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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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ARARENTEMENTE REAL

Por Gonzalo Coto Fernández
johnzalo@yahoo.es

APARENTEMENTE REAL

Solo tras haber experimentado la soledad sabes disfrutar de la compañía.

Continúo caminando. No puedo detenerme ahora, a pesar de que mi cuerpo no resista más este ritmo. Mi vida ha sido un constante caminar a ningún lado, un deambular cadencioso y tétrico, amargo y necesario, por el oscuro empedrado de mi existencia.

Levanto la cabeza y observo a mí alrededor. La vieja ciudad, languideciendo en un atardecer imposible, oscureciendo en sombras las ya de por si deprimentes calles que la conforman. El neón comienza a asaltar cada pequeño rincón, como una mancha de sangre que se expande lentamente por el afilado filo de un cuchillo. No ofrece el calor que la luz debiera ofrecer, pero en su lugar un débil halo espectral de muerte y horror, un tinte de mortecina palidez que inunda las calles y las ahoga en un escenario opresivo y desolador.

Continúo arrastrando mis cansados y heridos pies por el pavimento. El dolor punzante del vacío inunda cada vez más mi oscura alma, ya desgarrada por los fantasmas de un pasado incapaz de cicatrizar en mi mente. Continuo con a mirada fija en el entorno. Observo como cientos de seres de forma humana pero oscuros como la muerte deambulan a mí alrededor, mirándome fijamente. Huelo su muerte, huelo su terror. Sus vacíos cuerpos se mueven al ritmo de la macabra música que marcan sus putrefactos corazones, ahora lento, ahora rápido… Me observan fijamente. Son capaces de sentir mi cansancio, de oír mis gritos de desolación, de oler la derrota que me rodea. Esperan pacientes a que detenga mi camino.

Enciendo una nube contra los nervios y continuo mi lenta y amarga marcha. El humo dibuja extraños pensamientos ante mí mientras desaparece en un cielo en otros días estrellado y brillante, hoy oscuro como mi alma. Mis pies vuelven a quejarse ante su constante castigo. Mi mente insiste en que debería detenerme a descansar por un momento. Pero ¿Cómo detenerse ahora, después de 21 años de camino? No, no puedo detenerme, debo seguir mi camino.

Acelero el paso y me subo los cuellos de la chaqueta ante la fuerte brisa que comienza a soplar y que me llega hasta los mismísimos huesos. Entro en un parque. Las escasas luces me permiten observar en un estanque de putrefactas aguas algunos cisnes de blancos plumajes. Sin embargo, sus ojos inyectados en sangre se clavan en mi mente, me agobian, me presionan. Siento el miedo golpear cada pequeño rincón de mi cuerpo mientras observo como una pareja de esos muertos que siguen mis pasos se detienen ante ellos y les lanzan algo de comida. Los restos aún sangrientos de lo que debía ser algún tipo de carne caen sobre el agua tiñéndola de un mortecino color rojizo que comienza a extenderse por la orilla y empieza a teñir la vegetación que rodea el estanque. Me aparto aterrorizado y continuo mi camino mientras la pareja continua alimentando tan macabro escenario.

Salgo del parque y llego a una pequeña plazoleta en la que una estatua ecuestre aparece iluminada por una tenue luz verde. Una serie de bancos rodean la estatua. El calor comienza a ser agobiante, así que me quito la chaqueta y saco un pañuelo para limpiarme el sudor de mi frente. El pañuelo se tiñe de rojo con mi sudor. Mis manos enrojecidas con él, también, se tambalean sobre mi camisa intentando eliminar el horrible tono en esta, consiguiendo ensuciarla igualmente. El calor es realmente agobiante, mis pies no pueden más, mi cuerpo no resiste un paso más, es hora de descansar repite constantemente mi mente, un par de minutos sentado no pueden hacerte daño.

Me tumbo en uno de los bancos y siento como todo mi cuerpo se relaja sobre él. La luna ha aparecido en el oscuro manto que cubre la ciudad, pero con un horrible y espeluznante tono amarillento que me hace sentir nauseas. Miro de nuevo a mi alrededor y observo como cientos de esos seres comienzan a acercarse a mí. Se acercan lentamente, con una sonrisa en su cara, con un brillo diabólico en sus ojos. Han sentido mi derrota, han presentido mi final y se acercan dispuestos a abalanzarse sobre mí para acabar con mi ya renqueante y patética vida. Deseo levantarme y huir, pero mi cuerpo no me obedece, está demasiado agotado para hacerlo. Cada vez están más cerca y ya puedo sentir sus alientos fétidos sobre mí. Me observan con sus rostros bañados en la indiferencia, con sus sonrisas sarcásticas, muestra de una victoria largamente deseada. Al fin había caído, al fin era uno de ellos. Todo estaba preparado.

