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RELATOS


Por Israel Linde Villalobos
asanzve@hotmail.com


EL VALOR DE LAS IDEAS

Él no era un hombre de ideas. Él era un hombre “práctico”, alguien a quien la experiencia le había enseñado que “las ideas están muy bien, siempre y cuando no tengas nada mejor que hacer”. Y por lo que a él respectaba no necesitaba a nadie que le “comiera la cabeza”; ya sabía perfectamente como era “la realidad” como para que algún despistado, algún “filósofo de esos”, fuera a enseñarle, a esas alturas, “las cuatro verdades”. Y es que, fuera lo que fuese: él ya lo sabía; lo había aprendido en “la escuela de la vida”.

Así, con su corbata de muaré, sus zapatos de cordobán, su pantalón de algodón con raya, su camisa blanca de hilo y su americana gris con hombreras, llevaba sentado más de veinte años tras su mesa de conglomerado; denegando y aceptando hipotecas con una sonrisa agradable y su proverbial mirada de confianza, mientras estudiaba minuciosamente la indumentaria de los demandantes, pues como le dijo su padre tras el olímpico dedazo que le asignó silla, mesa, uniforme y salario: “la ropa delata”.

Sin embargo, lo que comenzó como un pequeño banco había ido siendo absorbido y reabsorbido periódicamente por entidades financieras progresivamente mayores, hasta transformarse en una más de las miles de sucursales que el Banco Santander pone a disposición de sus clientes con el único objetivo de hacerles la vida un poco más fácil. Y ahora, oh sí, ha llegado la crisis. Los beneficios han dejado de aumentar un treinta por ciento cada semestre y una simple mancha en los zapatos o un abrigo desgastado significan que él lo siente mucho pero que el banco no puede conceder la hipoteca. Pero él lo hace con buena intención. Para que su empresa no se vea en el desagradabilísimo trance de tenerlos que desahuciarlos más tarde, pues como le gusta decir: “Muerto el perro se acabó la rabia”.

Llegó la crisis y cuatro meses atrás, cuando se hicieron públicos los datos del último semestre, un jefazo de Madrid pronunció las palabras mágicas: Reestructuración De Plantilla. Él lo entiende: las acciones deben seguir su camino hacia las estrellas. Lo entiende y lo acepta, y si no fuera su puesto él que actualmente pende de un hilo es probable que incluso lo aplaudiera. Sin embargo, sabe que las cifras de la sucursal que el gestiona con puño de hierro no son lo que deberían ser. Sabe que hace más de un año que no cumple Los Objetivos. Sospecha que el título de bachiller no es la preparación adecuada. Y no puede pegar ojo pensando en las tonterías que les dijo a las de Recursos Humanos él día que se pasaron por la oficina para ir entrevistándolos uno a uno; no logra olvidar las miradas que aquellas dos “tipas” se lanzaban entre sí, unas miradas de soslayo que sólo podían significar una cosa: Ridículo. Quizás, se dijo a sí mismo decenas de veces, debí haber guardado el Marca en el cajón.

Y entonces, aterrorizado por la posibilidad de verse buscando empleo a sus cuarenta y cuatro años, por la cara que pondría su mujer si tan vitanda posibilidad pasase a ser un hecho, y por la hipoteca de Polaris World en la que se acababa de meter (a muy bajo interés, eso sí), su cerebro, su mente y su alma empezaron a recular tímidamente ante la perspectiva de verse, con suerte, con una mandil de camarero y una bandeja en la mano, sirviendo copas con una muy generosa sonrisa.

No, no lograba dormir. Y si lo hacía no pasaba del duermevela. Y cuando ocasionalmente lo hacía El Terror del Despido se infiltraba en sus sueños en forma de pesadilla, con un cero colosal rojo extracto bancario sobre fondo negro y un devorador tanto por ciento que se aferraba a su cara y le iba penetrando por los oídos, la boca y las fosas nasales hasta que lo único que percibía era el tremendo bip con el que su tarjeta de crédito y su cabeza implosionaban en seco… Al principio intentó convencerse de que no eran más que imaginaciones suyas, pero cuando el Don, el mismísimo Don, el jefazo, el ejecutor, el Director Regional, el “tipo del Porsche”, le llamó por teléfono para convocarlo a una “reunión muy importante”, sus pesadillas empezaron a materializarse. Desde entonces no ha podido evitar un estremecimiento cada vez que el teléfono de su despacho lo ha sacado del sopor. Después, mientas el futuro se oscurecía hasta el punto de no poder discernir con claridad entre sus certezas y sus pesadillas y mientras su mujer hacía planes para una excursión a Nueva York –“ahora que el euro está fuerte”–, su cerebro comenzó a examinar las posibilidades que le quedaban, los ases bajo la manga y la filosofía de la empresa.

“Este punto es importante”, le dijo una de sus hijas, la psicóloga, durante una conversación íntima que habían mantenido un mes atrás. La Filosofía de la Empresa. “Mira que es lo que buscan y dáselo. Demuéstrales que eres justo lo que ellos necesitan. Que representas todos, y digo todos, sus valores. Su imagen. Saca tu mejor sonrisa y una gráfica, eso impresiona mucho, con todos los datos que hablen tu favor. Demuéstrales que llevas toda tu vida allí y que no hay nadie que conozca mejor que tú el mercado local. ¿Cuál es lema de la empresa? ¿El valor de las ideas? Pues dales una idea cojonuda y demuéstrales quién es el mejor”.

