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RELATOS

Por Gerardo Dozal Cruz
jerry2al@hotmail.com

LA VOZ

Hacía ya bastante rato que estaba sentado ahí, solo, en penumbras, frente a un espejo... Un cuarto desordenado por los innumerables días de sólo vegetar en él era todo el patético escenario de esas horas de su vida.
Tenía la vista fija en su reflejo, pero hacía horas que no lo miraba. Su mirada perdida no veía su rostro cansado y triste, endurecido por el rencor y el dolor... no veía su ropa gastada y sucia, que cubría un cuerpo con visibles signos de una vida dura y mayormente desgraciada... no, no veía nada de eso. Porque sus ojos estaban fijos en el espejo, pero su mente estaba muy distante de ahí. Estaba en otro lugar y en otro tiempo, recordando momentos pasados llenos de amargura y frustración. Momentos que lo habían encaminado a esta caricatura de hombre en que se había convertido.
No quería vivir ya. Sentado, inmóvil, sostenía lánguidamente un arma en su mano derecha, esperando el momento de usarla y poner punto final a todo eso. La palabra Fracaso estaba presente en todos y cada uno de los aspectos de su vida. Así se lo había hecho saber siempre el lado oscuro y negativo de su conciencia. Una voz que nunca lo dejaba tranquilo. La Voz que siempre lo acompañaba donde quiera que iba. Y la misma que ahora se hacía presente en ese cuartucho, materializándose como una copia sombría y maligna de él mismo, quien ahora sostenía la pistola en su mano.
Él levantó la vista ligeramente y, en el reflejo de su imagen, pudo ver la presencia de su Voz interior malvada...y era como verse en un espejo...La Voz, de pie a sus espaldas, le sonrió con infinito desprecio.
- Aún no te decides, ¿eh? -dijo la Voz burlonamente-. No hay mucho qué pensar, y lo sabes. Anda, hazlo. A nadie le va a importar. Nadie te quiere... a nadie le importas. No habrá una sola persona que te extrañe o que pregunte por tí. Tú te encargaste de alejarlos a todos... tú sólo supiste lastimarlos. Están mucho mejor sin tí, y pasará mucho tiempo antes de que se den cuenta que moriste. Y -agregó con una enorme y malvada sonrisa-... ¿sabes qué es lo más triste? Que les va a dar lo mismo cuando se enteren.
Él quiso hablar, pero el nudo en la garganta que ahora crecía con rapidez no se lo permitió... quiso derramar una lágrima de dolor, pero tampoco pudo. Sólo veía a la Voz que, a sus espaldas, se inclinaba para hablarle al oído... y él pudo sentir su cercanía y su aliento, pero no el calor que se esperaría... era como si un cadáver le hablase...

- Eres un cobarde. No tienes el valor ni para llorar. Siempre lo has sido, y por eso fracasaste en todo. Decepcionaste a tu familia, a tus amigos, a tí mismo... no sirves para nada. Mírate: estás ahí, sin hacer nada, como el miserable que eres, y no tienes el valor de usar esa arma que tienes en tus manos. Pobre diablo... nunca fuiste lo suficientemente hombre para hacer frente a tu destino. Siempre te quedaste en el "no puedo", y te refugiaste en la autocompasión. Tu única forma de sentirte bien era haciendo sentir mal a los demás. Era tu forma de llamar su atención... y mírate ahora: solo... como siempre estuviste en tu interior.
Él se cubrió los oídos con sus manos, aún empuñando el arma... ya no quería escuchar a la Voz. A esa Voz que siempre le había repetido que era un fracasado, y que ensombrecía su ocasional sonrisa haciéndole ver el lado oscuro de la vida. Un gemido apenas ahogado salió de su garganta... era demasiado dolor. Era demasiado rencor. Era demasiada infelicidad... Era una insoportable carga de culpas y autocompasión guardadas en su interior. Y sabía que la Voz no pararía jamás... que lo acompañaría siempre, a donde quiera que fuera, como un celoso guardián atento a borrar con su discurso cualquier minuto de paz que tuviera... y quiso acabar con todo eso. Una solitaria lágrima asomó al fin en sus ojos, vió de reojo el arma en la mano que cubría su oído, se escuchó a sí mismo soltar un apagado sollozo... y supo con certeza absoluta que lo haría...
La Voz lo supo también, y, rodeando la silla, empujándolo con violencia por el pecho y sonriendo malignamente para sus adentros, buscando orillarlo a que diera el fatal paso que era ya inminente, acometió furiosamente contra él.
- ¿Ahora lloras? ¡Cobarde! ¿Quién vendrá a enjugar tus lágrimas? ¿A quién crees que le importas? ¡A nadie! ¡Fracasaste como hombre! ¡Fallaste en todo lo que hiciste! ¡Lo sabes bien! ¡No te puedes engañar a tí mismo, ni engañar a los demás! ¡No sirves ni nunca has servido para nada! ¡Mediocre! ¡Lloras lo que perdiste, pero que no supiste conservar ni defender como hombre! ¡Anda, dispara! ¡¡¡Acaba con esto ya!!! ¡¡¡ACABA CON ESTO DE UNA VEZ!!!
Un grito desgarrador, lleno de desesperación, tristeza, rencor, frustración y dolor largamente contenidos, rompió el silencio de la habitación. Luego, un disparo, que acalló cualquier otro sonido... una fracción de segundo donde se escuchó el sordo golpear de un cuerpo desmadejado en el piso... y luego, silencio absoluto.
El arma yacía en el suelo, humeante. Una extraña paz reinaba ahora en aquel miserable cuarto. Ni un solo sonido.
La Voz había callado.
Había callado... porque él la había matado.
Había acabado con ella. Para siempre.
Después de segundos interminables en que ni siquiera había podido respirar, él tomó una bocanada de aire, desesperado, pero a la vez aliviado. Su cuerpo temblaba levemente, agobiado por las emociones previas. Se acercó con pesadez al cuerpo de la Voz, y se puso de cuclillas lentamente junto a él. Y con voz serena le dijo:

- Tienes razón. Siempre la tuviste... soy un fracasado. Soy un cobarde que no supo enfrentar la vida y por ello quiso enfrentar la muerte. Lastimé y alejé a todos los que me amaban, y fallé en todas y cada una de las cosas que hice en mi vida... pero ya no quiero hacerlo más. No quiero escucharte más. Si hice todo eso que dijiste, fué porque te escuché a tí, y no a mi mente ni a mi corazón. Me hiciste creer que lo malo de la vida era todo lo que ésta me podía ofrecer. Me hiciste pensar que soy sólo lo malo que hay en mí...
"Me enseñaste que es más fácil autocompadecerse al no poder hacer algo, que hacer el esfuerzo por mejorar y luchar por alcanzarlo. Me enseñaste que es más fácil hacer sentir mal a los demás cuando me señalan una falta, que reconocerla, pedir perdón y hacer el esfuerzo por cambiar. Me enseñaste que era preferible aceptar que me lastimaran de la manera que yo hacía con los demás, antes que reconocer que me había equivocado y cambiar.
"Eso y más me enseñaste... era lo más fácil, pero no era lo mejor. Nunca lo fué. Y ya no quiero eso. Aún me queda algo de tiempo, y quiero hacer algo por lo que alguien me recuerde con afecto cuando yo ya no esté. Quiero que alguien lleve una flor a mi tumba cuando muera... y debo trabajar para ganarme esa flor. Lo perdido, ya no lo recuperaré jamás. Las personas que me amaron, espero que algún día me perdonen. El tiempo que desperdicié, no volverá nunca... Por eso... por eso es que hoy te he matado. Me estorbas. No quiero cargar contigo ya. Ahora voy a salir, y empezar a buscar lo bueno de mí que extravié en un tiempo y en un lugar que desconozco... Y sé que algún día encontraré a alguien que me ayude. Alguien que me ame.
"Y es por esa persona que te dejo aquí ahora. Descansa en paz, porque yo no lo haré hasta que logre algo que haga olvidar un poco mi pasado. No sé si lo conseguiré... pero te juro que, al menos, moriré en el intento.

Se incorporó... pasó sobre el cuerpo de la Voz, sin mirar atrás, abrió la puerta... y salió a la soledad de la noche, con la semilla de la esperanza en su corazón.

LO QUE VAS A HACER...

El viento soplaba furiosamente esa inusual fría noche de invierno. El sonido de las ramas de los árboles al chocar entre sí, aunado a las dispersas gotas de una amenazante lluvia que empezaban a chocar violentamente contra los cristales de las ventanas, presagiaban la inminente tormenta. En una recámara de la casa, apenas iluminado por la tenue luz de la lámpara de noche, Juan contemplaba, sentado en su cama, una multitud de fotografías que tenía desordenadamente puestas ante sí. Tomó lentamente una de ellas, y con una mirada que parecería querer atravesarla, la observó fijamente. Su expresión era dura... amarga... fría...

En la fotografía podía verse él mismo el día de su boda, abrazando a Lucía, su esposa. Ambos sonrientes. Ambos felices. Ambos en ese entonces ajenos a la cruda realidad que hoy, siete años después, hacía que su matrimonio languideciera y los separaba más y más cada día. La realidad que la sombra de la traición había oscurecido mucho tiempo atrás, y que la venda del amor se había encargado de ocultar a los ojos de Juan.

Permaneció inmóvil, sin apartar ni un segundo la vista de la imagen que contemplaba. Tal vez sin darse cuenta, sus dedos se apretaban más y más, arrugando los bordes de la fotografía que sostenían. Y es que ahí, atrás de la feliz pareja, semioculto por la gente y esbozando una amplia sonrisa, estaba el hombre que habría de convertirse en su rival... No, no en su rival... en el ladrón que un día le robaría el amor de Lucía... en el destructor de su felicidad. Era duro ver esa imagen. Y más duro aún era aceptar la verdad. Todavía a través del tiempo le costaba trabajo aceptarlo.

Porque Lucía lo engañaba con ese hombre desde hacía cinco años. Y a ese hombre Juan lo había considerado hasta unos meses atrás como su mejor amigo; alguien por quien no habría dudado en arriesgar su propia vida de haber sido necesario, y a quien le había tendido la mano cuando más lo había necesitado. Ese hombre era alguien que él había estimado desde los tiempos de preparatoria... ése hombre que se había interpuesto entre ellos era más que su amigo, más que su hermano...

O al menos eso había pensado Juan.

Y, sin embargo, nada había valido. Ni el amor que sentía por su esposa, ni la amistad que lo unía a Alejandro. El destino le había jugado una mala pasada y se había encargado de hacerlo a él a un lado en ese triángulo. Juan era el esposo de Lucía , y a pesar de ello era él quien estaba sobrando.

