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Solo tras haber experimentado la soledad sabes disfrutar
de la compañía.
Continúo caminando. No puedo detenerme ahora, a
pesar de que mi cuerpo no resista más este ritmo.
Mi vida ha sido un constante caminar a ningún lado,
un deambular cadencioso y tétrico, amargo y necesario,
por el oscuro empedrado de mi existencia.
Levanto la cabeza y observo a mí alrededor. La vieja
ciudad, languideciendo en un atardecer imposible, oscureciendo
en sombras las ya de por si deprimentes calles que la conforman.
El neón comienza a asaltar cada pequeño rincón,
como una mancha de sangre que se expande lentamente por
el afilado filo de un cuchillo. No ofrece el calor que la
luz debiera ofrecer, pero en su lugar un débil halo
espectral de muerte y horror, un tinte de mortecina palidez
que inunda las calles y las ahoga en un escenario opresivo
y desolador.
Continúo arrastrando mis cansados y heridos pies
por el pavimento. El dolor punzante del vacío inunda
cada vez más mi oscura alma, ya desgarrada por los
fantasmas de un pasado incapaz de cicatrizar en mi mente.
Continuo con a mirada fija en el entorno. Observo como cientos
de seres de forma humana pero oscuros como la muerte deambulan
a mí alrededor, mirándome fijamente. Huelo
su muerte, huelo su terror. Sus vacíos cuerpos se
mueven al ritmo de la macabra música que marcan sus
putrefactos corazones, ahora lento, ahora rápido…
Me observan fijamente. Son capaces de sentir mi cansancio,
de oír mis gritos de desolación, de oler la
derrota que me rodea. Esperan pacientes a que detenga mi
camino.
Enciendo una nube contra los nervios y continuo mi lenta
y amarga marcha. El humo dibuja extraños pensamientos
ante mí mientras desaparece en un cielo en otros
días estrellado y brillante, hoy oscuro como mi alma.
Mis pies vuelven a quejarse ante su constante castigo. Mi
mente insiste en que debería detenerme a descansar
por un momento. Pero ¿Cómo detenerse ahora,
después de 21 años de camino? No, no puedo
detenerme, debo seguir mi camino.
Acelero el paso y me subo los cuellos de la chaqueta ante
la fuerte brisa que comienza a soplar y que me llega hasta
los mismísimos huesos. Entro en un parque. Las escasas
luces me permiten observar en un estanque de putrefactas
aguas algunos cisnes de blancos plumajes. Sin embargo, sus
ojos inyectados en sangre se clavan en mi mente, me agobian,
me presionan. Siento el miedo golpear cada pequeño
rincón de mi cuerpo mientras observo como una pareja
de esos muertos que siguen mis pasos se detienen ante ellos
y les lanzan algo de comida. Los restos aún sangrientos
de lo que debía ser algún tipo de carne caen
sobre el agua tiñéndola de un mortecino color
rojizo que comienza a extenderse por la orilla y empieza
a teñir la vegetación que rodea el estanque.
Me aparto aterrorizado y continuo mi camino mientras la
pareja continua alimentando tan macabro escenario.
Salgo del parque y llego a una pequeña plazoleta
en la que una estatua ecuestre aparece iluminada por una
tenue luz verde. Una serie de bancos rodean la estatua.
El calor comienza a ser agobiante, así que me quito
la chaqueta y saco un pañuelo para limpiarme el sudor
de mi frente. El pañuelo se tiñe de rojo con
mi sudor. Mis manos enrojecidas con él, también,
se tambalean sobre mi camisa intentando eliminar el horrible
tono en esta, consiguiendo ensuciarla igualmente. El calor
es realmente agobiante, mis pies no pueden más, mi
cuerpo no resiste un paso más, es hora de descansar
repite constantemente mi mente, un par de minutos sentado
no pueden hacerte daño.