Mi mente se revela contra el cuerpo, me exige un movimiento, me exige que salga de allí, pero mi cuerpo parece no querer responder. Me revuelvo, me resisto, invierto mis últimas fuerzas y al fin, con un esfuerzo infrahumano, consigo levantarme. Los espectros a mi alrededor se apartan aterrados, siento el terror en sus miradas, el pánico en sus rostros. He conseguido vencerles una vez más. Me levanto dando tumbos y consigo reiniciar la marcha. Todos se apartan ante mi nuevo empuje, algunos incluso huyen emitiendo extraños sonidos guturales muestra de su terror.

Continúo caminando, un paso más, un metro más, un día más. Tan solo es cuestión de tiempo. Un día no podré levantarme de mi descanso, no podré resistirme más a una realidad que me rodea e intenta engullirme y me convertiré en uno de ellos. Un día todo acabará. Pero hasta que ese día llegue seguiré caminando, metro a metro, paso a paso, día a día, caminando hacia mi final.

APARENTEMENTE REAL II

"La vida es una serie de acontecimientos irónicos que desemboca en una gran tragedia de la que tan solo te queda reírte" Pensó John. Los últimos días de su vida no habían hecho más que reabrir las viejas heridas que tiempo atrás había conseguido cicatrizar. Y aún así, no se sorprendía en absoluto al verse incapaz de derramar una sola lágrima. "no esta vez" se dijo a si mismo "ya ha habido demasiadas lágrimas por sentimientos innecesarios"

John no era un hombre cínico. Lo había sido, de ello no cabía la menor duda. Había sido una de esas personas que intentas evitar durante toda tu vida, uno de esos malditos mamonazos que son capaces de arruinarte el día más feliz de tu vida con un simple comentario accidental. Pero eso había sido mucho tiempo atrás, antes de que su vida cambiara por completo, antes de "ella".

Era capaz de recordarse aún como si hubiera sido ayer, como si las imágenes pasaran frente a él tan solo separadas de la realidad por un débil cristal. Podía verse así mismo en aquellos años, perdido, sin esperanzas ni deseos de vivir, de copa en copa, de desilusión en desilusión, entretejiendo una peligrosa amistad con la muerte que sin duda hubiera terminado cobrándose su tarifa, de no ser porque ella decidió acabar con su sufrimiento. Nadie la había llamado, pero ella irrumpió en su vida y alejó las sombras de allí.

Había sido un golpe de suerte, un ángel que descendía para recordarle que aún tenía mucho que decir en aquella esperpéntica expresión de patetismo que los seres humanos se atrevían a calificar como "existencia".

Nunca había sido optimista. "Hay cosas que nunca cambian" pensó mientras meditaba sobre ello. Efectivamente, pese a un maravilloso lapso de tiempo de tres años en el que se vio sobrevolando todas las dificultades de la vida, de nuevo había regresado al agujero negro y lluvioso que el llamaba "hogar". Irónicamente, el clima del mundo que lo rodeaba no difería en absoluto de ese agujero psicológico en el que el habitaba. De todas maneras no parecía sentirse muy incomodo ante tan inhóspito paraje. Detuvo sus pasos por un momento, se ajusto la larga chaqueta negra que llevaba y subió los cuellos para protegerse instintivamente de una fría ráfaga de aire que se levantaba ante él. "Las piezas siempre terminan encajando" pensó. Aquella no iba a ser la excepción que confirmase la regla.

Y hubiera apostado que si. Durante tres largos años se hubiera jugado la vida en la seguridad de que todo había cambiado. No se podía reconocer a si mismo, y mucho menos sus amigos. Rebosante de optimismo, con una sonrisa en la boca y una palabra amable preparada, John se había convertido en el perfecto compañero de trabajo, el perfecto amigo confidente, la perfecta pareja… ¿la perfecta pareja? Parecía ser que esa pequeña pieza del engranaje comenzaba a oxidarse con el paso del tiempo, y ella no estaba dispuesta a permitir que la maquinaria estallase estando delante.