Muchas veces se había preguntado por qué su esposa lo había engañado... ¿Por qué precisamente con Alejandro? ¿Por qué no le dijo que ya no lo amaba? Peor aún... ¿alguna vez lo había amado? A esas alturas estaba seguro de que jamás había sido así. Se habían burlado, ella y él, en su cara y desde el principio.

¿Cómo había podido ser tan estúpido para no darse cuenta? ¿Cómo había podido estar tan ciego para no verlo? Ahora entendía todo... las constantes visitas... las frecuentes parrandas donde Alejandro se había encargado de embriagarlo y después llevarlo a su casa... y no quería ni imaginar lo que sucedía en sus propias narices mientras él dormía. Sin despegar la vista de la fotografía, quiso fulminar al sonriente Alejandro que, tras de su esposa y semioculto entre la multitud, se burlaba de él.

Un relámpago, seguido de un potente trueno, lo sacó momentáneamente de sus pensamientos y lo hizo volver la cabeza hacia la ventana. La tormenta había llegado; el viento soplaba con mucha más fuerza y la lluvia caía copiosamente. Miró de nuevo la fotografía unos segundos más, y la estrujó repentinamente. La arrojó a una bolsa de plástico y guardó en ella las demás fotos. Y puso ésta junto a un portafolios que había junto a la cama. Su expresión era impasible… dura… fría… resuelta…

Esa traición había acabado con lo que tenía, con lo que había forjado a través de los años. Y una de las cosas que más le dolía era el sospechar, o mejor dicho el tener la casi absoluta certeza de que Daniel, su pequeño hijo de cuatro años, era en realidad hijo de Alejandro. No sabía si era por efecto del despecho o si porque era la realidad de las cosas, pero a cada día que pasaba estaba más seguro de que el pequeño se parecía a su rival, y lo odiaba por eso. Y se odiaba a sí mismo por odiarlo, porque aún lo amaba… y se odiaba por amarlo. Era todo tan confuso…

¿De qué había servido el entregar todo su amor y su vida a Lucía? ¿De qué había servido el haberse esforzado por intentar ser un esposo y padre ejemplar? ¿De qué había servido valorar y cultivar una amistad que él creía sincera con alguien como Alejandro? ¿De qué había servido el ser bueno?

De nada. Absolutamente de nada. Lucía, Alejandro, Dios, la Vida y el Destino se habían burlado de él… se habían reído en su cara… habían pisoteado sus sentimientos y su dignidad. Le habían arrebatado su vida. La bondad sólo sirve para que se aprovechen de ti. Y vaya que lo habían hecho.

Pero ya no más.

El Juan que todos habían conocido había muerto mucho tiempo atrás. Y el actual, nacido de entre las ruinas y las cenizas de un amor despreciado, había conservado sólo el rostro imbécil y bonachón del anterior, sólo para usarlo como máscara ante el mundo. Para cubrir su verdadero rostro, que ahora sólo reflejaba rencor, furia, despecho, dolor y un delirante deseo de venganza.

Durante el día era el Juan que le caía bien a todos, el sensible, el dadivoso, el atento y educado… pero por las noches, al cobijo de las sombras y el silencio, dejaba salir su verdadero yo, y todo el veneno de su alma muerta salía a relucir, lamentando y maldiciendo su suerte, y planeando cuidadosamente lo que habría de hacer. Le había costado mucho tiempo de fingir ser el de antes, de besar cada noche y cada mañana a Lucía… de contener llanto y rabia por las noches a su lado, mientras ella dormía… de guardarse para sí la ira y el dolor al tener que besar y alzar en brazos a Daniel, a quien amaba y odiaba tanto… de reunirse y departir con Alejandro, fingiendo una amistad y simpatía que estaba muy lejos de sentir, dibujando una hipócrita y vacía sonrisa en su rostro.

Hacía ya semanas que había dejado de llorar su desgracia. No tenía más lágrimas para derramar por un amor que quizá nunca había existido en su matrimonio. El transcurrir del tiempo se había convertido en un continuo esperar del momento en que habría de cobrar las cuentas pendientes con todos.

Y ese momento había llegado en esa noche de tormenta invernal. Todo aquello que meticulosamente había planeado habría que llevarlo a cabo al fin.

Echó una ojeada a su reloj y, tras confirmar que la hora esperada había llegado, se levantó de la cama y se puso un abrigo negro. Tomó la bolsa con las fotografías y la metió en una maleta junto con sus demás cosas. Se había encargado de dejar todos sus documentos en un lugar donde fueran encontrados fácilmente, así como de cerciorarse de no dejar huellas. Con una enigmática sonrisa, tomó el portafolios… y lo hizo casi con reverencia. Un trueno fue como el indicativo de que ya debía salir de casa. Arregló la cama, tomó las llaves y se retiró de ahí.

Cruzó la casa en medio de la oscuridad, que sólo era rota por los relámpagos que se sucedían uno a otro. No había nadie más, y nadie sabía que estaba ahí. Se suponía que en esos momentos él se encontraba conduciendo su automóvil muy lejos de la ciudad, rumbo a la capital.

Llegó al umbral de la puerta y se puso un impermeable. La lluvia era torrencial, y no quería que por nada del mundo se fuera mojar ese portafolios, así que lo protegió bien bajo él. Cerrando la puerta con llave, corrió hacia su auto, sin dirigir una última mirada a la que por tanto tiempo había sido su casa. Arrojó al portafolios al asiento del copiloto, entró apresuradamente y cerró la portezuela.

