Traje de marca con corte impecable, camisa de seda y corbata de diseñador italiano . Puro fashion . Arrogancia y loción hidratante destilando del rostro bien afeitado. Nada que ver con el hombrecillo gris a su lado que, sujeto de la barra del autobús, cabecea somnoliento. Traje barato de unos grandes almacenes, zapatos viejos, sin lustre, y un maletín negro. Un perdedor . Un tipo out .
En cambio, él es cool ; un ganador . Seis meses en la empresa y ya gestiona un key project . Además, su manager le ha prometido un bemeúve de la Compañía cuando supere los targets del half . Pulsó la llamada para la siguiente parada. De repente, un golpe en la pierna le bajó de su rama dorada. El hombre del traje cutre se había desplomado. No sin aversión por el contacto, le ayudó a levantarse. Justo en ese momento se detenían en su parada. Bajó de un salto ágil y se volvió hacia al autobús. Durante un fugaz instante, creyó ver que el hombrecillo gris sonreía y le despedía con la mano.
“En fin.”
Enfiló hacia la entrada del edificio de su oficina Las recepcionistas le saludaron, risueñas.
“Mira que estáis buenas.”
Camino de la sala de reuniones, repasó la audiencia que le esperaba. Curtidos en el acoso y derribo de innovadores, buscarían las fisuras por las que él y su proyecto harían agua hasta hundirse en el mar del olvido. Y adiós al bemeúve .
Apartó esos pensamientos. Él sabía manejar este tipo de situaciones. Era un profesional. Se detuvo ante la puerta de la sala.
“Temblad abuelos, que llega un killer .”
Giró con firmeza el abridor y entró. Saludó con cordialidad y confianza autosuficientes.
“Fríos.”
Desde la posición en la cabecera de la mesa miró a todos. Con movimiento desenvuelto, situó el maletín frente a sí.
“Expectantes.”
Sus manos reptaban, ágiles, hacia las cerraduras. Agarró los cierres y tiró. Nada.
“ Joder. ”
Fingió una sonrisa. Volvió a tirar. Nothing .
“Hostia, hostia, hostia.”
Alguien carraspeó.
Otro alguien inició una llamada en su móvil.
“ Fuck .”
Miró con odio a las cerraduras y tiró una tercera vez, con energía desmedida. La uña del pulgar derecho se partió. Su dedo sangraba y dolía. El Titanic y su puto iceberg, por alguna asociación extraña, le cruzaron la mente. Recordó también al sonriente hombrecillo del traje cutre. Entonces observó que un hilillo de sangre serpenteaba alegre y risueño por el cuero del negro maletín.
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