Y huyo. Sí, esa era la palabra. Intentaba evitarla a toda costa. No quería creer que la mujer en la que se había apoyado todos esos años, en la que había depositado toda su fe, sencillamente hubiese huido ante el primer atisbo de dificultad que se había presentado. No quería pensarlo, quizá por no manchar el nombre de una imagen hermosa en la memoria que empezaba a ensombrecerse y a resquebrajarse cada vez que lo pensaba, quizá por no darse cuenta de lo estúpido que había sido al depositar toda su confianza en alguien que no fuera el mismo.

"La vida es una ironía…" Seguía pensando en esa idea. Le parecía increíble como una persona como ella, insegura de absolutamente todo lo que estuviera relacionado con ella, se había abrazado a él. Él había alimentado su ego, la había convencido para que consiguiera abandonar sus inseguridades, y con el primer atisbo de seguridad en si misma, sencillamente se había ido. Una mueca de extraño parecido a una sonrisa se esbozó en la cara de John. "Ironía" Todo se resumía en ella.

Se paró y saco un cigarrillo, su viejo compañero de fatigas, del bolso izquierdo de su chaqueta. Lo encendió detenidamente y observó a su alrededor. La ciudad que una vez lo había adoptado como hijo prodigo parecía burlarse de él aquella noche. Una pequeña capa de lluvia caía sobre ella mientras que algunas parejas se escondían tras los cristales de los portales, que rechazaban el punzante sentimiento de rechazo de John. "No es su culpa" se decía a si mismo tratando de borrar aquel sentimiento de rechazo de su mente. "tampoco es tuya" respondía casi intuitivamente el subconsciente de John.

Observó la parada de taxis. No sabía bien por que motivo le habían llevado allí sus pasos. Hacía muchos años aquella había sido la última parada de su anterior relación. Quizá el amargo recuerdo del fracaso, el dulce olor de la derrota le había reclamado como la luz atrae a los mosquitos hasta su inevitable final. "En cierto modo te encanta sufrir ¿verdad?" se preguntó a si mismo de nuevo con esa estúpida sonrisa irónica en su rostro. Al fin y al cabo, la realidad era que sus momentos de mayor productividad creativa siempre habían venido de momentos de dolor y sufrimiento. El dolor era sin duda el mayor "best seller" de la asquerosa sociedad que lo rodeaba, y ser capaz de generar tal cantidad de frustración y dolor le convertía en uno de los personajes más creativos. "Deberían arrancarme el cerebro" pensó lamentando la pesada losa que acarreaba a veces un don como el que le había sido concedido a él. La gente ansiaba la creatividad, pero simplemente no sabían lo que es cargar con ella. Es un pacto con el diablo en el que no hay nada que realmente te salve de tu perdición final.

"Al menos aún sigo vivo" se dijo no demasiado convencido de calificar este hecho como una ventaja. La vida demostraba ser cíclica una y otra vez, y ese pensamiento ensombrecía la visión que John tenía de su propia existencia. Pensar en pisar una y otra vez la misma senda le trastornaba hasta llevarlo a los límites mismos de la demencia. Nunca había llegado a traspasarlos, pero últimamente encontraba en el otro lado algo especialmente atractivo que comenzaba a acercarle más y más a la absoluta perdición en los profundos pozos de la locura. "Quizás al menos allí comience a encontrar sentido a ciertas cosas" Si, quizás. Muchas veces John se había descubierto a si mismo dibujándose como un gran personaje creado por un autor, unas líneas en un papel, una segunda personalidad atrapada en la mortecina palidez de un folio, que aseguraban a su autor el mantener la cordura. "si es así, mi sitio está al otro lado" pensaba entonces. "Si yo soy la parte atrapada en el papel, mi misión es liberar todos los excesos que el autor no puede permitirse el lujo de liberar." Era la válvula de escape de aquel pobre hombre, intentando deshojar sus penas en un personaje que fuera más fuerte, más resistente al odio, al dolor, al miedo.

Muchas veces había intentado imaginárselo. Sentado en su habitación, frente a la pantalla, tecleando palabra tras palabra impulsado por los efectos de la desesperación… Le parecía horrible que alguien pudiera vivir así, y en cierto modo comprendía que depositara todos sus desengaños en una sencilla y reconfortante hoja de papel. Era su redención personal. Sus pecados desaparecían con cada palabra que escribía.

Un escalofrío recorrió su cuerpo. Aquella idea comenzaba a asustarle. Despejo su cabeza de ella y pronto se encontró de nuevo solo bajo la lluvia, desgajando lentamente los recuerdos que una vez había creído reales, viendo como se disolvían al contacto de la dolorosa realidad.

