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La luna está creciendo, con la nítida irrealidad
de un globo onírico. Tiene un asombroso resplandor febril que inunda la tierra. Cuando cesa el rumor de su eco destrozado, el mar se convierte en piedra. Las calles, las inmensas circunferencias que gravitan
cerca del núcleo, vuelan en pedazos.
Y la ceniza de hielo baña la superficie; su luz es blanca.
La muerte de una sonrisa exangüe.
Como en las mejores puestas de sol, el aire tiene, entonces, una claridad distinta. Lo que sentimos, lo que creemos; todo lo que hemos visto, lo que hemos escrito conforma una gigantesca burbuja de sentido. Oscila, igual que el universo, en el inquietante juego del azar,
junto al frío del invierno, por los senderos malditos, elevados como gotas suspendidas en un instante de eternidad.
Y es, simplemente, como el primer día y el primer destello, naciendo, en su lujo impertinente, del dolor y del fuego. Ese crepitar del infinito que vienen a ser, absurdamente, las avenidas del tiempo.
Juega con tu tristeza, chiquillo.
Ovíllate en un claroscuro, fuera del mundo. Coge el calor y la rabia, la furia de tus cenizas, y abre la herida.
Pinta con sangre en las paredes de los que no te verán, para quitarte del rostro esa luna ahogada y vieja.
Haz pedazos los relojes, los olores, los recuerdos.
No volverán para arreglar lo que hicieron.
Pero tú no te marcharás jamás.
La nada,
que se extiende del silencio hacia el silencio,
destejiendo el horizonte de mis días,
se hace especialmente insoportable en las cenizas del otoño. Cuando las horas pesan como heridas.
Se descuelga del vacío y hace suyo el salón,
donde solía tocar melodías al calor del fuego. Sobre el piano, deja siempre un destello de dolor.
El nombre que aprendí a sepultar junto a mi vida.
Como ya no respiro, dejo que el humo de la pipa entre y salga.
Me asomo al exterior de mis sentidos, quedan atrás.
La nada.
En un desgarro miserable de silencio.
Me ha impuesto con sigilo, con lentitud de años, el eco de la oscuridad y del tiempo.
No me deja componer. No quiere irse.
Tenías la mirada eterna,
como las sirenas que invento en sueños. Me preguntabas si amaba la noche y te derramabas en luces.
Era en otro país. Eran los tigres de noche, y las estrellas en el tambor, a lo lejos. El barco de coral inundaba el cielo, cargado de risas.
Rugían las olas.
Un latido en el aire, golpeó, salvaje como el universo.
Y entendí que, al fin, el dolor
había perdonado a mi alma.
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