Una vez dentro, hizo una llamada desde su teléfono celular a la única persona que sabía de sus planes: un oscuro sujeto al que había conocido hacía algún tiempo, y a quien había contratado para que durante semanas espiara a Lucía y Alejandro. El hombre no tenía demasiados prejuicios y era ambicioso, así que no había tenido problema alguno en convertirse en su cómplice, aunque los últimos días había manifestado estar nervioso y deseoso de terminar ese asunto de una vez. Era él quien cerca de una hora antes le había avisado a Juan que su esposa y Alejandro acababan de entrar a la cabaña donde acostumbraban verse para continuar su adúltera aventura cada vez que Juan no estaba en la ciudad. Una cabaña que era de su propiedad, y que él ingenuamente le facilitaba a Alejandro para que llevara ahí a sus conquistas y compañeras de juerga… sin saber que Lucía era una de ellas. Maldito infeliz.

- ¿Ya estás ahí? –le preguntó Juan.

- Sí – le contestó el sujeto con voz estropajosa -, y está cayendo un pinche aguacero de los mil diablos….estoy todo mojado… No veo a nadie; ni a tu suegra ni a tu hijo, aunque las luces están encendidas… ¿falta mucho para terminar con esto?

- ¿Me vas a decir que estás nervioso? No hay nadie más que Danielito y mi suegra… tú quédate tranquilo. No vas a tener ningún problema.

- No estoy nervioso por eso. A esos dos los liquido sin problemas… pero, no sé… siento como si alguien se fuera a dar cuenta… como si fuera a llegar la policía en cualquier momento.

- No seas idiota. ¿Cómo habrían de saber ellos? Nadie sabe dónde estás tú, ni dónde estoy yo.

- Pues sí… pero es que también eso de andar cargando con un muertito en el carro me pone algo nervioso… con este clima y con eso en el asiento, me da algo de miedo…

- ¿Miedo, tú? ¡Jajajajaja! ¡No me hagas reír! ¿Desde cuándo te dan miedo los muertos? ¿A cuántos no has matado? Y ahora me sales con esto… ¡por favor!

- Pues sí, aunque te rías, tengo miedo. No es lo mismo matar a alguien, que estarlo cargando contigo… Por eso quiero acabar con esto ya. ¿Ya vas en camino?

- Aún no, pero ya estoy en el auto – al decir esto, un relámpago iluminó la noche, e inmediatamente se dejó escuchar un potente trueno -. Esto se está poniendo feo, pero me conviene… así sé que no saldrán de la cabaña.

- Yo nomás te digo que si no te apuras, me largo de aquí. El diablo anda suelto, y no quiero que me agarre con un difunto en el coche. Así que a ver si te vas apresurando…

- Tú tranquilo, ya voy para allá. Todo está bajo control –Juan pudo percibir la preocupación del hombre a través de la línea telefónica; si no se daba prisa, todo podría echarse a perder por la cobardía de aquel idiota… así que decidió tranquilizarlo -.Es más, si tanto miedo tienes y quieres largarte, te digo que si en una hora no te llamo de nuevo, puedes irte a la chingada y hacer lo que quieras.

- ¿Una hora? ¿Tanto vas a tardar en llegar? ¡Nada!… Si en media hora no me llamas, me largo de aquí…¿entendiste?

Imbécil. Ahora iba a resultar que le quería poner condiciones. Si no fuera porque lo necesitaba por esa noche, en ese mismo momento lo mandaba a la mierda. 30 minutos… estaba bien. Tenía tiempo de sobra para llegar y terminar con aquello, pero debía darse prisa.

- Está bien – concedió Juan -. Si dentro de media hora no te llamo, te largas. ¡Pero no me vayas a fallar! ¡No te vayas a ir antes! La media hora empieza a correr en cuanto cortemos, ¿ok?

- Ok… en cuanto me llames, me meto a la casa y lo hacemos… apúrate. Cada vez llueve más fuerte.

- Bien, bien… no te desesperes; aguanta ahí un rato, ya te llamo. Hasta luego.

Y cortó la comunicación. Arrojó el teléfono sobre el tablero y encendió el auto. Con los limpiabrisas funcionando rítmicamente, salió hacia la calle desierta. La lluvia era cerrada, y apenas podía distinguir bien el asfalto. La excitación, la expectativa ante su inminente desquite, hacía que el corazón le saltara en el pecho. Alargó una mano, y atrajo el portafolios hacia sí. Apenas podía esperar el momento de ver la expresión en la cara de Lucía cuando viera lo que llevaba en él… y sonrió levemente, disfrutando por adelantado el momento que le esperaba.

Llegó a un semáforo, y apenas pudo distinguir que la luz era roja, y se detuvo, a pesar de que no había nadie más aparte de él conduciendo. No importaba. Tenía tiempo aún. Unas cuantas calles más y saldría hacia la carretera que llevaba hacia las afueras de la ciudad y hacia las cabañas donde estaba aquella en las que su esposa y su rival seguramente se estaban riendo de él en esos momentos. Todo lo tenía calculado con frialdad… con una frialdad terrible. Nada podía fallar.