Apuró su cigarrillo y dejo caer la colilla bajo sus pies, antes de desaparecer calle abajo, oculto entre las sombras de sus propios temores y los ahogados gritos de sus recuerdos finales.

"Debe estar loco para escribir algo así" Su ultimo pensamiento se perdió en la comisura de sus labios, cuando impotente descubrió que no había nadie alrededor que pudiera oírlo.

APARENTEMENTE REAL III

"La vida es una serie de acontecimientos irónicos que desemboca en una gran tragedia de la que tan solo te queda reírte" Pensó John. Los últimos días de su vida no habían hecho más que reabrir las viejas heridas que tiempo atrás había conseguido cicatrizar. Y aún así, no se sorprendía en absoluto al verse incapaz de derramar una sola lágrima. "no esta vez" se dijo a si mismo "ya ha habido demasiadas lágrimas por sentimientos innecesarios"

John no era un hombre cínico. Lo había sido, de ello no cabía la menor duda. Había sido una de esas personas que intentas evitar durante toda tu vida, uno de esos malditos mamonazos que son capaces de arruinarte el día más feliz de tu vida con un simple comentario accidental. Pero eso había sido mucho tiempo atrás, antes de que su vida cambiara por completo, antes de "ella".

Era capaz de recordarse aún como si hubiera sido ayer, como si las imágenes pasaran frente a él tan solo separadas de la realidad por un débil cristal. Podía verse así mismo en aquellos años, perdido, sin esperanzas ni deseos de vivir, de copa en copa, de desilusión en desilusión, entretejiendo una peligrosa amistad con la muerte que sin duda hubiera terminado cobrándose su tarifa, de no ser porque ella decidió acabar con su sufrimiento. Nadie la había llamado, pero ella irrumpió en su vida y alejó las sombras de allí.

Había sido un golpe de suerte, un ángel que descendía para recordarle que aún tenía mucho que decir en aquella esperpéntica expresión de patetismo que los seres humanos se atrevían a calificar como "existencia".

Nunca había sido optimista. "Hay cosas que nunca cambian" pensó mientras meditaba sobre ello. Efectivamente, pese a un maravilloso lapso de tiempo de tres años en el que se vio sobrevolando todas las dificultades de la vida, de nuevo había regresado al agujero negro y lluvioso que el llamaba "hogar". Irónicamente, el clima del mundo que lo rodeaba no difería en absoluto de ese agujero psicológico en el que el habitaba. De todas maneras no parecía sentirse muy incomodo ante tan inhóspito paraje. Detuvo sus pasos por un momento, se ajusto la larga chaqueta negra que llevaba y subió los cuellos para protegerse instintivamente de una fría ráfaga de aire que se levantaba ante él. "Las piezas siempre terminan encajando" pensó. Aquella no iba a ser la excepción que confirmase la regla.

Y hubiera apostado que si. Durante tres largos años se hubiera jugado la vida en la seguridad de que todo había cambiado. No se podía reconocer a si mismo, y mucho menos sus amigos. Rebosante de optimismo, con una sonrisa en la boca y una palabra amable preparada, John se había convertido en el perfecto compañero de trabajo, el perfecto amigo confidente, la perfecta pareja… ¿la perfecta pareja? Parecía ser que esa pequeña pieza del engranaje comenzaba a oxidarse con el paso del tiempo, y ella no estaba dispuesta a permitir que la maquinaria estallase estando delante.

Y huyo. Sí, esa era la palabra. Intentaba evitarla a toda costa. No quería creer que la mujer en la que se había apoyado todos esos años, en la que había depositado toda su fe, sencillamente hubiese huido ante el primer atisbo de dificultad que se había presentado. No quería pensarlo, quizá por no manchar el nombre de una imagen hermosa en la memoria que empezaba a ensombrecerse y a resquebrajarse cada vez que lo pensaba, quizá por no darse cuenta de lo estúpido que había sido al depositar toda su confianza en alguien que no fuera el mismo.

"La vida es una ironía…" Seguía pensando en esa idea. Le parecía increíble como una persona como ella, insegura de absolutamente todo lo que estuviera relacionado con ella, se había abrazado a él. Él había alimentado su ego, la había convencido para que consiguiera abandonar sus inseguridades, y con el primer atisbo de seguridad en si misma, sencillamente se había ido. Una mueca de extraño parecido a una sonrisa se esbozó en la cara de John. "Ironía" Todo se resumía en ella.