Muchas noches se había pasado tumbado en la cama con los ojos abiertos, los tapones en los oídos y un cigarro en la mano mientras su mujer roncaba despatarrada al otro lado de la cama, recapacitando acerca de lo que había querido decir su hija, buscando una idea demoledoramente genial que dejara estupefacto al mismísimo Don, una idea, un concepto, una estrategia, que aunque fuera impracticable dejara bien a las claras quién llevaba los pantalones allí. Pero por mucho que se esforzaba no lograba dar con ella. Lo intentó de todas las menaras posibles: brainstormings, relajación, golf, spa, incluso se compró el libro del ex-presidente del Banco Mundial a ver si así, por analogía, por correspondencia, por inspiración, se le encendía la bombilla y daba con la idea de marras. Y cuando ya desesperaba, cuando la reunión se aproximaba como un ciclón dispuesto a arrancar los sólidos cimientos de una existencia que el creía inamovible, cuando ya se veía despachando fruta y casi podía oír las gentiles palabras con las que el Don finiquitaría una década de leal servicio a la empresa, se le encendió la bombilla. Fue un resplandor brutal, una bomba nuclear que colapsó durante varios minutos su sistema nervioso, una especie de orgasmo mental (multiplicado por la falta de uso) que lo dejó temblando de placer en la cama. Al principio casi le costó creer que aquella astuta estrategia mercadotécnica fuera suya; era demasiado original, demasiado sofisticada, genialmente sencilla, joder: era perversamente buena, y tan demoledora que durante un día completo no pudo probar bocado acosado por la incertidumbre de que quizás ya la hubiera leído en El Libro. Pero no era así, y cuando cobró conciencia de que aquel fogonazo de originalidad, que quizás podría revolucionar el mundo de la banca, era obra suya, se pasó una semana laboral completa con una sonrisa en la cara que incluso hacía palidecer su mítica sonrisa marca de la casa. Espoleado por aquella hemorragia creativa decidió planificar la reunión para evitar sorpresas y redactó en un guión los principales puntos que habría de seguir cuando llegara el momento de dejar boquiabierto al tipo del Porsche, se imprimió unas cuantas gráficas a todo color y ensayó frente al espejo la sonrisa de satisfacción y de no es para tanto con la que pondría punto final a su disertación. Oh sí, se decía mientras se afeitaba, se van enterar esos mamarrachos. Y una noche, mientras ataba cabos y repasaba mentalmente la cara de asombro que se le iba a quedar al Don, llegó a la conclusión de que había llegado al momento de hacer ciertos cambios en su vida. Era algo que ya estaba allí, pero que sólo entonces, imbuido en aquella atmósfera de creatividad que a veces incluso le asustaba, fue capaz de ver con nitidez. Se deshizo de sus americanas, sus corbatas de diseño y sus pantalones de algodón y se compró un par de pantalones de campana rojos –se los llevó puestos–, elásticos hasta la rodilla y a partir de ahí con mucho vuelo; una docena de camisas hawaianas –dejó sin abrochar los dos botones superiores para lucir mejor el pecho–; unas camperas con la puntera bien afilada, las auténticas botas del far-west que desde pequeñito había deseado calzar; y en vez de corbata se puso una pajarita verde cuya cinta le recorría el cuello a modo de collar…

Cuando aquel día entró por la puerta de su casa su mujer no pudo reprimir una silente mueca de terror. Pero no pasó nada, porque justo antes de que ella llamara a la policía para denunciar el robo él colgó el teléfono, dio una vuelta de ballet sobre sí mismo y, cuando se puso en píe, comenzó a sacar de una bolsa los discos el Dúo Dinámico, Los Chungitos y Los Brincos que esa misma tarde se había comprado “para estimular la creatividad” porque “ahora que se ha puesto en marcha no quiero dejar de explotar el enorme potencial que siento en mi interior”. Y después, mientras reanimaba a su esposa pasándole un pañuelo húmedo por la frente: “Cariño, has de saber que muchas cosas van a cambiar”. De nada sirvieron consejos y advertencias. Había visto la luz. Una nueva personalidad había aflorado de entre las ruinas de su anterior yo y ahora iba a ser el mundo quien debería adaptarse a él.
Entró en la sala silbando una melodía de Los Coyotes, dio una palmadita en el hombro del Don, dejó su carpeta sobre la mesa, se quitó las gafas de sol y se encendió un puro sin dejar de sonreír en ningún momento. Cuando el Don le dijo que no estaba permitido fumar en la sala, él le guiñó un ojo y le dijo que no se preocupara, que podían esperar afuera a que él terminara. Aparte de él y el Don había otros tres directores de sucursal en la reunión, los cuales se limitaron a contemplar, sin dejar translucir ni pizca de asombro, la triunfal entrada de nuestro héroe sin molestarse siquiera en saludarlo. Una vez pasado el shock, el Don fue directamente al grano y les dijo que era posible que algunos de los allí presentes fueran relevados de su puesto y que lo que él hacía allí era asegurarse de que todo se hacía del modo correcto, y que justamente por eso les iba a dar la oportunidad de que le explicaran porque no deberían “suprimirlos, je, je”.
Cuando uno de los tipos allí presentes sacó sus gráficas y comenzó su defensa exponiendo punto por punto, y casi palabra por palabra, la misma idea que él había tenido, sintió un terror eléctrico que a punto estuvo de hacerle vomitar allí mismo y que le obligó a doblarse sobre sí mismo para contener las arcadas. Los presentes se quedaron mirándole, ahora sí, incrédulos, y el tipo del Porsche se reclinó hacia él y le preguntó si se encontraba bien. No pasa nada, respondió tratando de recuperar el aliento, es sólo que lo estoy oyendo me parece una completa estupidez, y lo digo con todos mis respetos.