La espera de tantos meses estaba por llegar a su fin, y con ella acabaría la humillación y el despecho que había soportado todo ese tiempo. Lucía tendría que estar disfrutando ahora, porque dentro de unos minutos sólo conocería el dolor y la impotencia… y la sorpresa de ver a su maridito convertido en el implacable verdugo de su vida. Ellos habían acabado con su existencia… ahora él acabaría con la de ambos. La vida termina no cuando mueres, sino cuando dejas de tener un motivo para vivirla. Y ellos se habían encargado de matar sus motivos para seguir adelante. Ya no le importaba otra cosa que lavar su orgullo pisoteado.

En la guantera del auto guardaba una pistola, y no le temblaría el pulso para usarla. Pero tenía pensado matar sólo a Alejandro; ese miserable traidor no merecía otra cosa que ser asesinado como a un perro. Lucía no tendría tanta suerte… la iba a hacer desear que la matara…iba a hacer que le implorase que le disparara, o incluso ella se suicidaría… y él iba a disfrutar eso. Pero antes de morir, moriría mil veces en vida cuando viera el contenido del portafolios… oh, Dios, iba a ser maravilloso…

La luz cambió a verde, y prosiguió su marcha en medio de la tormenta. Su plan era sencillo, pero efectivo: en esos momentos todos creían que él estaba de viaje rumbo a la capital, pero su auto lo tenía escondido su cómplice a varios kilómetros de ahí, en un monte cercano a la carretera, listo para ser arrojado por la ladera de un cerro en una curva bastante peligrosa que él mismo había escogido. En unos cuantos minutos recogería a una prostituta a la que había contratado previamente, y a la que mataría sin miramientos. Cuando él llegara a la cabaña donde Lucía y Alejandro se encontraban, abriría con su propia llave y, aprovechando el cobijo de la tormenta, asesinaría a sangre fría a su examigo, para entonces amenazar a su infiel esposa con correr la misma suerte si hacía un escándalo…aunque no tenía pensado matarla por el momento. Entonces la amordazaría y la ataría a una silla, para que disfrutara el espectáculo de ver cómo acomodaba los cuerpos de Alejandro y de la prostituta en la habitación. Ambos semidesnudos… porque se supondría que aún no habían tenido relaciones sexuales.

Esa era la parte difícil. El resto era sencillo. Guardaría la pistola para el momento apropiado. Entonces llamaría a su cómplice y éste procedería a entrar a la casa donde se encontraban su suegra y su hijo y, con la comunicación aún abierta en el teléfono, Juan lo colocaría cerca de su esposa para que escuchara cómo su madre era asesinada cruelmente.

Dejaría que transcurrieran unos minutos para disfrutar viendo a Lucía llorar por lo que pasaba. Y entonces pondría la pistola cerca de ella y, al tiempo de desatarla, le diría que disponía del arma para decidir su destino: podía usarlo para dispararle a los cadáveres y después pegarse ella misma un balazo, salvando así la vida de Danielito; o podía descargarla en la humanidad de su esposo y descargar su furia... sólo que al hacerlo el pequeño correría la misma suerte de su abuela. Y, para ayudarla a tomar una decisión, Juan le ayudaría mostrándole el contenido del portafolios… su querida esposa no podía abandonar este mundo sin verlo… y moría por ver el rostro de su mujercita al hacerlo… sí, apenas podía esperar ese momento. A Juan no le quedaba la menor duda de que Lucía preferiría matarse antes que permitir que le hicieran algo a su hijo.

La escena quedaria entonces como un crimen pasional cometido por ella al encontrar a su amante con otra mujer. Las huellas en el arma asesina serían las de ella. Los peritos sabrían que en su mano estaba la prueba de que Lucía había disparado la pistola.

En la casa de su suegra, esa misma noche, los ladrones habrían entrado para robar, enfrentando resistencia de la anciana, a quien habrían matado junto a su nieto de cuatro años, huyendo con el botín. Lo siento mucho, Danielito. Tú no tienes la culpa, pero te odio. Te amo. Y te odio por amarte. Pero ya no puedo verte.

A varios kilómetros de ahí, en el fondo de un precipicio, encontrarían el auto y el cuerpo carbonizados de Juan. Al menos así lo dirían la licencia de conducir, las tarjetas bancarias y la credencial de elector que se encontrarían cerca del lugar del accidente, junto con su billetera y algunos documentos del trabajo. Verdaderamente una noche de tragedia y pesadilla para esa desafortunada familia.

Mientras, Juan y su nueva identidad falsa se encontrarían muy lejos de ahí, disfrutando su malsana venganza. Y, ¿por qué no?, buscando reiniciar una nueva vida. Una nueva vida donde no hubiera lugar para esposas infieles… ni para amigos traidores… ni para hijos bastardos… Sí… eso sería fantástico.

Juan miró su reloj y vió que debía darse prisa. Un par de cuadras más adelante ya debía estarlo esperando la desdichada prostituta que no sabía lo que le esperaba, y si se demoraba demasiado, el infeliz de su cómplice le echaría a perder el plan huyendo de la casa de su suegra. Y no podía darse ese lujo. Mientras aceleraba un poco, acarició casi con amor el portafolios que durante tanto tiempo había esperado ser utilizado, y una sonrisa diabólica y enloquecida se dibujó en su rostro. La tormenta era formidable. Apenas si permitía ver.

