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  Guías culturales

EL TEATRO DE LA MUERTE: REFLEXIÓN DEL ENSAYO ANTE EL DOLOR DE LOS DEMÁS DE SUSAN SONTAG


Por Francisco Collado Campaña
haerdalisstarlight@hotmail.com

Abstract:

La actual sociedad de la información caracterizada por el flujo constante de información estandarizada en cualquier formato y soporte, utiliza en la mayoría de sus mensajes un código muy importante. Un codex que no requiere del conocimiento de ningún lenguaje ni de ningún otro sistema, es el código visual de las imágenes. Las fotografías y las imágenes televisivas nos muestran el mundo que nos rodea todo los días en aras del espectáculo a un público general. Inevitablemente, una amplia parte de este mundo (y de esas imágenes) queda sacudida por la violencia y la guerra.

Una vista al pasado:

La cobertura fotográfica de conflictos armados se desarrolló desde mediados del siglo XIX. Poco a poco, los avances técnicos han permitido la mejora en la captación y difusión de esas imágenes, así como de la implantación de esa práctica en una profesión: la de fotoperiodista, y más adelante, la de cámara. La práctica fotográfica en el frente siempre ha estado controlada por la propaganda, ya bien en la censura o en la desinformación, de los gobiernos; ya también sean los gobiernos de los países implicados como de los gobiernos a lo que pertenecen los propios profesionales. La fotografía nunca ha estado libre de los intereses del poder, ya sea el ocultar cadáveres de los propios soldados, mostrar los cuerpos de los enemigos, enseñar las barbaries del bando opuesto o hacer de una batalla un apacible picnic en el que para nada pinta el hedor de la muerte. ¿Cuántas veces los medios ocultan la crudeza de la guerra con dudas respecto a lo políticamente correcto, el buen gusto o cualquier otra razón que presuntamente pudiere dañar la sensibilidad del público? Un público que quizá está esperando que terminé toda esa serie de “pamplinas” que ni le incumben ni le interesan para ver a continuación cualquier producto hollywoodiense con un buen combinado de violencia y sexo. Pero cuando la fotografía queda más libre de las restricciones de las personas la fotografía se vuelve menos artificial, más espontánea y más verosímil.

Siempre en la fotografía el primer paso a dar es discernir el tema. Intentar descubrir el tema de una fotografía suelta, es de hecho, una interpretación; pero no lo es cuando esa fotografía va acompañada de un pie o un comentario. De hecho éste es uno de los puntos débiles de la fotografía cuando es víctima de las alteraciones de la propaganda, es decir; la propaganda es libre de hacer su propia interpretación. La fotografía posee ante todo un valor retórico. En ese sentido, se puede decir que la fotografía tiene un único lenguaje y en consecuencia, un público general que confluye en su lenguaje. Sabiéndose consciente de ello, la fotografía y todo lo que la acompañe debe estar elaborado y cuidado en torno a una serie de cuestiones. La fotografía une un crédito objetivo y un punto de vista necesario ya que el factor humano es imprescindible. La fotografía debe cuidar su apariencia pues a mayor aspecto artístico, menor credibilidad tendrá ante el público, y viceversa. Por eso, toda fotografía de una guerra como testimonio que es debe evitar ese sentido artístico; cuanto más espontánea y sencilla sea mayor será su credibilidad, más no por ello, su verosimilitud. El error de dotar a la fotografía de una masacre de un valor artístico de belleza no sólo incurre en la pérdida de credibilidad, sino también en embellecer la propia masacre rompiendo con la sobriedad y la ética, además de empobrecer la visión de la fotografía de guerra.