MI PEREGR...

No todos tenemos los mismos gustos. Es evidente. Haber escrito semejante obviedad me sonroja y, sin embargo, es algo que he tardado más de una década en comprender. Debo de ser un tanto estúpido. Lo acepto. Debo de ser poco empático. Puedo aceptarlo sin rechistar. O quizás soy demasiado dogmático. No lo desmentiré… Lo que verdaderamente me ha costado asimilar es que no todos tenemos la misma capacidad para apreciar las cosas (perdóneseme la indefinición), y que ésta capacidad no solamente puede llegar a ser considerada como un delito, sino que incluso, una vez desacreditada, aquellos que no la tienen pueden imponer su criterio sin más razones que las meramente subjetivas o, en el mejor de los casos, funcionales… Y es que, aunque no tengamos los mismos gustos, no todo es cuestión de gustos. Me explico:

El primer álbum que compré, con quince años y bajo los efectos de la MTV, fue un álbum de rock. El disco se llamaba Siamese Dream, y el grupo que lo perpetró se hacía llamar, ojo, Los Calabazas Estrelladas. No, no es broma: The Smashing Pumpkies. No sé si sería por el nombre, pero el caso es que aquellos tipos se hicieron casi tan famosos como millonarios, y tras seguir el clásico periplo al que se ve abocado cualquier grupo de masas (los ensayos en el garaje, el vertiginoso triunfo, el contrato con la multinacional, las correspondientes sobredosis que hacen peligrar la continuidad del grupo, la gira estelar de cuarenta mil watios con llamaradas de fuego incluidas, el status mesiánico que proporciona sexo en cantidades industriales, los Grammy, el rápido declive, el proverbial cambio de estilo) llegó la inevitable disolución y, algún tiempo después, el crematístico reencuentro de rigor. Por lo que a mí respecta no puedo negar que me identificara con su música. Si acaso se trataba de eso. Todas las noches, cuando mis padres despejaban el salón, me colocaba los auriculares de botón Sony, los conectaba a la salida de la minicadena y me empollaba las letras a guitarrazo limpio. Confiado en la imbatibilidad de aquellos acordes insistí a mis amigos en que debían de escuchar aquel álbum. Aún recuerdo las muecas, las mandíbulas torcidas, los ojos desesperados con que mi protonovia (acérrima de OBK) me suplicaba que pusiera fin al tormento. Decididamente mis amigos aún no se habían chupado las horas necesarias de MTV, permanecían anclados en esa triste imitación que son los cuarenta principales y, en pocas palabras, aún no habían enseñado a sus oídos como tolerar aquellos lapidarios guitarrazos. De todas formas aquello fue sólo un presagio que, por supuesto, no supe captar. No hubo consecuencias. En parte porque yo, como ya he dicho, solía escuchar la música con auriculares y, fundamentalmente, porque las minicadenas que manejaba por aquellos tiempos no eran lo suficientemente potentes como para molestar y sólo mis amigos hubieron de pagar el pato.

