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  Guías culturales

LA VOZ ULTRAMONTANA DE DOÑA FRANCISCA DE LARREA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“¡Campos de mi patria! ¡Campos alguna vez
de la ignorancia y de la libertad!
¡Qué de horrores han manchado vuestro suelo
inocente con el nombre de luces de civilización!”
Francisca Ruiz de Larrea.


Francisca Ruiz de Larrea, conocida también como Frasquita Larrea, esposa de Juan Nicolás Bölh de Faber y madre de “Fernán Caballero”, merece estar presente en cualquier panorama de la participación femenina en el inicio del Romanticismo español.

Francisca Ruiz de Larrea nació en Cádiz el 28 de noviembre de 1775 y casó con Juan Nicolás Böhl el 1 de febrero de 1796. En una carta de principios de 1797 Juan Nicolás habla de doña Francisca de Larrea en los siguientes términos: “Mi mujer es muy morena, con abundante cabello castaño, hermosos ojos, bonitas cejas, nariz fea y grande, boca grande con labios rojos y dientes sanos. Tiene buena disposición para todo, pero su cultura se ve entorpecida por algunas ideas románticas fuertemente arraigadas”.

Pronto surgieron las desavenencias matrimoniales. Juan Nicolás, confiado en la regencia por su hermano Antonio Amadeo de los intereses comerciales de la familia en Cádiz, decide trasladarse a Alemania; al viaje emprendido por este motivo debió Cecilia (la futura “Fernán Caballero”) el haber nacido a fines de 1796 en Suiza. La epidemia de fiebre amarilla que padeció Cádiz 1800 cuenta entre sus víctimas a Antonio Amadeo, y Juan Nicolás ha de tomar las riendas del negocio; ya en 1797 había tenido que abandonar Alemania, por imposición de doña Francisca. Pero vuelve a su primitivo proyecto en 1805, viajando con su esposa y sus hijos Cecilia y Juan Jacobo, mientras sus otras dos hijas, Aurora y Ángela, quedan en España con su suegra. Juan Nicolás adquiere una hacienda señorial en el Mecklemburgo, pero su esposa lo abandona en la primavera de 1806. Tardará seis años en producirse la reconciliación del matrimonio, gracias, sin duda, a la evolución religiosa de Juan Nicolás, que abandona su fe luterana por la católica a mediados de 1813 y regresa inmediatamente a España con su mujer. Al año siguiente doña Francisca da la primera muestra pública de sus ideas políticas publicando en Cádiz, bajo seudónimo de “Cymodocea” (tomado de Los Mártires de Chateubriand), un folleto titulado Fernando en Zaragoza, en favor de Fernando VII con ocasión de golpe de Estado que inició el sexenio absolutista.

Sobre la vida de doña Francisca desde la instalación definitiva del matrimonio en España hasta su muerte, el 14 de noviembre de 1838, no existen datos pormenorizados. Del Diario que Juan Nicolás llevó desde 1811 hasta 1836 (conservado en el archivo Osborne) se deduce que su esposa fue enfermando progresivamente de los nervios hasta llegar a la neurastenia, a lo que contribuyó poderosamente el Trienio Liberal. Mientras tanto, Juan Nicolás pasó por la ruina de su casa de comercio, la fundación de una compañía de seguros y la representación de la firma Duff Gordon, exportadora de vinos españoles.Cultivó amistad con Washington Irving y desempeñó un papel activo por cuenta de la casa Rothschild en la financiación del golpe de Estado de 1823 y de las actividades del ejército del duque de Angulema.

Los escritos de doña Francisca de Larrea se pueden agrupar en dos bloques: los que corresponden a su participación junto a Juan Nicolás en la polémica con Alcalá Galiano y José Joaquín de Mora, y los que pueden llamarse de mera creación literaria.

