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RELATOS


Por Guillermo Cabrera Hernández
rabamart@hotmail.com


HORIZONTES

El abuelo Juan había decidido suicidarse; “primero muerto que delator”, confesó a mi abuela cuando los falangistas le buscaban. Pero la noche del 2 de Marzo de 1937 cambiaría su destino: un embarcadero sin vigilancia resultaba más atrayente que reventarse en el fondo del barranco. En la costa africana se recuperó de los tormentosos dolores de la guerra. Meses más tarde buscó otros horizontes y fue seducido por la invocación salvaje de la llanura argentina. Echó raíces junto a un lago de Jacinto Aráuz, un pueblito aislado en los límites de La Pampa.

Yo llevaba años dominado por el nervioso deseo de introducirme en aquellos recónditos espacios abiertos; los mismos en los que el abuelo gaucho había hecho germinar utopías y sueños. Me llamaba el misterio, aquel que trasciende ámbitos geográficos; el impulso de la sangre invitando a rastrear las huellas de su origen. Quería reconocerme en sus pasos, encontrarme con él en los potreros, orillar arroyos y lagunas y cabalgar juntos entre paisajes de silencio. Tal vez, en alguna estancia solitaria, encontraría su rastro arreando las tropillas o vigilando las reses.

El manto de nubes se extendía plácidamente bajo las alas. El horizonte se irisaba en tonalidades naranjas anunciando la llegada del crepúsculo. El avión comenzó a descender atravesando la capa neblinosa. La inmensa llanura se presentó de golpe en una explosión verdosa e infinita. Algunos ranchitos y caseríos aislados se aferraban a la luz última de la tarde. Antes del aterrizaje, la noche total terminó por abrazarse a la Pampa argentina.

Cuando conocí a Anatael Cabrera me impactó su presencia: moreno, corpulento y alto, con el sombrero alón dejando escapar un flequillo lacio y oscuro sobre la frente, encendía la brasa de sus ojos al compás de un verbo sentencioso. La barba rasposa era surcada por la fina cicatriz de un navajazo diagonal en la mejilla y sus manos callosas, labradas y brutas, parecían raíces brotando de la tierra. Ausente a las miradas, descendió del caballo, dejando tras sus pasos, en un compás lloroso, el metálico sonido de las espuelas. La rudeza física del gaucho contrastaba con sus ademanes medidos y controlados.

Nos encontramos una tarde de vino y guitarras en La Soñadora, el boliche o taberna rural, donde el peonaje recalaba al regresar del campo y los galpones. Durante horas compartimos sueños y vivencias, acompañados por el sortilegio de un oloroso tinto de Mendoza. Nada en Anatael era artificio; la luz de la transparente verdad humana relucía en el fondo azabache de sus ojos. Parco y templado, hablaba lo justo y sabía escuchar. A través del pucho del oloroso tabaco virginia, con voz grave y adornando la frase con la caricia del acento pampero, preguntó como era mi tierra.

Le aseguré que en los atardeceres marinos, el sol lloraba sangre al despedirse de las islas. Le juré que en las noches calurosas del verano, la luna se instalaba más cerca del paisaje para seguir iluminando la prodigiosa belleza de los campos. Le hablé de un pasado heroico, del abnegado pueblo que cultivó laderas para sacarle raíces a las piedras y expulsaba dolores, hambres y tristezas, con el vino, la copla y las guitarras. Le aseguré que mi gente mantenía la estirpe, la nobleza del guanche impregnada en los actos cotidianos, pero también el fuego aferrado en el volcán de su entraña, el lacerante dolor que origina la pospuesta rebeldía, el grito apagado con la rabia. “Así era mi abuelo”, le dije. Y le hablé de él.

Le mostré unos versos arrugados, aquellos que el abuelo copiara un día de un gramófono en su empeño por perseguir sueños e ideales. Los leyó con paciencia:

“El obrero es quien trabaja, hace producir la tierra,
en mi corazón se encierra un bello sueño de amor,
yo como trabajador veo al rico propietario,
explotando al proletario, robándole su sudor”

Se hizo un largo silencio. El gaucho tomó un trago, acarició la guitarra y continuó de memoria el recitado de la siguiente copla, siguiendo el estilo de la milonga pampeana. Su voz poderosa se elevó en la noche:

“Cuando pienso que el obrero es quien todo lo produce
y su vida se reduce a sufrir y más sufrir
siento en mi pecho un latir con fuerza en mi corazón
porque no encuentro razón de que esto pueda existir “

Interrumpió el canto. La luz del fogón centelleaba en el charco desbordado de sus ojos: “Jue ´pucha, mi viejo recitaba esos versos”, dijo con voz quebrada. No dije nada, un intenso abrazo surgió para fundirnos.

Cuando salimos al descampado, la tenue luz de la luna se reflejaba en la irisada superficie de las lagunas. Los grillos se entregaban al embrujo de la noche. Un caballo relinchó desde el palenque. Toda la Pampa era un universo estrellado.

En los siguientes días rastreamos juntos las huellas del abuelo, cabalgamos por los campos, estancias, acequias y galpones; el escenario agreste que recorriera en vida. Perseguimos su sombra errante dirigiendo el ganado.

Tras el abrazo del adiós, en silencio montó a caballo; fijó la vista en la distancia y dijo sereno: “Sobrino, ahora no sólo nos une la sangre; vos y yo perseguimos los mismos ideales que buscaba mi viejo”, y se alejó galopando hacia el crepúsculo. El sol lloraba sangre sobre la llanura.

Hombre y jinete se perdieron en la distancia. Quedé allí respirando soledad, hasta que la noche total se abrazó a La Pampa. No sentí tristeza; me había contagiado de silencios.





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