Me tumbo en uno de los bancos y siento como todo mi cuerpo
se relaja sobre él. La luna ha aparecido en el oscuro
manto que cubre la ciudad, pero con un horrible y espeluznante
tono amarillento que me hace sentir nauseas. Miro de nuevo
a mi alrededor y observo como cientos de esos seres comienzan
a acercarse a mí. Se acercan lentamente, con una
sonrisa en su cara, con un brillo diabólico en sus
ojos. Han sentido mi derrota, han presentido mi final y
se acercan dispuestos a abalanzarse sobre mí para
acabar con mi ya renqueante y patética vida. Deseo
levantarme y huir, pero mi cuerpo no me obedece, está
demasiado agotado para hacerlo. Cada vez están más
cerca y ya puedo sentir sus alientos fétidos sobre
mí. Me observan con sus rostros bañados en
la indiferencia, con sus sonrisas sarcásticas, muestra
de una victoria largamente deseada. Al fin había
caído, al fin era uno de ellos. Todo estaba preparado.
Mi mente se revela contra el cuerpo, me exige un movimiento,
me exige que salga de allí, pero mi cuerpo parece
no querer responder. Me revuelvo, me resisto, invierto mis
últimas fuerzas y al fin, con un esfuerzo infrahumano,
consigo levantarme. Los espectros a mi alrededor se apartan
aterrados, siento el terror en sus miradas, el pánico
en sus rostros. He conseguido vencerles una vez más.
Me levanto dando tumbos y consigo reiniciar la marcha. Todos
se apartan ante mi nuevo empuje, algunos incluso huyen emitiendo
extraños sonidos guturales muestra de su terror.
Continúo caminando, un paso más, un metro
más, un día más. Tan solo es cuestión
de tiempo. Un día no podré levantarme de mi
descanso, no podré resistirme más a una realidad
que me rodea e intenta engullirme y me convertiré
en uno de ellos. Un día todo acabará. Pero
hasta que ese día llegue seguiré caminando,
metro a metro, paso a paso, día a día, caminando
hacia mi final.
"La vida es una serie de acontecimientos
irónicos que desemboca en una gran tragedia de la
que tan solo te queda reírte" Pensó John.
Los últimos días de su vida no habían
hecho más que reabrir las viejas heridas que tiempo
atrás había conseguido cicatrizar. Y aún
así, no se sorprendía en absoluto al verse
incapaz de derramar una sola lágrima. "no esta
vez" se dijo a si mismo "ya ha habido demasiadas
lágrimas por sentimientos innecesarios"
John no era un hombre cínico. Lo había sido,
de ello no cabía la menor duda. Había sido
una de esas personas que intentas evitar durante toda tu
vida, uno de esos malditos mamonazos que son capaces de
arruinarte el día más feliz de tu vida con
un simple comentario accidental. Pero eso había sido
mucho tiempo atrás, antes de que su vida cambiara
por completo, antes de "ella".
Era capaz de recordarse aún como si hubiera sido
ayer, como si las imágenes pasaran frente a él
tan solo separadas de la realidad por un débil cristal.
Podía verse así mismo en aquellos años,
perdido, sin esperanzas ni deseos de vivir, de copa en copa,
de desilusión en desilusión, entretejiendo
una peligrosa amistad con la muerte que sin duda hubiera
terminado cobrándose su tarifa, de no ser porque
ella decidió acabar con su sufrimiento. Nadie la
había llamado, pero ella irrumpió en su vida
y alejó las sombras de allí.
Había sido un golpe de suerte, un ángel
que descendía para recordarle que aún tenía
mucho que decir en aquella esperpéntica expresión
de patetismo que los seres humanos se atrevían a
calificar como "existencia".
Nunca había sido optimista. "Hay cosas que
nunca cambian" pensó mientras meditaba sobre
ello. Efectivamente, pese a un maravilloso lapso de tiempo
de tres años en el que se vio sobrevolando todas
las dificultades de la vida, de nuevo había regresado
al agujero negro y lluvioso que el llamaba "hogar".
Irónicamente, el clima del mundo que lo rodeaba no
difería en absoluto de ese agujero psicológico
en el que el habitaba. De todas maneras no parecía
sentirse muy incomodo ante tan inhóspito paraje.
