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RELATOS


Por Gonzalo Gala Guzmán
gonzalo_gala@hotmail.com


UN SILENCIO CREPUSCULAR

I

Desde una loma se descubría un pueblecillo, batido por los vientos y árido, sin el brillo de plata que antes regaba el valle y hoy formaba una charca, encaramándose en el altozano San Gilles, un viejo monasterio que servía de hospital de caridad. Quien quisiera contemplar el camino desde aquel elevado pabellón, podría ver las dos sendas que dirigían al pueblo con el aplomo de los transeúntes y carretas de mercaderes, obligados a detenerse por el paso de un cabrero con sus doscientas cabezas que le acompañaban, arrumbando los senderos de piedra, los arbustos e incluso la charca, que en su día fue un inmenso río, en un estruendo de voces y un estridente balar. Porque de lo demás, mejor ni detenerse. Las viviendas, sumidas en la sombra, se agrupaban entre ellas y un ligero matorral que partía de un pozo y de cuyo brocal, la gente del pueblo miraba más atento al cielo que a los viajeros. Y sin nombres, las calles parecían abrazarles más que de un modo amistoso con una desidia, pobre y miserable, como sus olmos viejos, de los que nadie recordaría su edad, encaramados en el centro de la plaza. La iglesia era el refugio, el mentidero, un lugar de encuentro. Y un testigo mudo, la veleta del campanario, de la que hacía tiempo que perdió su punta de flecha, junto al canto agradable de un mirlo y de otras mil avecillas.

Pero, austera por la mañana, se engalanaba del brillo de faroles y antorchas, por los físicos, frailes mendicantes y hasta de los viejos juglares que deambulaban por sus estrechas callecitas, e incluso por el dorado friso de las leyendas y canciones. Decían que en las crudas noches, bañadas por la plateada luna y el lamento de un búho retozón, podía verse el donaire de una dama, un hada fantasmal, perdida entre los pardos caseríos asentados a los pies del cerro seco y lozano. Un lugar de recreo para los señores, el descanso del guerrero, cuando los calores apretasen en las ciudades más cercanas y las hiciesen insalubres. Más señorial que guerrero, más principesco que cortesano, abades, príncipes y nobles, lo hicieron algún día lujoso y refinado.

El pueblo que se abría de pronto, entre perplejo e indiferente, seguiría entonces sus mismas idas y venidas, su mismo bullicio de las calles, su misma inquietud de las almas. Los mismos saludos, al pasar por delante de cualquiera, en cualquier lugar; comitándole con su apodo, algún gesto amistoso o la ligera inclinación de la cabeza, y lo mismo que hacían entre ellos, sucedía también con el que fuera el más pintoresco de sus vecinos. Más allá del plantel enorme de callejuelas estrechas y tortuosas, en donde la protección de San Giovanni, tuvo que ceder a su nuevo patrón.

Hoy, quizás, sólo San Gilles destacase en esa maraña de torres bajas y caseríos perdidos, aferrándose a la colina que pisaban como queriendo alcanzar la cima. En su día, un centro rudimentario como otros muchos que frecuentaban las rutas de romeraje, para cuyas atenciones se levantó a su vera el pueblecillo que llamaban Landes, fiel a los gustos cinegéticos de los señores florentinos, por aquellos montes que le rodeaban, e incluso de posada para sus príncipes. Pero por sus pasillos corría a placer la propia turba del pueblo, con más guarda que la de un perrazo y más moradores que unos enfermos como si su única suerte fuese la de contemplar a San Roque expandiendo su santidad por esos muros, como a Apolonia con su mal, o a los locos, venerando las fiestas de su patrón.

