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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

RELATOS

Por Gonzalo Coto Fernández
johnzalo@yahoo.es

DOCE ROSAS

Allí estaba ella, inmóvil sobre aquella cama, con su palidez resaltada por las impolutas sábanas blancas que la rodeaban. A su alrededor, todo tipo de extraños aparatos médicos no paraban de emitir insolentes sonidos mientras los tubos que la mantenían con vida se estiraban hasta su cama, introduciéndose en su cuerpo y robándole parte de su deliciosa humanidad. A su lado, sus padres y hermanos la observaban con los ojos inundados en lágrimas, lamentando el día en el que aquel triste suceso había irrumpido en sus vidas de tan brusco modo, descubriéndoles la fragilidad de la existencia humana. Aquel trágico accidente de autobús había estado a punto de acabar con la vida de su pequeña, y aunque Ellen seguía viva, los esfuerzos de los médicos no conseguían resultados positivos y permanecía en un profundo coma que amenazaba con arrancarle los pocos restos que aún poseía de su vida. Su hermana más joven, horrorizada ante la imagen que se encontraba ante ella se derrumbó en lágrimas, abrazándose a John, uno de los mejores amigos de Ellen, que había estado con ella desde el accidente.

La tristeza se apoderaba de la habitación. Nadie podía creerse lo que estaba ocurriendo. El doctor les había advertido de la necesidad de un trasplante urgente de algún tipo de organismo o materia que el padre no había logrado memorizar. Había insistido en que era una operación muy delicada en la que el donante podría correr grandes riesgos, y que eso reducía de modo drástico las posibilidades de conseguir uno. El padre se había ofrecido en el acto para dicha operación, pero el no era apto para ella. Los días seguían pasando, lenta pero inexorablemente, y toda esperanza parecía perderse con ellos.

Pero cuando ya todo estaba perdido, y la familia comenzaba a comprender que no podrían recuperar a su hija, un rayo de esperanza golpeó tras las nubes de la desesperación sobre la familia de Ellen. Un donante había decidido ofrecerse voluntario para la operación, y esta había sido realizada con éxito. El milagro había acontecido y todos esperaban ansiosos al pie de la cama de Ellen a que esta abriera los ojos. El padre besaba una y otra vez una pequeña medalla que llevaba al cuello con una imagen de Cristo en ella, agradeciendo entre murmullos al señor lo que no podía ser otra cosa más que un milagro. En ese momento Ellen abrió los ojos. Todos se agolparon alrededor de ella.

"d..dd..dond..e estoy…?" pregunto aturdida.
"Tranquila, todo va bien, estas con nosotros, con tu familia" contestó el padre entre lágrimas, justo antes de que la madre se abalanzara sobre ella en un abrazo cargado de dolor y alegría, el sabor agridulce de una victoria a la muerte.

Todos se abrazaron y celebraron su recuperación, mientras le explicaban a Ellen los motivos por los que había acabado en aquel hospital. Tras unos minutos de charla, el doctor obligo a todos los familiares a abandonar la habitación, argumentando que la paciente necesitaba descanso. Estos asintieron de mala gana y se fueron.

Cuando se encontró sola, Ellen observó a su alrededor. Las frías paredes de la habitación que se encontraba contrastaban con el intenso rojo de un ramo de rosas que se encontraba en la mesita, justo a su lado. Acerco su mano a ellas, y tras rozar los pétalos de una de ellas, recogió la tarjeta q se encontraba sobre la mesa. "Por tu pronta recuperación" leyó en ella. Firmado: John. ¡Ah, seguramente las habrá dejado hoy mismo! Ellen sonrió al recordar a aquel chico tímido y asustado que era su amigo. Siempre cerca de ella, siempre con una palabra de ánimo cuando las cosas se ponían feas…

Las semanas de recuperación fueron pasando poco a poco, y pronto llego la hora de que Ellen volviera a su casa. Allí estaba toda su familia, esperándola para recibirla con una gran ovación. La alegría se había apoderado de cada esquina de aquel pequeño apartamento en el que antes la desolación había instalado su pesada carga. Todos sonreían y cantaban, intentando abrazar y besar a la recuperada hija perdida. Ellen preguntó por sus amigos.
"te están esperando en el bar para darte la bienvenida" apuntó su madre. Ellen sonrió. Estaba deseando verles. Se puso algo de ropa más adecuada para la ocasión, y tras despedirse de su familia se fue al bar en el que solían parar habitualmente.

Cuando llego todos se abalanzaron sobre ella. La locura era colectiva. Casi no podía respirar ante tal alud de efusividad.Ellen miró a su alrededor en busca de John, estaba deseando abrazarlo, y agradecerle su constante preocupación. No lo vio. Todos se extrañaron al percatarse, tras preguntar ella por él, de que no estuviera allí. "No nos habíamos dado cuenta. Como suele ser tan tímido a veces ni sabes si está o no" dijo alguien entre risas. Ellen sonrió. ¡Que cierto era aquello! John era uno de esos chicos que disfrutaba escuchando a las personas. A veces pasaba tan desapercibido que parecía que tenía el don de hacerse invisible. Sin embargo, era muy extraño que no estuviese allí. Siempre era extremadamente puntual.