Sin embargo, un relámpago cuyo enceguecedor fulgor lo iluminó todo por una fracción de segundo, le permitió ver a la distancia a la ramera que, guarecida bajo la cornisa de una casa, lo esperaba en la siguiente cuadra. Juan sintió una viva y avasalladora emoción casi sexual. El momento al fin había llegado. Abrió la guantera para sacar el arma y utilizarla en cuanto aquella mujer subiera al auto, mientras cruzaba la avenida que lo separaba de ella…

…Cuando en eso, y surgido de la nada, un pesado camión conducido a toda velocidad que Juan no advirtió, lo impactó violentamente en un costado, arrastrando varios metros el frágil automóvil y estrellándose ambos contra el muro de un edificio cercano, ante la mirada atónita de la prostituta, que lanzó un grito y, tras unos segundos, huyó del lugar.

Juan murió al instante.

Y con él, su meticuloso plan de venganza, su odio enfermizo, su misterioso portafolios y su crimen perfecto.

Pobre Juan. Pobre e infeliz Juan.

Disfrutó en vida, aunque sólo en su imaginación, una venganza que la muerte le impidió realizar.

No te esfuerces en hacer muchos planes, Juan. Nadie vive ni muere antes de tiempo.

Y, como dijo Jesús a Judas: “lo que vais a hacer, hacedlo pronto”.

UN DESEO CUMPLIDO

Era aún de madrugada cuando Juan abrió los ojos. Lo supo al ver el reloj sobre la mesita de noche, que indicaba las 4:00 A.M. La habitación estaba a oscuras, pero extrañamente podía verlo todo con claridad; se sentía de maravilla y eso lo desconcertó por dos razones: una, porque siempre tenía mal despertar, sintiéndose malhumorado y cansado; y dos, porque la noche anterior se había dormido furioso, después de reñir con su esposa María por enésima vez en los últimos meses. O sea, lo lógico habría sido que abriera los ojos esa mañana sin ganas de absolutamente nada... o con deseos de permanecer en cama dormido... o que se hubiese despertado con un humor de los mil demonios al sentir el cuerpo dormido de su esposa junto al suyo.

Pero, extrañamente, no era así. Se sentía muy bien, extraordinariamente bien. María, dándole la espalda en la cama, aún dormía profundamente. Juan la miró y, contrario a lo que sentía horas antes, pensó que la amaba con todo su corazón. Depositó un beso en su mejilla y se levantó rumbo al cuarto de baño.
A pesar de ver con toda claridad, encendió la luz; se miró al espejo y tuvo que aferrarse al lavabo para no caer por la impresión... ahí estaba su imagen, devolviéndole la mirada de asombro e incredulidad desde su mundo del revés...pero no era exactamente él. Mejor dicho, sí era él, pero la imagen mostraba a un Juan muy cambiado... un Juan con un rostro impecable, sin ninguna imperfección en la piel, y con un maravilloso corte de cabello. ¿Dónde estaba la cicatriz que una riña de juventud había dejado en su ceja izquierda? ¿Dónde estaba la barba crecida que cada mañana debía afeitar?
Y su cuerpo... unas horas antes era uno del montón, con una ligera barriga cervecera y la postura algo encorvada, pero ahora era firme, marcado, con una musculatura que, sin ser escandalosa, era en verdad digna de llamar la atención. Juan cerró apresuradamente la puerta y le puso seguro. ¿Qué estaba pasando?

Se sentó en la tapa del WC e intentó descifrar aquello. No pasó mucho tiempo antes de que recordara algo que pensó antes de quedarse dormido, y un sueño que había tenido esa misma noche. Hacía unas horas María y él habían discutido como casi todas las noches; ella, como siempre, hacía énfasis en los defectos de Juan, sólo que ahora había ido demasiado lejos y le había gritado que se arrepentía de haberse fijado alguna vez en él. Que lo mejor que podía hacer por ella era dejarla viuda... Y eso lo había lastimado más que cualquier cosa. Porque no se lo había gritado una, ni dos veces, sino cuatro o cinco, no podría asegurarlo. Para el caso daba lo mismo.

El escuchar eso le había dolido profundamente y sintió que la odiaba con toda su alma. Apenas pudo contener las lágrimas de despecho, dolor y frustración que pugnaban por asomar a sus ojos. Había salido de su casa dando un violento portazo y había caminado cerca de una hora en el parque que había cerca de ahí. Cuando regresó, María se había dormido ya; el sólo mirarla lo llenó de rencor y furia, y se preguntó qué demonios había sucedido con ellos, que se habían amado tanto al principio, y qué hacía casado con ella. Minutos después se metió a la cama, junto a ella, procurando no tocarla, y se dispuso a dormir, meditando.

Recordaba haber deseado empezar de nuevo, pero luego se dijo que eso sólo los llevaría al mismo punto donde estaban ahora. Por su mente pasó el querer no haber conocido jamás a María, pero no podía engañarse a sí mismo, ya que ella había sido la única mujer que en realidad había amado. Mientras sentía caer en un pesado sueño, recordó haber pensado que a ella le molestaban sus defectos... y deseó ser todo aquello que él había soñado ser para ser digno de ella... deseó ser perfecto... deseó poder cumplirle sus deseos... y cayó profundamente dormido.