Tres años después ya estaba en la universidad. Me había cuasiemancipado y vivía con dos compañeros que nunca acabaron sus carreras: iba siendo necesaria una amplificación de potencia para dar rienda suelta a todo aquel festival de bastas guitarras sobreproducidas y ultradimensionadas que me traía entre manos: NIN, Sonic Youth, Nirvana, Pearl Jam y, en una palabra, etcétera; así que, guiado por mis lamentables conocimientos de alta fidelidad y mi (siempre) modesto presupuesto, opté por comprarme una Technis con cargador para cinco cedés. Me abría una Voll Damm, me liaba un canutazo de maría, seleccionaba los cedés, me felicitaba por mi buen gusto y conectaba trescientos watios de pura baja definición que hacían temblar las paredes. Fue entonces cuando empezaron los problemas. No con mis compañeros (demasiado drogados como para ser perturbados por nada en absoluto) sino con mis vecinos. Aquel año vivía en un piso con paredes de pladur, si golpeábamos el suelo con el píe parecía que bailábamos flamenco (eso nos dijo, bata de guatiné, alpargatas, rulos de plástico y permanente incluida, la vecina de abajo), tenía una cama que cada vez que me daba la vuelta parecía una manada de elefantes en plena orgía, y cuando me acostaba con una chica parecía que el Gran Bertha bombardeaba Salamanca. Para colmo, el inveterado sonido Technis (graves inflados, agudos estridentes, la agilidad de un manatí, ¿distorsión armónica?: mejor no pensarlo) modificó mi forma de oír música: Fue cuando empecé a escuchar Fat Boy Slim, Chemical Brothers, Massive Attack, Portishead y toda aquella efímera historia del Big Beat. Aquel pum-pum no pasó inadvertido para mis vecinos. Se quejaban, llamaban al telefonillo por las mañanas solo para despertarme, golpeaban nuestro suelo con la escoba y las paredes con martillos, la de la permanente simplemente llamaba al timbre y se iba corriendo escaleras abajo. Yo vivía en el quinto pero aquella onda expansiva de graves debía de llegar muy lejos: un día, cuando subía en el ascensor, el del tercero amenazó con darme una paliza. No sé si era por los polvos o por la música: el tipo, que no pronunciaba nada bien y estaba algo nervioso, decía algo así como: Noche, noche, paliza, noche. Pero si nunca escucho música por la noche sin auriculares, le dije (y era casi verdad). Pero él nada: Noche, paliza, dolor, se va a acabar, se acaba, paliza. Cuando llegamos al tercero abrió la puerta y me dijo educadamente: Adiós. Así que yo subí y me marqué una sesioncita de tres horas (esto demuestra que cuando dije que posiblemente yo era algo lento no lo hacía por humildad).

Desgraciadamente mis amigos no estudiaban unas carreras tan tremendamente fáciles, faltas de contenido y ridículas como la mía (Psicología). No, ellos estudiaban carreras de verdad. Y los efectos psicotrópicos, las noches de insomnio, las borracheras y las mujeres les pasaron factura. Regresaron a sus confortables hogares, a la ropa planchada y a tener que pedirle dinero a papá para costearse la juerga finisemanal; y así fue como, dos años después de mi llegada, me encontré conviviendo con dos mozas castellanas de espeso mostacho y potente menstruación que no solamente estudiaban lo mismo que yo, sino que incluso me pasaban los apuntes y me hacían los trabajos. Hasta ahí fantástico. El problema empezaba cuando ponía la música. Curiosamente aquel año ninguno vecino se quejó. No hacía falta: tenía al enemigo en casa. Golpeaban mi puerta, gritaban, me dejaban de hablar, me amenazaban con obligarme a buscar otro piso, me acusaban de estar perdiendo el tiempo, de no hacer nada (yo sacaba mejores notas), de impedirles estudiar, de sus lamentables expedientes…, todo por un par de horas de música tres o cuatro días por semana. Inútil negociar: Por entonces había comenzado a escuchar Primal Scream, God Speed You Black Emperor, Herbert, Villalobos, Amon Tobin, Aphex Twin, Spooky… Aphex les jodía de verdad: en las pausas entre tema y tema (el salón estaba junto a mi habitación) podía oír los lamentos, los gritos, los: <<Ese chaval está loco>>, <<Eso es para esquizofrénicos>>, <<Es para que lo encierren>>, <<Esto no puede seguir así>>. Cuando salía de mi cuarto las miradas de rencor y el silencio me dejaban muy claro que no era momento para bromas. En cierta manera las comprendo. Eran mujeres sin el más mínimo interés por la música (como la mayoría de las mujeres); una de ella era diabética, y tuna; las dos eran de pueblo y tenían algo más que un ligero sobrepeso. La más avanzada tenía cintas de Marea y Fito. La tuna solo escuchaba, muy ocasionalmente, villancicos/Rocío Dúrcal en su loro. Las salvajes galopadas de beats arrítmicos del Come to Daddy debían perforar sus tímpanos, los gemiditos del Widowlicker inducían en ellas un estado inconsciente de agresividad e incisiva verborrea femenina ante el cual un hombre no puede hacer absolutamente nada. Lo repito: era inútil razonar. Salía de la habitación a tope de endorfinas y me encontraba con dos enormes bestias supurando tanto odio que a veces pensaba qua se encontraban en un estado perpetuo de hipermenorréa. Bueno, sólo es música, osé decir tímidamente en una ocasión. Craso error: Los ojos se les salieron de las órbitas, me gritaron, me esputaron babas entre los gritos, me amenazaron con cortar la luz la próxima vez, me acusaron de la muerte del hámster que la tuna había cebado hasta lo que, en mi opinión, no fue más que el lógico infarto de miocardio subsiguiente, lloraron y me imploraron clemencia, se abrazaron y no me dirigieron la palabra en cuatro días. ¡Cuánto estrechó Aphex los vínculos de amistad entre aquellos dos grasientos toneles!