Detuvo sus pasos por un momento, se ajusto la larga chaqueta
negra que llevaba y subió los cuellos para protegerse
instintivamente de una fría ráfaga de aire
que se levantaba ante él. "Las piezas siempre
terminan encajando" pensó. Aquella no iba a
ser la excepción que confirmase la regla.
Y hubiera apostado que si. Durante tres largos años
se hubiera jugado la vida en la seguridad de que todo había
cambiado. No se podía reconocer a si mismo, y mucho
menos sus amigos. Rebosante de optimismo, con una sonrisa
en la boca y una palabra amable preparada, John se había
convertido en el perfecto compañero de trabajo, el
perfecto amigo confidente, la perfecta pareja… ¿la
perfecta pareja? Parecía ser que esa pequeña
pieza del engranaje comenzaba a oxidarse con el paso del
tiempo, y ella no estaba dispuesta a permitir que la maquinaria
estallase estando delante.
Y huyo. Sí, esa era la palabra. Intentaba evitarla
a toda costa. No quería creer que la mujer en la
que se había apoyado todos esos años, en la
que había depositado toda su fe, sencillamente hubiese
huido ante el primer atisbo de dificultad que se había
presentado. No quería pensarlo, quizá por
no manchar el nombre de una imagen hermosa en la memoria
que empezaba a ensombrecerse y a resquebrajarse cada vez
que lo pensaba, quizá por no darse cuenta de lo estúpido
que había sido al depositar toda su confianza en
alguien que no fuera el mismo.
"La vida es una ironía…" Seguía
pensando en esa idea. Le parecía increíble
como una persona como ella, insegura de absolutamente todo
lo que estuviera relacionado con ella, se había abrazado
a él. Él había alimentado su ego, la
había convencido para que consiguiera abandonar sus
inseguridades, y con el primer atisbo de seguridad en si
misma, sencillamente se había ido. Una mueca de extraño
parecido a una sonrisa se esbozó en la cara de John.
"Ironía" Todo se resumía en ella.
Se paró y saco un cigarrillo, su viejo compañero
de fatigas, del bolso izquierdo de su chaqueta. Lo encendió
detenidamente y observó a su alrededor. La ciudad
que una vez lo había adoptado como hijo prodigo parecía
burlarse de él aquella noche. Una pequeña
capa de lluvia caía sobre ella mientras que algunas
parejas se escondían tras los cristales de los portales,
que rechazaban el punzante sentimiento de rechazo de John.
"No es su culpa" se decía a si mismo tratando
de borrar aquel sentimiento de rechazo de su mente. "tampoco
es tuya" respondía casi intuitivamente el subconsciente
de John.
Observó la parada de taxis. No sabía bien
por que motivo le habían llevado allí sus
pasos. Hacía muchos años aquella había
sido la última parada de su anterior relación.
Quizá el amargo recuerdo del fracaso, el dulce olor
de la derrota le había reclamado como la luz atrae
a los mosquitos hasta su inevitable final. "En cierto
modo te encanta sufrir ¿verdad?" se preguntó
a si mismo de nuevo con esa estúpida sonrisa irónica
en su rostro. Al fin y al cabo, la realidad era que sus
momentos de mayor productividad creativa siempre habían
venido de momentos de dolor y sufrimiento. El dolor era
sin duda el mayor "best seller" de la asquerosa
sociedad que lo rodeaba, y ser capaz de generar tal cantidad
de frustración y dolor le convertía en uno
de los personajes más creativos. "Deberían
arrancarme el cerebro" pensó lamentando la pesada
losa que acarreaba a veces un don como el que le había
sido concedido a él. La gente ansiaba la creatividad,
pero simplemente no sabían lo que es cargar con ella.
Es un pacto con el diablo en el que no hay nada que realmente
te salve de tu perdición final.
