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RELATOS

Por Isabel Pavón Vergara
ASUNTO PENDIENTE ENTRE MI MADRE Y LA ESCUELA

A mi madre, de niña, nunca le gustó la escuela. Mi abuela, puso de su parte lo que pudo y cuando cumplió los nueve años, la llevó una mañana. Las clases se pagaban por jornadas. Pero ni a mi madre le gustó, ni mi abuela podía mantener aquel gasto si la niña no iba a aprovecharlo.

Fue años más tarde, cuando mi padre, mientras ella y él eran novios, la enseñó a leer, a escribir, y de las cuatro reglas, consiguió enseñarle la suma. Porque a mi madre le gustaba siempre añadir cosas a la vida, nunca robarle, ni llevarse, ni hacer reparticiones. Y no me podrán negar ustedes que quien suma, también multiplica. Así podría decirse que mi madre aprendió no una regla, sino dos. Las dos más importantes para saber vivir en buen compañerismo.

Muchas veces he pensado que fueron un par de factores los que influyeron en que a mi madre no le gustara ir a la escuela. Primero la guerra civil, palabras que yo escribo con minúsculas porque comprendo que ningún nombre de guerra merece ser escrito de otra manera. Y el otro factor, fue la pobreza de cultura que se vivieron en sus tiempos. Sin embargo, yo añadiría uno más: Alergia. Mi madre sentía cierto repeluzno a las clases. Bien fuera culpa de lo que ella oyera a otros niños comentar de los maestros, o bien fuera culpa de ella sola, que prefería quedarse en casa con mi abuela.

Yo no sé si todo esto le dejó a mi madre alguna especie de secuela. Lo cierto es que cuando empecé a ir a la escuela, ella nunca hacía ademán de acompañarme. A pesar de mi corta edad, yo le notaba un miedo extraño. Jindama a que la dejaran dentro y la obligaran a aprender todo lo atrasado. Bueno, también tenía otra poderosa razón. Yo era la mayor de cuatro hermanos, o sea que había niños chicos a los que cuidar y a los que no se les podían dejar solos. Sin embargo, mi madre al despedirme por las mañanas, me encargaba encarecidamente que me fuera derechita a la escuela, que no hablara con ningún desconocido, que echara a correr si veía acercarse a un hombre con un saco grande a la espalda, etc., etc.

A veces me añadía en el trayecto a una vecina que también llevaba a su hija, casi dos años mayor que yo. Pero eso era cuando íbamos a una escuela que estaba a cuatro pasos de la casa. Luego, cuando cumplí los siete años, me matricularon en otro, de monjas, que estaba bastante lejos. Por lo menos, a mí, aquel trayecto me parecía enorme. Tampoco hubo problemas entonces, porque una de las profesoras seculares se ofreció a que mi amiga y yo, en vez de irnos solas, nos fuéramos con ella. Se llamaba Nati.

Nati era dormilona. Nati se levantaba cuando mi amiguita y yo llamábamos a su puerta. Nati nos iba dando la bulla por el camino porque se le hacía tarde. Y Nati, entraba directamente a su clase, dejándonos en la fila de las niñas que se quedaban castigadas por llegar tarde a la escuela. Nati, nunca se volvió a rescatarnos de aquella fila para no ponerse en evidencia.

Yo sufría mucho con aquellos castigos tan injustos, que además de por las mañanas, también nos obligaban a cumplir por la tarde, en fila, en el patio del recreo

¿Pensaría alguna vez Nati en eso? Creo que no. Por eso para mí, Nati, nunca fue un ejemplo a seguir, como persona. Así que mi amiga y yo decidimos que ya no nos iríamos más con ella. Y empezamos a irnos solas.

Cuando yo le contaba todo esto a mi madre, ella parecía no darle importancia. Eso sí, me repetía una y otra vez que me fuera derechita al cole, que no hablara con ningún desconocido, que echara a correr si veía acercarse a un hombre con un saco grande a la espalda, etc., etc.

Al comenzar el curso siguiente, a mi amiga de toda la vida, y que como he dicho antes, era un par de años mayor que yo, le dio por empezar a presumir. Yo no entendía aquella nueva manía de arreglarse tanto si sólo era una niña. Yo no entendía por qué dejó de gustarle su pelo liso y se tiraba tres cuartos de hora intentando rizarlo a base de masajes, de agua, de laca y juego de manos. Tampoco entendía por qué se ajustaba la ropa para que de alguna forma, abultaran más los dos botones descomunales que yo pensaba que se había pegado en las tetillas.

Yo no entendía por qué a mi amiga había dejado de preocuparle la puntualidad y había empezado a preocuparle los chicos. ¡Aquello era absurdo! Aguanté un tiempo, era mi amiga y no quería disgustos. Pero no se enmendaba. Volví a cansarme de quedarme castigada en la fila de las que llegaban tarde sin ser yo la culpable, y tuve que tomar la decisión de irme sola.

A veces llovía, otras tronaba, otras granizaba, y otras, grandes riadas inundaban las calles de Málaga. Veía a distintas madres llevar a sus hijos a la escuela, mientras yo seguía sola. Yendo y viniendo sola, a pesar de mis pesares.

Pasaron los años. Yo había cumplido los dieciséis y ya estaba a punto de terminar mis estudios, cuando algunos medios de comunicación clandestinos y un sin fin de panfletos amanecidos en la vía pública, anunciaron para el día siguiente, una huelga general en España. No recuerdo el motivo, lo que sí recuerdo es que aún faltaban algunos años para que entrara la democracia.

Aquel día de la huelga anunciada, yo me levanté a las siete y media, como de costumbre; me puse el uniforme, como de costumbre; desayuné cebada con leche y pan tostado con manteca, como de costumbre; me hice mi cola de caballo como de costumbre y cuando fui a abrir la puerta para salir a la calle, como de costumbre, mi madre me salió al encuentro en mitad del pasillo y como quien dice "Arriba las manos, esto es un atraco", me soltó:

-Espera, que hoy te acompaño.

-No hace falta, mamá, ya soy mayor. No me pasará nada.

-Hoy te acompaño yo -volvió a decirme con cierto nerviosismo inusual en ella.

Así que a las ocho y cuarto de la mañana, mi madre y yo, cogiditas por el brazo, salimos a la calle para que, fuera cual fuera el destino de aquella manifestación anunciada clandestinamente, nos encontrara juntas. A penas nos cruzamos con una o dos personas, ya que fuimos sorteando las avenidas principales para no encontrarnos con el supuesto lío.

Yo sentía una enorme satisfacción, mezclada con una gran dosis de cortedad, al verme tan mayor, con la cartera a cuestas y cogida del brazo de mi madre. A mitad de camino, pude convencerla para que regresara a casa. Antes de aceptar mi petición, volvió a repetirme lo mismo que cuando era pequeña: que me fuera derechita al cole, que no hablara con ningún desconocido, que echara a correr si veía acercarse a un hombre con un saco grande a la espalda, etc., etc.
Pero tengo que reconocer que allí estuvo ella, cuando me hizo falta. Porque lo que sí tenía mi madre claro, era que ir a la escuela, era más importante para mí, que para ella. Y que yo no podía faltar un solo día a clase por mucha huelga clandestina que se hubiera declarado en España.

Quizá aquel día, mi madre, de aquella manera tan tierna, pienso yo, quería redimirse, de una vez y para siempre, de todos los años perdidos de no acompañarme a la escuela.

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