Abarcaba tanto su alto frente que dejaba helado a quienes dirigiesen la mirada a lo divino. Una sombra se escurría a esas horas, delante de la cancela que rodeaba la capilla, con las puertas de bronce apocadas a las liturgias que de tarde en tarde las descubría. Su mirada aparecía perdida, vaga, en realidad, indiferente a las tareas de mayordomo de la catedral, pero sus pies mancillaban el lugar sacro, como cada mañana, y en su boca, una sonata, le distraía del apego de esos muros. Descorría, al fin, la cortinilla de damasco azul y algo repentino le impedía el saludo, infaliblemente a diario, al fijarse sus vidriosos ojos en la cabeza que caía sobre una amplia casulla Se le quebró la voz con un gesto apocado y temeroso. Corrió, de pronto, colérico, sintiendo el atino que le producía esa visión atroz, quedando abrumado y estupefacto

Mientras esto sucedía, la providencia parecía designarles para que dos frailes, hermanos de la misma orden en lugares lejanos, acudieran al monasterio a una cita. Fessepinte, de oficio cirujano, era un grueso fraile que se había hecho famoso tanto por su buen criterio y habilidad, como su enorme apetito, por lo que siempre se vio obligado a contar con la ayuda de otras personas. En este caso de su joven aprendiz y amigo, Olso, un huérfano a quien se le fue encomendado y con más imaginación y empeño que sentido común. Habían viajado cientos de millas, en compañía de una caravana de mercaderes, que hacía del traqueteo terrible y el viento ululante una amenaza a un sueño, de por sí intranquilo. Mientras que el sudor frío se deslizaba empapando aquel pequeño hueco en que intentaba acomodarse. Una noche estuvieron viajando, sorteando una suerte de puentes y veredas, hasta que con el primer despunte del alba, ya próximas las techumbres y los lindos cielos que dejasen bien brillantes las ásperas lomas del pueblo.

Sería por obra y gracia de la providencia o fruto del azar, pero allí se vieron, un sagaz Fessepinte y su joven compañero, a quienes les instalaron en la botica, frente al patio, en cuyo centro se erigía orgulloso un templete, que alcanzaba incluso al goce de un ciego, con los aromas de las florecillas y el correr de las aguas de una fuente, que las regaba, junto a la huerta de toxina, en donde el especiero recogía las plantas para medicinas.

El reducido espacio de la sala aparecía abigarrado con dos paredes recubiertas con estanterías, bañadas en panes de oro, con una hornacina, en la que se guardaba a San Pedro, y dos mostradores de madera y mármol. Retortas, frascos y almireces descansaban en mesas y rincones, junto a trabajos en cerámica, piedra, marfil, madera y bronce, de aquel inventario de morteros, orzas, crisoles, albarelos y tarros con ungüentos, mientras que en un horno encendido ardía una infusión, que recogía una redoma. Botamen del que hacía gala, como escaparate de los doctos entendidos en cirugía, con algunos frascos tan viejos que se remontaban a los años de su fundación.

Fessepinte, entre tanto, no tardó en colocar sobre un alto alambique los estuches con herramientas y agujas para coser llagas, cerca de la parihuela en donde el hermano Ruimigo esperaban ensalmado el momento en que el cirujano iniciara la anatomía. Palpó suavemente el cuerpo, sintiendo como sus dedos gruesos los iba rozando, comprimiendo cada tramo de su piel, con el largo índice incidiendo en la cicatriz del pecho y los bordes rojizos del estómago, que a pesar del buen trabajo del ensalmador, se deshacía al tocarlo. Se le cayó un dedo, se le desprendieron uñas y cabellos, y los brazos y los muslos. Tan atentos estaban que ante tal horrible espectáculo sólo bastó el grito de alguien, para que a Olso le diera un vuelco al corazón y un fuerte espasmo.

Rebusco entre los restos del fraile hecho trizas, tomando un palo en una mano y una telilla, en la otra, para evadirse de los corruptos efluvios. Se volvió atrás y condujo su mirada a lo largo de unos anaqueles que cubrían las estanterías de las paredes. Anduvo unos pasos, hasta revisar cada uno de los frascos y otros trastos que cubrían los estantes, vigilante, ya sin el trapo que pretendía ventilar sus fosas nasales y sin el palo que le servía para acercarse a los cuerpos tendidos. El pesado cuerpo del cirujano vagó por la habitación, temblando los tablones del suelo, hasta que sus manos siguiesen rebuscando entre los estantes y sus gruesos dedos alcanzasen un frasquillo pequeño.

