Esta
fase de la industria, llamada proto-industrialización
consiguió una reducción importante de los costos y un aumento de la
oferta que puso los cimientos de la Revolución Industrial a finales del siglo
XVIII. Así pues, la proliferación de la proto-industria vino a crear las
condiciones necesarias como la concentración de capital y la creación de una
fuerza de trabajo experimentada en el trabajo industrial, que prepararon el
terreno para la transición a la producción fabril.
Los
gremios, dejaron gradualmente de ser importantes y se hicieron más numerosas
las empresas de carácter capitalista, que empleaban a un numero considerable
de trabajadores asalariados. Además, surgieron sorprendentes iniciativas
estatales como la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (VOC).
La
industria textil resultó ser la más afectada por la influencia de los
comerciantes. En Italia la existencia de una enraizada inflexibilidad
institucional provocó la ruina de sus industrias textiles y la desaparición
del paño italiano de los mercados de exportación. En Inglaterra, la República
Holandesa dominaba la producción de los new
draperies (paños más ligeros de lana de pelo largo. Los años
posteriores a 1630 fueron testigos de un enérgico esfuerzo por parte de
Inglaterra por retomar los mercados extranjeros. Para los años 60 y 70,
Inglaterra ya se había hecho con el mercado de los new
draperies. Este éxito inglés hay que buscarlo en sus bajos costos de
producción.
La
industria textil francesa se recuperó también protegiendo su mercado
interior con aranceles aduaneros prohibitivos y subvenciones a las
exportaciones de paños. Esto produjo el florecimiento de su producción de
lana entre 1680-90.
En
conclusión podemos decir, que la producción comercial alcanzó en ciertas áreas
niveles inéditos y que comenzó a gestarse una nueva clase social: el
proletariado.
EL
COMERCIO
A comienzos del siglo XVII, los europeos habían extendido ya sus rutas
comerciales a casi todo el mundo y cuya pieza clave de esas rutas Sevilla. Los
comerciantes de esta ciudad organizados en la Casa
de Contratación, poseían monopolios para la explotación del
comercio con las posesiones ultramarinas españolas. Allí, afluían grandes
cantidades de metales preciosos (oro y plata) de los que dependían los
comerciantes europeos. No obstante, en la primera década del siglo XVII, las
importaciones de estos metales de Sevilla descendieron, y se experimentó con
emisiones de cobre, de tal manera, que Europa se vio sumida en una gran crisis
económica en 1919-22.
Esta crisis creó la oportunidad de establecer hegemonías basadas en el
poder marítimo, una de ellas fue Holanda y otra Inglaterra. En Holanda su
sistema comercial derivaba de la vieja especialización de los armadores
holandeses, que se centraba en la reducción de costos gracias al desarrollo
del fluitchip. El tamaño de su flota mercante era enorme y
acaparaba gran parte del comercio europeo.
Controlaba el triángulo que conectaba los puertos holandeses con el
golfo de Vizcaya en el sur y los puertos dedicados a los cereales en el Báltico.
Este último enlace con el Báltico y la disponibilidad de tener cereales
baratos, puso las bases para su desarrollo como eje del comercio europeo. Las
políticas comerciales francesa e inglesa intentaron entonces reducir el
dominio holandés sobre el comercio exterior.
Luis XIV decidió invadir la República y quedarse con su eficiente
centro comercial. Esta guerra fracasó, pero los altos costes en defensa de
los holandeses privaron a su comercio del dinamismo habitual.
Mientras el comercio holandés fluctuó, a partir del último tercio del
siglo XVII Inglaterra avanzó hasta conseguir el liderazgo comercial. Sus
productos coloniales como el azúcar y el tabaco se convirtieron pronto en el
sector más importante del comercio inglés junto con el de la lana. Los
comerciantes ingleses operaban en una red comercial que se extendía en
Norteamérica, las Antillas, África y la India, de modo que Londres se
convirtió en un verdadero emporio comercial.
Como el despegue de la economía inglesa se produjo en las décadas de la
segunda mitad del siglo XVIII, muchas veces los historiadores han supuesto que
existe un lazo causal entre el comercio colonial ingles y su Revolución
Industrial.
Los
ingleses y holandeses suplantaron en muy poco tiempo a los españoles y
portugueses en las rutas con Oriente y con el Nuevo Mundo. Para el comercio
con Oriente, se crearon nuevas compañías aparte de la VOC, como la compañía
Francesa de las Indias Orientales, la de Suecia y la de Brandemburgo. Estas
empresas eran independientes de las personas que las dirigían y tenían una
magnitud superior a la de cualquier unidad económica privada hasta entonces
conocida. Con el tiempo, se llegaron a convertir en compañías de acciones,
aunque ninguna de ellas llevaba contabilidad.
