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LA VOZ DE UN VISIONARIO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

“Los profetas describen lo que vieron en Visiones...
con sus órganos imaginativos e inmortales.”
William Blake.

En una época denominada por la razón, el poeta inglés William Blake se inclinó hacia el esoterismo, el ocultismo y las experiencias de tipo místico, considerándose a sí mismo un visionario. Blake es el tipo de una trascendente poeta, raro, original, muy desequilibrado, que fue además pintor y grabador, místico, teósofo, y con todo ello vivió tan pobre como poco apreciado por sus contemporáneos. Hoy es cuando más se le estudia; pero admitiendo que se le ama o se le desprecia. No cabe término medio. Hay en sus extraordinarias inspiraciones mucho de excéntrico; más acaso por ello, llamen ahora, principalmente, la atención. Lo que le más le caracteriza es la vuelta a la absoluta sinceridad, a la espontaneidad efusiva y caprichosa, a una libertad que es necesaria para el verdadero artista. Wiliam Blake está considerado como un precursor del surrealismo.

William Blake nació en Londres el 28 de noviembre de 1757 y falleció en la misma ciudad el 12 de agosto de 1827. Desde niño estudió dibujo y técnicas de grabado con Henry Pars y James Basire. En 1782 contrajo matrimonio con Catherine Boucher. Abrió un establecimiento de grabado en 1784, año en que publicó sus primeros libros de poesías, ilustrados por el mismo. Las influencias que se perciben en su obra son las de los sepulcros góticos de Westminster, las del neoclasicismo de Mortimer, Stothard y la de Miguel Ángel. En cuanto su obra poética se puede decir que se encuentran efusiones del lirismo más ardiente, pero al mismo tiempo el más etéreo, y, a veces, el más inaprensible.

Entre sus ilustraciones destacan las de la Divina Comedia, de Dante, de Las noches, de Edward Young, y de El paraíso perdido, de John Milton.

Escribió numerosas obras, entre las cuales destacan: Cantos de la inocencia (1789), donde exalta la niñez, la inocencia todavía no corrompida, y capaz de penetrar en el reino de Dios, Matrimonio del cielo y del infierno (1790), en prosa, en la que cambia de actitud considerando que solo se puede avanzar con la unión de los contrarios, y donde exalta la energía y la pasión como expresiones sagradas y la represión como el mal absoluto, y Cantos de la experiencia (1794), obra nacida de su desilusión por los ideales traicionados de la Revolución Francesa y donde considera el sufrimiento de la experiencia necesaria para llegar a una estado más alto. Y como dijo el poeta visionario: “La horas de la locura las mide el reloj, pero ningún reloj puede medir las horas de la sabiduría”.

 


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