Luego tuvo un sueño donde él estaba en lo alto de una montaña, mirando el horizonte, y una voz surgida de todos lados y de ninguno al mismo tiempo, acompañada de una misteriosa luz, le preguntó qué deseaba en la vida.
- Ser feliz con mi esposa -dijo él sin dejar de mirar el horizonte.
- ¿Y sabes cómo lograr eso?
- Creo que sí. Siendo perfecto. No lo soy, y me gustaría serlo para que me ame otra vez.
- ¿Acaso crees que puedes saber lo que el ser perfecto significa? ¿Has conocido a alguien que lo sea?
- No, no he conocido a nadie perfecto. Pero sé lo que me gustaría ser y hacer para alcanzar eso en mi concepto. Y estoy seguro que éso es lo que deseo. Quiero poder darle lo que ella me pida. Quiero que me ame como nunca antes.
- Muy bien. Creo que lo has pensado durante mucho tiempo. Cuando se oculte el sol y bajes de la montaña verás un cambio en tí. Será como tú deseas. Debes ser inteligente para saber lo que debes hacer.
Y después sólo se oyó el sonido del viento entre las rocas. Juan había empezado a descender la montaña cuando todo se empezó a desvanecer. Luego, no supo cuánto tiempo después, despertó. Y ahora se encontraba sentado esa madrugada sobre la tapa del WC, confundido, sin saber qué hacer. Decidió darse un baño para aclarar sus ideas y pensar bien qué debía hacer.
El agua recorría su cuerpo, y él no podía menos que asombrarse de su perfección: era sencillamente el físico que siempre había soñado poseer. Ni una uña siquiera estaba mal recortada. Se lavó la cara y, al enjuagarla y abrir los ojos, vio que el cuarto de baño había cambiado... ahora era uno mucho más grande, lujoso... también como siempre lo había deseado. ¿Estaría soñando? ¿Sería así de sencillo como tantas personas resolvían su vida, cuando él las miraba en sus coches y fiestas? No lo sabía y poco importaba, porque al menos a él así le estaba sucediendo.
Mientras se secaba con una toalla con sus iniciales bordadas con hilos de oro, se sorprendió a sí mismo con la claridad que ahora estaba pensando. No se cansaba de mirarse en el espejo, presa de un repentino narcicismo que jamás había experimentado, pero que él sentía justificado en esos momentos. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan bien... nunca había lucido tan bien... y sabía que, a juzgar por el nuevo cuarto de baño, nunca había tenido tanto dinero... ¡era todo tan perfecto que le costaba trabajo el creerlo aún! ¿Cómo se podía ser tan afortunado? ¡Había sido tan sencillo!
Salió a la aún reinante oscuridad del pasillo y pudo apreciar que el resto de la casa era acorde a su nueva condición, impecable, con lujosos acabados y mucho más espaciosa que hacía unos minutos. Feliz, ingresó a su recámara para acurrucarse un rato junto a María... ¡al fin podrían ser lo que solían ser antes, un par de enamorados!

Se acomodó junto a ella e intentó abrazarla, pero ella se revolvió y se zafó lentamente del abrazo, dormida aún, sin mirarlo, sin abrir los ojos siquiera. Juan la miró con ternura, y pensó en la sorpresa tan grande que se llevaría cuando despertara y viera el nuevo mundo en que ahora vivían. Se acercó a ella para darle un beso en la mejilla... no, mejor se lo daría en los labios...de hecho, empezó a sentir un gran deseo de hacerle el amor en ese mismo momento; así lo decía el enorme y pétreo bulto que se formaba bajo sus calzoncillos. Juan sonrió, orgulloso. Con su nuevo estado sería todo un Don Juan para satisfacerla como nunca antes. La deseaba... la necesitaba... devoraba con la mirada su figura, que se adivinaba bajo las sábanas. Se acercó aún más y, descubriéndola lentamente de la tenue barrera de las sábanas, posó lentamente sus labios sobre los de ella y al mismo tiempo acarició con su mano uno de sus muslos...
Y, en ese instante, sucedieron dos cosas simultáneamente: María despertó, algo sorprendida, abriendo sus labios carnosos y correspondiéndole el beso con pasión... y Juan se sintió inmensamente confundido... porque sintió una súbita e inesperada repulsión por ella.

Estaba asombrado por el cambio tan evidente de la actitud de su esposa para con él; señal inequívoca de que el milagro había obrado también en su corazón...a la par que María lo besaba con verdadero fuego, murmuraba cuánto lo amaba una y otra vez. Sin embargo, la atención de Juan no estaba ni en sus besos ni en sus palabras. Estaba en sus propias manos, que intentaban acariciar los muslos de su esposa, y en su rostro, que miraba con repugnancia la cara transformada por el deseo de María. Y es que sus manos recorrían la piel de ella, y podía sentir los ligeros vellos de su pìel, y los que crecían en las pantorrillas con uno o dos días sin depilar de su mujer... y luego estaba su boca, en la que, entre el aroma del enjuague bucal y la pasta dental de la higiene nocturna, se advertía el ligero, pero ahora insoportable para él, mal aliento matutino... ¿Qué demonios estaba sucediendo?

Nunca habían sido obstáculos para él. Jamás. Pero ahora no podía desviar su atención de ellos. Pensó con algo de temor que eso afectaría su erección, por lo que decidió terminar con eso de una vez, para relajarse y tener tiempo de reflexionar sobre todo aquello. Apresuradamente, se situó entre las piernas de María, que anhelante lo esperaba... pero no pudo dejar de ver su cicatriz de cesárea en su bajo vientre... sus pechos, que habían perdido la firmeza de antaño... su cabello alborotado y revuelto... y ya no pudo más. Fué demasiado para él.

