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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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LA TOLERANCIA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Sancho-claro, Sancho-recio,
Sancho que viste las cosas como son y te callaste,
metiendo el hombro, tratando
de salvarnos del derrumbe con tu no lírico esfuerzo.”
Gabriel Celaya


Aunque la palabra “tolerancia” tiene forma positiva, en rigor no se puede preguntar por ella sin tener en cuenta su contrario: la intolerancia. Se puede decir que la intolerancia es el fenómeno primario, y su supresión o corrección es precisamente la tolerancia.

 

Ahora bien, la intolerancia no consiste en una simple actitud hostil hacia las posiciones, ideas, creencias que no se comparten. Se puede muy bien discrepar enérgicamente cualesquiera puntos de vista, sin ser por ello intolerante. La intolerancia surge cuando no se acepta la realidad, cuando se ejerce la violencia sobre ella como tal realidad, en otras palabras, cuando se la descalifica, cuando no se reconocen sus títulos, su derecho a existir. La intolerancia consiste en querer suprimir una realidad, no en dejarla ser lo que es y combatirla porque parece inconveniente. El partido político que está persuadido de ser el mejor y combate al adversario, y procura vencerlo y conseguir el poder, no es forzosamente intolerante; pero lo es si lo que quiere es eliminar al adversario, no dejarlo luchar, estorbar su existencia o su expresión, impedir que presente su programa, sus razones y sus argumentos.

 

Creo que el fenómeno de la tolerancia o intolerancia se confunde mucho si se considera dentro de la esfera individual. Es menester un planteamiento social, como un hecho de la vida colectiva. La sociedad incluye, como ingrediente esencial suyo, presiones y vigencias, que son absolutamente normales. La no admisión de lo que realmente no se acepta en una sociedad no parece intolerancia. Se podría decir, forzando la expresión, que lo que de hecho y de verdad no se tolera no aparece nunca como intolerancia expresa, y en rigor no es intolerancia. El juego normal de presiones en que la sociedad consiste lo elimina o reduce y acota, lo “pone en su lugar”. La intolerancia va más allá de lo auténtico, es un plus impuesto por un grupo (o una persona) que usurpa el papel de la sociedad entera. De ahí su intrínseca violencia, sean cualesquiera sus medios, en el sentido en que Aristóteles hablaba de “movimientos violentos” contrapuestos a los movimientos naturales.

 

En el fondo se trata de un problema del consensus o plena vigencia de algo dentro de una sociedad. A nadie se le ocurre que sea intolerancia la prohibición de vender públicamente cocaína, o de abandonar a los niños recién nacidos. El consensus de nuestras sociedades es suficientemente enérgico y compacto para que nadie sienta como intolerancia esas presiones.

 

Lo decisivo es la existencia o inexistencia de un consensus efectivo, que es la fuente real de la legitimidad, dicho sea de paso; pero este último es un tema demasiado importante para tocarlo marginalmente. Cuando ese consensus falta, o cuando se va más allá de él y abusivamente se lo extiende a contenidos a los que no alcanza, el resultado es intolerancia, y, cuando se trata del Poder en su conjunto, una situación de ilegitimidad, que hoy afecta a un considerable número de sociedades.

 

Cuando empleamos la palabra “sociedad” la usamos, por lo pronto, en dos sentidos: uno plenamente saturado; como cuando hablamos de las naciones; otro más tenue, pero nada irreal, que es la significación del término Occidente. Pero la cosa no termina aquí, porque las otras sociedades están también presentes y forman parte del mundo histórico, que no es unitario, pero sí ya es un mundo. Por primera vez existe en realidad una historia  universal, y en ese sentido nadie queda “fuera”. Esto es lo que justificaría hablar de “coexistencia”, si no fuera porque ésta es una palabra impropia, buena para las cosas inertes, pero no para los hombres. Estos viven, y como viven “juntos” -de muy diversas maneras-, lo que les pertenece y les es necesario es la convivencia, que sería quizá un nombre mejor para la tolerancia. Ni una ni otra excluyen la pugna, la rivalidad, la discrepancia, la lucha; no tienen por qué ser “pacíficas”, como se apellida casi siempre con hipocresía, a la “coexistencia”, que puede en cambio muy bien ser inerte. Lo que tiene que haber es efectiva con-vivencia, y ésta requiere vivir y dejar vivir a los demás, a aquellos a quienes se puede combatir, sin negarlos, sin pretender suprimirlos, sin violentar la realidad. Y como dijo el poeta: “Todo se soporta, todo, / menos la brutalidad”.


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