El teléfono móvil de Ellen interrumpió sus cavilaciones. "ahí está. Seguro que llama para advertir que se retrasa por algún motivo importante" pensó. En el momento en el que lo descolgó, un murmullo gélido atravesó la mesa en la que todos estaban sentados, mientras Ellen palidecía hasta casi convertirse en un espectro. Una lágrima resbaló por su mejilla.

"¿Qué ocurre?" preguntó preocupado uno de sus amigos.
"Es John" dijo ella balbuceando aturdida "ha muerto""una complicación en un trasplante reciente"
Todos se quedaron boquiabiertos. ¿Un trasplante? ¿De que? Solo Ellen sabía la respuesta a esa pregunta, y sus lágrimas impedían que las palabras pudieran salir de su boca.

A la mañana siguiente se celebró el funeral. Era un día gris, amenazante de lluvia. Los familiares y amigos fueron uno a uno abandonando el cementerio. Ellen espero hasta el final, y cuando ya no quedo nadie, se acercó a la tumba y depositó sobre ella un ramo de doce rosas del rojo más intenso que nadie jamás hubiera imaginado, el rojo de su propia sangre.

LA PARADA

Dos semanas más tarde, John había vuelto a aquella misma parada en la que entonces su vida había perdido todo sentido. No sabía exactamente que era lo que le había empujado a volver a aquel viejo pozo de recuerdos, aquel hogar de viejos fantasmas que aún merodeaban por su vida.

Dos semanas antes, la especialmente fría y oscura noche de aquel maldito sábado de lluvia y tristezas, observó como ella se había subido a uno de aquellos taxis que ahora observaba con melancolía, y había desaparecido de su vida para siempre, llevándose con ella la única posesión que alguna vez él pudo poseer: su alma.

Y ahora volvía allí en busca de una pista para encarar su destino con seguridad, de un destello que pudiera orientar su vida de nuevo.

Se sentó en uno de los viejos bancos de madera de la plazuela contigua a la parada. Sacó su paquete de cigarrillos, confesor de todas sus penas, de uno de sus inmensos bolsillos, y se llevó uno de los cigarrillos a la boca. Le encantaba el tabaco. Le resultaba irónicamente similar a su vida. "Gastas tu dinero en uno de estos paquetes, lo disfrutas en el momento, y cuando te das cuenta no tienes más que humo diluyéndose a tu alrededor. Todo en lo que has invertido no ha sido otra cosa que humo que, al igual que tus sueños y esperanzas, se diluye a medida que pasa el tiempo" solía decir.

Encendió el cigarrillo y volvió a observar aquella maldita parada a través de las oscuras gafas de sol que defendían la intimidad de sus ojos, aún rojos y doloridos por el llanto, aún vacíos por la ausencia de esperanzas, aún perdidos por la falta de su imagen al lado de la de él.

Cerró los ojos y comenzó a escuchar los recuerdos que comenzaban a saltar a sus oídos. Oyó las risas ocultas tras el polvo del pasado, las anécdotas desgastadas por el tiempo, los lamentos de las muchas noches sin dormir velando su ausencia acallados por el peso de las horas, las primeras lágrimas derramadas evaporadas ya en el árido desierto del presente... Los fantasmas volvían a él, y le impedían poder pensar en algo que no fuera el final de los únicos momentos de gloria y felicidad que había logrado disfrutar en su vida.

Se llevó la mano a la oreja y notó en ella el frío tacto de un objeto extraño hasta hacía pocos días insertado en ella. ¿Por qué había llegado hasta allí aquel pendiente? Sus labios ni siquiera se molestaron en articular palabras para responder a aquella pregunta. La respuesta era terriblemente evidente.
La noche comenzaba a caer, y una fina capa de lluvia invadió la ciudad, como lanzando atrás en el tiempo al dolorido John, devolviéndolo a aquel terrible sábado.

"Lo siento". Aquellas palabras volvían de nuevo a su cabeza. Se estrellaban una y otra vez contra las paredes de su cráneo, impidiéndole descansar. Se paseaban por sus venas, envenenando su corazón y marchitando su vida. Se clavaban en sus oídos, inundaban sus ojos.

Encendió un nuevo cigarrillo, exhaló una gran bocanada de humo y musitó involuntariamente aquellas palabras: "Lo siento".

Las primeras luces comenzaron a encenderse, y el agua ya había atravesado todas las capas de ropa que llevaba encima, inundándole el alma, ahogando sus pulmones, entumeciendo cada uno de sus ya doloridos huesos. Comenzaba a ser tarde.