- El primero de ellos fue ensartado por arma y muerto por sus heridas, mientras que en el otro, el motivo fue bien distinto. Fíjate bien, en esta experiencia, mi querido Olso.

Sajó los restos de carne que quedaba del cadáver y lo fue introduciendo en vasos vidriados, pero con el contacto de las entrañas ensalmadas, estos reventaron de inmediato.

- ¿Por qué? - Continuó diciendo.

- Por la fuerza de esta carne ensalmada encerrada, que los han hecho reventar.

- Pero, entonces, ¿a qué se debe esta suerte de corruptela del cadáver?.

Aquí, el joven aprendiz le respondió que la causa no era otra que una mala operación de ensalmado, debido a que la introducción en sal no fue el acto adecuado, sino en cal y en bálsamos, para luego fajársele entero su cuerpo.

- La fuerza del ensalmado hizo reventar los vasos, cierto; entonces, el ensalmado era excelente, como se observa en el día que el cadáver ha quedado intacto. Por tanto, la causa de la corrupción es la misma que la de su muerte: fue envenenado. Es más, la misma gangrena que presenta su bajo vientre apoya esta justa conclusión. La dificultad estriba, ahora, en saber qué veneno fue empleado.

Existían dos maneras para justificar un envenenamiento, debido a circunstancias médicas y la que daba fama a los sucesos de bandos y camarillas, que poblaban la historia de los poderosos. Como las muertes colectivas -acaecidas por epidemias o guerras -nada tenían que ver con las individuales, que incluso, exigían de explicaciones más profundas y complejas; la muerte de un individuo que pertenecía al estamento del clero era muy distinta a la de un pobre, un criado o un hombre de pueblo.

- ¿Qué conoces del opio?.

- Se obtiene de la adormidera, de un corte dado a la cabeza de la planta y tras recogerse el licor que se desprende de ella. Sus aplicaciones son múltiples, detención del flujo intestinal y uterino, inhibición del flujo bronquial, aunque sobre todo es usado como somnífero.

- Brillante, mi querido Olso, resulta esperanzador cómo los textos sirven para algo más que engalanar bibliotecas. Pero no es ésta la que buscamos.

A parte de los licores que sofocaban el furor y enervaban los ánimos, y dejando a un lado los perfumes que provocaban ardor y mareo, muchos de estos eran tan útiles para provocar la expectoración, favorecer el flujo menstrual y el parto, como para inflamaciones y dolores. El empleo del estramonio se reducía a la preparación de filtros de amor. Y el beleño producía en ciertas dosis, delirio, como sucedía con la belladona, pero en otras cantidades llegaba a ser un potente veneno. Pero ninguno de estos ejemplos, todos ellos famosos y que aparecían en imponentes frascos en la habitación, habían servido a la muerte del hermano Ruimigo.

- Entonces, ¿cuál?. - Preguntó, de pronto, el asombrado Olso, impaciente por resolver el misterio del veneno.

Pero el doble de una de las campanas de la iglesia, que sonaba repentino en el horizonte, detuvo la indicación de Fessepinte cuando su dedo elevado estuvo a punto de anunciar la solución del problema. Calló de pronto, extenuando sus brazos con el aplomo del hábito que ceñía su grueso cuerpo, para que su mirada, fiel y acompasada, se arrumbase al clamor de sus músculos y a la intención que iban tomando sus piernas.

II

El aullido de una voz humana caló en esos muros tiritantes, debido al viento que golpeaba con saña, y atrajo a una muchedumbre de frailes que se congregaron a su alrededor. Uno de ellos había caído estupefacto por una visión sacrílega poco después de alcanzar su sueño.

Mientras dormitaba en una de las cámaras del monasterio, le despertó un ligero tamborileo en la ventana. Pero al acercarse, atraído por el ruido, no pudo creer lo que estaba viendo. Pegada a la fachada del edifico, como una araña, apareció entonces una joven. Una muchachita de apenas veinte años, con una de sus manos pegada al cristal, sonriéndole, mostrándole sus dientes puntiagudos, como si quisiera llamar su atención La chica comenzó a hablar, pero su débil voz era ahogada por el ulular del viento y el cristal.