Para el curso siguiente decidí cortar por lo sano. Me busqué un piso con una inmensa habitación de no menos de cuarenta metros cuadrados (en verdad era el salón) y alquilé los dos zulos restantes a dos tipos que trabajaban de ocho a ocho y que se iban durante los fines de semana a sus pueblos. Ese año lo pasé en grande. Ni siquiera tenía que molestarme en cerrar la puerta de la habitación cuando me disponía a escuchar música. Además era un primero y a la vecina de arriba parecía darle exactamente igual cuanto ocurriera bajo sus pies. Por mi perfecto. Confiado por la total impunidad de la que parecía gozar decidí gastarme los ahorros de la primera comunión y comprarme un equipo de verdad: amplificador estereofónico Accuphase, altavoces B&W de tres vías acabadas en conos de aluminio (la gloriosa serie 700), subwoofer de 200 watios B&W con tweter reforzado de Kevlar, lector de vinilos Linn con brazo de lectura Ekos SE, reproductor de CD Accuphase DP-67… Me llevaba las chicas a mi picadero y nos poníamos a bailar a las seis de la mañana bajo los efectos de una cogorza tan descomunal que no controlaba en absoluto el volumen. Eso les ponía. Ochenta, cien, ciento veinte decibelios. La cosa iba ascendiendo progresivamente. Al final estaba tan ido que no podía ni follar, la gente se quedaba dormida por el suelo, yo me metía en la cama y las veía bailar (a veces desnudas) mientras me iba durmiendo placidamente. Ese año mi habitación fue la mejor discoteca de la ciudad… Desgraciadamente la felicidad siempre dura demasiado poco como para ser consciente de ella. Cuando llegó junio nuestro casero nos dijo que para el curso siguiente venía su sobrino de no sé dónde. Era mentira. El tipo se había portado, pero yo sabía que me echaba por la plantación clandestina de marihuana (cuya potentísima luz se filtraba por las ventanas y había alarmado a la comunidad de vecinos.) ¿Qué es eso que tenéis?, me preguntó cuando fui a pagarle el alquiler. Eh, ah, nada, un experimento de… biología, fue mi triste respuesta.

Cuando en Septiembre me puse a buscar piso, los buenos ya estaban cogidos y yo andaba corto de fondos; no podía permitirme alquilar otra vez un piso por mi cuenta y buscar inclinos. Además, nunca me gustó vivir con amigos porque por alguna razón estos siempre han sido demasiado propensos a los estupefacientes y eso limitaba, como pude comprobar los dos primeros años, mis posibilidades de mantener la beca con la que costear, entre otras cosas, mi demoledora discografía: unos diez álbumes al mes. Mi decisión fue irme a vivir con dos francesas de diecinueve años y un jilipollas que se estaba sacando Económicas a un ritmo de tres asignaturas al año (cuya novia, por cierto, le ponía los cuernos con cualquier otro jilipollas). Pensé: Hey, francesas, todos sabemos cómo son los Erasmus y, qué demonios, seguro que vivir con una par de guapísimas gabachas podía estar bastante bien. Como de costumbre: me equivoqué. Aquellas dos tías eran unas cristinas devotas que iban los domingos a misa a tocar la guitarra. A una le gustaba la música tibetana (quería decir el chill) y Police; la otra no dejó de insistirme durante el curso completo en que debía leerme El Principito (cuando le sugerí que se leyera el Fausto de Goethe no sabía de que le hablaba) y tenía un póster con la portada del libro en la pared de su habitación; y, por si lo anterior no fuera lo suficientemente escalofriante, me decía que pensaba tener cinco hijos y depilarse los brazos cuando se casara para que los pelos: largos y negros, no estropearan el conjunto: blanco celestial (aunque ella no era virgen). Se acabó la fiesta. Se acabaron los amaneceres con el Así Habló Zaratustra haciendo retumbar las paredes a ciento veinte decibelios. Comenzó lo que yo llamo la fase paradójica.