Como
resultado, se produjo una saturación de los mercados con pimienta y especias,
ésto, junto con los gastos de producción pusieron fin a la expansión
inicial del comercio a comienzos del siglo XVII. Los ingleses y holandeses
entonces diversificaron su tráfico comercial volviendo a Europa con nuevos
productos como té, café, seda, algodón y
cobre.
Sin
embargo, las compañías creadas para el Nuevo Mundo tenían otros objetivos
como el de intervenir en el tráfico sevillano-atlántico de la plata. En un
primer momento esa fue la principal actividad de la WIC (compañía Holandesa
de las Indias Occidentales. En 1637 la WIC animada con un botín arrebatado a
los españoles, se apoderó del noroeste del Brasil, zona productora de azúcar,
y envío esclavos para su producción en grandes plantaciones. Estas
plantaciones se extendieron rápidamente por otras zonas y las economías
coloniales crecieron con espectacularidad a costa de la esclavitud. Esta
acumulación de riqueza, cuando llegó a Europa, actuó como el punto de
partida de una verdadera producción capitalista
COMERCIO
REGIONAL Y URBANIZACIÓN
El
comercio regional creció en alcance y organización a lo largo del siglo
XVII. Las ciudades continuaron teniendo influencia con sus hinterlands, pero
dentro de esta estructura se produjeron cambios importantes.
Las
ciudades crecieron espectacularmente, sobre todo las que poseían los centros
de la administración, como Madrid; también las ciudades cercanas a puertos
atlánticos, como Cádiz y por último surgieron apostaderos navales que
alimentaban ciudades enteras, como Plymouth.
Aunque
el número de europeos habitantes de ciudades no creció relativamente, si es
cierto que se concentraron en menos ciudades. Estas ciudades preindustriales,
además, tenían altos índices de inmigración. Este impacto demográfico
afectó principalmente al consumo y a la organización del comercio regional y
local que abastecía a estas concentraciones humanas, por eso, el tráfico
comercial más importante era el del abastecimiento alimenticio de las
ciudades. Las estructuras medievales se alteraron para adaptarse a las nuevas
necesidades. Esto provocó la especialización de muchos mercados locales en
un producto concreto. Entre estas
zonas privilegiadas sobresalía Inglaterra.
EL
CAPITALISMO SE
CREA SU
PROPIA DEMANDA
Es
muy importante, a la hora de asegurar una situación económica, la buena
utilización de los recursos, las planificaciones de la inversión y la
demanda de productos.
Precisamente
lo que caracterizaba a estas economías preindustriales era la mala utilización
de los recursos y el subempleo crónico que atestiguaban la insuficiencia de
la demanda. ¿Cómo entonces se podía aumentar la demanda? Solo así se podría
producir una acumulación de capital y sólo entonces se podría acabar con el
crónico subempleo.
El
crecimiento de la industria rural produjo la aparición inédita de una clase
permanente y extensa de asalariados eventuales. Esta nueva clase era parte de
una estratificación social que reducía el número de familias autárquicas.
Así mismo, el impacto sobre la demanda
de bienes de consumo que produjo el
descenso de la población durante este siglo XVII, se reflejó en el descenso
de los precios en los alimentos básicos (grano) con el consiguiente
incremento de la renta. Esta renta provocó el aumento de la demanda de otros
productos como bebidas, lácteos y manufacturas.
Sin
embargo, en la Europa noroccidental los bajos precios del grano no eran causa
de una demanda reducida, sino que reflejaban unos mercados saturados como
resultado de una producción en aumento. Este cambio anunciaba nuevos niveles
de vida tanto para la población urbana como para la rural. Los nuevos bienes
de consumo de Asia y América y los nuevos lujos para las casas, estaban
puestos al alcance del público en tiendas al por menor (otra innovación del
período).
Cuando
estas familias cambiaron sus hábitos de producción y consumo, la economía
se benefició de la creación de un tráfico comercial y de la especialización.
Donde más se apreció este cambio fue en los nuevos niveles de bienestar y
lujo en las grandes ciudades.
