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  Guías culturales

REPRESENTACIÓN PLÁSTICA DE LA MUERTE: DE TERCEROS MUNDOS AL NUESTRO, 11-S Y 11-M

Francisco Collado Campaña
haerdalisstarlight@hotmail.com

Abstract:

La muerte es, sin duda, una de las principales temáticas en la historia del arte, y por tanto, en la representación plástica del sentimiento y la percepción humana de esta realidad. Y es que el amor, eros, y el dolor, tánatos, representan las dos pulsiones básicas en el ser humano por medio de cuyo equilibrio inherente determinan la psique de cada persona. Lo que convierte a la contemplación artística de las masacres, la sangre y el sufrimiento en una necesidad interna propia de los más oscuros rincones de la persona. Puesto, que los hombres y las mujeres siempre han sentido la misma atracción innata por las imágenes de cuerpos desnudos como por los cadáveres destrozados (1). El ser humano necesita del contacto directo con la sangre en sus múltiples variantes. Así, lo observamos en la época antigua, desde la representación del temor apocalíptico en los relieves románicos hasta las pinturas surrealistas del Bosco, pasando por las representaciones del Cristo yacente en el arte cristiano. Y tampoco ha cambiado mucho en la época moderna, desde Callot hasta Hans Ulrich Frank, pasando por las magníficas pinturas negras de Goya. En estos tiempos remotos la reproducción artesana de representaciones plásticas delimitaba en su medida la satisfacción de esta necesidad humana. A partir de ahora, los medios de comunicación mediante la tecnología fotográfica y digital consiguen suplir esta carencia en nuestra ración diaria mediante la saturación de imágenes fijas y en movimiento acompasadas con sonidos a tiempo real, lo que ha quedado demostrado en los atentados del 11 de Septiembre y el 11 de Marzo, aunque muchas veces no sepamos abiertamente si lo que consumimos es auténticamente información o un ungüento psicológico.

Nuevos tiempos: el carnicero mediático

La muestra del dolor como representación artística e informativa por medio de la fotografía tuvo sus precedentes en el reporterismo de guerra de las dos guerras mundiales y la guerra civil española, donde aparecerá un paradigma clásico en el miliciano republicano que es congelado en el mismo momento en que recibe un disparo a la par que suelta el fusil. Es curioso, que en esta época y desde los conflictos bélicos sean donde aparezca el fotoperiodismo y donde se produzca un avance espectacular de la tecnología fotográfica para alcanzar cada vez reproducciones más verídicas. Más tarde con la llegada de los años 70 en adelante, la descolonización africana, la guerra en América Latina, la lucha entre Israel y Palestina y los conflictos en el este excomunista favorecerán el desarrollo de la imagen audiovisual como método más eficaz para mostrar la crueldad y el dolor a larga distancia desde el lugar de los hechos hasta el hogar del público.

El comienzo del nuevo milenio abre un nuevo camino para la representación de la muerte, es la representación a tiempo real y la coincidencia del lugar de percepción con el lugar de recepción de la representación del dolor. Porque ahora, el desarrollo de la política y el terrorismo internacional se traslada desde el mundo subdesarrollado hasta el desarrollado. Deja de estar lejos, para venirse algo más cerca de la audiencia. Pasa de Ruanda a Nueva York, de Kosovo a Madrid. El terrorismo es ahora el nuevo protagonista de la plástica del dolor. Por ello ahora, la preocupación de los medios es más que nunca mostrar el dramatismo tenebroso que se respira en los actos terroristas porque están a la vuelta de la esquina, al lado de casa. Enseñarnos que esto que sale en el periódico sucedió en mi mundo, en mi ciudad, no en el otro, en terceros mundos. Pese, a todo ello, si debemos tener en cuenta que España junto a Irlanda y otros países, son por desgracia países desarrollados pioneros en este subversivo arte fotográfico. Y que pese a ello, el 11-M marca un antes y un después en la representación gráfica del terrorismo y sus efectos en los medios de comunicación de España.

Pecados visuales

En estos paradigmas de este nuevo campo de la representación del dolor, los atentados terroristas del 11-S y del 11-M, encontramos una serie de errores deontológicos en las fotografías que no podemos pasar por alto. El primer paso es el elevado grado de sensacionalismo que adquiere por una serie de elementos como el empleo de titulares con fuentes y tipografías no registradas en el inventario de letras de la prensa escrita (usualmente esto sirvió para denotar un acontecimiento único y violento), las imágenes captaban como muchas de las personas atrapadas en las plantas más altas decidían lanzarse al vacío para evitar una muerte más desagradable, como se recogían los cadáveres cuando no se pueden filmar este tipo de imágenes a menos que el cuerpo esté cubierto y como muchas de las páginas dedicadas en los periódicos consistían en reportaje a dobles páginas que mostraban monográficamente, tanto en la narración como en las imágenes las barbaries sufridas por la sociedad civil. Todas éstas estrategias pretendían mostrar una única realidad, Estados Unidos también podía sufrir los conflictos, más propios de otros países, en el interior de su territorio. Asimismo, todo ello se pudo observar en una falta de protocolo mediático a la hora de proceder a tomar las imágenes, pues al contrario los fotógrafos y reporteros no dudaron en salir a la calle para enseñar cuanto antes lo que ocurría, sin tomar medidas pertinentes al respecto.

