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La economía de Europa en un período de crisis, 1600-1750

Jan de Vries

por Raquel del Coso

 

 

 


 

Esta fase de la industria, llamada  proto-industrialización  consiguió una reducción importante de los costos y un aumento de la oferta que puso los cimientos de la Revolución Industrial a finales del siglo XVIII. Así pues, la proliferación de la proto-industria vino a crear las condiciones necesarias como la concentración de capital y la creación de una fuerza de trabajo experimentada en el trabajo industrial, que prepararon el terreno para la transición a la producción fabril.

Los gremios, dejaron gradualmente de ser importantes y se hicieron más numerosas las empresas de carácter capitalista, que empleaban a un numero considerable de trabajadores asalariados. Además, surgieron sorprendentes iniciativas estatales como la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (VOC).

La industria textil resultó ser la más afectada por la influencia de los comerciantes. En Italia la existencia de una enraizada inflexibilidad institucional provocó la ruina de sus industrias textiles y la desaparición del paño italiano de los mercados de exportación. En Inglaterra, la República Holandesa dominaba la producción de los new draperies (paños más ligeros de lana de pelo largo. Los años posteriores a 1630 fueron testigos de un enérgico esfuerzo por parte de Inglaterra por retomar los mercados extranjeros. Para los años 60 y 70, Inglaterra ya se había hecho con el mercado de los new draperies. Este éxito inglés hay que buscarlo en sus bajos costos de producción.

La industria textil francesa se recuperó también protegiendo su mercado interior con aranceles aduaneros prohibitivos y subvenciones a las exportaciones de paños. Esto produjo el florecimiento de su producción de lana entre 1680-90.

En conclusión podemos decir, que la producción comercial alcanzó en ciertas áreas niveles inéditos y que comenzó a gestarse una nueva clase social: el proletariado.

EL  COMERCIO

A comienzos del siglo XVII, los europeos habían extendido ya sus rutas comerciales a casi todo el mundo y cuya pieza clave de esas rutas Sevilla. Los comerciantes de esta ciudad organizados en la Casa de Contratación, poseían monopolios para la explotación del comercio con las posesiones ultramarinas españolas. Allí, afluían grandes cantidades de metales preciosos (oro y plata) de los que dependían los comerciantes europeos. No obstante, en la primera década del siglo XVII, las importaciones de estos metales de Sevilla descendieron, y se experimentó con emisiones de cobre, de tal manera, que Europa se vio sumida en una gran crisis económica en 1919-22.

Esta crisis creó la oportunidad de establecer hegemonías basadas en el poder marítimo, una de ellas fue Holanda y otra Inglaterra. En Holanda su sistema comercial derivaba de la vieja especialización de los armadores holandeses, que se centraba en la reducción de costos gracias al desarrollo del  fluitchip. El tamaño de su flota mercante era enorme y acaparaba gran parte del comercio europeo.

Controlaba el triángulo que conectaba los puertos holandeses con el golfo de Vizcaya en el sur y los puertos dedicados a los cereales en el Báltico. Este último enlace con el Báltico y la disponibilidad de tener cereales baratos, puso las bases para su desarrollo como eje del comercio europeo. Las políticas comerciales francesa e inglesa intentaron entonces reducir el dominio holandés sobre el comercio exterior.

Luis XIV decidió invadir la República y quedarse con su eficiente centro comercial. Esta guerra fracasó, pero los altos costes en defensa de los holandeses privaron a su comercio del dinamismo habitual.

Mientras el comercio holandés fluctuó, a partir del último tercio del siglo XVII Inglaterra avanzó hasta conseguir el liderazgo comercial. Sus productos coloniales como el azúcar y el tabaco se convirtieron pronto en el sector más importante del comercio inglés junto con el de la lana. Los comerciantes ingleses operaban en una red comercial que se extendía en Norteamérica, las Antillas, África y la India, de modo que Londres se convirtió en un verdadero emporio comercial.

Como el despegue de la economía inglesa se produjo en las décadas de la segunda mitad del siglo XVIII, muchas veces los historiadores han supuesto que existe un lazo causal entre el comercio colonial ingles y su Revolución Industrial.