Se paró y saco un cigarrillo, su viejo compañero de fatigas, del bolso izquierdo de su chaqueta. Lo encendió detenidamente y observó a su alrededor. La ciudad que una vez lo había adoptado como hijo prodigo parecía burlarse de él aquella noche. Una pequeña capa de lluvia caía sobre ella mientras que algunas parejas se escondían tras los cristales de los portales, que rechazaban el punzante sentimiento de rechazo de John. "No es su culpa" se decía a si mismo tratando de borrar aquel sentimiento de rechazo de su mente. "tampoco es tuya" respondía casi intuitivamente el subconsciente de John.

Observó la parada de taxis. No sabía bien por que motivo le habían llevado allí sus pasos. Hacía muchos años aquella había sido la última parada de su anterior relación. Quizá el amargo recuerdo del fracaso, el dulce olor de la derrota le había reclamado como la luz atrae a los mosquitos hasta su inevitable final. "En cierto modo te encanta sufrir ¿verdad?" se preguntó a si mismo de nuevo con esa estúpida sonrisa irónica en su rostro. Al fin y al cabo, la realidad era que sus momentos de mayor productividad creativa siempre habían venido de momentos de dolor y sufrimiento. El dolor era sin duda el mayor "best seller" de la asquerosa sociedad que lo rodeaba, y ser capaz de generar tal cantidad de frustración y dolor le convertía en uno de los personajes más creativos. "Deberían arrancarme el cerebro" pensó lamentando la pesada losa que acarreaba a veces un don como el que le había sido concedido a él. La gente ansiaba la creatividad, pero simplemente no sabían lo que es cargar con ella. Es un pacto con el diablo en el que no hay nada que realmente te salve de tu perdición final.

"Al menos aún sigo vivo" se dijo no demasiado convencido de calificar este hecho como una ventaja. La vida demostraba ser cíclica una y otra vez, y ese pensamiento ensombrecía la visión que John tenía de su propia existencia. Pensar en pisar una y otra vez la misma senda le trastornaba hasta llevarlo a los límites mismos de la demencia. Nunca había llegado a traspasarlos, pero últimamente encontraba en el otro lado algo especialmente atractivo que comenzaba a acercarle más y más a la absoluta perdición en los profundos pozos de la locura. "Quizás al menos allí comience a encontrar sentido a ciertas cosas" Si, quizás. Muchas veces John se había descubierto a si mismo dibujándose como un gran personaje creado por un autor, unas líneas en un papel, una segunda personalidad atrapada en la mortecina palidez de un folio, que aseguraban a su autor el mantener la cordura. "si es así, mi sitio está al otro lado" pensaba entonces. "Si yo soy la parte atrapada en el papel, mi misión es liberar todos los excesos que el autor no puede permitirse el lujo de liberar." Era la válvula de escape de aquel pobre hombre, intentando deshojar sus penas en un personaje que fuera más fuerte, más resistente al odio, al dolor, al miedo.

Muchas veces había intentado imaginárselo. Sentado en su habitación, frente a la pantalla, tecleando palabra tras palabra impulsado por los efectos de la desesperación… Le parecía horrible que alguien pudiera vivir así, y en cierto modo comprendía que depositara todos sus desengaños en una sencilla y reconfortante hoja de papel. Era su redención personal. Sus pecados desaparecían con cada palabra que escribía.

Un escalofrío recorrió su cuerpo. Aquella idea comenzaba a asustarle. Despejo su cabeza de ella y pronto se encontró de nuevo solo bajo la lluvia, desgajando lentamente los recuerdos que una vez había creído reales, viendo como se disolvían al contacto de la dolorosa realidad.

Apuró su cigarrillo y dejo caer la colilla bajo sus pies, antes de desaparecer calle abajo, oculto entre las sombras de sus propios temores y los ahogados gritos de sus recuerdos finales.

"Debe estar loco para escribir algo así" Su ultimo pensamiento se perdió en la comisura de sus labios, cuando impotente descubrió que no había nadie alrededor que pudiera oírlo

APARENTEMENTE REAL IV

La nieve sorprendía a John caminando por las calles de la ciudad. Oculto tras sus ya habituales gafas de sol, ni tan siquiera se había percatado de que silenciosamente había comenzado a caer sobre él hasta que, completamente empapado, comenzó a sentir la fría humedad en sus propios huesos.

Y sin embargo no le resultaba en absoluto molesta. Veía en su cadencioso caer el macabro baile que limpiaría su alma. El silencioso movimiento que representaba la soledad apoderándose lentamente de su vida, sin que él tuviera modo alguno de evitarlo.

