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RELATOS


Por Helena López-Casares


EL TERCER CAJÓN

Mara ascendía por las escaleras que daban paso a su habitación y ponían fin a una de sus mayores diversiones: escuchar las conversaciones de los mayores y observar sus movimientos. Era viernes y, como sucedía en bastantes ocasiones, el salón de su casa se había transformado en un sitio de reunión de familiares y amigos. No en vano su padre era uno de los banqueros más influyentes del país y su madre una conocida novelista, que tocaba maravillosamente el piano, haciendo las delicias de esas veladas interpretando hermosas piezas.

Pero Mara tenía diez años y su madre, tras haberle concedido más tiempo del que le correspondía, le aconsejó que se fuera a dormir, pues, aunque al día siguiente no había que madrugar, era ya muy tarde para una niña de su edad.

Las risas se iban disipando conforme subía por la majestuosa escalinata serpenteada por la barandilla de forja traída de Italia, mientras sus ojos le iban dando pistas de lo cansada que estaba. El pasillo, siempre iluminado por los quinqués, estaba a oscuras porque María, la fiel asistenta, los había llevado a limpiar aquella mañana, así que Mara pensó en dar media vuelta para pedir a su madre que la acompañara. Sin embargo, el resplandor proveniente de su estancia la alertó. «Qué luz tan clara y brillante», pensó, avanzando con cuidado hacia la puerta.

Mara era inquieta y pensaba que para todo había una explicación y, aunque su sed de curiosidad era grande, no podemos decir que no tuviera miedo, pero «abajo había mucha gente», pensaba mientras respiraba profundamente para tranquilizarse.

Sujetó el pomo de la puerta con fuerza y empujó, dejando paso a unos rayos que luchaban por salir del tercer cajón de su cómoda, acompañados de los suaves movimientos musicales de un nocturno de Chopin. Armada de valor y extasiada por esa melodía, que tantas veces había oído tocar a su madre, Mara abrió el cajón, quedando cegada por el derroche de claridad. Cuando sus pupilas se hubieron acostumbrado a la nueva situación, pudo ver cómo se formaba una gran burbuja en la habitación que la atrapó en su interior.

Mara daba vueltas dentro de la bola transparente, a la vez que sentía cómo se iba empequeñeciendo hasta que llegó al tamaño perfecto para penetrar por el cajón. Y así fue. Apenas la burbuja redujo sus dimensiones, Mara se vio dentro de su cómoda. Aquel cajón era enorme y no se veía nada, sólo un sonido muy familiar, el piano, su conexión particular con lo conocido, que la mantenía calmada. «¿Dónde estoy?», gritó con la esperanza de que alguien la escuchara, pero no hubo respuesta, al menos como ella esperaba.

Al cabo de un rato la música se hizo más intensa y un «golpea la burbuja, golpea la burbuja» sonó como un eco. El golpe de Mara, seco y decidido, rompió su habitáculo y cayó a una superficie mullida, azulada, brillante, en la que se elevaba una puerta dorada coronada por un perfecto arco de flores. «Llama con tres toques», rezaba el cartel que colgaba del pomo. Toc, toc, toc. La entrada se abrió y Mara se quedó sin respiración ante la visión que se abría frente a ella: todos los muebles de su casa estaban allí, animados, con vida, mirándola. De fondo, la deliciosa pieza que la había acompañado desde su más tierna infancia, la Sinfonía de los Juguetes de Leopold Mozart.

Lo primero que acertó a distinguir fue su cama, aunque más pequeña, que, posada en la rama de un árbol, pestañeaba cual fémina presumida, mientras el mueble zapatero de sus padres la observaba. Más allá, los quinqués parecían divertirse de lo lindo patinando encima del escritorio de su padre. El armario ropero, que contenía los vestidos de Mara siempre limpios y ordenados, era ahora un transportador aéreo para todos los que quisieran admirar las vistas desde la más alta de las cúspides, representada por el reloj de pared. Mara estaba abstraída, boquiabierta, no se lo podía creer.

-«Sólo por el hecho de no haber visto antes algo, no quiere decir que no exista. Aprende a confiar y explora antes de sacar conclusiones precipitadas», sentenció una voz.

La niña miró a su alrededor y supo que esas palabras habían brotado del impactante mueble librería del siglo XVIII que presidía la biblioteca de su casa. Se acercó, y antes de que pudiera articular frase alguna, la vitrina abrió sus puertas de cristal y le mostró su interior. Había cientos de libros y todos reclamaban a Mara para que les escogiera. Casi por inercia, cogió el volumen de Alicia en el país de las maravillas, al fin y al cabo sólo había que poner su nombre en el título para que fuera exactamente lo que ella estaba viviendo en ese momento.