- Es cosa del demonio.- Apuntó, de pronto, uno de los frailes y un coro de voces le acompañaron.

- Pobre hermano Ruimigo. -Señaló, entonces, alguien y otras voces corearon lo mismo.

Fessepinte corrió a fuera, seguido de cerca de Olso y más allá del resto de la comitiva. Pero allí no había nadie. Tan sólo se podía apreciar unas pequeñas huellas que seguían el curso de un sendero, aunque lo más inquietante eran las pezuñas que rodaban su rastro.

- Pezuñas de lobo. - Aseguró Fessepinte.

- De lobo. Esto es cosa del demonio.- Dijo tembloroso uno de los frailes, mientras se santiguaba nerviosamente.

Sin embargo, las marcas de las huellas se perdieron pronto en un cenagal que campaba junto a una vieja capilla, abandonada a su suerte. Emergía un erial rezumando un espantoso olor en su desnuda llanura; ni la más pequeña raíz brotaba en aquel amplio calvero. Sólo un pútrido aroma a podredumbre, flores ennegrecidas y gárgolas de seres fantásticos echadas a perder.

- Habrá que desentrañar el misterio, ¿no creéis?

Acariciándole la cara un lento orvallo, se mantuvo estático frente a ese edificio que parecía venirse abajo de un momento a otro, sin mostrar inquietud ni miedo. Sintió una ligera llovizna que poco a poco amenazaba tormenta. Fessepinte tuvo el valor necesario de entrar, obedeciendo al rito de la curiosidad, seguido de su fiel Olso y de Pitrel, un viejo soldado, que había abandonado los aperos de la guerra por los útiles de cualquier actividad a la que fuese requerido. Resolver entrar en esas olvidadas estancias era despertar al genio maligno que aterraba a esa pequeña comunidad de frailes, pero no cabía otra posibilidad que bajar a las profundidades de lo desconocido. El grueso Fessepinte apartó con cuidado el candado de la puerta brillante por su antigüedad y empujó suavemente la verja con ambas manos. El patio que emergía de ese umbral, tenía un parecido a un baluarte de irreconocibles estatuas con un indeleble moho creciendo en sus torsos de piedra. Solamente se mantenía de pie intacto un ángel de mármol, sugiriendo silencio con su dedo índice erecto, sobre los labios.

Encendieron el pábilo de la vela y llameó una intensa luz repartida en tres antorchas. Así, armados con ellas, fueron penetrando poco a poco en la profundidad cavernosa hasta que esta les cubrió por completo, haciéndose del mismo modo eterno el silencio. La madera estaba podrida y caería con facilidad, apareciendo unos pequeños peldaños que bajaban. Los muros estaban cubiertos de moho verdoso a medida que se iba bajando, con algunas salpicaduras de hongos marrones, con algunas salpicaduras de otros tantos hongos entre las piedras, hasta llegar a una puerta, cubierta de vegetación. El olor a podredumbre se sentía con intensidad, como si hubiesen dejado un montón de manzanas podridas en la oscuridad. Pero esto no impidió que Fessepinte observara con detalle. Acercó la luz a un enorme montículo de porquería, despreocupado por un momento del resto de las miradas, hasta que alcanzó ver un pequeño ídolo, una suerte de horror de piedra, reflejado en una estatuilla de unos centímetros, con cabeza, torso y brazos antropomórficos. Y manteniéndolo en sus manos, se fijó en mil y un detalles, al menos un instante, antes de pasar de mano en mano esa horrible imagen.

El pequeño pasillo se abrió a una pequeña habitación, lo que parecía una vieja bodega, oculta en un nivel inferior a la capilla y que servía de refugio para aquellos moradores, en tiempos de guerra. Se trataba de una minúscula estancia, en donde los toneles del buen vino de la comarca habían sido sustituido por bacanales de estiércol, en donde brotaba hongos de todas las clases y junto al olor, flotaba en el aire unas esporas.