"Al menos aún sigo vivo" se dijo no demasiado
convencido de calificar este hecho como una ventaja. La
vida demostraba ser cíclica una y otra vez, y ese
pensamiento ensombrecía la visión que John
tenía de su propia existencia. Pensar en pisar una
y otra vez la misma senda le trastornaba hasta llevarlo
a los límites mismos de la demencia. Nunca había
llegado a traspasarlos, pero últimamente encontraba
en el otro lado algo especialmente atractivo que comenzaba
a acercarle más y más a la absoluta perdición
en los profundos pozos de la locura. "Quizás
al menos allí comience a encontrar sentido a ciertas
cosas" Si, quizás. Muchas veces John se había
descubierto a si mismo dibujándose como un gran personaje
creado por un autor, unas líneas en un papel, una
segunda personalidad atrapada en la mortecina palidez de
un folio, que aseguraban a su autor el mantener la cordura.
"si es así, mi sitio está al otro lado"
pensaba entonces. "Si yo soy la parte atrapada en el
papel, mi misión es liberar todos los excesos que
el autor no puede permitirse el lujo de liberar." Era
la válvula de escape de aquel pobre hombre, intentando
deshojar sus penas en un personaje que fuera más
fuerte, más resistente al odio, al dolor, al miedo.
Muchas veces había intentado imaginárselo.
Sentado en su habitación, frente a la pantalla, tecleando
palabra tras palabra impulsado por los efectos de la desesperación…
Le parecía horrible que alguien pudiera vivir así,
y en cierto modo comprendía que depositara todos
sus desengaños en una sencilla y reconfortante hoja
de papel. Era su redención personal. Sus pecados
desaparecían con cada palabra que escribía.
Un escalofrío recorrió su cuerpo. Aquella
idea comenzaba a asustarle. Despejo su cabeza de ella y
pronto se encontró de nuevo solo bajo la lluvia,
desgajando lentamente los recuerdos que una vez había
creído reales, viendo como se disolvían al
contacto de la dolorosa realidad.
Apuró su cigarrillo y dejo caer la colilla bajo
sus pies, antes de desaparecer calle abajo, oculto entre
las sombras de sus propios temores y los ahogados gritos
de sus recuerdos finales.
"Debe estar loco para escribir algo así"
Su ultimo pensamiento se perdió en la comisura de
sus labios, cuando impotente descubrió que no había
nadie alrededor que pudiera oírlo.
"La vida es una serie de acontecimientos irónicos
que desemboca en una gran tragedia de la que tan solo te
queda reírte" Pensó John. Los últimos
días de su vida no habían hecho más
que reabrir las viejas heridas que tiempo atrás había
conseguido cicatrizar. Y aún así, no se sorprendía
en absoluto al verse incapaz de derramar una sola lágrima.
"no esta vez" se dijo a si mismo "ya ha habido
demasiadas lágrimas por sentimientos innecesarios"
John no era un hombre cínico. Lo había sido,
de ello no cabía la menor duda. Había sido
una de esas personas que intentas evitar durante toda tu
vida, uno de esos malditos mamonazos que son capaces de
arruinarte el día más feliz de tu vida con
un simple comentario accidental. Pero eso había sido
mucho tiempo atrás, antes de que su vida cambiara
por completo, antes de "ella".
Era capaz de recordarse aún como si hubiera sido
ayer, como si las imágenes pasaran frente a él
tan solo separadas de la realidad por un débil cristal.
Podía verse así mismo en aquellos años,
perdido, sin esperanzas ni deseos de vivir, de copa en copa,
de desilusión en desilusión, entretejiendo
una peligrosa amistad con la muerte que sin duda hubiera
terminado cobrándose su tarifa, de no ser porque
ella decidió acabar con su sufrimiento. Nadie la
había llamado, pero ella irrumpió en su vida
y alejó las sombras de allí.
Había sido un golpe de suerte, un ángel
que descendía para recordarle que aún tenía
mucho que decir en aquella esperpéntica expresión
de patetismo que los seres humanos se atrevían a
calificar como "existencia".
