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  Guías culturales

LA VOZ DE UN VERDADERO HUMANISTA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“No sé si a otros les pasará lo mismo:
pero a mí me asombra haber vivido tanto.”
Julio Caro Baroja.

“Lo que se ve en uno mismo y en torno no es gran cosa en lo que se llama vida pública. En la privada, doméstica e individual, sí, creo que puede haber bastante, pero también pasa. La de la vejez es la del asombro...”, nos cuenta Caro Baroja en su memoria Los Barojas.

Julio Caro Baroja es el más importante antropólogo de nuestro país y una figura cuyo liberalismo y amplitud intelectual dejó tras de sí una larga lista de discípulos y seguidores. Entre la historia y la etnografía, sus libros constituyen una aportación ejemplar al campo de las humanidades por su escrupuloso análisis de lo concreto contra los prejuicios y la generalización.

Julio Caro Baroja nace en Madrid el 13 de noviembre de 1914. Hijo del editor Rafael Caro Raggio y sobrino del escritor Pío Baroja. Estudió la primera y segunda enseñanza en el Instituto Escuela de Madrid. Pronto se trasladó a Vera de Bidasoa (Navarra), donde vivió con su tío, quien influyó notablemente en su formación. Siendo adolescente trabajó con los etnólogos vascos José Miguel Barandiarán y Telesforo Aranzadi. Obtuvo con premio extraordinario los grados académicos de licenciatura y doctorado (1940) en Historia Antigua. En 1944, fue nombrado director del Museo del Pueblo. Estudia Antropología en los Estados Unidos y trabajó en instituciones americanas e inglesas. En 1961 es nombrado Director de Estudios de “L’Ecole Pratique des Hautes Etudes” de París. El País Vasco fue uno de los puntos preferentes de su investigación. Director de la revista internacional de la Sociedad de Estudios Vascos. Académico de número de la Real Academia de la Lengua Española, de la Real Academia de la Historia y de la Academia de la Lengua Vasca. Recibió el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales (1983), la Medalla de Oro de Bellas Artes (1984). Premio Nacional de las Letras Españolas, Premio Internacional Menéndez Pelayo (1985) y Premio Príncipe de Viana de la Cultura (1989).

Serio, sencillo y silencioso. Las tres eses que según Pío Baroja, definen al vasco, cuadraban a la perfección con la figura de su sobrino, Julio Caro Baroja, un humanista en el sentido más amplio del término. Este escritor, historiador y antropólogo, modesto inconformista, este hombre bueno y libre en su vivir y pensar, movido por la necesidad de saber, entender y explicar, falleció en Itzea, su casa de Vera Bidasoa, después de una larga enfermedad, el 18 de agosto de 1995.

Entre los títulos más relevantes de su producción científica referida al País Vasco, uno de los puntos preferentes de Caro Baroja, citaremos: Materiales para una historia de la lengua vasca en su relación con la latina (1945), Los pueblos del norte de la Península Ibérica (1943), Los vascos Etnología (1949), Vasconiana. De Historia y Etnología (1957) y Los Vascos y la Historia a través de Garibay (1972). Las minorías oprimidas han sido también temas preferidos por Caro Baroja y entre los libros que tratan sobre ellas, destacamos: Los moriscos del Reino de Granada (1957), Razas, pueblos y linajes (1957), Inquisición, brujerías y criptojudaísmo (1970) y Los judíos en la España moderna y contemporánea (1961). Entre los libros que tratan de lo “popular”, citaremos: El Carnaval (1965) y Ensayo sobre la literatura de cordel (1969).

El último volumen escrito por Julio Caro Baroja fue El jardín de flores raras, editado en 1993, y los artículos inéditos, que fueron encontrados por la familia se publicaron en 1994. En la casa donde Julio Caro Baroja pasó la mayor parte de su vida hay dos fantásticas bibliotecas con miles de ejemplares: una, la del escritor Pío Baroja, que ha sido ampliada por su sobrino, y otra, la realizada por el etnólogo.

Quizá Caro Baroja pensaba, como él contaba que decía su tío Pío, “que la vida no tiene objeto, que el hombre es un barco mal gobernado en un mar tempestuoso y que nada valía la pena con tantas luchas y maldades como aquellas de que había sido testigo del año treinta en adelante”.

Quizá fuera ésa su íntima y pesimista convicción, pero su vida fue para los demás, para la cultura y para sus amigos una joya llena de enriquecimiento y diversión.

“La bondad en el prójimo –decía Caro Baroja- es lo que más me impresiona. Pero hay muy poca gente que tiene esa verdadera bondad. Dar con ella es un privilegio. La inteligencia también me parece excepcionalmente rara y muy difícil de encontrar”.

 


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