Los ingleses y holandeses suplantaron en muy poco tiempo a los españoles y portugueses en las rutas con Oriente y con el Nuevo Mundo. Para el comercio con Oriente, se crearon nuevas compañías aparte de la VOC, como la compañía Francesa de las Indias Orientales, la de Suecia y la de Brandemburgo. Estas empresas eran independientes de las personas que las dirigían y tenían una magnitud superior a la de cualquier unidad económica privada hasta entonces conocida. Con el tiempo, se llegaron a convertir en compañías de acciones, aunque ninguna de ellas llevaba contabilidad.

Como resultado, se produjo una saturación de los mercados con pimienta y especias, ésto, junto con los gastos de producción pusieron fin a la expansión inicial del comercio a comienzos del siglo XVII. Los ingleses y holandeses entonces diversificaron su tráfico comercial volviendo a Europa con nuevos productos como té, café, seda, algodón y  cobre.

Sin embargo, las compañías creadas para el Nuevo Mundo tenían otros objetivos como el de intervenir en el tráfico sevillano-atlántico de la plata. En un primer momento esa fue la principal actividad de la WIC (compañía Holandesa de las Indias Occidentales. En 1637 la WIC animada con un botín arrebatado a los españoles, se apoderó del noroeste del Brasil, zona productora de azúcar, y envío esclavos para su producción en grandes plantaciones. Estas plantaciones se extendieron rápidamente por otras zonas y las economías coloniales crecieron con espectacularidad a costa de la esclavitud. Esta acumulación de riqueza, cuando llegó a Europa, actuó como el punto de partida de una verdadera producción capitalista

COMERCIO  REGIONAL Y  URBANIZACIÓN

El comercio regional creció en alcance y organización a lo largo del siglo XVII. Las ciudades continuaron teniendo influencia con sus hinterlands, pero dentro de esta estructura se produjeron cambios importantes.

Las ciudades crecieron espectacularmente, sobre todo las que poseían los centros de la administración, como Madrid; también las ciudades cercanas a puertos atlánticos, como Cádiz y por último surgieron apostaderos navales que alimentaban ciudades enteras, como Plymouth.

Aunque el número de europeos habitantes de ciudades no creció relativamente, si es cierto que se concentraron en menos ciudades. Estas ciudades preindustriales, además, tenían altos índices de inmigración. Este impacto demográfico afectó principalmente al consumo y a la organización del comercio regional y local que abastecía a estas concentraciones humanas, por eso, el tráfico comercial más importante era el del abastecimiento alimenticio de las ciudades. Las estructuras medievales se alteraron para adaptarse a las nuevas necesidades. Esto provocó la especialización de muchos mercados locales en un producto concreto.  Entre estas zonas privilegiadas sobresalía Inglaterra.

EL  CAPITALISMO  SE  CREA  SU  PROPIA  DEMANDA 

Es muy importante, a la hora de asegurar una situación económica, la buena utilización de los recursos, las planificaciones de la inversión y la demanda de productos.

Precisamente lo que caracterizaba a estas economías preindustriales era la mala utilización de los recursos y el subempleo crónico que atestiguaban la insuficiencia de la demanda. ¿Cómo entonces se podía aumentar la demanda? Solo así se podría producir una acumulación de capital y sólo entonces se podría acabar con el crónico subempleo.

El crecimiento de la industria rural produjo la aparición inédita de una clase permanente y extensa de asalariados eventuales. Esta nueva clase era parte de una estratificación social que reducía el número de familias autárquicas. Así mismo, el impacto sobre la demanda de bienes de consumo que produjo el descenso de la población durante este siglo XVII, se reflejó en el descenso de los precios en los alimentos básicos (grano) con el consiguiente incremento de la renta. Esta renta provocó el aumento de la demanda de otros productos como bebidas, lácteos y manufacturas.

Sin embargo, en la Europa noroccidental los bajos precios del grano no eran causa de una demanda reducida, sino que reflejaban unos mercados saturados como resultado de una producción en aumento. Este cambio anunciaba nuevos niveles de vida tanto para la población urbana como para la rural. Los nuevos bienes de consumo de Asia y América y los nuevos lujos para las casas, estaban puestos al alcance del público en tiendas al por menor (otra innovación del período).

Cuando estas familias cambiaron sus hábitos de producción y consumo, la economía se benefició de la creación de un tráfico comercial y de la especialización. Donde más se apreció este cambio fue en los nuevos niveles de bienestar y lujo en las grandes ciudades.

