ASUNTO PENDIENTE
ENTRE MI MADRE Y LA ESCUELA
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A mi madre, de niña, nunca le gustó la escuela.
Mi abuela, puso de su parte lo que pudo y cuando cumplió
los nueve años, la llevó una mañana.
Las clases se pagaban por jornadas. Pero ni a mi madre le
gustó, ni mi abuela podía mantener aquel gasto
si la niña no iba a aprovecharlo.
Fue años más tarde, cuando mi padre, mientras
ella y él eran novios, la enseñó a
leer, a escribir, y de las cuatro reglas, consiguió
enseñarle la suma. Porque a mi madre le gustaba siempre
añadir cosas a la vida, nunca robarle, ni llevarse,
ni hacer reparticiones. Y no me podrán negar ustedes
que quien suma, también multiplica. Así podría
decirse que mi madre aprendió no una regla, sino
dos. Las dos más importantes para saber vivir en
buen compañerismo.
Muchas veces he pensado que fueron un par de factores los
que influyeron en que a mi madre no le gustara ir a la escuela.
Primero la guerra civil, palabras que yo escribo con minúsculas
porque comprendo que ningún nombre de guerra merece
ser escrito de otra manera. Y el otro factor, fue la pobreza
de cultura que se vivieron en sus tiempos. Sin embargo,
yo añadiría uno más: Alergia. Mi madre
sentía cierto repeluzno a las clases. Bien fuera
culpa de lo que ella oyera a otros niños comentar
de los maestros, o bien fuera culpa de ella sola, que prefería
quedarse en casa con mi abuela.
Yo no sé si todo esto le dejó a mi madre
alguna especie de secuela. Lo cierto es que cuando empecé
a ir a la escuela, ella nunca hacía ademán
de acompañarme. A pesar de mi corta edad, yo le notaba
un miedo extraño. Jindama a que la dejaran dentro
y la obligaran a aprender todo lo atrasado. Bueno, también
tenía otra poderosa razón. Yo era la mayor
de cuatro hermanos, o sea que había niños
chicos a los que cuidar y a los que no se les podían
dejar solos. Sin embargo, mi madre al despedirme por las
mañanas, me encargaba encarecidamente que me fuera
derechita a la escuela, que no hablara con ningún
desconocido, que echara a correr si veía acercarse
a un hombre con un saco grande a la espalda, etc., etc.
A veces me añadía en el trayecto a una vecina
que también llevaba a su hija, casi dos años
mayor que yo. Pero eso era cuando íbamos a una escuela
que estaba a cuatro pasos de la casa. Luego, cuando cumplí
los siete años, me matricularon en otro, de monjas,
que estaba bastante lejos. Por lo menos, a mí, aquel
trayecto me parecía enorme. Tampoco hubo problemas
entonces, porque una de las profesoras seculares se ofreció
a que mi amiga y yo, en vez de irnos solas, nos fuéramos
con ella. Se llamaba Nati.
Nati era dormilona. Nati se levantaba cuando mi amiguita
y yo llamábamos a su puerta. Nati nos iba dando la
bulla por el camino porque se le hacía tarde. Y Nati,
entraba directamente a su clase, dejándonos en la
fila de las niñas que se quedaban castigadas por
llegar tarde a la escuela. Nati, nunca se volvió
a rescatarnos de aquella fila para no ponerse en evidencia.
Yo sufría mucho con aquellos castigos tan injustos,
que además de por las mañanas, también
nos obligaban a cumplir por la tarde, en fila, en el patio
del recreo
¿Pensaría alguna vez Nati en eso? Creo que
no. Por eso para mí, Nati, nunca fue un ejemplo a
seguir, como persona. Así que mi amiga y yo decidimos
que ya no nos iríamos más con ella. Y empezamos
a irnos solas.