Se había propuesto renacer de sus cenizas, había dado un ligero giro a su vida, había olvidado definitivamente las promesas en forma de humo de la nicotina, vieja compañera de antiguas penas, y sobre todo, se había engañado a si mismo sobre ella.

Y seguía engañándose. Cada día que pasaba se levantaba mirando su pálida cara en el espejo y repitiéndose que no era más que un lejano recuerdo en su memoria. Se lo repetía cientos de veces a lo largo del día, mientras frecuentaba los lugares q en otros tiempos emanaban felicidad, la felicidad de una pareja, la felicidad de un amor eterno.
¡Un amor eterno, que estupidez! Quien puede creer en algo tan subjetivo en un mundo tan fríamente matemático. Al fin y al cabo, John ni tan siquiera la culpaba por todo lo que había sucedido. Ella sencillamente había llegado más rápidamente a la evidente conclusión de que no existe algo como el "amor eterno", una conclusión a la que él llegaba ahora, después de haberle extirpado dolorosamente la venda de los ojos. La realidad era muy simple, tan terroríficamente simple que le ahogaba por momentos: solo estas tú.

Y eso era lo que más le obsesionaba. Cada pequeño paseo por la ciudad que muchas veces lo había descubierto escondiéndose en las esquinas, la ciudad en la que supo lo que el dolor y el placer comparten en común, y que suele estar escrito en lápiz de labios rojo como la sangre, le incrustaba más y más hondo la pequeña espina de la soledad en el corazón y, lo que es peor, en la mente. Observaba el pasar de parejas, ocultando bajo sus sonrisas la dura realidad que intentaban ahogar desesperadamente, o que apenas conocían.

Y aquel día, con la nieve cayendo silenciosamente sobre él, la historia ahondaba en el patetismo de su propia desesperación. El deambular por los callejones de la realidad golpeaba con crudeza las viejas imágenes de calor, sonrisas y placeres que le habían sido arrebatados de golpe sin explicación aparente.

Y la locura era su mejor aliada. Se sentía loco, se comportaba como un loco, y lo comenzaban a ver como un excéntrico loco. Se paseaba ante la admiración y la repulsa de quienes lo rodeaban, y demasiadas veces la soledad se había convertido en un refugio mucho más seguro que la compañía de todos aquellos que no eran capaces de ver más allá de su cara.

Y continuaba con su lucha. Sonreía a quienes se cruzaban en su camino, animaba a quienes se encontraban en un mal momento, luchaba por mantener una imagen de resistencia, de energía. Y lo conseguía, sin duda lo conseguía. Lo conseguía hasta tal punto que, irónicamente, todos a su alrededor pensaban que su vida transcurría en la más absoluta normalidad. ¡La más absoluta normalidad! Al pensarlo, John se descubrió a si mismo sonriendo. Que deliciosa ironía, aparentar fuerza y ayudar a los demás a que recuperen la esperanza mientras tu te hundes más y más en el pozo de la desesperación, y nadie es capaz de verlo y ofrecerte su mano.

¿Y de que se extrañaba? Todos aquellos seres que lo rodeaban no pasaban de representar un patético esfuerzo para entender su mente. No era que John se considerara un genio, un líder, un ser superior. Por el contrario, solía verse como un hombre totalmente fuera de su mundo. Era como si no hubiera nacido en ese planeta, como si su existencia se hubiese visto truncada en algún momento de su vida, y condenada a continuar en el infierno actual.

Y no era que no encontrase motivos para seguir adelante. Siempre encontraba esos motivos. Había encontrado gente que pensaba como él, gente que era capaz de ver más allá de lo habitual y escudriñar los motivos de todo lo que le rodeaba. Sin embargo, sencillamente cada vez se encontraba más apartado de todo lo que le rodeaba. Era como si el muro que llevaba construyendo durante tantos años a su alrededor, y que había decidido tirar cuando la había conocido a ella, estuviera de nuevo en pie, mas alto y más resistente que nunca. Tenía miedo de perder su humanidad, de aislarse definitivamente de todo lo que lo rodeaba y sentarse a observar el mundo desde más allá de los límites de la locura. Se aferraba con todas sus fuerzas a la oscura realidad que lo rechazaba, y cada vez se sentía más cansado para seguir aguantando.

John continuó caminando bajo la nieve. El pequeño surco de sus huellas se borraba rápidamente tras él, mientras el profundo surco del dolor seguía haciendo mella en su corazón.

Gonzalo Coto Fernández

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DOCE ROSAS


        
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