También, como consecuencia del incremento del comercio durante estos siglos, se creó una demanda derivada de la construcción de barcos y sus muchas industrias relacionadas. La agricultura, sin embargo, fue generalmente la fuente más débil de la demanda de inversiones y estaba claramente restringida a varias regiones del noroeste de Europa. Donde iba ganando terreno una agricultura comercializada a gran escala, se elevó la demanda de servicios de carpinteros, carreteros, y el uso de nuevos materiales de construcción.

Resumiendo, queda constancia de importantes incrementos de la demanda de bienes de consumo y de inversiones durante estos siglos, eso sí, con grandes variabilidades regionales. En contraste con ello, el crecimiento de los gastos estatales en el siglo XVII es obvio, masivo y omnipresente.

Los estados europeos se las arreglaron para incrementar sus ingresos a través de cargos tributarios que recaían sobre la gente común (la nobleza y el clero estaban exentos). La corona francesa e inglesa, en ausencia de un sistema bancario, dependían mucho de los arrendatarios de impuestos que aportaban créditos a corto plazo. En cambio, la República Holandesa disfrutaba de una situación avanzada ya que el estado se basaba en la deuda pública. Estos ingresos estatales se centraban en los gastos militares y en los costes de la Corte y la burocracia. Los primeros eran consecuencia de los nuevos niveles de preparación que exigían el ejército y la armada. Esto produjo un aumento en el volumen de la producción industrial y recaía fundamentalmente en los sectores textiles, de metales pesados y de construcción de barcos. Ciudades enteras surgieron para la construcción, mantenimiento y abastecimiento de los nuevos buques de guerra.

Durante el siglo XVIII persistieron muchas características retrógradas que obstaculizaron el crecimiento de la demanda global. Demasiados señores y campesinos tendían a invertir su capital en ampliar sus propiedades pero sin hacer nada por aumentar la productividad agrícola. Los gobiernos consumían de tal manera sus ingresos que el crecimiento industrial no representaba mas que unos ingresos accesorios. Este crecimiento de la demanda mostró una distribución  muy desigual en Europa.  

LA ACUMULACIÓN DE CAPITAL Y LA BURGUESÍA 

 

La burguesía, poco a poco, iba acumulando capital, pero existía una mala inversión. Especialmente en las ciudades de provincia, la burguesía era todo menos una clase que fomentaba la industria y el comercio, ya que su capital iba encauzado hacia un sector no capitalista e inerte, compuesto de tierras agrícolas y cargos administrativos. Lo más importante fue el constante esfuerzo por elevarse hacia las filas de la aristocracia; para ello, compraba un título o rango social con el cual esperaba vivir con el cobro pasivo de las rentas, en lugar de vivir de ingresos comerciales.

Es en este período de 1650-1750 en el que se logra una expansión grande de las oportunidades de inversión. La deuda pública en forma de bonos negociables era la más extendida de las opciones de inversión. El Estado atraía capital procedente de mucha gente, cuyos intereses se pagaban a través del presupuesto estatal. Sin embargo, esta importante ayuda no se extendió a todas partes. También se originó un floreciente mercado hipotecario que creció enormemente, tanto en demanda de hipotecas como para el suministro de capital hipotecario a largo plazo. Además de esto, tras los años 70 del siglo XVIII las compañías de acciones se hicieron muy populares. Estas compañías también aumentaban su capital emitiendo bonos. Tales bonos con beneficios fijos y amortizables, hallaron muy pronto compradores que los consideraban la inversión ideal para la protección de mujeres y niños. Sin embargo, muchas de estas compañías culminaron en un frenesí especulativo y los precios de las acciones multiplicaron sus valores nominales provocando la quiebra de muchas de ellas. Este fue el momento de la creación de un mercado de futuros. Para el crédito a corto plazo, existía la letra de cambio, un instrumento que databa de la Edad Media. Durante esta época estas letras no eran negociables, lo que tendía a inmovilizar el capital. Sin embargo, en el siglo XVII, se promulgaron leyes que confirmaban la negociabilidad de las letras. De esta forma, el acreedor que quisiese hacerse con su dinero antes de la fecha de vencimiento, podía recurrir ahora a un banquero-comercial que desease comprar letras. La culminación de las innovaciones vino con el establecimiento de los bancos públicos. El banco más importante era el de Ámsterdam, en el que los comerciantes podían depositar sus existencias de metales preciosos, a cambio de unos pequeños intereses. Estas existencias estabilizaron los tipos de cambio en Ámsterdam, lo que potenció la circulación de letras de cambio como instrumentos negociables de crédito. También amortiguaba las fluctuaciones de precios causadas por cambios súbitos en el volumen de moneda circulante. Se crearon bancos en Inglaterra, Escocia, París y Estocolmo. Pero de todos ellos, fue el Banco de Inglaterra el que pudo cumplir sus compromisos cuando los propietarios de sus billetes exigían el cambio por monedas. En consecuencia se convirtió en el primer banco con éxito en Europa.