La fotografía a lo largo del tiempo también sufre de ciertos problemas. La fotografía en el tiempo nos permite erigir nuestro sentido del presente y del pasado inmediato. La fotografía nos lleva a recordar, pero no a comprender y por ello, como ya dijimos antes, la fotografía sin pie queda libre al juicio de la interpretación de cada uno. Esto queda fortalecido con el hecho de que la imagen es fácil de memorizar y cuando recordamos lo primero en lo que pensamos es en una imagen. Por ello, el deber de los gobiernos y las instituciones es preservar las imágenes de las guerras y las masacres y exponerlas ante la gente como recuerdo de lo que una vez sucedió. La imagen del dolor humano debe servir de ejemplo a las personas para evitar en el presente lo que ya no se puede borrar del pasado. Pero esto no siempre se cumple así, porque todo gobierno y estado puede ser heredero de un pasado oscuro, y en ese pasado quedan cuestiones que adquieren el rango de intocables.

El contenido de las imágenes violentas varían en cada época. Durante la Edad Moderna comienzan a utilizarse las imágenes de violencia y dolor como denuncia de los crímenes cometidos contra la población civil durante las guerras. Desde Callot, pasando por Hans Ulrich Frank hasta Goya, la imagen comienza a adquirir una capacidad de denuncia hasta que será sustituida posteriormente por el fotoperiodismo de guerra. Pero, debemos tener en cuenta que las características y afinidades de la fotografía y la pintura están bien diferenciadas. Un ejemplo de ello es la falsedad de la imagen; así una pintura es falsa en cuanto a su autoría, mientras que la fotografía lo es en cuanto a lo que representa. Más adelante, con la llegada del realismo, los fotógrafos buscan dotar a sus imágenes de “sentido realista” que nada tiene que ver con la veracidad, ya que el fotógrafo no dudaría en componer la imagen. Por fin, en nuestro tiempo la imagen busca el dramatismo y en consecuencia, nuestra atención. Cuánto más sangrienta, impactante y sobrecogedora tenga la imagen mayor posibilidad tiene de salir en primera plana o en las primeras noticias de un informativo.

Vacuna contra el horror:

Las dos principales ideas de la autora son que la atención pública está guiada por las imágenes y que la saturación de imágenes nos insensibiliza, aún hacia las imágenes que más importancia y efectos deberían tener. El espectáculo que generan hoy en día las imágenes de sangre sólo puede ser igualado por el que produce la visión de cuerpos desnudos, lo que nos acerca de forma terrible a la teoría freudiana de eros y tánatos. Ese morboso deseo manifiesta una maldad innata en las personas y se convierte en un valor comercial unido al dramatismo. Cuanta mayor sea la desgracia, más gente querrá verla y mayor será la ganancia. Pero en la sociedad occidental la superabundancia de imágenes de masacres y matanzas a través de la televisión no nos conmueve ni para bien ni para mal, se ha convertido en un plato diario de nuestra ración audiovisual. La respuesta habitual se resume en dos: o bien huimos del mensaje en busca de seguridad y evitando el horror o bien sentimos cierta simpatía hacia las víctimas para sentirnos inocentes. Las dos respuestas caen en el mismo error: no llegar a la reflexión. ¿Por qué no reflexionamos? Porque la superabundancia de las imágenes y la espectacularidad unidas a la consideración que la mirada a esas imágenes es innecesaria y supone una falta, tiran por los suelos cualquier posibilidad de reflexionar. El resultado último es la apatía. La situación es patética, más que nada porque siendo miembros de la sociedad de la información y viviendo en una sociedad democrática somos incapaces de emitir un juicio crítico sobre esas imágenes que vemos. La mayoría nos dejamos llevar por lo que los medios nos muestran, a fin de cuentas, para eso están. El sufrimiento congelado en la fotografía es ante todo una imagen de inmenso valor. En definitiva, la violencia se convierte en el valor principal de las imágenes y la sobresaturación de las imágenes nos insensibiliza habituando nuestra respuesta hacia esas imágenes, en pocas palabras, nos degradamos moralmente.

Las interpretaciones de la obra pueden adquirir un espacio tan amplio como el de nuestras proposiciones individuales, pero hay dos conclusiones que no se pueden negar. Primero, que en la actualidad las ventajas que aportan la fotografía y la tecnología audiovisual, más se desvirtúan que se aprovechan. Y es que además, el mal uso, la saturación y el espectáculo, de las fotografías y las imágenes de televisión se torna en degradación moral de nosotros mismos.

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