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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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RELATOS


Por Ignacio Sarraseca Pueyo


OJOS VERDES

l primer recuerdo que tengo de la chica de los ojos de serpiente es verla dando vueltas alrededor de mi banco de madera. Parecía ya predestinada a girar en orbita sobre mi vida. Sus ojos transparentes y verdes escondían una mirada gris y triste; sus manos blancas eran las de una niña y su pelo largo y castaño el de una mujer. Era más alta que la demás y más guapa y también extraña al mismo tiempo. Los chicos del verano que la rodeaban no sabían que nadie podría rodearla jamás y que su dulce pero triste mirada gris no era sino un arma de un solo filo capaz de atravesar una plancha de acero con la facilidad con la que puedas clavar un cuchillo en la arena de una playa del norte. Aquella mirada jamás se detendría en unos ojos débiles, y no por ello dejarían nunca de hacerle daño.

Su rostro era la luz de una mañana de diciembre; piel de hielo y agua que se evapora con los años. ¿Quien no podría enamorarse de una chica así?, ¿Quién no cruzaría un país para refugiarse en sus brazos? ¿Quien no cruzaría todos los países? Yo no.

Yo nunca cruce nada por ella, pero nuestras miradas se cruzaron tan pronto que ya era demasiado tarde. Jamás quise robarle el corazón, pero si rebusco en los bolsillos de algún viejo pantalón seguro que encuentro algún pedazo que olvide tirar por aquel acantilado frente al mar. Aquella historia se desgasto antes de empezar y el tiempo corría deprisa, pero al revés de cómo lo hace con el resto de la gente. Si mis ojos hablaran no dirían más de lo que ahora digo.

- Te lo prometo, yo te querré siempre.
- Eso no es verdad y tú lo sabes.
- Tienes razón, mi corazón tiene prisa. Ahora va camino de una fiesta a la cual no has sido invitada.

Aquellos ojos verdes vieron con los años que el chico despiadado cuyos sentimientos se perdieron entre el calor del verano y la lluvia del aquel terrible otoño, no era peor, sino mejor que todas las cosas que sucedían a su alrededor. Esa chica merecía algo mejor, merecía el calor de un abrazo.
Uno de verdad, con manos de verdad y brazos, y ojos cerrados y un temblor recorriendo mis entrañas. Y también las tuyas. Yo he dado abrazos muy fuertes a personas que no conozco, a personas que podrían no haberse cruzado nunca en mi camino, y mi rumbo habría permanecido invariable; yo he tirados abrazos desde una carroza como quien reparte caramelos desde una tribuna.
Pero a ella jamás le regale uno.

- Su dolor no es mi dolor, me dije. Pero hacía mucho tiempo ya que no escuchaba mis propias palabras Con los años las hojas de los árboles ya no caían de la misma forma aunque la gravedad hacia que terminasen siempre en el mismo sitio.

Aquel barco con forma de mujer encalló en aguas tan turbias que los peces que antes nadaban en ellas desarrollaron alas para poder salir volando de allí. La pena la consumió. La pena consume todo.

Pobre sirena varada.

HABITACIONES Y MENTIRAS

No quiero hacer daño a nadie, solo quiero saber por que las ideas tristes no tienen cabida en la cabeza de un mentiroso. Acaso ya nadie sabe mentir con dignidad.

En mi cabeza de mentiroso solo resonaba una idea tan clara como una jodida mañana de verano. Desaparecer. El deseo de escapar de esa jaula de huesos era mayor que la de volar por encima de los tejados y mayor aun que la de bajar escaleras de peldaños gigantes cuyo final eran los labios dulces de una mujer.

Puedo contar hasta tres, puedo contar hasta cien, puedo cerrar grietas con mis manos y sentarme a esperar que pase el tiempo, puedo escalar esa colina con pies descalzos y sonreír desde lo alto a al multitud, puedo abrirme camino entre la pesada y melancólica arena del desierto y cantar a los pies de una fuente de mármol blanco. Pero hoy no haré nada de eso. Hoy voy a abrir la puerta, la abriré despacio como se abren las puertas de verdad. Sin prisa, sin piedad, sin desvelar secretos, sin confesar mentiras. La voy a abrir y voy a cortar fantasmas por mitades para repartirlos entre los niños que ya no temen nada. Se que la verdad dolerá, mas aun se que la mentira va a destruir. Pocas cosas conmueven el alma de un moribundo; ni la guadaña mas afilada portada por un ser sacado de una novela Lovecraft podría perturbarlo.

Ya no habito en la torre más alta de la más alta cumbre de las tierras altas. Hace tiempo llame a una puerta y una mentira me atravesó el corazón.

Ahora cuando llamo me lo guardo en una caja y mi torre de ladrillos de aire es más nada que algo y no por ello dejo de sonreír cuando me cruzo con la mirada perdida de quien sabe doler y de quien sabe abrir y destruir en silencio.

Por fin la puerta se abre, y no soy yo el que ha llamado. Mis manos son de barro, mis ojos son piedras oscuras como el ébano, mi alma se ha marchado de viaje a algún país exótico del sureste asiático y la memoria se ha disuelto como un vaso de agua en un océano. Apenas percibo ningún olor, apenas el aire que envuelve la habitación de paredes ocres, apenas nada.

De las piedras fluye el llanto mendaz de un niño, del barro nacen caricias frías, húmedas, sin compasión, sin latidos de fondo. Mi alma sigue de gira turística por Asia, tomando langosta y champagne francés y mi memoria vaga sin rumbo con un billete de ida a ninguna parte por las aguas de cualquier sitio donde haya agua. Todo es una jodida farsa Mi mentira no es más grande que mi daga, pero su filo atraviesa cosas que nadie atravesó antes y abre jaulas en las que habitan seres mitológicos dispuestos a comer cosas que ya nadie come Ahora después de nada, ya no quiero torres altas, ni dagas, ni mentiras, ni barro húmedo, ni piedras envueltas en llanto, ni labios de mujer sobrevolando los tejados de las casas...

Quizás me vaya con mi alma a algún país exótico.

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