También,
como consecuencia del incremento del comercio durante estos siglos, se creó
una demanda derivada de la construcción de barcos y sus muchas industrias
relacionadas. La agricultura, sin embargo, fue generalmente la fuente más débil
de la demanda de inversiones y estaba claramente restringida a varias regiones
del noroeste de Europa. Donde iba ganando terreno una agricultura
comercializada a gran escala, se elevó la demanda de servicios de
carpinteros, carreteros, y el uso de nuevos materiales de construcción.
Resumiendo,
queda constancia de importantes incrementos de la demanda de bienes de consumo
y de inversiones durante estos siglos, eso sí, con grandes variabilidades
regionales. En contraste con ello, el crecimiento de los gastos estatales en
el siglo XVII es obvio, masivo y omnipresente.
Los
estados europeos se las arreglaron para incrementar sus ingresos a través de
cargos tributarios que recaían sobre la gente común (la nobleza y el clero
estaban exentos). La corona francesa e inglesa, en ausencia de un sistema
bancario, dependían mucho de los arrendatarios de impuestos que aportaban créditos
a corto plazo. En cambio, la República Holandesa disfrutaba de una situación
avanzada ya que el estado se basaba en la deuda pública. Estos ingresos
estatales se centraban en los gastos militares y en los costes de la Corte y
la burocracia. Los primeros eran consecuencia de los nuevos niveles de
preparación que exigían el ejército y la armada. Esto produjo un aumento en
el volumen de la producción industrial y recaía fundamentalmente en los
sectores textiles, de metales pesados y de construcción de barcos. Ciudades
enteras surgieron para la construcción, mantenimiento y abastecimiento de los
nuevos buques de guerra.
Durante
el siglo XVIII persistieron muchas características retrógradas que
obstaculizaron el crecimiento de la demanda global. Demasiados señores y
campesinos tendían a invertir su capital en ampliar sus propiedades pero sin
hacer nada por aumentar la productividad agrícola. Los gobiernos consumían
de tal manera sus ingresos que el crecimiento industrial no representaba mas
que unos ingresos accesorios. Este crecimiento de la demanda mostró una
distribución muy desigual en
Europa.
LA
ACUMULACIÓN DE CAPITAL Y LA BURGUESÍA
La
burguesía, poco a poco, iba acumulando capital, pero existía una mala
inversión. Especialmente en las ciudades de provincia, la burguesía era todo
menos una clase que fomentaba la industria y el comercio, ya que su capital
iba encauzado hacia un sector no capitalista e inerte, compuesto de tierras
agrícolas y cargos administrativos. Lo más importante fue el constante
esfuerzo por elevarse hacia las filas de la aristocracia; para ello, compraba
un título o rango social con el cual esperaba vivir con el cobro pasivo de
las rentas, en lugar de vivir de ingresos comerciales.
Es
en este período de 1650-1750 en el que se logra una expansión grande de las
oportunidades de inversión. La deuda
pública en forma de bonos negociables era la más extendida de las
opciones de inversión. El Estado atraía capital procedente de mucha gente,
cuyos intereses se pagaban a través del presupuesto estatal. Sin embargo,
esta importante ayuda no se extendió a todas partes. También se originó un
floreciente mercado
hipotecario que creció enormemente, tanto en demanda de hipotecas
como para el suministro de capital hipotecario a largo plazo. Además de esto,
tras los años 70 del siglo XVIII las compañías
de acciones se hicieron muy populares. Estas compañías también
aumentaban su capital emitiendo bonos. Tales bonos con beneficios fijos y
amortizables, hallaron muy pronto compradores que los consideraban la inversión
ideal para la protección de mujeres y niños. Sin embargo, muchas de estas
compañías culminaron en un frenesí especulativo y los precios de las
acciones multiplicaron sus valores nominales provocando la quiebra de muchas
de ellas. Este fue el momento de la creación de un mercado de futuros. Para
el crédito a corto plazo, existía la letra
de cambio, un instrumento que databa de la Edad Media. Durante esta
época estas letras no eran negociables, lo que tendía a inmovilizar el
capital. Sin embargo, en el siglo XVII, se promulgaron leyes que confirmaban
la negociabilidad de las letras. De esta forma, el acreedor que quisiese
hacerse con su dinero antes de la fecha de vencimiento, podía recurrir ahora
a un banquero-comercial que desease comprar letras. La culminación de las
innovaciones vino con el establecimiento de los bancos
públicos. El banco más importante era el de Ámsterdam, en el que
los comerciantes podían depositar sus existencias de metales preciosos, a
cambio de unos pequeños intereses. Estas existencias estabilizaron los tipos
de cambio en Ámsterdam, lo que potenció la circulación de letras de cambio
como instrumentos negociables de crédito. También amortiguaba las
fluctuaciones de precios causadas por cambios súbitos en el volumen de moneda
circulante. Se crearon bancos en Inglaterra, Escocia, París y Estocolmo. Pero
de todos ellos, fue el Banco de Inglaterra el que pudo cumplir sus compromisos
cuando los propietarios de sus billetes exigían el cambio por monedas. En
consecuencia se convirtió en el primer banco con éxito en Europa.