Nunca había sido optimista. "Hay cosas que
nunca cambian" pensó mientras meditaba sobre
ello. Efectivamente, pese a un maravilloso lapso de tiempo
de tres años en el que se vio sobrevolando todas
las dificultades de la vida, de nuevo había regresado
al agujero negro y lluvioso que el llamaba "hogar".
Irónicamente, el clima del mundo que lo rodeaba no
difería en absoluto de ese agujero psicológico
en el que el habitaba. De todas maneras no parecía
sentirse muy incomodo ante tan inhóspito paraje.
Detuvo sus pasos por un momento, se ajusto la larga chaqueta
negra que llevaba y subió los cuellos para protegerse
instintivamente de una fría ráfaga de aire
que se levantaba ante él. "Las piezas siempre
terminan encajando" pensó. Aquella no iba a
ser la excepción que confirmase la regla.
Y hubiera apostado que si. Durante tres largos años
se hubiera jugado la vida en la seguridad de que todo había
cambiado. No se podía reconocer a si mismo, y mucho
menos sus amigos. Rebosante de optimismo, con una sonrisa
en la boca y una palabra amable preparada, John se había
convertido en el perfecto compañero de trabajo, el
perfecto amigo confidente, la perfecta pareja… ¿la
perfecta pareja? Parecía ser que esa pequeña
pieza del engranaje comenzaba a oxidarse con el paso del
tiempo, y ella no estaba dispuesta a permitir que la maquinaria
estallase estando delante.
Y huyo. Sí, esa era la palabra. Intentaba evitarla
a toda costa. No quería creer que la mujer en la
que se había apoyado todos esos años, en la
que había depositado toda su fe, sencillamente hubiese
huido ante el primer atisbo de dificultad que se había
presentado. No quería pensarlo, quizá por
no manchar el nombre de una imagen hermosa en la memoria
que empezaba a ensombrecerse y a resquebrajarse cada vez
que lo pensaba, quizá por no darse cuenta de lo estúpido
que había sido al depositar toda su confianza en
alguien que no fuera el mismo.
"La vida es una ironía…" Seguía
pensando en esa idea. Le parecía increíble
como una persona como ella, insegura de absolutamente todo
lo que estuviera relacionado con ella, se había abrazado
a él. Él había alimentado su ego, la
había convencido para que consiguiera abandonar sus
inseguridades, y con el primer atisbo de seguridad en si
misma, sencillamente se había ido. Una mueca de extraño
parecido a una sonrisa se esbozó en la cara de John.
"Ironía" Todo se resumía en ella.
Se paró y saco un cigarrillo, su viejo compañero
de fatigas, del bolso izquierdo de su chaqueta. Lo encendió
detenidamente y observó a su alrededor. La ciudad
que una vez lo había adoptado como hijo prodigo parecía
burlarse de él aquella noche. Una pequeña
capa de lluvia caía sobre ella mientras que algunas
parejas se escondían tras los cristales de los portales,
que rechazaban el punzante sentimiento de rechazo de John.
"No es su culpa" se decía a si mismo tratando
de borrar aquel sentimiento de rechazo de su mente. "tampoco
es tuya" respondía casi intuitivamente el subconsciente
de John.
Observó la parada de taxis. No sabía bien
por que motivo le habían llevado allí sus
pasos. Hacía muchos años aquella había
sido la última parada de su anterior relación.
Quizá el amargo recuerdo del fracaso, el dulce olor
de la derrota le había reclamado como la luz atrae
a los mosquitos hasta su inevitable final. "En cierto
modo te encanta sufrir ¿verdad?" se preguntó
a si mismo de nuevo con esa estúpida sonrisa irónica
en su rostro. Al fin y al cabo, la realidad era que sus
momentos de mayor productividad creativa siempre habían
venido de momentos de dolor y sufrimiento. El dolor era
sin duda el mayor "best seller" de la asquerosa
sociedad que lo rodeaba, y ser capaz de generar tal cantidad
de frustración y dolor le convertía en uno
de los personajes más creativos. "Deberían
arrancarme el cerebro" pensó lamentando la pesada
losa que acarreaba a veces un don como el que le había
sido concedido a él. La gente ansiaba la creatividad,
pero simplemente no sabían lo que es cargar con ella.
