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RELATOS


Por Francisco de Sales Sánchez
pacosales@terra.es


DIOS ACEPTA LIMOSNAS

Supongo que en algún momento de mi vida tenía que vivir una experiencia especial, y fue entonces cuando sucedió.
Llevaba unos días reconciliándome con mi deseo y mi necesidad de ser generoso con quien lo pudiera necesitar.
Siempre me he quejado de lo poco que me involucro en los problemas y en las necesidades ajenas.
Si me encuentro con un pobre por la calle y superando los controles de mis sospechas creo que su penuria es cierta, le hago entrega de una limosna y me alejo rápidamente, como si en vez de dar le hubiera robado.
Y cada vez, después de depositar la limosna, reinicio los reproches hacia mí, en silencio pero dolorosamente, porque conozco todos los modos de hacerme daño.

LO QUE PASÓ:

Tenía mi pensamiento en otro sitio, muy lejos de Madrid y muy lejos del calor agresivo de las tres de la tarde del verano; por aquella calle sólo nos movíamos tres personas.
Fue al rodear una furgoneta aparcada sobre un paso de peatones cuando me encontré, inevitablemente, con la figura desmejorada de una mujer; calculé que estaría camino de los cuarenta, aunque dudé si alguna vez llegaría a cumplirlos.
Lo primero que pensé al verla, en un pensamiento fulminante, fue que a esa mujer le quedaba mucho que sufrir o poco que vivir.
Cualquiera de las dos opciones padecía las mismas posibilidades.
Tenía los pies como rotos, con manchas resecas de sangre, mucha suciedad acumulada, y la cara como explotada en algunos sitios.
Mostraba sin reparo su desgracia y su abandono.
Desde sus ojos tristes vino a mi encuentro una mirada desvalida.
En el silencio de ese mirar lastimero había toda una petición de auxilio, toda una manifestación de necesidades, todo un ruego a alguien, quien fuera que se encontrara con aquella mirada suplicante y menesterosa, y todo el relato de un presente trágico, muy distinto de otro pasado más lejano.
No sé por qué deduje, sin tener derecho, tantas cosas.
Quizás nunca en mi vida haya estado más receptivo, o más comprensivo, o más acertado. Quizás nunca en mi vida he sabido escuchar con tanta atención ni he tenido el corazón más cerca del alma.
Pudiera ser que en ese momento la prisa me abandonó sabiamente y me permitió recibir aquel lenguaje que sólo unos ojos saben expresar.
O tal vez en aquel instante yo era sólo de carne y hueso, de amor y alma, fraterno y universal.
- Déme algo, por Dios -dijo.
Pero si no lo hubiera dicho sería igual, porque era una redundancia, era repetir lo que ya pedía toda ella antes de pronunciar las palabras.
- Cómo está usted... -compadecí.
Casi me atrevo a decir que era la primera vez que oía hablar a mi corazón. Y era un lamento tan sentido, una empatía tan poco usual, que me encontraba extraño estando quieto al lado de esa mujer, mirándola sin prisa y sintiéndola.
Por la inexperiencia, no supo mi intelecto cuál era la frase lógica siguiente. Creía recordar que en alguno de mis sermones interiores había decidido que lo siguiente era preguntarle qué necesitaba realmente. Porque tal vez no era dinero sino conversación, o aferrarse a una mano, o que una mirada la viera como ser humano y se lo hiciera saber.
Así que mientras todo ese revoltijo se reorganizaba en mi pensamiento traté de mirarla desde su misma posición, tan dolido como ella, y seguí atentamente el balanceo de su cabeza cansada de tanto soportar.
Ella no me apuró en mi siguiente paso. Esperó con la paciencia de quien sufre durante todo el día y ante la posibilidad de que le entregue una moneda un desconocido, al que ha solicitado ayuda más por rutina que por esperanza, se tomó el descanso de creer en alguien y estiró el brazo creando un cuenco en su mano derecha.
Siguió en su presencia ausente, con su mano implorante como recordatorio, y con la resignación del que no tiene otra cosa que hacer más que esperar y la sumisión del que sabe que todos sus momentos son iguales.
Nunca sabré si tenía entre sus pensamientos alguno optimista, con fe en el futuro, o si todos habían huido ante este panorama que en algún momento se presentó en su vida, convirtiendo a aquella niña que fue acunada con tanto cariño por su madre, y en la que depositó sus mejores deseos, en una mujer rota, desolada y hostigada por la vida.
Rompió aquella comunicación tan íntima la frase equivocada, la frase que sustituyó a la pregunta serenamente preparada que esta vez tampoco se atrevió a pronunciarse, y le hablé del deseo de que se le mejoraran las cosas, en un tono mercantil, desalmado, en vez de erigirme en grito de amor y preguntarle qué necesita usted realmente.
Puse en su mano un billete y emprendí mi habitual huida hasta que mis piernas me paralizaron al oír aquella voz que habló con fuerza. Un rotundo escalofrío me recorrió sin respeto. Mi corazón rebotó desordenadamente.
- Yo le bendigo –dijo.
Y al volverme para mirarla vi cómo me enviaba con su mano el gesto que formó una cruz.
No dijo que le pediría a Dios que me bendijera: no sintió la necesidad de intermediarios.
Se supo en posesión de la capacidad divina de bendecir, y lo hizo.
El recién nacido escalofrío se convirtió en un terremoto que removió todos mis principios.
No supe qué hacer, qué pensar, qué decir.
Sólo la vergüenza por un llanto que se aproximaba imparable me hizo volver a andar, huyendo de mí.