El alcance de estos avances progresivos no alcanzó a todos los lugares de Europa, su impacto pleno se ciñe a Ámsterdam, Londres y las ciudades portuarias de Hamburgo y Burdeos. En contraste, existían incontables ciudades en las que el comercio y la industria no contaban con ninguna innovación. Conforme estos lugares estancados se veían afectados por las instituciones financieras, surgían tendencias entre sus clases medias. Podríamos identificar entonces, a la clase que controlaba el capital (nobleza feudal y burguesía capitalista) y a otro sector, entre los burgueses más humildes de los que surgirían los verdaderos industriales.

EL  ESTADO

Muchos historiadores atribuyen la evolución de la vida económica durante este período (siglo XVII y XVIII) al mercantilismo: legislaciones aduaneras, guerras comerciales, reglamentaciones industriales, leyes sobre impuestos y manipulaciones monetarias, etc. Todo ello se identifica con una tendencia a la unificación económica del estado nacional para el enriquecimiento de la nación en su conjunto. La economía mercantilista dirigía pues su atención al impulso de la producción y exportación. Sin embargo, algunas medidas mercantilistas iban encaminadas al enriquecimiento de unos pocos y se crearon importantes oportunidades para la corrupción. También se dedicaban a atesorar metales preciosos como única finalidad.

Únicamente la República Holandesa, sobresaliente en tantos aspectos, no ejercía ningún control sobre los metales.

Surgió, además, otro problema: el desempleo. Los cambios en el valor relativo del oro y la plata, los aranceles aduaneros y devaluaciones extranjeras influían en las existencias de moneda nacional que al disminuir, menguaban también la capacidad y la voluntad de los comerciantes de financiar la industria a domicilio con el escaso capital circulante. Este descenso en la inversión reducía el nivel global de empleo, con la consiguiente pobreza y marginación social. Inglaterra fue capaz de crear medidas para resolver este problema: prohibiciones a las exportaciones de materias primas y medidas proteccionistas encaminadas a sustituir las importaciones. Otro medio para acrecentar la riqueza de la nación era mediante el aumento de los  impuestos, que como hemos visto, era el propósito de todo gobierno del siglo XVII. Esta presión fiscal hacía aumentar las oportunidades para la creación de distintos tráficos comerciales y de especialización. De esta forma el Estado, la fuerza militar y la economía privada podían cada uno de por sí estimular el crecimiento de los demás.  

CONCLUSIÓN

 

Se puede decir que la economía europea del siglo XVIII entró en una nueva fase. Los precios volvieron a subir y las crisis de subsistencia dejaron de desempeñar un papel fundamental en el ritmo de la economía. Aunque muchos aspectos importantes habían cambiado poco, detrás de esta fachada inmóvil, se había desarrollado una estructura de vida económica nueva: la geografía económica de muchas regiones fue alterada con una mayor estratificación social (sobre todo en el campo), se produjeron cambios en la organización de la producción (división del trabajo) y se redujeron los costes, y los mercados internacionales y regionales pasaron a ser decisivos. El mayor progreso se consiguió en la creación de mercados de mano de obra.

Las economías de España, Génova, Alemania del sur y Flandes fracasaron en la adaptación al nuevo sistema económico. Sin embargo, la República Holandesa consiguió elevarse a posiciones de caudillaje económico por la eficacia en las medidas de reducción de costos en algunos sectores de la agricultura, industria y comercio. Esto pudo haberla llevado hacia el camino de la industrialización, pero cerró las puertas a otros tipos de estructura social y de política económica requeridos para el crecimiento industrial. Sí lo consiguió Inglaterra, que tenía acceso a materias primas baratas, y tenía sus sectores industriales relacionados entre sí. Así mismo, los bajos costos de producción y el acceso a mercados extranjeros estimularon su industria nacional. En consecuencia, Inglaterra poseía la economía mejor preparada para dar comienzo a la Revolución Industrial.