Es un pacto con el diablo en el que no hay nada que realmente
te salve de tu perdición final.
"Al menos aún sigo vivo" se dijo no demasiado
convencido de calificar este hecho como una ventaja. La
vida demostraba ser cíclica una y otra vez, y ese
pensamiento ensombrecía la visión que John
tenía de su propia existencia. Pensar en pisar una
y otra vez la misma senda le trastornaba hasta llevarlo
a los límites mismos de la demencia. Nunca había
llegado a traspasarlos, pero últimamente encontraba
en el otro lado algo especialmente atractivo que comenzaba
a acercarle más y más a la absoluta perdición
en los profundos pozos de la locura. "Quizás
al menos allí comience a encontrar sentido a ciertas
cosas" Si, quizás. Muchas veces John se había
descubierto a si mismo dibujándose como un gran personaje
creado por un autor, unas líneas en un papel, una
segunda personalidad atrapada en la mortecina palidez de
un folio, que aseguraban a su autor el mantener la cordura.
"si es así, mi sitio está al otro lado"
pensaba entonces. "Si yo soy la parte atrapada en el
papel, mi misión es liberar todos los excesos que
el autor no puede permitirse el lujo de liberar." Era
la válvula de escape de aquel pobre hombre, intentando
deshojar sus penas en un personaje que fuera más
fuerte, más resistente al odio, al dolor, al miedo.
Muchas veces había intentado imaginárselo.
Sentado en su habitación, frente a la pantalla, tecleando
palabra tras palabra impulsado por los efectos de la desesperación…
Le parecía horrible que alguien pudiera vivir así,
y en cierto modo comprendía que depositara todos
sus desengaños en una sencilla y reconfortante hoja
de papel. Era su redención personal. Sus pecados
desaparecían con cada palabra que escribía.
Un escalofrío recorrió su cuerpo. Aquella
idea comenzaba a asustarle. Despejo su cabeza de ella y
pronto se encontró de nuevo solo bajo la lluvia,
desgajando lentamente los recuerdos que una vez había
creído reales, viendo como se disolvían al
contacto de la dolorosa realidad.
Apuró su cigarrillo y dejo caer la colilla bajo
sus pies, antes de desaparecer calle abajo, oculto entre
las sombras de sus propios temores y los ahogados gritos
de sus recuerdos finales.
"Debe estar loco para escribir algo así"
Su ultimo pensamiento se perdió en la comisura de
sus labios, cuando impotente descubrió que no había
nadie alrededor que pudiera oírlo
La nieve sorprendía a John caminando por las calles
de la ciudad. Oculto tras sus ya habituales gafas de sol,
ni tan siquiera se había percatado de que silenciosamente
había comenzado a caer sobre él hasta que,
completamente empapado, comenzó a sentir la fría
humedad en sus propios huesos.
Y sin embargo no le resultaba en absoluto molesta. Veía
en su cadencioso caer el macabro baile que limpiaría
su alma. El silencioso movimiento que representaba la soledad
apoderándose lentamente de su vida, sin que él
tuviera modo alguno de evitarlo.
Se había propuesto renacer de sus cenizas, había
dado un ligero giro a su vida, había olvidado definitivamente
las promesas en forma de humo de la nicotina, vieja compañera
de antiguas penas, y sobre todo, se había engañado
a si mismo sobre ella.
Y seguía engañándose. Cada día
que pasaba se levantaba mirando su pálida cara en
el espejo y repitiéndose que no era más que
un lejano recuerdo en su memoria. Se lo repetía cientos
de veces a lo largo del día, mientras frecuentaba
los lugares q en otros tiempos emanaban felicidad, la felicidad
de una pareja, la felicidad de un amor eterno.
