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LA VOZ DEL ÚLTIMO ROMÁNTICO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“En donde esté una piedra solitaria
sin inscripción alguna
donde habite el olvido
allí estará mi tumba.”
Gustavo Adolfo Bécquer.



“La poesía española contemporánea –escribía Juan Ramón Jiménez- empieza en Bécquer”. Y Aquilino Duque al comentar el papel de Bécquer nos decía: “Fue el primero de los clásicos del siglos XX por haber sido el más hondo de los románticos del XIX”. Y por si fuera poco, en 1957, Luis Cernuda escribía: “Bécquer desempeña en nuestra poesía moderna un papel equivalente al de Garcilaso en nuestra poesía clásica: el de crear una nueva tradición, que lega a sus descendientes”.

La poesía en verso de Bécquer es la historia de una aventura sentimental que incluye el destino del hombre desde antes de la cuna hasta más allá de la sepultura.

En sus versos sintió e imaginó que sentía; a sus sentimientos –tan auténticos los imaginados como los vividos-, mezcló leves reflexiones filosóficas, pero siempre su sentir era dominante. La historia sentimental que se nos canta en los versos de Bécquer se produjo de manera esencial, adentrada hasta lo más entrañable, y dejando mínimo margen a cualquier elemento circunstancial. Es una poesía en la que se hace abstracción del tiempo y del espacio, o se los reduce a datos secundarios que unas veces son indefinidos y otras son insignificantes. Lo único que cuenta sustantivamente es el sentimiento del poeta, posible en cualquier lugar y tiempo.

Le tocó nacer a Gustavo Adolfo Bécquer en la época álgida del triunfo romántico. Un año después de este nacimiento Larra se disparaba un tiro. Sus vidas, las más nobles y hondas del romanticismo español, se cruzan casi sobre el mismo escenario de sus distintas desdichas. Con Larra se marcha la parte amarga, satírica y dura de nuestro romanticismo. Con Bécquer aparece en poeta.

Gustavo Adolfo Bécquer nace en Sevilla , el 17 de febrero de 1836, de una familia cuyos ascendientes tenían origen extranjero y nórdico. Una vez más el choque de razas y tradiciones distintas produce un gran espíritu. Su destino todos los conocemos: enfermedad, pobreza, infortunio. Bécquer no parece que conociera la ambición. Él mismo dice: “Soñaba una vida independiente y dichosa”. Ese es el sueño de un indolente, nunca de un ambicioso.

En su admirable prologuillo a La soledad de su amigo Augusto Ferrán, escribía Bécquer: “El pueblo ha sido y será siempre el gran poeta de todas las edades y de todas las naciones”. Antes nos había dicho: ”La poesía popular es síntesis de la poesía”. Todo este romántico discurso ditirámbico sobre el poder creador de lo popular, del pueblo, de los pueblos, como si efectivamente fuesen la voz divina del antiguo decir, afirma rotundamente eso: que el pueblo es fuente viva, manadero de la poesía; que el poeta es el artista que con ese material poético que el pueblo le da, formula y engalana –para decirlo en lenguaje becqueriano- esas creaciones populares, que, como colosales pirámides, se levantan contra la inmensa ola del tiempo y del olvido para señalarnos lo que de humano queda en el mundo gracias a esa inteligencia o entendimiento poético de lo popular, que es divino. Bécquer supo recoger la gran lección de la poesía popular. Sus Rimas se refieren a situaciones humanas que nunca dejan de ser actuales. El poeta andaluz alcanzó lo más difícil de conseguir: lograr las apariencias de una poesía confidencial, en tono de conversación íntima entre el lector y el poeta, como puede apreciarse en estos versos: “Dormida, en el murmullo de su aliento / acompasado y tenue, / escucho yo un poema que mi alma / enamorada entiende”.

La aparición de Bécquer significa la emoción poética. Bécquer marca el derrotero de la poesía moderna, de la poesía de los poetas. Un examen del lenguaje de las Rimas arrojaría una insistencia obsesionada de las palabras más delgadas de nuestro idioma: “Cendal flotante de leve bruma”. Las brumas becquerianas –fenómeno alado e insólito de nuestras letras- han querido explicarse por la influencia de Heine. Pero, la mística de Bécquer tiene resonancias tan lejanamente germánicas como íntimamente andaluzas. El cantar de soledad andaluz –en Bécquer- tiene acentos de íntima lejanía. El gran mérito del autor de las Rimas fue la creación de una auténtica y personal esencia poética, de un particular y sentido lirismo que hacen de Bécquer no sólo nuestro más grande poeta del siglo XIX, sino que le confieren validez más allá del tiempo y de las corrientes poéticas.

Bécquer tuvo afición a la pintura toda su vida. Su padre fue pintor; también lo fue su hermano Valeriano, y pintor delicioso. En Cádiz se conserva un cuadro muy conocido de Valeriano, que representa según se cree, la vida íntima y familiar del poeta. En el centro su esposa, Casta Esteban Navarro, con el hijo mayor en brazo, distraído por un juguete que, desde el suelo, donde está sentada, le enseña una niña, sobrina de Casta. Enfrente en el sillón, un poco absorto y solitario, está el poeta. El fondo todo del cuadro es un gabinete isabelino. En el cuadro quedan reflejadas la tristeza y la soledad del poeta del amor.

Gustavo Adolfo Bécquer falleció en Madrid el 22 de diciembre de 1870. Murió joven, como casi todos los poetas románticos más sutiles. Él mismo parece haberlo presentido así cuando en el prólogo a una proyectada edición de sus Rimas escribía: “Tal vez pronto tendré que hacer la maleta para el gran viaje”.

Me gusta recordar a Bécquer, el más grande de nuestros poetas líricos, como una sombra amiga, como un fiel compañero que asiste con extraña vida a la nuestra desde el fondo de aquel entrañable lienzo de su hermano Valeriano, al tiempo que repetimos su versos: “No digáis que, agotado su tesoro / de asuntos falta, enmudeció la lira; / podrá no haber poetas, pero siempre / habrá poesía”.

 


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