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RELATOS


Por Francisco Palomino
f.palver@gmail.com

 

LA PISCINA

Cierto día andaba yo visitando el estudio de un amigo, en uno de los barrios más pobres de la ciudad. En realidad se trataba de un edificio antiguo y destartalado, de aspecto verdaderamente lamentable, en el que coexistían pequeños talleres y viejos almacenes con pisos dedicados a viviendas para familias de escasísimos recursos, resignados a permanecer para siempre en aquellas condiciones infrahumanas.

Estaba yo hablando con mi amigo en una lúgubre habitación situada en la planta más alta del edificio y escasamente iluminada por una insignificante bombilla que colgaba directamente del techo. Y mientras charlábamos de pie, junto a un ventanuco que se abría a un angosto patio de luces, yo me distraía observando cómo un muchacho, vestido únicamente con unos pantalones harapientos, subía trepando frente a mí por el muro del patio, aprovechando con indiscutible habilidad la presencia de algunos ladrillos que aquí y allá sobresalían de la pared. Y, una vez alcanzado el borde superior del muro, sobre el que, según pude ver, se extendían aún unas pocas hileras de alambre de espinos, como las que se utilizan para prevenir la entrada de los ladrones, afianzó su mano izquierda al estrecho voladizo y, con un giro de cintura, se me quedó mirando en actitud desafiante. Inmediatamente después hizo abundante acopio de aire y, ante mis ojos asombrados, dio un ágil salto y se lanzó de cabeza hacia el fondo. De no haber calculado con exactitud la pirueta sin duda hubiera ido a tropezar con el muro de enfrente, tan estrecho era el patio.

Seguramente, pensé por un momento, las agobiantes condiciones de vida le habían llegado a trastornar la mente hasta tal punto que, en un último gesto de desesperación, había terminado por escoger aquella extraña manera de acabar con su triste existencia.

Por un instante estuve tentado de asomarme al ventanuco. Pero después, imaginando la desagradable impresión que sin duda me produciría la presencia de aquel cuerpo destrozado (calculaba la altura del edificio en unos seis pisos), unido a los inevitables trastornos que representaría tener que avisar a una ambulancia y ocuparme en cierto modo del asunto, continué hablando con mi amigo como si nada hubiera pasado. Pero como, de todos modos, no tenía la conciencia tranquila y puesto que no podía desprenderme de cierta morbosa curiosidad, aproveché un momento en que mi amigo estaba distraído buscando no sé qué entre los trastos de la habitación para asomarme al patio de luces. Lo que vi allí abajo no era ni mucho menos lo que esperaba ver. Había agua embalsada, como si se tratara de una pequeña piscina rectangular. Sin duda el patio no tenía sumidero o, si lo tenía, debía llevar embozado una eternidad, por lo que el agua de lluvia se había ido acumulando con el tiempo y debía alcanzar ahora, calculaba yo, alrededor de metro y medio de altura, suficiente para darse un baño e incluso para zambullirse lanzándose desde las ventanas más bajas. Pero arrojarse desde un sexto piso era una auténtica temeridad, el cráneo se abriría como una cáscara de nuez. Y sin embargo no se veía allí abajo ningún cuerpo flotando. A pesar de la escasa luminosidad que conseguía penetrar hasta aquellas profundidades, se podía observar, sin ningún género de duda, la absoluta lisura de la superficie del agua. Así que, por ciertas extrañas circunstancias o quién sabe si gracias a una asombrosa destreza adquirida con el paso de los años, el muchacho había conseguido, tras la zambullida, esquivar el choque contra el suelo, salir ileso a la superficie y probablemente en esos momentos andaría ya camino de su dormitorio.

Mucho más tranquilo, en realidad completamente aliviado e incluso un poco eufórico, comentaba los hechos con mi amigo.

—Sí —me explicaba él—. Cosas así resultan un poco extrañas para alguien que, como tú, siempre ha vivido rodeado de comodidades. Si quieres practicar un deporte puedes hacerte socio de uno de esos magníficos gimnasios que abundan en tu barrio y si quieres nadar puedes permitirte el lujo de acudir a una de esas amplias y soleadas piscinas de la parte alta de la ciudad, sin preocuparte para nada del precio de la entrada. Incluso es posible que hayas olvidado, tan poca importancia tiene eso para ti, que hay que pagar para utilizar esas fantásticas instalaciones. Pero aquí, amigo mío, las cosas son muy diferentes, la gente de este barrio es tan pobre que a duras penas consigue sobrevivir. Pero el hambre, como es bien sabido, agudiza el ingenio. Y así, cierto día, hace ya muchos años, la asamblea de vecinos de esta casa aceptó y llevó a término la imaginativa y brillante idea de uno de sus miembros más notables. Cerraron pues los desagües del patio y tapiaron las puertas y ventanas de los pisos bajos que daban a él. Y con el tiempo, en parte gracias al efecto natural de la lluvia, en parte a costa de acarrear un buen número de cubos de agua, una piscina bastante decente, de tres metros de ancho por seis de largo, quedó dispuesta para uso y disfrute de los vecinos y de algunos pocos privilegiados amigos suyos.

Tomándome cariñosamente por el hombro me llevó entonces hasta el ventanuco.

—Ahora no hace muy buen tiempo —continuó diciendo mi amigo— puesto que estamos en pleno invierno. Pero tendrías que pasarte por aquí algún día de verano, de esos en que el sol calienta con toda su potencia. Verías entonces, te asombrarías, cómo se agolpan los niños, formando un auténtico enjambre, chapoteando felices en el agua o sentados en los bordes de aquellas ventanas que hay a su alrededor, y cómo ríen y se divierten, mientras sus padres los alientan desde atrás a zambullirse y a lanzarse desde distintas elevaciones, acordes con sus edades. Así crecen ellos, perfectamente adiestrados en el sano deporte de la natación y en el salto de altura. Y ese muchacho que dices haber visto no es el único, ni mucho menos, que ha conseguido un destacado nivel, una indudable maestría, que le permite ejecutar el salto del ángel desde una cota de siete pisos, y no de seis como tu pensabas, sin correr el menor riesgo. Y esa actitud desafiante que has creído advertir en su mirada no era, estoy completamente seguro, otra cosa que el orgullo que le producía poder mostrar sus habilidades en presencia de un extraño. Pues los muchachos crecen aquí, frente a lo que erróneamente podría asumirse, desarrollando los sentimientos más nobles que puedas imaginar.

Cuando bajaba las escaleras, tras despedirme de mi amigo, iba meditando en todo aquello, mientras notaba cómo una profunda desazón iba apoderándose de mí.

 

 

 

 

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