Hacía frío en aquella mañana estival,
cuando las madrugadas salían de sus nidos cantando
sobre el bosque de encinas frente al balcón de su
dormitorio. El atisbo de luz que asomaba entre las ramas
de los quejigos, despierta, a duras penas, como cada día,
su cuerpo cansino. Su alma de mujer, encerrada en la prisión
de esa calma sombría, aprisiona su pecho hasta tener
la impresión de ahogarse en su propia letanía.
Ignora, hasta el momento, que ya no le quiere, que la enseñaron
a servirle como quien sirve a su dueño, porque ella
cree que le pertenece por completo, en cuerpo y alma, aunque
su alma se pierde sin dueño cada madrugada, y vuela
alejada de su piel al son del viento, mientras sueña,
en secreto, con una vida diferente, con otro hombre, en
otro lugar, en otro tiempo.
Arrastrando sus pies aún dormidos, se dirigió
hacia la cocina para hacerle el desayuno. Hacía tiempo
que ya no esperaba sus besos, sólo deseaba que por
alguna gracia del destino, o por algún milagroso
sueño, hubiera desaparecido el mal humor que en los
últimos días se había instalado en
el carácter de su marido.
Le despertó suavemente, teniendo mucho cuidado para
no interrumpir bruscamente sus sueños, temiendo que
al despertar volviesen las malas caras, el gesto huraño
y el tono de su voz alterado por la brusquedad de su genio.
Pensaba que aún le amaba, pensaba que en el fondo
y a pesar de sus días sombríos, sentía
todavía amor, ese amor que por el orden natural de
las cosas y por su estricto sentido del deber, tenía
que sentir por ser su marido. Ella nació para casarse
y tener hijos, para querer a su marido, para amarle y servirle,
eso le enseñó su madre, a su madre se lo enseñó
su abuela, y así a lo largo de muchas generaciones,
se fueron educando las mujeres y los hombres de su familia
y de las otras familias de su entorno para poder formar
ese orden "natural" de la vida.
Aquella mañana, afortunadamente, sus deseos se convirtieron
en realidad cuando comprobó que al abrir los ojos,
su marido la miró sin fruncir el ceño, con
un gesto más bien relajado que ella atribuyó
a algún agradable sueño. Ella agradeció
el cambio de humor besándole suavemente en la mejilla
y susurrándole al oído que su desayuno estaba
listo.
Él nunca podría perdonarla que no hubiera
tenido hijos. La mujer, por naturaleza, debía tener
descendencia para asegurar la continuidad de la especie,
pero sobretodo, para asegurar la continuidad de sus propios
genes. De hecho, en su familia, que él recordara
o que le hubieran contado, nunca se había dado un
caso de infertilidad similar al suyo, razón por la
cual él estaba convencido de que el problema era
de ella. Por eso él la consideraba una mujer incompleta,
una especie de "aberración" de la naturaleza,
pues pensaba que Dios hizo a la mujer con un cuerpo bello
para que el hombre se sintiera atraído por ella y
la poseyera con el fin de procrear. Eso le han enseñado
sus padres, su cultura, a sus padres sus abuelos, y así,
a lo largo de la historia de la humanidad, se había
ido perfilando el orden natural de las cosas.
Él creía que aún la amaba, aunque
no estaba muy seguro ya. En realidad, lo que sí era
seguro es que la necesitaba. La necesitaba para mantener
el ritmo normal de su vida cotidiana, para tener la comida
lista, para tener su ropa limpia y planchada, pero también
para tener compañía cuando llegaba a casa
cansado de trabajar. Realmente, se alegraba al verla por
las noches con su belleza aún intacta a pesar de
sus casi cuarenta años, se alegraba y le agradecía
mucho su forma de despertarle por las mañanas, suavemente
y con esa voz pálida susurrándole al oído
que el café estaba listo.
Sabía que a veces era huraño con ella, que
perdía los nervios demasiado pronto por tonterías,
que ponía mala cara sin venir a cuento, cuando por
ejemplo ella le preguntaba qué tal le había
ido el día. Se daba cuenta de un montón de
malos gestos que ella no se merecía, pero cuando
el cansancio y los problemas del trabajo se adueñaban
de él, perdía un poco el norte y todas las
tensiones acumuladas a lo largo del día, salían
en forma de veneno por su boca, como si se tratara de la
lava de un volcán que arrasara lo que más
cerca tenía.