Una chica se acercó. John levantó la cabeza y observó la preciosa figura que se presentaba ante él. Sus cabellos rojizos caían sobre sus hombros de manera cadenciosa con cada movimiento que hacía. Sus ojos brillaban con un precioso tono azul, y su sonrisa delataba la presencia de todos y cada uno de sus dientes.

"Perdona. Te he visto ahí sentado durante mucho tiempo. Me estaba preguntando si esperabas a alguien" dijo con una preciosa voz.

John se levantó y la observó por unos segundos más. Era preciosa, realmente lo era. Intentó sonreír sin mucho éxito, logrando forzar una extraña mueca con las comisuras de sus labios. Al final consiguió articular unas palabras.

"No, creo que ya no"

Después se despidió cortésmente, aunque de manera un tanto precipitada, y comenzó a caminar calle abajo mientras la lluvia continuaba cayendo sobre la ciudad y las luces de neón jugaban con su sombra. No miró atrás. Nunca más volvería a aquella parada.

Pero aquella noche, mientras descendía por las ya solitarias calles de la ciudad, sus últimas lágrimas resbalaron por sus mejillas mientras sus labios volvían a repetir temerosos y entre susurros aquellas palabras, ocultándolas en las sombras que la noche proporcionaba a los solitarios en cada esquina que doblan:

"Lo siento".

Y ya no quedó más de él. Tan solo unas pocas líneas en una página de sucesos. Unas iniciales que ocultaban sus rasgos bajo las frías palabras del diario. Una crónica de veinte líneas que intentaba resumir sus veinte años de existencia.

Tan solo un susurro, tan solo un pequeño punto. No más que un estúpido número. Y sobre todo, dos palabras:

"Lo siento".

 

EL VIAJE

John apoyó su cansado cuerpo contra la vieja y oxidada barandilla de aquella tétrica estación. Sus manos temblorosas rebuscaron nerviosamente en el bolsillo de su pantalón hasta encontrar aquel arrugado paquete de tabaco ya agonizante. Sacó un cigarrillo y se lo llevó a la boca. Después acercó el encendedor y observó como el extremo de este comenzaba a arder, exhalando tras ello una gran nube de humo que pronto desapareció en el oscuro cielo de la ciudad.

Era un día caluroso, como solían serlo la mayoría de ellos en el mes de junio. El andén de aquella pequeña y oscura estación permanecía desierto, a pesar de que pronto llegaría un tren.

El tren. Durante muchos días aquella le idea había estado obsesionando y consumiendo cada minuto de su cada vez menos valioso tiempo. La duda permanecía en su interior, como una pequeña astilla clavada en su alma que aún le instaba a retirarse y abandonar.

Pero no, no iba a hacerlo. No ahora. Aquel tren era la solución que él necesitaba para todos los problemas que habían estado ahogándole en los últimos meses. Era el medio que debía llevarle lejos de todo aquello. Lejos de sus dolorosos recuerdos, lejos de su ya polvorienta infancia, lejos de su ya agonizante vida pasada... Y sobre todo, lejos de ella, de sus recuerdos. Definitivamente no podía perder aquel tren. Era su última oportunidad.

Un brillante punto de luz sacó a John de sus cavilaciones. El tren había llegado al andén y reducía su velocidad. Pronto se detendría.

John se sentó en la barandilla y aspiró fuertemente una nueva nube de humo, mientras las cenizas caían lentamente ante él. El cigarrillo se consumía, y con él su vieja existencia, incapaz de mantener una actitud hacia el futuro y de la que él intentaba huir. Sin embargo, su mente, aún indecisa, no conseguía asumir una decisión final.

El aire se comenzaba a convertir en irrespirable. Una gota de sudor resbalaba lentamente por los afilados ángulos de su pálida y delgada cara. Ni siquiera se percató de ella. Sus pensamientos estaban en otro lugar. Su mente intentaba repasar en cuestión de segundos sus últimos veinte años de vida, buscando en ellos una sola señal que le indicase la decisión adecuada.

El tren comenzó a acercarse al lugar en el que él esperaba, cogiendo lentamente velocidad. ¡Tenía que decidir, y tenía que hacerlo ya, o lo perdería para siempre! Absorbió una última nube de humo de su cigarrillo y lo lanzó enérgicamente contra el suelo. Sí, iba a coger aquel tren, no podía perderlo.

Cerró los ojos, sintió el corazón latir con fuerza, y uso toda su energía para saltar a la vía.

El tren ya estaba demasiado cerca. El conductor no pudo hacer nada, a pesar de que intentó de todas las maneras posibles frenar a tiempo. Era demasiado tarde. Aquel pesado gusano de hierro engulló por completo el cuerpo de John sin que nada ni nadie pudiera evitarlo.

Lo había conseguido. Definitivamente no había perdido aquel último tren.

Gonzalo Coto Fernández

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