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  Guías culturales

RELATOS


Por Isabel Bauzá Pizá

 

CINE

Íbamos al cine, los chavales,  “a ver lo que echaban”.

A veces mirábamos las carteleras, con fotogramas de la película, pero era igual. En cualquier caso entrábamos.

Casi siempre íbamos los jueves, porque era la tarde libre del colegio.

La sesión, doble, con nodo; y nosotros la doblábamos otra vez, haciendo una sesión cuádruple binodal. Por el mismo precio.

En los cines olía siempre a cine. Los acomodadores eran señores mayores, que odiaban a los gamberretes como nosotros. Había en los descansos una visita al bar donde los más pudientes compraban pepsicola (que cundía más que la cocacola), alguna chuchería, e incluso se pesaban en una máquina que parecía un enorme reló de péndulo antiguo. Había escupideras de porcelana que no nos parecían asquerosas, y muchas colillas amarillentas a su alrededor.

Los primeros momentos eran de ansiedad.

El león de la Metro siempre, me hacía pensar que iba a ser una película estupenda.

No siempre ocurría. El desencanto era general cuando la película aparecía en blanco y negro.

Bueno, había otro momento aún peor, y era cuando, en medio de la trama, así, de sopetón, el protagonista se ponía a cantar. Dios, ¡era cantada¡. Allí aprendimos a jurar. ¿Cómo se puede estropear una película así?

La manera de vengarnos siempre era la misma. Una enorme pitada en cuanto se producía el beso “de película”. Era ensordecedora la pitada. En el barrio había auténticos virtuosos del silbido. Y lo peor era cuando, los amantes se acercaban a besarse y se separaban sin haberlo hecho. Notábamos que alguien se había quedado con esa escena tan apetecible. Pitábamos. Mucho. El pitido más salvaje era el más prestigiado.

Años después nos enteramos de que en las películas había un director. En mi barrio ni había director ni nada. Los actores hacían la película sin más complicaciones según iba saliendo. Y salían muy bien, sobre todo las de barcos, las de trenes y las del Oeste.

Cuando se apagaba la pantalla, cosa que ocurría con mucha frecuencia, la armábamos gorda. Entonces salía el acomodador con la linterna para dominar la situación.

Es curioso pero los indios, que siempre perdían, eran mis favoritos. Y esto lo llevaba a mis juegos con los “americanos e indios”. Allí, los pobres indígenas zarandeaban, en jugosas venganzas, al séptimo de caballería.

Al final salía con la cabeza hecha un bombo de tanta película, de tanto ver a las ruedas de las caravanas ir al derecho y al revés, y de tanto tiro de los protagonistas.

Y además siempre me daba un golpe de efecto ver que había entrado de día y salía de noche.


VENTANA

La ventana de mi despacho daba a una especie de gran patio formado por edificios de oficinas. Todos iguales, todos igualitos.

Alguna vez miraba allá afuera, pero sólo había quietud… Ni coches, ni niños jugando, ni paseantes, tan solo las ventanas. Luces cuadradas que se combinaban cada tarde-noche de manera distinta.

Yo supongo que también sería un cuadradito de luz a sus ojos, pero para eso alguien tendría que hacer como yo, lanzar a lo lejos la mirada cansada, o tener curiosidad…Y no, no parecía que nadie estuviera en ese caso.

Aunque supongo que no estaría bien visto, si me sorprendían, naturalmente, un día me llevé unos prismáticos de mi casa. Los guardaba cada día en el cajón de la llave.

Y con ellos fui indagando cuadradito por cuadradito.

Y por las tardes, a muy última hora, cuando todas las luces estaban encendidas daba un repasito a todas las fachadas.

Primero fue una chica que se veía muy aplicada en su ordenador. Luego fue lo que parecía una sala, mucho más animada y que compartía cuatro cuadraditos luminosos. Un lugar que parecía la consulta de un dentista. Muchas escenas, algunas fijas, y otras llenas de vida y movimiento.

Poco a poco me di cuenta que ese pasatiempo se iba haciendo sitio en mi mente y que, cuando no podía echar mi ratillo a los cuadraditos luminosos me quedaba falto de algo esa noche.

¿Qué pasaría si mis prismáticos se encontraran con otros que estuvieran mirándome a mí? Esa y otras muchas suposiciones me hacía mientras escrutaba todo aquello.

Lo bueno de esta historia es que todo se quedaría allí, porque saliendo a la calle, fuera de aquel formato, el mundo no se podía reconocer con el de los cuadraditos luminosos.

Y mientras seguía mirando. Y la chica, tan aplicada, sigue dale que te pego en el ordenador. ¡Si supiera que es mi alegría nocturna¡

Hoy he tenido una noticia terrible y no sé cómo arreglarlo.

Me ha dicho mi jefa: Te he propuesto para un ascenso y te van a dar un despacho mucho mejor, y además con vistas al exterior.

Estoy angustiado y no sé cómo arreglarlo.

 

MENSAJE


Aquel día, fatídico día, la tragedia entró en su casa.

Me enteré enseguida y fui a verla pero… yo soy hombre de pocas palabras-aunque de muchos sentimientos-, y no supe que decir. No encontré palabras.

Simplemente estuve. Sintiendo.

Y ya, de vuelta, desde la soledad de mi casa, se me ocurrió enviarla por mi teléfono un mensaje. Un sencillo mensaje que decía : “beso”.

Quise decir muchas cosas con el mensaje o mejor, quise que las sintiera ella.

No me contestó.

Al día siguiente repetí el mismo mensaje, y al otro y al otro.

Y así durante semanas. Durante meses.

Jamás me contestó y yo seguí en la esperanza de que sintiera que compartía, la pena con ella.

Ayer, por primera vez, al acostarme me di cuenta de que ese día no le había mandado el mensaje. Y pensé…mañana, lo primero que haga será enviárselo.

Y esta mañana, prontito, me he llevado la sorpresa que era yo quien tenía un mensaje en mi teléfono.

Mensaje corto.

Decía…

¿Dónde está mi beso?

 

 

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