Por supuesto, le hubiera gustado mostrarse más cariñoso
con ella en los últimos años, pero no podía,
todos sus intentos en este sentido eran fallidos, y por
más que lo intentara, siempre acababa metiendo la
pata con alguna salida de tono, con algún comentario
que la hacía daño... y así, poco a
poco, se le habían olvidado aquellas caricias que
prodigaba por todo el cuerpo de su mujer, aquellos besos
eternos que mantenían mientras hacían el amor
al poco tiempo de casados. Al final, la rutina, los desencantos,
los reproches, el aburrimiento, el cansancio al llegar a
casa después del trabajo, fueron matando poco a poco
su deseo de abrazarla, de acariciarla y de amarla.
Se engañaba pensando que ese era el estado natural
de las cosas, que en realidad la seguía queriendo
a pesar de todo, pues él era sin duda un buen hombre,
con un alto grado del sentido del deber, haciendo lo que
se sentía obligado a hacer: llevaba el dinero a casa,
trabajaba ocho horas diarias, no bebía en exceso...
y, aunque era infiel en algunas ocasiones con una compañera
de trabajo, jamás había pensado en abandonarla
porque se sentía responsable de su mujer, ella le
pertenecía en cuerpo y alma. Al casarse, ambos firmaron
que sería así para toda la vida, hasta que
la muerte los separase. En el fondo, no se quejaba de nada,
la resignación dio paso a la rutina y la rutina le
daba seguridad, aunque algunas veces se rompía cuando
por necesidades del trabajo, tenía que estar varios
días fuera de su ciudad y aprovechaba la oportunidad
de estar con su amante-compañera de trabajo. Pero
estaba convencido de que eso tampoco era tan malo, ya que
cuando volvía, se sentía de mejor humor, le
compraba algún regalo a su mujer y ella se sentía
más contenta durante unos días.
Aquella mañana, él la miró al despertar
y la encontró especialmente bella. Deseaba decírselo,
pero sus palabras se ahogaban como siempre antes de que
pudieran ser audibles, como si en su recorrido desde el
cerebro hubiera un océano de temores bajo el que
perecía cualquier intento de expresión de
sus emociones. Con la primera derrota de sus palabras muertas
congelándole la boca, se levantó con movimientos
lentos y cansinos, mientras pensaba por el pasillo la manera
de demostrarle a su mujer algo más de cariño.
Desayunaba con pereza, mientras ella le miraba atenta a
sus necesidades, esperando cualquier gesto de él
para adelantarse, solícita, a sus deseos, quizás
para acercarle el azucarero, para echarle algo más
de leche en el café, o para encontrar rápidamente
un mechero para encenderle el cigarrillo que se sacaba del
bolsillo.
Apenas sin mediar palabra entre ambos, se despidieron con
un frío roce en las mejillas, para irse a trabajar
él como auditor de cuentas a una oficina en el barrio
de Salamanca, mientras pensaba en un ramo de flores que
podría regalarla esa misma noche al volver del trabajo
para expresar lo que con palabras no era capaz, para pedirla
perdón por su mal humor, para intentar resarcirla
de los malos momentos que le había hecho pasar en
los últimos tiempos.
Él no sabía aún que esa era la última
vez que se despediría de su mujer.
Mientras él trabajaba, ella hacía las camas,
fregaba los platos de la cena y del desayuno, limpiaba la
casa a toda velocidad, hacía la comida y se sentaba,
exhausta, frente al televisor, a tiempo de ver su programa
matinal favorito donde contaban los cotilleos de la vida
de los demás y se olvidaba de la suya durante unas
horas. Después continuaba con las teleseries de amores
pasionales, lo que le daba pié a imaginarse un montón
de historias en las que ella era la protagonista: una mujer
felizmente casada, se enamoraba locamente de otro hombre
y dejaba a su marido para irse a otro país con su
amante. El final de esas historias así como el protagonista
masculino variaban mucho según el día; unas
veces se imaginaba que encontraba la felicidad eterna junto
al amante, tras superar todo tipo de vicisitudes para defender
su amor en una sociedad que se oponía; en otras ocasiones
el amor sucumbía ante las presiones de la hipocresía
y esa historia, perfecta en sus inicios, cambiaba bruscamente
de rumbo y acababa en tragedia. El amante, arrepentido de
su locura, volvía con su esposa, y ella se quedaba
sola, esperando eternamente en la estación del tren,
como Penélope en su canción favorita. Tan
fuerte era su vínculo con estas fantasías,
que cuando imaginaba un final trágico sentía
que el peso del mundo caía sobre ella, dejándola
agotada anímica y físicamente, como si su
cuerpo y su alma estuvieran soportando una fuerza sobrehumana
que la presionara contra el suelo.