Dejó el libro en el suelo y se sentó al lado para ojear su interior, pero no le dio tiempo. Las páginas se desplegaron y Mara fue engullida por él.
-«Oh, no, otra vez no», gritaba mientras caía hacia abajo por segunda vez.

En esta ocasión fue a parar encima de una mesa alargada en la que se estaba celebrando una extraña fiesta al son de una canción nada real.
-«Un momento, estoy en la merienda de celebración del no cumpleaños del Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo», pensó Mara mientras los dos extraños personajes la miraban.
Conocía muy bien esa historia, pues la había leído varias veces, pero una cosa era imaginársela y otra muy diferente vivirla, con lo que un ligero escalofrío le recorrió el cuerpo.

-«El único modo de salir de aquí es siguiendo al conejo blanco y, si mis cálculos no fallan, está a punto de pasar por este lugar muy acelerado», pronunció, esta vez, en alto.
-«¿Tú qué crees que es eso que habla?», preguntó la Liebre al Sombrerero.
-«No sé, pero sea lo que sea, puede que le ponga mantequilla, me he quedado con hambre», contestó éste último refiriéndose a Mara.

Como había pronosticado, el conejo se acercaba nervioso mirando su reloj. Nada más verlo, Mara se levantó como una exhalación, privando a la Liebre de su merienda.

-«Espere, Señor Conejo, no se vaya, tengo que salir de aquí», suplicaba Mara al blanco animal.
-«Sección primera cuarto volumen», le dijo el conejo sin volverse hacia ella.
-«¿Qué? ¿Cómo dice?»
-«No tengo tiempo para entretenerme, se me ha hecho tarde, sal de aquí por aquella puerta y haz lo que te he dicho».

Tal como le había indicado el conejo, Mara abrió la puerta y se encontró de nuevo con la librería. Sí, ya lo entendía, tenía que coger el libro que respondiese a las coordenadas que le había dado el animal.

-«El mago de Oz», leyó Mara alcanzando el cuarto volumen de la sección primera.
Era la historia de Dorita, una niña atrapada en un mundo fantástico, que también deseaba volver a casa y para lograrlo se encamina hacia la ciudad Esmeralda en busca de un poderoso mago para que la ayude en su propósito.
-«Pero, aquí no hay ningún mago que me pueda ayudar. Si no hubiera entrado sola en mi habitación ahora no estaría aquí», decía entre sollozos Mara.

Las lágrimas se iban deslizando por su cara y al llegar al suelo se cristalizaban, reposando unas encima de otras. Mara no se dio cuenta hasta que se sintió aprisionada por el cono de lamentos, que superaba ya el metro de altura. Un torbellino de aire de polvo de colores comenzó a rugir con fuerza y arrancó a Mara y a su habitáculo del suelo. A partir de aquí todo se volvió impreciso, daba vueltas y más vueltas en un mar de confusión: los muebles, el conejo blanco, el Sombrerero Loco, la Liebre de Marzo... giraban en torno a ella.

El sudor le rodaba por la cara y su cuerpo se movía sin parar, una última sacudida hizo que se cayera de la cama. Encendió la luz de la lámpara de su mesita. Todo había sido un sueño. Su vista se clavó en el fabuloso vestido que colgaba de su armario: un impecable diseño para una novia perfecta. Faltaban unas horas para que su vida se viera definitivamente unida a la de Carlos.

Bajó la escalinata con dirección al salón, teniendo cuidado para no despertar a sus padres. Amaba aquella casa y todo lo que representaba: una infancia feliz, completa, rosa. Quería a Carlos, pero inevitablemente no podía dejar de pensar en la nueva vida que iba a emprender y lo que dejaba atrás. Ese sueño era el compendio de todos sus temores, a la vez que personificaba a la ilusión, cuyo cumplimiento se le hacía especialmente atractivo. Si pudiera detener el tiempo, si pudiera volver hacia atrás, si pudiera volver a ser esa niña de diez años...

Acostada en el sofá pensaba en el simbolismo de aquel espejismo inconsciente. Se sentía superada por el acontecimiento porque desconocía cómo iba a ser vida a partir de ahora. Sería feliz, indudablemente, pero extraña, a la vez. Por la puerta entreabierta del salón vio la silueta del mueble librería y recordó sus palabras. En efecto, sus emociones habían tejido una red pegajosa alrededor de ella en los últimos días y se había dejado atrapar cual mosca indefensa. No había nada que temer, estaba en casa y siempre lo estaría.


 

 

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