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LA VOZ DE UN SOLITARIO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“No reivindicaron
más privilegio que el de morir
para que el aire fuese
más libre en las alturas
y los hombres más libres.”
José Ángel Valente.

“El poeta –decía Valente- no escribe en principio para nadie, y escribe de hecho para una inmensa mayoría, de la cual es el primero en formar parte. Porque a quien en primer lugar tal conocimiento se comunica es al poeta, en el acto mismo de la creación”.

Valente es una de las voces más intensas de la poesía española de la segunda mitad de los cincuenta, reivindicó su trabajo como la “carrera del corredor solitario”. Y desde su soledad se enfrentó a la vida, lejos de capillas literarias. En un “trabajo radicalmente solitario“ ajustó su voz a las de otros solitarios ejemplares como san Juan de la Cruz, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez. Valente fue siempre consciente de que la aventura del poeta es la del solitario. La verdadera solidaridad sólo es posible entre solitarios, nos dejó dicho otro gran solitario.

Lenta, pero seguramente, con un caudal lírico no siempre sobreabundante, impuso un modo peculiar de hacer poesía. Al margen de la poesía “pura” y sin caer en la angustia estereotipada de otros poetas de su contexto testimonial, a ratos solidario, acusando con sensible registro el signo controvertido de nuestro tiempo. ¿Cómo ha podido conseguirlo? Sencillamente, a través de las concentración expresiva del idioma. “Mientras unos poetas –escribía José Luis Cano- proceden por la acumulación de recursos expresivos, Valente lo hace por eliminación, cubriendo el hueso del poema con la piel –la palabra- justa y necesaria”. Todo ello caracteriza a un poeta más intelectual que emotivo, por temperamento y voluntad. Según dice en un poema propio las cosas que se le imponen “con atributos de claridad”, y de ahí que sus preocupaciones recojan la realidad –el “tiempo de miseria”- para aislarla y abstraerla de sentimentalismos pasajeros.

Con un lenguaje preciso, rítmico y de gran belleza, su obra poética, cercana en sus comienzos al realismo social característico de la generación del 50, evolucionó hacia un profundo lirismo intelectual y a la consideración de la poesía como una labor de búsqueda y conocimiento de lo esencial de la experiencia humana, cobrando particular relevancia la influencia de la mística y la reflexión sobre la palabra poética. Su personalidad poética se ha mantenido como una de las más valoradas entre las de su generación y con una poderosa influencia sobre las actuales corrientes de la poesía española.

José Ángel Valente nace en Ourense el 25 de abril de 1929. Hizo sus primeros estudios universitarios en la Facultad de Derecho de Santiago de Compostela. En 1947 se trasladó a Madrid, en cuya Universidad se licenció en Filología Románica. De 1955 a 1958 fue miembro del Departamento de Español de la Universidad de Oxford. En 1958 se trasladó a Ginebra, donde ejerció como profesor y como traductor de organizaciones internacionales, y, posteriormente, a París, donde dirigió un servicio de la Unesco. Ha traducido poemas de Hopkins, Cavafis y Montale, entre otros autores. En 1954 obtuvo el premio Adonais por su libro A modo de esperanza y en 1984 el premio de la Fundación Pablo Iglesias. En 1986 regresó a España y se instaló en Almería. En 1988 obtuvo, junto con Carmen Martín Gaite, el premio Príncipe de Asturias de las Letras y en 1993 el premio Nacional de Literatura. En 1972, fue sometido a Consejo de Guerra por su cuento “El uniforme del general”, acusado de alusiones ofensivas al ejército. José Ángel Valente murió en Ginebra el 18 de julio de 2000.

Entre los títulos más relevantes de su obra poética se cuentan: A modo de esperanza (1954), Poemas de Lázaro (1960, premio de la Crítica catalana), la recopilación Sobre el lugar del cántico (1953-1963), La memoria y los signos (1966), Siete representaciones (1967), Breve son (1968), Presentación y memoria para un monumento (1970) y El inocente (1970), reunidos en Punto cero (1972 y 1980), Interior con figuras (1977), Material memoria (1979), Tres lecciones de tinieblas (1981; premio de la Crítica), Estancias (1981), el poemario en gallego Sete cantigas de alén (1981; ampliado en 1990 con el título Cantigas de alén), Mandorla (1982), El fulgor (1984), Entrada en materia (1985), Al dios del lugar (1989), No amanece el cantor (1992, premio Nacional de Literatura 1993), Material memoria (1979-1989), nueva recopilación editada en 1992, y Fragmentos de un libro futuro (2000). Entre sus ensayos se cuentan Las palabras de la tribu (1971), en el que se recopila sus artículos de crítica literaria, La piedra y el centro (1983), Ensayos sobre Miguel de Molinos (1974), Los ojos deseados (1990) y Variaciones sobre el pájaro y la red (1991). Su narrativa y su prosa poética están recogidas en El fin de la edad de plata (1973) y Nueve enunciaciones (1982).

Valente ha conseguido una gran pureza de expresión en su pensamiento poético. En verdadero poeta, el sentir viene clarificado por el saber. Habiendo conseguido llevarse en su antorcha de corredor solitario una de las llamaradas más depuradas de la tradición poética. Y como dijo nuestro poeta: “Sólo yo que he tocado / el sol, la rosa, el día / y he creído, / soy capaz de morir”.

 

 


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