Sus historias, ajenas al insustancial mundo real, le pertenecían
más que ninguna otra cosa en su vida, su imaginación,
lugar vedado al intrusismo de los demás, su refugio
personal era, a pesar del sufrimiento que a veces le producía,
su única y más querida cualidad, su imaginación
era su espacio de libertad, el que nadie le podría
arrebatar, y por ello, se aferraba a sus historias, como
si fueran lo más sagrado de su vida, pensando que
sin ellas se moriría, porque era en esos momentos
cuando sentía que realmente estaba enamorada, enamorada
de su amante secreto, de ese hombre que la mimaba y la deshacía
en caricias y palabras bonitas, de ese hombre con el que
hacía el amor imaginariamente mientras con sus manos
se auto complacía.
Las horas del día pasaban mientras ella seguía
superponiendo sus fantasías sobre una realidad que
no podía ni debía cambiar para no alterar
el orden natural de las cosas.
Hasta ese día, ella nunca había pensado en
las desventajas de su doble vida, pues eran dos mundos tan
distintos que apenas se relacionaban. El primer mundo, el
de sus fantasías, manejable, blando, dúctil,
moldeable según sus necesidades, un mundo a su medida,
en el que nadie intervenía para cambiar sus planes,
y el segundo, el mundo real, rígido, marmóreo,
inamovible, impuesto, un mundo en el que ella no podía
intervenir para cambiar su rumbo, un mundo lejano a sus
más íntimos deseos, ajeno a su voluntad, un
mundo sobre el que ella andaba de puntillas, en silencio,
sin alterar a su paso ni el polvo del aire por el que tímidamente
se movía. Jamás, hasta ese día, se
había planteado unir esos dos mundos y vivir una
única vida. Hasta ese día.
Aquella tarde, después de comer, escribió
en su diario:
Arrebátame el surco de mis días, que ya no
tengo ganas de guardar.
Arrebátame las sombras que me sobran
Que un solo sol mi alma implora.
Un solo amor, una sola vida,
Una sola ilusión por vivir la única dicha
que me toca.
Dime cuál es mi verdadera luz,
El universo que me espera.
Dime cual es la verdadera naturaleza de este mundo,
Si es maleable o si es marmórea,
Dime cómo será esta vida sin su dualidad peligrosa.
Aquel día, al caer la tarde, miraba al horizonte,
sintiendo el cielo a su alrededor, envolviéndola
como si estuviera en el centro de una cúpula en la
que las montañas conformaban su base esférica.
Como todas las tardes en soledad, sus ojos se humedecían
y veía el mundo a través de sus lágrimas,
temblando al contemplar el universo que se abría
sobre sí misma, desconcertada por la intensidad de
su profunda tristeza. Pero ese día, a diferencia
de los demás, un intenso vacío interior se
apoderaba de ella hasta hacerla vomitar.
Se preguntaba si merecía la pena continuar viviendo
en ese letargo aparentemente complaciente, cuando toda ella
lloraba por dentro sin consuelo, día tras día,
siempre perdida entre sus atormentados sentimientos, emociones
que escondía en lo más profundo de su ser,
siempre pendiente de que no se asomasen nunca al exterior
para que nadie, jamás, se los pudiera adivinar.
Necesitaba salir, tomar aire, romperse a llorar para despertar
de su largo y profundo sueño, un sueño que
le había negado siempre a sí misma, que le
había hecho perderse a sí misma con otras
vidas que no existían.
Se dio cuenta de que ya no le satisfacían tanto
sus fantasías, ya no quería cerrar los ojos
a su realidad, quería contemplarse a sí misma,
escuchar sus sollozos, abrirse desde dentro y darse la vuelta
para dejar lo de dentro hacia fuera, deseaba entender lo
que emanaba cada tarde de lo más profundo de su ser
y provocaba en ella ese desasosiego interior; sus lágrimas,
¿qué escondían esas lágrimas
que cada día salían de su ser, intentando
quizás ser un punto de conexión entre esos
dos mundos que apenas se conocían, su mundo interior
de fantasías y el mundo real?. Porque entre esos
dos mundos se había formado un surco que cada vez
se agrandaba más, y porque ya no estaba tan segura
de que su realidad fuera tan inalterable que su voluntad
no la pudiera modificar. Quería descubrir la verdad,
saber la causa de sus tristezas, por qué ese vacío
tan intenso la había revuelto tanto por dentro.