Siguió un profundo silencio. Y como un soplo procedente de la profundidad, el miedo le envolvió a Olso, con la tenue luz de las antorchas que apenas le aliviaba. Tenía las manos frías y un sudor helado se deslizó por la espalda, temblándole todo su cuerpo. Escuchó, prestando mucha atención, pero no oyó ningún sonido, ni siquiera el eco de unas pisadas imaginarias en la oscuridad. Hasta que sintió un débil lamento y los hongos comenzaron a temblar, apareciendo la imagen de un cadáver corrompido de encima de ellos. La cabeza aparecía haber sido partida en dos y un montón de gusanos gordos poblaban su cadavérico rostro, e incluso la figura echó atrás su cabeza y rió. Pero pronto, la ilusión se disipó como un mal sueño.

- No te abrumes, Olso, no es más que una desdichada.

La joven de la que hablaban aquellos frailes, y que según alguno, andaba por las paredes como una araña, no era más que una chiquilla. No había nada misterioso en ella. Sus ropas los tenía raídos y tanto el frío como el hambre la dominaban, pero había una cierta aura, una luminosidad espectral que la embriagaba. Una muchacha abandonada a su suerte, en realidad como otros muchos jóvenes que seguramente sobreviviese viviendo como una salvaje en medio de los bosques que rodeaban el pueblo, aprendido a compartir con las mismas bestias que anidaban la espesura.

Pero, entonces, todo sucedió muy deprisa. La antorcha se resbaló de la fría mano de Olso y tras golpear en el suelo, surgió de la nada un manto llameante que alumbró en cuestión de segundos el oscuro fondo del cobertizo. Los bananales se consumieron en ceniza con rapidez y la gastada madera que soportaba la integridad de la techumbre, empezó a crujir y a ceder ante las llamas. Ni Olso ni los demás muy bien supieron como lograron salir de allí, como tampoco supieron que fue la suerte que corrió aquella muchacha, fuese quien fuese. Lo cierto fue que la vieja capilla se desmoronó con un estruendo, en medio de una gran llamarada y un silencio crepuscular sumió las ruinas en el vacío.

Las heridas del incendio recluyeron a Fessepinte y Olson a una larga estancia en el lugar, donde fueron testigos de algunas costumbres peculiares de los lugares, amén de ciertas actividades culinarias. Pero ya nada quedaba en el pueblo de Landes, salvo partir de nuevo al hogar.

Como canto a la familiaridad de algún ciprés como del pinar que hiciese gala de aquella máxima clásica que definía al arte como una imitación de la naturaleza, estos aparecían junto a piedras viejas de molinos, casas de labor y de alguna torre medieval que llamease atenta desde épocas antiquísimas. Pero el viajero, no precisamente amante de piedras deslustradas por el tiempo, observaría mejor la campiña, rodeada del pinar, donde los campos de cultivo brotasen desde la falda de esa pequeña colina que iba dejando a levante el pueblo de Landes.

- Detengámonos a tomar aire puro, antes de regresar a la ciudad.

Un puñado de gente rústica, con sus aperos, acampaba a lo largo del camino y de aquellas tierras de labor velando por los cielos limpios y claros, con el tañido de unos sonidos lejanos, expandiéndose desde unas campanas a vuelo, mejor que a repique, para clamar por esas lluvias que pusieran fin a la sequía y a los estragos del hambre que dejaba secos los campos de labrantío y mustios los miembros de los braceros. Estos tomaban simples terrones secos que se perdía entre los dedos, viéndoles a todos ellos, venidos con mal cuerpo y peor cara. Alguien como Olso sentirían un gran pesar como para rezar algún Laudo Deum o un Tempestatem venit, junto a ese tañido del monasterio que marcaba el ritmo de la vida cotidiana. Sin embargo, volvieron a retomar el camino y pronto se alejó la imagen del pueblo en el horizonte.

- ¡El acónito, fue el acónito!. -Señaló, Olso, de pronto.

- ¿Cómo?.

- El hermano Ruimigo había sido envenenado con acónito.

- No, Olso, no.- Aseveró Fessepinte.- fue el agua sucia, murió intoxicado. La falta de higiene fue el culpable, mi amigo Olso. No había misterio en su muerte.

 

 

 

 

 

 



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