El
alcance de estos avances progresivos no alcanzó a todos los lugares de
Europa, su impacto pleno se ciñe a Ámsterdam, Londres y las ciudades
portuarias de Hamburgo y Burdeos. En contraste, existían incontables ciudades
en las que el comercio y la industria no contaban con ninguna innovación.
Conforme estos lugares estancados se veían afectados por las instituciones
financieras, surgían tendencias entre sus clases medias. Podríamos
identificar entonces, a la clase que controlaba el capital (nobleza feudal y
burguesía capitalista) y a otro sector, entre los burgueses más humildes de
los que surgirían los verdaderos industriales.
EL
ESTADO
Muchos
historiadores atribuyen la evolución de la vida económica durante este período
(siglo XVII y XVIII) al mercantilismo:
legislaciones aduaneras, guerras comerciales, reglamentaciones industriales,
leyes sobre impuestos y manipulaciones monetarias, etc. Todo ello se
identifica con una tendencia a la unificación económica del estado nacional
para el enriquecimiento de la nación en su conjunto. La economía
mercantilista dirigía pues su atención al impulso de la producción y
exportación. Sin embargo, algunas medidas mercantilistas iban encaminadas al
enriquecimiento de unos pocos y se crearon importantes oportunidades para la
corrupción. También se dedicaban a atesorar metales preciosos como única
finalidad.
Únicamente
la República Holandesa, sobresaliente en tantos aspectos, no ejercía ningún
control sobre los metales.
Surgió,
además, otro problema: el desempleo. Los cambios en el valor relativo del oro
y la plata, los aranceles aduaneros y devaluaciones extranjeras influían en
las existencias de moneda nacional que al disminuir, menguaban también la
capacidad y la voluntad de los comerciantes de financiar la industria a
domicilio con el escaso capital circulante. Este descenso en la inversión
reducía el nivel global de empleo, con la consiguiente pobreza y marginación
social. Inglaterra fue capaz de crear medidas para resolver este problema:
prohibiciones a las exportaciones de materias primas y medidas proteccionistas
encaminadas a sustituir las importaciones. Otro medio para acrecentar la
riqueza de la nación era mediante el aumento de los
impuestos, que como hemos visto, era el propósito de todo gobierno del
siglo XVII. Esta presión fiscal hacía aumentar las oportunidades para la
creación de distintos tráficos comerciales y de especialización. De esta
forma el Estado, la fuerza militar y la economía privada podían cada uno de
por sí estimular el crecimiento de los demás.
CONCLUSIÓN
Se puede decir que la economía europea del siglo XVIII entró en una
nueva fase. Los precios volvieron a subir y las crisis de subsistencia dejaron
de desempeñar un papel fundamental en el ritmo de la economía. Aunque muchos
aspectos importantes habían cambiado poco, detrás de esta fachada inmóvil,
se había desarrollado una estructura de vida económica nueva: la geografía
económica de muchas regiones fue alterada con una mayor estratificación
social (sobre todo en el campo), se produjeron cambios en la organización de
la producción (división del trabajo) y se redujeron los costes, y los
mercados internacionales y regionales pasaron a ser decisivos. El mayor
progreso se consiguió en la creación de mercados de mano de obra.
Las economías de España, Génova, Alemania del
sur y Flandes fracasaron en la adaptación al nuevo sistema económico. Sin
embargo, la República Holandesa consiguió elevarse a posiciones de
caudillaje económico por la eficacia en las medidas de reducción de costos
en algunos sectores de la agricultura, industria y comercio. Esto pudo haberla
llevado hacia el camino de la industrialización, pero cerró las puertas a
otros tipos de estructura social y de política económica requeridos para el
crecimiento industrial. Sí lo consiguió Inglaterra, que tenía acceso a
materias primas baratas, y tenía sus sectores industriales relacionados entre
sí. Así mismo, los bajos costos de producción y el acceso a mercados
extranjeros estimularon su industria nacional. En consecuencia, Inglaterra
poseía la economía mejor preparada para dar comienzo a la Revolución
Industrial.

