerte, en el primero número de la revista Escorial, se publicaron cinco sonetos y dos poemas amorosos. En 1940 se publicó su obra póstuma Presentimiento de la ausencia. A Juan Panero se le adscribe a la generación del 36, junto a los poetas Miguel Hernández, Arturo Serrano-Plaja, Juan Gil-Albert, Germán Bleiberg, Gabriel Celaya, Ildefonso-Manuel Gil, Dionisio Ridruejo, Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco y su hermano Leopoldo Panero.

Inmerso en la amada y en el misticismo de la amada, Juan Panero la canta como amada inmortal desde su inmortalidad de hombre, pero también desde su soledad. Y en esa soledad se entrega a la contemplación de la naturaleza para idealizarla en su palabra a través de la exigencia de su pasión amorosa .

El amor humano de Juan Panero se consume en el ansia y la necesidad de seguir siendo amor humano después de la muerte. La amada aparece sólo como amada. El poeta la ama desde su soledad de hombre, esperando el auxilio de su voz para recibir de ella la voz de su destino. Un destino que no consiste más que en merecerla desde la verdad desnuda de su vida, o en amarla pidiéndole inmortalidad a su amor.

“Ay, los ojos me llevan más allá de la mar”, es el primer verso de uno de sus poemas. En realidad, ya está dicho todo. Es lo que sucede siempre, lo mismo en amor que en poesía, en la mirada del enamorado que en la del poeta, y por partida doble en la del poeta enamorado: que la atención amorosa y creativa de la mirada le lleva a uno más allá de las apariencias convencionales.

Decía al principio que Juan Panero es el poeta de la soledad del hombre ahondada por el amor. En el poema “Manantial de la gracia” es donde se plantea más radicalmente su amor humano como soledad. “Sólo la voz del hombre que solo, en soledad, le rebosa su hombría / y sabe de la voz callada de la muerte”.

Adolescente en sombra llama Leopoldo Panero a su hermano Juan -un año escaso mayor que él- en el poema que le dedica. Adolescente en sombra es retrato de cuerpo entero, que en este caso quiere decir también de alma entera. El poema empieza con este par de estrofas: “A ti, Juan Panero, mi hermano, / mi compañero y mucho más / a ti, tan dulce y tan cercano, / a ti, para siempre jamás / A ti, que fuiste reciamente / hecho de dolor como el roble, / siempre pura y alta la frente / y la mirada limpia y noble”.

Frente alta y pura, mirada limpia y noble... Son precisiones del hombre y por eso mismo del poeta. Porque el poeta Juan Panero no existe como artista del verso, sino como expresión valiente y secreta de una manera de ser hombre: “A ti, valiente en la inocencia /a ti, secreto en el decir...”

 


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