Cuando yo le contaba todo esto a mi madre, ella parecía
no darle importancia. Eso sí, me repetía una
y otra vez que me fuera derechita al cole, que no hablara
con ningún desconocido, que echara a correr si veía
acercarse a un hombre con un saco grande a la espalda, etc.,
etc.
Al comenzar el curso siguiente, a mi amiga de toda la vida,
y que como he dicho antes, era un par de años mayor
que yo, le dio por empezar a presumir. Yo no entendía
aquella nueva manía de arreglarse tanto si sólo
era una niña. Yo no entendía por qué
dejó de gustarle su pelo liso y se tiraba tres cuartos
de hora intentando rizarlo a base de masajes, de agua, de
laca y juego de manos. Tampoco entendía por qué
se ajustaba la ropa para que de alguna forma, abultaran
más los dos botones descomunales que yo pensaba que
se había pegado en las tetillas.
Yo no entendía por qué a mi amiga había
dejado de preocuparle la puntualidad y había empezado
a preocuparle los chicos. ¡Aquello era absurdo! Aguanté
un tiempo, era mi amiga y no quería disgustos. Pero
no se enmendaba. Volví a cansarme de quedarme castigada
en la fila de las que llegaban tarde sin ser yo la culpable,
y tuve que tomar la decisión de irme sola.
A veces llovía, otras tronaba, otras granizaba,
y otras, grandes riadas inundaban las calles de Málaga.
Veía a distintas madres llevar a sus hijos a la escuela,
mientras yo seguía sola. Yendo y viniendo sola, a
pesar de mis pesares.
Pasaron los años. Yo había cumplido los dieciséis
y ya estaba a punto de terminar mis estudios, cuando algunos
medios de comunicación clandestinos y un sin fin
de panfletos amanecidos en la vía pública,
anunciaron para el día siguiente, una huelga general
en España. No recuerdo el motivo, lo que sí
recuerdo es que aún faltaban algunos años
para que entrara la democracia.
Aquel día de la huelga anunciada, yo me levanté
a las siete y media, como de costumbre; me puse el uniforme,
como de costumbre; desayuné cebada con leche y pan
tostado con manteca, como de costumbre; me hice mi cola
de caballo como de costumbre y cuando fui a abrir la puerta
para salir a la calle, como de costumbre, mi madre me salió
al encuentro en mitad del pasillo y como quien dice "Arriba
las manos, esto es un atraco", me soltó:
-Espera, que hoy te acompaño.
-No hace falta, mamá, ya soy mayor. No me pasará
nada.
-Hoy te acompaño yo -volvió a decirme con
cierto nerviosismo inusual en ella.
Así que a las ocho y cuarto de la mañana,
mi madre y yo, cogiditas por el brazo, salimos a la calle
para que, fuera cual fuera el destino de aquella manifestación
anunciada clandestinamente, nos encontrara juntas. A penas
nos cruzamos con una o dos personas, ya que fuimos sorteando
las avenidas principales para no encontrarnos con el supuesto
lío.
Yo sentía una enorme satisfacción, mezclada
con una gran dosis de cortedad, al verme tan mayor, con
la cartera a cuestas y cogida del brazo de mi madre. A mitad
de camino, pude convencerla para que regresara a casa. Antes
de aceptar mi petición, volvió a repetirme
lo mismo que cuando era pequeña: que me fuera derechita
al cole, que no hablara con ningún desconocido, que
echara a correr si veía acercarse a un hombre con
un saco grande a la espalda, etc., etc.
Pero tengo que reconocer que allí estuvo ella, cuando
me hizo falta. Porque lo que sí tenía mi madre
claro, era que ir a la escuela, era más importante
para mí, que para ella. Y que yo no podía
faltar un solo día a clase por mucha huelga clandestina
que se hubiera declarado en España.
Quizá aquel día, mi madre, de aquella manera
tan tierna, pienso yo, quería redimirse, de una vez
y para siempre, de todos los años perdidos de no
acompañarme a la escuela.
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