DESDE AQUEL RAMO DE FLORES

Te entregué aquel ramo de flores poseído por una escandalera de nervios que transmitían un terremoto a mi mano y una erupción de volcán a mi cara.
También sentía espasmos y contracciones, y padecía el desconcierto de mi pensamiento, que me abandonaba a mi suerte ante ti, tú tan ignorante de mis sentimientos, yo tan ingenuamente enamorado.
Entonces tenía trece inocentes años.
Tú, treinta y nueve, y todos maravillosos.

Ahora sé que el amor, en muchas ocasiones, es suplantado por la confusión, y que la diferencia en la edad señala casi siempre una insalvable distancia.

Pero entonces llevaba muchos meses idealizándote en silencio.
Cada vez que venías a visitar a mi madre, tu amiga del alma, añadía una nueva flecha en un corazón que había dibujado.
Ese era mi segundo mayor secreto: un folio donde un corazón gigante sangraba víctima de enamoradas flechas. Cada una significaba que te había visto otra vez.
El otro gran secreto, el primero, era que estaba enamorado de ti.
Desde siempre.
Desde que me cogías en brazos.
Desde que me apoyabas en tus pechos y me decías duerme conmigo.
Desde entonces.

Y estoy seguro de esto que he escrito. Siempre lo he dicho así, y no es porque lo haya querido ver como algo poético, muy romántico, sólo posible en la fantasía de mi imaginación: haber estado enamorado de ti desde que nací, como si esas cosas que cuentan de las reencarnaciones fueran verdad y yo te amara desde muchos siglos antes, y nada más sentir tu latido te reconocí. Es así de cierto: siempre te he amado.

A los trece años si uno no es tímido es osado. O las dos cosas. O la timidez te empuja a la osadía. O uno es osado porque no sabe que es tímido, o es tímido porque no sabe que es osado.
Dirigido por una necesidad determinante, o azuzado por el deseo de compartir contigo esa quemazón tan bien cuidada, o buscando entre lo imposible una posibilidad de que tú me calmaras con la correspondencia hacia mi amor, te entregué el ramo de flores, te dije te amo del modo más audible y menos tembloroso que pude, y aguardé con el brazo estirado para que tú las recogieras, las abrazaras contra tu regazo, y repitieras para mí, como si fueras un eco, las mismas palabras que yo había pronunciado para ti.
Pero no pasó nada de lo que deseé.
Te costó trabajo contener la risa que le correspondía a aquello, que para ti era una chiquillada y para mí el acto más maduro y reflexivo de mi corta vida.
Por respeto, y por amor, pero otro tipo de amor distinto del deseado, lo que hiciste fue aceptar las flores y componer de urgencia unas frases que fueran bálsamo y excusa, pero que aparentaran sinceridad.
Por eso recurriste a decirme es normal lo que te está pasando; todos, incluida yo misma, hemos pasado por esa etapa en la que los sentimientos aún no han sido capaces de aclararse y se confunden sin mala intención.
Me dijiste eres como un hijo para mí, te he visto nacer y te tuve en mis brazos cuando eras pequeño, te he acompañado a lo largo de tu vida con cariño porque eres el hijo de mi mejor amiga, pero no debes confundirte; deja pasar el tiempo y las cosas se irán colocando en su sitio; siéntete muy orgulloso por lo que acabas de hacer: quedan muy pocas personas con esta capacidad de manifestar los sentimientos sinceramente y que se arriesguen a manifestarlos antes de dejar que se mueran de silencio.