Supo entonces que su vida no era en absoluto la que ella
deseaba, no era feliz, se había engañado a
sí misma tantas veces que había acabado creyendo
que su vida tenía que ser así, tan inamovible
como un árbol centenario cuyas raíces se hubieran
apoderado de su alma y apenas pudiera ver ya su propia verdad,
tan aprisionada en su mundo irreal que apenas podía
respirar. Entonces pensó que quitaría esas
raíces que crecieron sin su consentimiento y comenzaría
a plantar dentro de sí misma su árbol verdadero,
le ayudaría a crecer, le educaría con cariño
y se formaría una mujer de verdad, con sus propios
criterios. Su fantasía, esa que calmó el dolor
de su soledad, no volvería a ser el refugio de sus
miedos, de su miedo a luchar contra el árbol centenario
de las creencias impuestas.
Lentamente, comenzó a girar sobre sí misma
con los brazos en cruz, observando cómo el aire se
alteraba a su paso, cómo las partículas de
polvo visibles a través de los rayos del sol, se
movían rápidamente ante los movimientos circulares
de su cuerpo y entendió que la realidad no era inalterable,
que el mundo exterior interaccionaba con ella ante el más
minúsculo movimiento, porque ante un pequeño
soplo de aire, miles de partículas se alejaban de
ella y otras miles se acercaban en un aparente desorden
impredecible, lo que hacía que el universo no fuera
igual un instante antes que el otro, y era ella, ella misma,
quien estaba siendo responsable de esa alteración,
ella estaba conformando el mundo junto a los millones de
vidas que había sobre la tierra.
Ella acababa de despertar a la realidad, estaba descubriendo
su verdad, empezaba a ser consciente de lo que ya sabíamos
desde el principio, es decir, que estaba viviendo en una
ficción, un engaño para no alterar el inalterable
orden de la civilización, creyendo que amaba a su
marido, creyendo que le pertenecía en cuerpo y alma,
creyendo que estaba ligada a él por imperativo vital
hasta que la muerte los separase, creyendo que ella no tenía
derecho a ser como quería ser, creyéndose
culpable por no tener hijos, culpable por sentirse mal,
culpable por haber nacido, por llorar, creyendo que las
injusticias eran el estado natural de las cosas, creyendo
que ella no existía más que en función
de los demás, para complacer a los demás,
nunca para ella misma.
Antes de que llegara su marido, esa misma noche, María
abandonó su casa. No sabemos dónde, pero se
fue a conocer mejor lo que había descubierto ese
día dentro de sí misma, formando su propio
camino. No sabemos tampoco cómo termina, sólo
sabemos que por primera vez en su vida, fue fiel a sí
misma.
Antes de marchar, sobre la mesa del comedor, dejó
escrita una carta a su marido.
"Quizás, somos dos almas perdidas y encerradas
en el laberíntico mundo del bien-estar, del bien-pensar,
del bien-hacer, cuando nuestros corazones, quizás,
si fueran libres, se pudieran amar de verdad, pero somos
presos de nuestras propias creencias. Creencias que hicieron
nuestras sin quererlo, creencias que nos metieron desde
que nacimos con embudos, muy a nuestro pesar, y con ellas
crecimos, creyendo ya que por derecho natural eran propias
y no ajenas, creencias que hacen daño, que hieren
hasta matar nuestra libertad. Yo no soy tuya, no soy de
nadie, aunque me lo creyera, soy de mí misma y de
nadie más, pero ¿cómo apartarte de
mí, si tanto tú como yo somos víctimas
de la misma perversión?. Tú porque me tienes
como una carga de responsabilidad sobre ti y yo porque te
tengo como mi amo y señor. Ya no quiero seguir viviendo
de fantasías por no cambiar la realidad, por no atreverme
a echar de mi interior las falacias que han ido formando
mi yo, pero no me gusta ese yo, quiero vivir mi vida de
verdad, sin tenerme que inventar otra, quiero que mi vida
sea la que deseo vivir, y por eso, tengo que apartarme de
ti, ser yo misma y encontrar a esa mujer a la que nunca
escuché, esa mujer a la que quiero querer, defender
su libertad por encima de todo... y sobre todo, quererme
a mí misma. Y después, sólo después,
quizás te vuelva a encontrar."
Y tras escribir esto, por primera vez, María se
sintió bien dentro de su cuerpo y de su alma, unida
a sí misma, en paz con el mundo que la rodeaba; se
sintió liviana, al otro lado de la cárcel
de imposiciones en la que se había sentido encerrada
durante toda su vida, se sintió etérea, alegre,
pero con una alegría interior que no había
conocido antes, grande por dentro, segura de lo que hacía,
dueña de su propia vida, convencida de que este era
su mundo y que merecía la pena vivirlo, segura de
que ella tenía derecho a estar en este mundo, y entendió,
por primera vez en su vida, que había algo por lo
que merecía la pena vivir: conquistar su propia libertad.
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