Estados Unidos nunca antes había sufrido un conflicto armado en su propio territorio continental, a excepción de la guerra de independencia y la guerra civil, que obviamente por su naturaleza geográfica se enmarcaban en su misma área geográfica. El público americano no había conocido la guerra en sus propias carnes, las imágenes de las guerras mundiales en los devastados campos de batalla europeos y el acoso de la guerrilla vietnamita eran representaciones ajenas a la población que alguna vez se materializaban en una baja militar. Pero ahora, que los norteamericanos conocen el dolor en sus propias carnes y en un objetivo que es civil y no militar, es cuando los medios de comunicación descubren el gran elemento de noticiabilidad, cuando las imágenes y los diseños no dudan en dedicarse en cuerpo y alma a mostrar esta cruda realidad.

Y es que el peor error en esta iconografía de la muerte no es el apabullante grito de las cabeceras, las portadas y las primeras páginas mostrando esta barbarie. Pues, como después de la tormenta llega la calma, el peor pecado iconográfico ha sido el silencio impuesto al vetar cualquier filmación y representación de las torres gemelas en fotografías, audiovisuales y películas. Porque de la misma forma que el Corán restringe la representación de cualquier forma iconográfica, la sociedad norteamericana ha sesgado de su realidad social, de los medios de comunicación, de su día a día, cualquier recuerdo visual de esta desgracia. La representación plástica atormenta, puesto que cada imagen como afirma Gibson supone un estímulo psicosomático (2) que une fisiología y psicología. Los estadounidenses quieren olvidar, ocultar y pensar que, aunque los medios lo contaron, aquello nunca ocurrió allí, es decir, no se percibió. Un error que desde luego no han cometido los japoneses con las deflagraciones de Hiroshima y Nagasaki, ni los judíos que padecieron el exterminio nazi, sino que al contrario han luchado por recuperar esa memoria del horror y exponerla antes los ojos del mundo diciendo “esto nos ocurrió a nosotros, pasó aquí”. Sin duda, el peor sacrilegio no ha sido la histeria sensacionalista de los medios sino la esquizofrenia paranoide que ha empujado a ocultar unas imágenes, pero ha llevado a impulsar la guerra contra los autores de esas imágenes en el lejano Oriente. Se niega la obra, pero se reconoce al autor.

La representación del 11 de Marzo adquiere los mismos errores del atentado de las torres gemelas, pero añade nuevas estrategias sensacionalistas. En primer lugar, la demostración del pánico colectivo al fotografiar a los familiares de las víctimas y al mostrar la fotografía de personas que fallecieron en el acto. Lo que, deontológicamente, debería quedar en el anonimato. Asimismo, se emplearon múltiples imágenes de los equipos de emergencias recuperando los cadáveres, lo que debería de haberse restringido. Y es que en los atentados de ETA, rara vez se había llegado en las plasmaciones gráficas hasta este punto. Puesto que al igual que las imágenes de los atentados del 11-S, se pretendía mostrar una cosa, aquello había sucedido allí y en medio del panorama electoral en plena ebullición. No se había controlado el afán de desinformación en el aspecto fotográfico.

Propagandistas de la guerra santa

El sacrilegio de estos fotógrafos y reporteros, auspiciados por los consejos de redacción ha sido ante todo convertirse en propagandistas de los terroristas. La amplia cobertura visual de los efectos y los afectados antes que de otros puntos como el desarrollo del acto, los asesinos y las actuaciones policiales implica que los terroristas más allá de su llegada al paraíso tengan asegurada la difusión universal de sus actos. Se les otorga voz más allá de la que merecen. Una obra de acción local con repercusión universal, glocalización de la propaganda terrorista. Así, muchos de los descerebrados pudieron jactarse del sufrimiento de los infieles mientras leían un periódico en medio del desayuno. Los fanáticos sonríen porque saben que sus obras, justas o injustas moralmente, serán predicadas por los informadores y sobre todo por los retratistas que ha diario saturan a sus víctimas con una información que se resume en amor y dolor, eros y tanatos.

 

(1) Sontag, Susan. Ante el dolor de los demás . Madrid: Ediciones Alfagurara, 2003. ISBN: 84-204-6670-0.

(2) Zunzunegui, Santos. Pensar la imagen . Madrid: Ediciones Cátedra, 1998. P. 40 y 41.


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