Pretextando un malestar estomacal, se retiró bruscamente del lecho y se precipitó al cuarto de baño nuevamente. Su respiración era agitada, y el corazón le latía con violencia en el pecho. ¿Qué le ocurría? ¿Por qué estaba reaccionando así? Se miró de nueva cuenta en el espejo, y entre su marasmo mental sintió algo de alivio al ver su nueva anatomía, perfecta. Ni uno solo de sus cabellos se había movido de su lugar, y la tensión que sentía marcaba levemente su musculatura. Se sentó de nuevo en la tapa del WC, y escondió su rostro entre sus manos... todo era perfecto... su cuerpo era como siempre había deseado... su casa era aún mejor de lo que jamás soñó... su esposa ardía de pasión por él en esos momentos en su cama, y le había repetido muchas veces que lo amaba... ¿por qué la repelía, entonces? ¿Acaso no era todo aquello lo que siempre había anhelado?

- Amor... ¿te sientes bien? -le preguntó ella al otro lado de la puerta, tocándola con los nudillos suavemente -. Anda... te estoy esperando... te quiero ahora mismo... te deseo... te amo...
Juan miró nervioso la puerta, como temiendo que ella pudiera entrar repentinamente. Y estaba seguro de que no soportaría verla... cada segundo que pasaba lo hacía sentir que no podía tocarla... no podía mirarla siquiera. Incluso su voz se le antojaba chillona y desagradable, comparada con la suya propia de hoy, tan profunda y bien entonada. Supo que debía pensar en algo. Y rápido.
- Ahora estoy contigo, mi vida. Sólo tengo un pequeño malestar. Regresa a la cama y espérame... te daré una mañana como siempre la has soñado.
- Está bien, amor. Apresúrate... te necesito. No sé qué me diste hoy, pero tengo que tenerte a mi lado.
Juan escuchó con nervioso alivio el sonido de los pasos de María, que se dirigían a la recámara. Sin embargo, él estaba absolutamente seguro de una cosa: él no podía volver ahí. Se puso de pie y por enésima ocasión esa mañana se miró en el espejo. Ahí lo comprendió todo.
Él ahora era perfecto. Era todo lo que había soñado ser. Era lo que había pedido en su sueño. Su mundo material se había transformado para adaptarse a sus deseos. Incluso su propia anatomía se había modificado, y la actitud de su esposa había cambiado conforme a sus deseos, mas no su cuerpo. Y seguramente los demás, allá afuera, continuarían de la misma manera, con sus cicatrices, sus cortes de pelo horrorosos, sus olores corporales, sus defectos físicos. Y él, con su mente hoy iluminada, comprendió que en su perfección no podría tolerar algo menos que eso. El mundo ahora le quedaría chico. Si no podía soportar a su esposa, a la que amaba... ¿qué podía esperar del resto de la gente?
Como un relámpago visualizó un futuro donde debía soportar la imperfección de los demás. Donde tendría que hacer un esfuerzo supremo para ocultar su verdadero sentir hacia su esposa. Donde su rostro perfecto sería sólo la máscara del infierno que ardería en su interior día con día. Y, algo que lo hizo estremecer... siendo perfecto... ¿sería inmortal? ¿Tendría que soportar todo aquello eternamente?
Miró sus ojos claros en la imagen del espejo, y la desesperanza se asomó a ellos. Supo entonces lo que debía hacer. Había deseado poder cumplirle los deseos a su esposa, y eso mismo iba a hacer en ese momento. Mientras apretaba ambos puños y una lágrima de triste resignación resbalaba por sus mejillas, creyó ver en el reflejo una misteriosa luz... y le pareció escuchar una voz...
María lo esperaba impaciente en la cama, ardiendo de deseo, cuando oyó un estrepitoso ruido de un cristal que se rompía. Se levantó rápidamente y corrió a ver qué sucedía. El ruido provenía del cuarto de baño. Mientras se acercaba, pudo escuchar un quejido doloroso, seguido del sonido sordo de un cuerpo al caer, llevándose consigo el cortinero de la regadera.
- ¡¡¡Juan!!! ¡¡¡Juan!!! ¿¿¡¡Qué sucede!!?? ¡¡¡Respóndeme, Juan!!! ¡¡¡Mi amor!!! -gritó María desesperada, mientras golpeaba con desesperación la puerta, empujándola, intentando inútilmente de abrirla.
En el interior, Juan, desplomado sobre el piso del baño, intentó responderle, pero no pudo. Su garganta cortada por un fragmento de cristal del espejo, hacía que se ahogara con su propia sangre, salpicándolo todo a su alrededor y formando un espeso charco bajo él.
Y, mientras sentía desvanecerse, más y más débil cada vez, escuchaba los gritos histéricos de su esposa y mentalmente le pidió que lo perdonara por hacer aquello. Era perfecto... pero su perfección haría insoportable su vida en este mundo... y ella merecía a alguien mejor. Irónicamente, merecía a alguien mejor que este hombre perfecto, pero que jamás la haría feliz.
Pero pensó que, al menos, se apartaba de su camino por el inmenso amor que sentía por ella. Y que, mientras todo se oscurecía a su alrededor y sus gritos se hacían más y más sordos tras la puerta, él le había cumplido un deseo que le había externado tan vehementemente unas cuantas horas antes...
La dejaría en paz para siempre... la dejaría viuda. Y podría al fin ser feliz con otro hombre...
¡Dios, cuánto la amaba!

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