La fase paradójica: durante mi año libertad, a pesar de que no excluía (ni excluyo como entretenimiento) de entre mis gustos el Techno bruto a lo Dave Clark, comencé a escuchar, inducido por el tremendo Optometry de Spooky, bastante jazz, e incluso me compré la discografía completa del sello Thirsty Ear. Escuchaba Matthew Shipp, Ken Vandermark, Atomic, Masada, Tim Berne, Keith Jarret, David Murray… Ingenuamente cualquiera tendería a pensar que ahora que escuchaba jazz (la electrónica quedó gentilmente relegada a los cascos) los oídos de mis compañeros y vecinos se resentirían menos: error. No sé si sería el volumen (unos inofensivos cincuenta y cinco decibelios), que mis compañeros tenían menos paciencia, que las paredes eran más finas o que, y así me lo explico yo, el jazz jode aún más que Plastikman. Humildemente afirmo aquí que la Música tiene un componente subversivo (por supuesto, hay maravillosas excepciones) ligado a su complejidad, y que hasta el oído más profano es capaz de detectar este componente de manera instintiva. Creo que lo que de verdad molesta no es la música sino el poder de ésta: cuanto más hermosa y profunda, más molesta… Resumiendo: Fue un año infernal. Para empezar estaban mis vecinas: tres castas y ancianas señoras de pelo blanco y paseos al atardecer que no dudaban en aporrear la pared. Un día, en mitad de un temazo de Peter Brötzmann me molestaron tanto con aquellos aldabonazos que decidí ir inmediatamente, antes de que se me pasara el enfado, a aclarar las cosas. Afortunadamente aquellas senectas señoritas eran bastante tolerantes y rápidamente llegamos a un acuerdo: podía poner la música de siete a nueve. No estaba mal. Pero resultó que ese no habría de ser el verdadero obstáculo: El obstáculo, de nuevo, era la supuesta tolerancia juvenil. En primer lugar estaba el capullo de económicas con el convivía. El tipo, que aspiraba a trabajar en un banco, se sentaba en el salón a estudiar con la MTV puesta, no es broma: estudiaba con la MTV puesta, y, a pesar de que mi habitación estaba en la otra punta de la casa y que desde el salón, lo había comprobado con la tele apagada, apenas se percibía la música, siempre encontraba el momento perfecto para ir a tocarme los cojones. Aún recuerdo el primer día que se quejó, era un veinte de diciembre y nos acababan de dar las vacaciones, el tipo vino a quejarse con muy malos modales, pero hombre, le decía yo, que es navidad. Pero nada. Él se mostró amargamente perturbado y cerró la puerta de mi habitación con un portazo, tras lo cual y de ahí en adelante se limitó a aplicar las mismas tácticas de desprecio que mis castellanas compañeras: No me miraba a la cara, no me hablaba, me recriminaba que se me pasara un día limpiar nuestro baño, me decía que así era imposible estudiar, que iba a suspender por mi culpa… El pobre era un autentico capullo. Supongo que a estas alturas ya será asesor financiero… La gabacha tenía más razón. Su habitación estaba pegada a la mía y ella eran una petimetra de Matricula de Honor o disgusto… Aquellas tías estudiaban más por semana que yo por año. Se hacían unos trabajos de la hostia: doscientas páginas, bibliografía, bibliografía adicional, notas a pié de página, índice onomástico, gráficas estadísticas, portadas en color…, era algo increíble: nunca había imaginado que aquello fuera posible. La de la música tibetana iba a clase quince minutos antes y, por supuesto, nunca faltaba; daba igual que tuviera visita o treinta y nueve de fiebre, ella iba siempre y tomaba los apuntes palabra por palabra; después los pasaba a limpio, después los pasaba a ordenador y los imprimía, después los subrayaba con cinco colores diferentes, después los plastificaba y, unos días antes del examen, colgaba los esquemas por las paredes de su habitación. Esa mujer estaba enferma. Y además estaba reprimida. Que yo sepa no echó un triste polvo en todo el año, y lo cierto es que, como ya he dicho, era muy guapa. Se buscó por novio a un guaperas mejicano cuya relación acabó en el mismo momento en que me preguntó si era muy difícil tirársela porque él llevaba un mes intentándolo pero… Para eso tienes que hacer un Master, le respondí. Automáticamente el tipo se dio la vuelta y le dijo algo. Cinco minutos después, al salir del pub, ella se acercó a mí y me dijo compungida que lo habían dejado. Ah, dije yo, ¿y eso?... En fin, era bastante lógico que cualquier vibración no chill le provocara una profunda sensación de no estar rindiendo en sus tareas académicas al cien por cien. Se colaba en mi habitación, me daba un golpecito en el hombro (suelo escuchar la música a oscuras –o, en su defecto, con gafas de sol) y me decía: Por favor puedes bajar un poco la música. Me lo pedía con tanta educación que no me quedaba más remedio que ceder. Bajaba cinco decibelios y cinco minutos después volvía a sentir su mano en mi hombro: Puedes bajar un poquito la música, por favor. Sí, sí, ahora mismo. Cinco minutos después allí estaba de nuevo. Llegué a tener la sensación de que nunca se terminaba de ir del todo, de que su mano siempre estaba a un centímetro de mi hombro. No, Marion, no puedo bajar la música, le decía. Y ella, claro está, se rebotaba y se marchaba dando el habitual portazo. No era rencorosa, pero después no desperdiciaba ocasión para sacar el tema: cuando acababa mi sesión y estaba cenando, cuando estaba ligeramente borracha (ella nunca estaba más que ligeramente borracha), cuando me cogía de buen humor, cuando estaba ligando con alguna de sus amigas, cuando se enfadaba conmigo por cualquier razón… Era una letanía: Debes comprender que no todo tenemos tanto tiempo libre como tú. Sí, Marion. Tienes que hacer un esfuerzo para que todos nos llevemos bien. Sí, Marion. Debes respetar los deseos de los demás. Sí Marion, lo intento, créeme que lo intento… Por lo que respecta a mi otra compañera, la de El Principito, he de admitir que nunca se quejó pero, eso sí, yo le gustaba un poco y, de hecho, en aquellas ocasiones en que volvíamos juntos a casa me decía que me fuera dormir con ella. Era curioso, no me decía: Acuéstate conmigo; no me decía: Quiero que hagamos el amor; no me decía: Quiero que me acaricies hasta que me quede dormida, y, además, no intentó besarme más que en una ocasión; pero cuando llegábamos los dos a casa ella siempre me pedía, agarrándome de la mano, mirándome a los ojos, que me fuera a dormir con ella. Ahora me arrepiento de no habérmela tirado; el polvo se hubiera titulado: Jodiendo a la Princesita.