Ya ves que recuerdo todas las palabras.
Las he escuchado tantas veces en mi memoria, con tu tono y tus pausas, que puedo repetirlas como el Padrenuestro o la tabla del cinco.
Las he exprimido tanto en el secreto de mi deseo hacia ti que son parte de mí y forman parte de mi vida.
Las he degustado muchas veces desatento al dolor que me producían al mismo tiempo, con la esperanza de que en algún momento te dieras cuenta de tu error y me hablases del amor que yo imaginaba disimulado tras tu indiferencia.
Más adelante, el tiempo ha ido colocando las calmas en su sitio y ha seguido intentando convencerme de que tenías razón.

Fue entonces cuando se produjo el momento más difícil de nuestra relación.
Mi madre me contó muchos años más tarde, que le habías contado lo que sucedió, y que le habías mostrado tu preocupación porque no sabías qué hacer, y que habías barajado la posibilidad de no volver por nuestra casa, para no alentar mi sufrimiento, pero decidisteis continuar con normalidad y dejarme en mi conflicto aprendiendo otra de las lecciones de la vida. Eso sí, muy atentas a que un nuevo desaguisado no se inmiscuyera en mi caos.
A partir de mi declaración me trataste de un modo delicado, exquisito, para que no se acrecentara mi turbación y no sintiera tu distancia, que me hubiera hundido un poco más.
Tu trato, por culpa de mi estado, nunca por culpa tuya, jugaba con mi confusión: a veces una de tus palabras se convertía en espina o me ponía alas. La misma palabra me daba muerte o me daba vida.
No sé por qué, desde entonces me mantuve en un estado como de anestesia y eso evitó que me afectara todo aquello que tuviera que ver contigo y conmigo. Fue una especie de pacto inconsciente con mi mente, para no estar a todas horas en un sin vivir de sufrimiento.
Tus sonrisas perdieron su encantamiento y tu voz se despojó del tono seductor; tus miradas pasaron a ser miradas sin brillo y el resplandor de tu aura aminoró el colorido.

Durante mucho tiempo no tuve otra ocupación que el olvido.
Bajarte con cuidado del pedestal y ubicarte en tu sitio natural fue una de las tareas más delicadas.
Desmontar los sueños que había preparado para mí, con mi mejor voluntad y el apoyo de mi insaciable deseo, fue otra de las tareas que requirió fuerza y pañuelos.
Borrar tu nombre de mi corazón, y tu amor de mi deseo, y tus besos del limbo de lo posible, y tu cuerpo de mi incipiente lujuria, también requirieron de una voluntad que no siempre estaba dispuesta a colaborar.
Fue otra vez el tiempo, el bendito o maldito tiempo, quien hizo un trabajo impecable.

Tenía trece años, el alma llena de trinos, y la felicidad alterada, recién inaugurada.
Compré aquel ramo con los ahorros del último año. Escogí para ti cada una de las flores.
Llegué al Parque, donde te había citado a solas a pesar de tu oposición, y aunque mi voz estaba casi ausente, alargué el brazo, dije te amo y te esperé, aunque entonces no lo sabía, durante el resto de mi vida.

Hoy he sentido la necesidad de recordarte lo que pasó.
Esta mañana, al ver tu esquela en el periódico, después de que las lágrimas manaran mansamente, me he permitido un tiempo de reflexión, y me he recreado nuevamente en tu recuerdo.
He vuelto a ser aquel niño primerizo en los amores.
He sentido de nuevo las escandaleras, los nervios, las fantasías.
Tengo cincuenta años.
He sido y soy feliz.
Pero nunca más podré volver a pasear por aquella delicia de los sentimientos sin frenos y la juventud escribiéndose.


 

 

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