El comienzo del debate del Romanticismo tiene lugar en España en una coyuntura histórica marcada por acontecimientos tan significativos como la invasión napoleónica, la guerra de la Independencia y los primeros forcejeos liberales. La polémica que enfrentó a doña Francisca y su esposo con Mora y Galiano introduce en el ámbito español, bajo la autoridad de Augusto Guillermo Schlegel y Federico Schiller, una querencia espiritualista hostil al racionalismo ilustrado y exaltadora del cristianismo, unida a la mitificación de la supuesta singularidad de los caracteres nacionales y de épocas del pasado. Por otro lado, la polémica hereda y prolonga el debate dieciochesco sobre el teatro nacional español. Antecedente directo de la polémica es el artículo que Bölh de Faber publica en Variedades de ciencias, literatura y artes de noviembre de 1805, titulado “Reflexiones sobre la poesía”, cuya idea más notable es atribuir a la espiritualidad cristiana, el inicio, en la Edad Media, de la tradición literaria de signo popular y popularista, única genuina, que habría encarnado en el Romancero y en los grandes dramaturgos del XVII, y que habría sido contestada por otra más reciente, hija de la Ilustración y opuesta a todo lo nacional tanto en lo político como en lo literario. En el Mercurio Gaditano de 16 de septiembre de 1814 inserta Böhl unas “Reflexiones de Schlegel sobre el teatro”, donde se afirma que las producciones literarias de cada país deben ser juzgadas no de acuerdo con reglas universales sino con el genio nacional que las ha producido, y que el carácter español, fundado en la religiosidad y la caballerosidad, ha tenido la virtud de que el país haya “pasado en modorra” el siglo XVIII y se haya librado de los perniciosos efectos de la filosofía moderna. La peculiaridad española se define, pues, como impermeabilidad a la modernidad literaria (el Neoclasicismo) e ideológica (la revolución). En otro escrito de Böhl, aparecido en la Crónica Científica y Literaria de 8 de abril de 1817, titulado “Artículo remitido”, opone a la Ilustración revolucionaria una “Ilustración nacional”, que en el caso de España, consiste en adoptar programas políticos acordes con un carácter colectivo que se supone conservador, monárquico y teocrático.

Es evidente la participación de Francisca Ruiz de Larrea en la acuñación de esa serie de violentos sofismas e identificaciones forzadas. El 10 de junio y el 30 de julio de 1808, respectivamente, firma dos textos titulados Una aldeana española a sus compatriotas y Saluda una andaluza a los vencedores de los vencedores de Austerlitz en los campos de Bailén. Se trata de dos exaltaciones de la guerra de la Independencia; en el segundo, imagina al general Castaños fundiendo en una sola visión las imágenes de Fernando III el Santo y Fernando VII y triunfando de sus adversarios con la ayuda de los espectros de los héroes de la historia española. El 6 de agosto escribe una Carta a un amigo en la que propone que el gobierno de transición que forzosamente ha de afrontar el vacío de poder producido por la ausencia de la familia real y la desarticulación de la administración española asuma la misión de encabezar una cruzada contrarrevolucionaria. Durante el viaje a Alemania, el 22 de junio de 1812, escribe unos Recuerdos de mi patria, pregutándose: “¿Qué pueden las armas ni las ardides de la ambición contra un pueblo que la sobriedad ha endurecido, cuyo amor a su religión y antiguas costumbres es invulnerable?” En mayo de 1814 publica doña Francisca el folleto El general Elio, o lo que son los españoles, ardiente elogio de quien fue uno de los principales ejecutores del golpe de Estado de 1814. De parecido tono es En el día de San Fernando de 1814.

El 1 de febrero de 1817 va firmado el Diálogo entre una dama, un filósofo y un labrador, la primera considera imposible un tiempo liberal y español de buena cepa, y pondera la espiritualidad religiosa y “poética” de los españoles, que los libra de dar crédito al racionalismo y a las ventajas materiales de “esta vida fugitiva”

Doña Francisca colaboró también en algunos de los principales escritos de Juan Nicolás Böhl durante su enfrentamiento con Mora y Alcalá Galiano: Además del apéndice al Diario Mercantil de Cádiz de 5 de julio de 1818, el Pasatiempo crítico en que se ventilan los méritos de Calderón.. y el Apéndice a la Segunda parte de pensamiento crítico... Un Diálogo entre madre e hija, escrito en 1820, aporta la moraleja de que el amor, la dulzura y la sumisión propias de la mujer son incompatibles con la Constitución.

De todo ello se deduce que doña Francisca de Larrea fue en gran parte responsable del tinte ultramontano y de la versión esperpéntica del ideario schlegiano que adopta la polémica calderoniana.

Entre sus escritos se encuentran anotaciones y traducciones que revelan que era ferviente lectora de Chateaubriand, tanto como su seudónimo literario; fragmentos dedicados a tópicos del romanticismo como el impacto emocional de la naturaleza sublime, la noche, los sepulcros, el encanto de las ruinas góticas o la superioridad del jardín inglés sobre el jardín versallesco. Los tres cuadernos (en el archivo Osborne) de relatos de viaje a Bornos, Ubrique y Arcos de la Frontera representan la cima de su talento narrativo, con una atención al paisaje y a las costumbres y leyendas populares de contenido sobrenatural, y con la insistencia en el tópico del campesino como depósito de virtudes (religiosidad, arraigo en las tradiciones, sumisión al orden establecido). En sus Recuerdos de un anciano escribió Alcalá Galiano: “De estas doctrinas de sus padres, y más particularmente de su madre, saca las suyas, que con tanto celo sustenta, la afamada novelista hoy viva cuyo nombre en la república literaria es Fernán Caballero”.

 



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