Cuando acabé mis estudios y pasé a ser oficialmente (extraoficialmente me dediqué a dar clases particulares), para disgusto de mis padres, un parado voluntario, me mudé a una infame ciudad, cuyo nombre prefiero no escribir, en la que unos parientes tenían un piso vació. Pensé que, dado que vivía en mi propia casa, se habrían acabado mis problemas. Pero no. En el primer piso en el que residí el vecino de arriba tardó en bajar menos de veinte minutos… el primer día que puse música. Me gritó, me llamó niñato de mierda, se quejó del retiemble, se acordó de mis antepasados, y, cuando ya se hubo relajado, dijo que si aquello continuaba tomaría medidas personalmente y tiraría mi puerta abajo con un martillo neumático. Y todo aquello por el piano de Shipp y el contrabajo de William Parker. Las vecinas de abajo, por su parte, llamaban al casero (mi tío) y le contaban las mil y una noches y luego él me las contaba a mí. Que si las fiestas, que si la música, que si el retiemble, que si aquello era una comunidad de vecinos… Duré tres meses.

Buscar un piso legal (que los propietarios lo declarasen a hacienda), de paredes más o menos gruesas, amueblado, con un salón amplio y dentro del ajustado presupuesto que manejaba, fue una labor olímpica. Visite inmobiliarias, consulté, a mi pesar, la superbobopista de la desinformación, escruté periódicos y examine, metro y martillo en mano, más de quince pisos. Una semana tardó la policía en llamar a mi puerta. No salía de mi asombro. Por entonces, como es lógico para todo aquel que ame la música, yo ya había sido abducido por Beethoven. Sabía que no hay nada más veloz que la calma, ni más potente que el silencio. Estaba (lo sigo estando) entusiasmado por la riqueza tímbrica, por los contrastes, por la densidad, por la precisión, por el dominio de la transición, de la armonía, de la composición vertical; no exagero: cuando descubrí aquella música una parte de mí se completó: seguirla es un ejercicio tan intenso que exige una concentración inusitada, hay que olvidarse de uno mismo, hay que cerrar los ojos y dejarse arrancar del sofá, entonces, más colores de los que daría cuenta una simple mirada se despliegan ante nosotros, se abrazan, se ondulan, crecen y se absorben; el ser no puede sino plegarse y estremecerse ante la majestuosidad y perfección de cada compás, quedando atrapado irremisiblemente en su interior, transformándose en hermosas melodías, en soberbios acordes, en majestuosas armonías, en inquietantes disonancias… La realidad se disuelve y un universo compuesto de intangibles notas que flotan siguiendo las más bellas trayectorias emerge en su interior: vibrato, trémolo y rubato: el vello se eriza, el corazón palpita enloquecido, la mente, arrebatada de belleza, se desliga del mundo y, mientras se alcanza a sí misma, enferma de fuerza y marea de hermosura… Y allí estaba la policía. Pero no unos policías cualesquiera, no: era la Patrulla Ecológica en persona. Sí, así se llaman los tipos que van en su coche poniendo multas por escuchar a Beethoven: Patrulla Ecológica. Aquel día se limitaron a amonestarme y darme unos cuantos consejos en actitud paternal. Me recomendaron escuchar algo <<más normalito>> de una manera <<más normal>>, <<para que hubiera buen rollito en la comunidad>>. Cuando les pregunté que a que se referían con lo de normalito me dijeron: <<Bueno, qué sé yo, algo más normal… ya sabes>>. Sí, ya sabía. ¿Qué anormalidad estaba escuchando?: El primer acto del Tristán e Isolda de Barenboim. ¿A qué volumen? Cincuenta y dos decibelios en mi salón. Ignoro a que volumen se escucharía en el salón de los vecinos; uno de los polis no paraba de repetir: <<Eso está altísimo, eso está altísimo>>. En un momento dado incluso dijo: Porque hemos hecho una medición objetiva y… << ¿Y cuánto marcaba?>>, acerté a preguntar. <<No -respondió el tipo-, una medición objetiva, una apreciación personal, y… eso está altísimo>>. <<Ah, vale>>. Se despidieron con un <<Estás advertido>>. Pero la cosa, evidentemente, no podía acabar allí…