¡Un amor eterno, que estupidez! Quien puede creer
en algo tan subjetivo en un mundo tan fríamente matemático.
Al fin y al cabo, John ni tan siquiera la culpaba por todo
lo que había sucedido. Ella sencillamente había
llegado más rápidamente a la evidente conclusión
de que no existe algo como el "amor eterno", una
conclusión a la que él llegaba ahora, después
de haberle extirpado dolorosamente la venda de los ojos.
La realidad era muy simple, tan terroríficamente
simple que le ahogaba por momentos: solo estas tú.
Y eso era lo que más le obsesionaba. Cada pequeño
paseo por la ciudad que muchas veces lo había descubierto
escondiéndose en las esquinas, la ciudad en la que
supo lo que el dolor y el placer comparten en común,
y que suele estar escrito en lápiz de labios rojo
como la sangre, le incrustaba más y más hondo
la pequeña espina de la soledad en el corazón
y, lo que es peor, en la mente. Observaba el pasar de parejas,
ocultando bajo sus sonrisas la dura realidad que intentaban
ahogar desesperadamente, o que apenas conocían.
Y aquel día, con la nieve cayendo silenciosamente
sobre él, la historia ahondaba en el patetismo de
su propia desesperación. El deambular por los callejones
de la realidad golpeaba con crudeza las viejas imágenes
de calor, sonrisas y placeres que le habían sido
arrebatados de golpe sin explicación aparente.
Y la locura era su mejor aliada. Se sentía loco,
se comportaba como un loco, y lo comenzaban a ver como un
excéntrico loco. Se paseaba ante la admiración
y la repulsa de quienes lo rodeaban, y demasiadas veces
la soledad se había convertido en un refugio mucho
más seguro que la compañía de todos
aquellos que no eran capaces de ver más allá
de su cara.
Y continuaba con su lucha. Sonreía a quienes se
cruzaban en su camino, animaba a quienes se encontraban
en un mal momento, luchaba por mantener una imagen de resistencia,
de energía. Y lo conseguía, sin duda lo conseguía.
Lo conseguía hasta tal punto que, irónicamente,
todos a su alrededor pensaban que su vida transcurría
en la más absoluta normalidad. ¡La más
absoluta normalidad! Al pensarlo, John se descubrió
a si mismo sonriendo. Que deliciosa ironía, aparentar
fuerza y ayudar a los demás a que recuperen la esperanza
mientras tu te hundes más y más en el pozo
de la desesperación, y nadie es capaz de verlo y
ofrecerte su mano.
¿Y de que se extrañaba? Todos aquellos seres
que lo rodeaban no pasaban de representar un patético
esfuerzo para entender su mente. No era que John se considerara
un genio, un líder, un ser superior. Por el contrario,
solía verse como un hombre totalmente fuera de su
mundo. Era como si no hubiera nacido en ese planeta, como
si su existencia se hubiese visto truncada en algún
momento de su vida, y condenada a continuar en el infierno
actual.
Y no era que no encontrase motivos para seguir adelante.
Siempre encontraba esos motivos. Había encontrado
gente que pensaba como él, gente que era capaz de
ver más allá de lo habitual y escudriñar
los motivos de todo lo que le rodeaba. Sin embargo, sencillamente
cada vez se encontraba más apartado de todo lo que
le rodeaba. Era como si el muro que llevaba construyendo
durante tantos años a su alrededor, y que había
decidido tirar cuando la había conocido a ella, estuviera
de nuevo en pie, mas alto y más resistente que nunca.
Tenía miedo de perder su humanidad, de aislarse definitivamente
de todo lo que lo rodeaba y sentarse a observar el mundo
desde más allá de los límites de la
locura. Se aferraba con todas sus fuerzas a la oscura realidad
que lo rechazaba, y cada vez se sentía más
cansado para seguir aguantando.
John continuó caminando bajo la nieve. El pequeño
surco de sus huellas se borraba rápidamente tras
él, mientras el profundo surco del dolor seguía
haciendo mella en su corazón.
Gonzalo Coto Fernández
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