Tras tres largas semanas de abstinencia, apenas mitigada por la metadona de los auriculares, reuní fuerzas, me abrí una Guiness, me lié un canutazo de importación y enchufé la Misa Solemne de Beethoven (versión Harnoncourt –imposible conseguir la de Klemperer en vinilo). Todavía no había acabado el tercer movimiento cuando sonó el timbre. Me pillaron tan in fraganti que cuando abrí aún llevaba el canuto en la mano y del susto los rocíe con una generosa vaharada de hierba mediterránea. Lo primero que oí fue: <<Tú eres un listo>>. Mi colocada respuesta: <<Ya veo que tú también>>. A partir de ahí todo fue de mal en peor. El aludido dio un paso al frente y traspasó el umbral de la puerta para quedarse mirándome fijamente en actitud desafiante, a unos escasos diez centímetros de mí. Fue un largo silencio. Allí estaba yo: con mi mugriento pijama, con la camisa deshilachada, con las gafas de sol y el humeante canuto en la mano. Y allí estaba él: resoplando, con su rostro minuciosamente afeitado, con su pelo engominado, perfectamente peinado, ni un solo pelo fuera de su sitio, ni un solo indicio de barba, y qué decir de su traje, tenía el uniforme tan pulcro y limpio que no solo parecía nuevo sino también hecho a medida y, dios mío, ¡qué bien le quedaba!, daban ganas de felicitarle, de preguntarle dónde podían hacerme a mí un traje así de alucinante, de pedirle la dirección de su gimnasio. Ese poli, a pesar de su juventud (era más joven que yo), debía de ser el orgullo del cuerpo, la alegría de sus superiores, la joven promesa de la comisaría. Pero él no me correspondía: <<A ver listo, DNI>>, me acabó espetando en la cara. Maldición, a menos que diga lo contrario yo siempre lo he perdido todo, y, especialmente, el DNI. <<¿DNI?, uuu, bueno, creo… me parece que lo perdí>>. <<Pues quita esa mierda, que ni es música ni es ná, y ponte zapatillas porque te vienes a comisaría para una identificación>>. <<Pero si yo…>>, <<Si tú nada, delincuente, las zapatillas que tenemos mucho trabajo para perder el tiempo con payasos como tú>>. Me puse las zapatillas y bajé con ellos en el ascensor. Cuando llegamos a la entrada, los vecinos, presidente incluido, se encontraban allí reunidos. Me lanzaban miradas triunfales que subrayaban el asco que yo les inspiraba; decían <<Mira que te lo hemos advertido, mira que lo hicimos, pero tú nada. Es que te crees que esto es tuyo, pero no. No señor. Te lo advertimos>>. <<A ver señores, tranquilos -dijo el poli bueno (el otro se estaba dando el gustazo de ponerme las esposas ante los allí presentes)-, cálmense, que ahora mismo nos lo llevamos a comisaría y en cuanto lo identifiquemos le ponemos la denuncia y que el juez se encargue de él>>. <<Eso, eso, que pague>>; <<Muy bien, muy bien, así hay que hacer>>; <<A ver si así nos deja en paz de una vez >>; <<Niñato de mierda>>. Cuando nos acercamos al coche el listo abrió la puerta y poniéndome la mano en la coronilla me empujó hacia el interior. Al llegar a comisaría uno de los polis que había por allí se acercó hasta nosotros y mirándome con inquina preguntó que qué había pasado; como me miraba pensé que la pregunta iba dirigida a mi, pero en cuanto abrí la boca el joven agente me dijo: <<Tú calladito. Que ahora estás en mi casa>>. Después me llevó a una sala, volvió a ponerse frente a mí rebufando y dijo: <<A ver, ¿qué tienes que decir ahora imbécil?>>. <<Solamente deseo pedirle disculpas a usted>>, respondí dócilmente sin osar levantar la vista del suelo. Cuatro horas y media me tuvieron allí, en zapatillas de andar por casa, a pesar de que no había absolutamente nadie. Unos veinte días después la jueza me dijo que lo que había hecho <<Constituye una Falta tipificada por la Ley>>, me dijo que lo que había hecho <<Es ilegal>>, me dijo <<Que ya se me había advertido con anterioridad>> y me dijo <<Usted es reincidente>>. Por lo demás fue inflexible. Yo tampoco esperaba más de ella. Decirle que esos treinta y nueve decibelios (un ladrido son ochenta, un coche setenta, una conversación en torno a cincuenta) solo eran picos, decirle que no todas las músicas son Alejandro Sanz y, por lo tanto, no mantienen una intensidad y volumen constantes, decirle que por cada segundo de treinta y nueve decibelios había minutos enteros en los que yo podía el tráfico de la carretera mientras escuchaba la música, decirle que la música necesita un volumen mínimo para que aparezcan determinadas frecuencias, decirle que en las fábricas es legal someter a los trabajadores a ochenta decibelios durante ocho horas al día o decirle que unos de los vecinos que me denunciaba solía llegar cada noche con una cogorza tan brutal que apenas podía aparcar el coche y debía llamar por el telefonillo para que su mujer le abriera la puerta (después no eran infrecuentes la palizas), hubiera sido una temeridad. Ni a ella, ni a la policía, ni, especialmente, a mi comunidad de vecinos, que ineluctablemente estaba al tanto de las peleas, les importaba lo más mínimo aquello, y, desde luego, no iba ser yo el listo que se lo hiciera saber a una jueza que no ocultó una mirada de superioridad/desprecio cuando respondí a su <<¿Profesión?>>, con un: <<Ninguna>>. Ella estaba allí para hacer cumplir la ley. Treinta y nueve decibelios de Beethoven en el salón de los vecinos equivalen a mil doscientos cincuenta euros de multa. Y punto. La Justicia no solo es ciega sino también sorda. El límite son treinta y dos decibelios y por encima de ellos ya no oye nada; en consecuencia, todo debe ser funcional, socialmente adecuado o perfectamente imperceptible y, lo más importante, ecológico. Algo que Beethoven, doy fe, resultó no ser en absoluto.


A Richard Wagner.

 

 

 

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